Cuenta mi madre

5  18.08.2008

Ventajas:
Todo lo que nos ha enseñado .

Desventajas:
*  *  *

Recomendable: Sí 

lira2402

Sobre mí: Totalmente ausente de ciao. Espero volver pronto.

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Cuenta mi madre que no soporta el dulce de membrillo, y que lo mismo le ocurre con los boniatos asados. Dice mi madre que es porque le recuerdan a su infancia y que ella prefiere olvidarla entera. En raras ocasiones mi madre nos ha hablado de su niñez y, cuando lo ha hecho, siempre ha sido con un deje de tristeza en la voz.

Mi madre obtuvo el Graduado Escolar siendo adulta, cuando ya sus cuatro hijas habíamos terminado una carrera universitaria y pudo dedicar parte de su escaso tiempo a algo más que no fuese estar pendiente de nosotras. Fue uno de los días más felices de su vida. Cuenta mi madre que, como nieta de militar que era, estaba muy mal visto que acudiese a un colegio nacional, que debía ir a uno privado. Nos relata que la profesora del colegio al que asistió unos años cuando era niña le rogó a sus padres, mis abuelos, que le permitieran seguir estudiando, que ella valía para eso. Pero era mala época, y en lugar de asistir a clases, ella tenía que ir a empeñar la ropa del ajuar de mi tía abuela a la casa de empeño.

Mi tía abuela tenía un novio que, cuenta, se volvió loco