La Princesa Eloine (VIII Parte)

4  24.02.2008

Ventajas:
Cuento o novela

Desventajas:
No hay

Recomendable: Sí 

RealMonkey

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usuario desde:09.12.2007

Opiniones:99

Confianza conseguida:1

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Esta opinión ha sido evaluado como excepcional de media por 2 miembros de Ciao

Cuando el hijo del rey se repuso de su cautiverio, uno de sus mayordomos personales le cortó la barba y lo arregló para que no se marcaran demasiado las arrugas que le quedaron como consecuencia de estar tanto tiempo sin beber agua y sin ver la luz del sol. Le costó acostumbrarse a su anterior vida pero la gente que lo rodeaba le daba sabios consejos y procuraba darle los mejores vestidos para que volviera a ser aquel joven apuesto que tanto respeto y admiración causaba tanto entre su círculo social como en la gente del pueblo. Sin pensarlo dos veces, se dirigió a la habitación donde estaban las dos chicas, dio tres toques a la puerta y escuchó del otro lado una voz femenina que le invitaba a pasar. Al entrar vio a Eloine preparando su zurrón y colocándose su armadura y su espada. Se sentía como una niña con vestido nuevo, la indumentaria se ajustaba a su cuerpo como si fuera una segunda piel y sus armas brillaban con más intensidad que nunca. El cansancio había desaparecido y se sentía con nuevas fuerzas para poder conseguir sus objetivos. El golpe que recibió en la cabeza antes de ser apresada por sus captores también quedó erradicado gracias a un ungüento que la misma reina tenía dispuesto para ella y su amiga, se trataba de un poderoso calmante que borraba el dolor muscular y articular, muy efectivo para casos de lesiones fortuitas. Tras comprobar que no había nadie más en la habitación, se acercó a Eloine poco a poco y le tomó la mano. La joven, algo desconcertada, no entendía aquel gesto pero su intuición le indicaba que la mejor solución para salir de aquella situación tan embarazosa era negarse, sean cuales sean el tema y los argumentos utilizados por aquel galán, al que, no obstante veía mucho más atractivo y vigoroso que cuando estaba encerrado en su celda.

-Hola, perdona que no me haya presentado, me llamo Randolf, soy el primogénito del rey, como ya sabéis, os estoy profundamente agradecido por haberme rescatado a mí y a mi secretario adjunto Elgar de aquella terrible prisión bajo tierra.

-No hace falta que nos de las gracias, nosotras cumplimos con nuestro deber de guerreras.

-Confieso que me sorprende tanto su valentía como su belleza, ¿Cómo es posible que la hija del rey Clodoveo II y de la reina Alcyde se haya hecho soldado?

-Te seré sincera, yo me aburría en mi castillo, me pasaba el día maquillándome, probándome vestidos, no hacía nada que me llenara, que me hiciera feliz, permanecía presa en aquella torre de marfil custodiada por mis padres. Quería vivir aventuras, ser libre, encontrar el amor y enfrentarme a poderosos enemigos, aunque eso me supusiera pasar penalidades, pero poco me importaba soportar el dolor o romperme una uña, si quería ser una aventurera tenía que superar mis miedos y saber valerme por mí misma.


-Sois muy inteligente, princesa Eloine, me dejáis maravillado, la verdad es que sois tan hermosa, que me cuesta creer que esas manos tan blancas y finas como la arena del mar puedan empuñar con fuerza una espada tan pesada.

-Me sometí a un duro entrenamiento con un maestro especialista en espadas, de los pocos que quedan. Él me enseñó a confiar en mis posibilidades, eliminar el miedo de mi vida y mostrar el coraje cuando la situación así lo pedía. Me puse en forma y desarrollé la fuerza, la agilidad y la resistencia hasta llegar a un punto en el que me dijo que ya lo había aprendido todo, solventando con creatividad y eficacia los problemas que me había planteado. La misión de rescataros ha sido una de nuestras primeras pruebas y aunque no nos ha sido fácil, nos ha permitido tanto a mí como a Ebe salir indemnes y con una experiencia valiosísima de cara a futuras empresas.

-Princesa Eloine, he de deciros que estoy enamorado de su hermosura, de sus ojos, de su cabello de oro, de su luminosa sonrisa y de su gran personalidad. ¿Aceptaría convertirse en mi prometida y ser la futura gobernante de este gran reino?

Eloine estuvo reflexionando unos minutos, sabia que la decisión no iba a ser fácil pero su conciencia le marcaba de forma clara y nítida las mejores decisiones que podía tomar en cada momento. No dudó un solo instante cuando tuvo que dar la respuesta, lo único que lamentaba era que el príncipe no tendría una buena reacción.

-Lo siento mucho, príncipe Randolf, pero no puedo prometerme contigo. Aunque vos sintáis algo por mí, yo no siento nada especial por vos. Pero no te preocupes porque estoy segura que hay muchas candidatas dispuestas a proponerte matrimonio, elige la más adecuada para cuando tengas que suceder a tu padre y espero que tengas muchos hijos e hijas.

-Vaya, no sé por qué pero no me siento triste ni apenado.

-Eso es porque la decisión que ibas a tomar no era la correcta y yo no soy la persona que andas buscando aunque dado que eres un joven apuesto, galán y muy guapo, no tardará mucho en salir la chica que te haga feliz y de la que te enamores locamente.

-Sí, puede ser.

-Si me disculpas, me voy al aseo a peinarme un poco enseguida vuelvo y hablamos más antes de emprender un nuevo viaje.

-Vale, os estaré esperando aquí, no tengáis prisa por acabar.


El príncipe la miró con nostalgia, hubiera sido una gran esposa y madre para sus hijos, pero el destino quiso que el amor no se cruzara en sus caminos y que, otra vez, tuviera que probar suerte con otras pretendientes cuyas cartas llegaban hasta su secretario, que las examinaba y se las daba a su señor para que este las leyera con atención. Él sabía muy bien que no dependía solo de los requisitos que su padre ya le había comunicado para elegir a su prometida sino también de las características que buscaba en una mujer y la decisión final debía ser fruto de una larga y meditada reflexión en la que tenía que considerar todos los posibles factores: personalidad, físico y carácter. Nada fácil. De repente, el joven escuchó que algo o alguien se movía tras las cortinas del gran ventanal y al apartarlo descubrió a Ebe, que al principio se asustó al ver al príncipe con cara de circunstancia. Cuando todo se hubo calmado, Randolf le exigió explicaciones acerca de las razones que la impulsaron a esconderse.

-Discúlpeme, pero ¿Se puede saber que hacíais detrás de la cortina? ¿Estabais espiando nuestra conversación?

-Perdóneme, príncipe Randolf pero es algo que no he podido evitar al escuchar su voz desde el exterior y casi de forma instintiva me escondí detrás. Además, quería saber qué intenciones tenía respecto a Eloine.

-Si te refieres a mi propuesta de prometerse conmigo, estate tranquila, la ha rechazado de plano.

-Ah, muy bien, porque no le hubiera perdonado que me la arrebatase sólo por capricho, debe saber que en caso de que hubiera querido casarse con ella tendría que pasar por encima de mi cadáver.

-¿Usted la ama? ¿De verdad es posible que dos mujeres se enamoren?

-Si, ¿Y por qué no? Si el amor es sincero, mútuo y profundo, no conozco nada que impida que dos personas del mismo sexo se quieran.

-¿Y ella que dice al respecto? ¿Le ha preguntado acerca de los sentimientos que tiene hacia usted? ¿Han hablado de ello? Porque si no lo han discutido, convendría que este asunto lo aclarasen cuanto antes.

-Es cierto, debería decírselo, pero bueno, gracias por el consejo. Nosotras nos iremos en breve.

-Espero y deseo de todo corazón que os vaya bien y consigáis todos vuestros propósitos.

-Muchas gracias, principe Randolf, lo mismo le digo.


Cuando regresó Eloine, hizo un gesto a Ebe y ambas se despidieron cortésmente del principe Randolf, así como de sus padres, que las abrazaron con gran cariño. Los reyes tenían un par de presentes para las jóvenes, a las que reconocieron su gran valor al arriesgar sus vidas para salvar a su hijo de las zarpas de aquellos malhechores. El rey pidió antes que nada disculpas por haber querido emprender una nueva guerra contra el reino del norte, al que ya ha incluído como un miembro de alto privilegio al que tenían su más alta consideración, en especial a Clodoveo II y Alcyde, por haber criado y educado con tan buenas maneras a una hija sobresaliente. Tenía a su lado derecho una harmónica de plata, que relucía como el sol y llevaba inscritas unas letras en una lengua desconocida. A su lado izquierdo tenía un par de guantes de platino, suaves al tacto y que se ajustaban perfectamente a cualquier medida, pero sus verdaderas cualidades estaban por descubrir.

-Eloine, hija de Clodoveo II y Alcyde, a ti te regalo los guantes de Titán, que tienen la cualidad de otorgar una fuerza diez veces mayor a la persona que los lleva puestos. Tu gran habilidad con la espada ha hecho que se desarrolle en ti una capacidad que está reservada a los hombres, por lo que sin duda, tus golpes y técnicas se harán más devastadores con estos guantes. Úsalos con precaución y siempre que te sean necesarios.

-Muchas gracias majestad.

-Ebe, protegida de Eloine, en ti confío esta harmónica fabricada por los mismos Elfos que viven en el Bosque Secreto, que está al Este de nuestro reino. Cuando te encuentres en peligro haz sonar la melodía que aparece escrita en el reverso del instrumento. Según me han contado, quién lo hace, recibe un don especial, con el que puede vencer a cualquier enemigo, aunque desconozco el tipo de poder que otorga. Úsalo cuando veas tu integridad física en peligro.

-Muchas gracias majestad.

Las chicas guardaron aquellos preciosos objetos en sus zurrones y antes de partir, la reina les besó en la frente, un signo de buena suerte y de fortuna que las acompañaría hasta el final de sus vidas y también un gesto de hermanamiento entre reinos. Elgar, recuperado de sus heridas, las llevó hasta las caballerizas y allí le prepararon a Eloine su caballo y a Ebe le reservaron uno de los mejores que tenían, completamente sano y de aspecto lustroso. Entusiasmada por tener su propio corcel, se arrimó a el y lo acarició, el animal parecía responder con gran alegría a aquellas muestras de afecto. Las dos pusieron rumbo hacia el este, tomando un sendero rodeado de brezales que conducía a una extensa pradera. Desde allí seguirían el curso del río hasta llegar a una gran cascada, que atravesaron por un camino situado detrás. El Rey les comunicó que si querían aventuras escuchó por algunos rumores que los habitantes de un pueblo estaban atemorizados por la presencia de una bruja malvada que no paraba de hacer gamberradas. ¿Sería verdad o tan solo un rumor?

CONTINUARÁ

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Comentarios sobre esta opinión
mianfergar

mianfergar

23.11.2008 03:56

Es una pena que relatos como este pasen desapercibidos en ciao.

maria03

maria03

29.02.2008 01:18

Una gran imaginación la tuya, sin duda , y bueno, ahora toca esperar a ver como sigue la historia :)

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  1. maria03

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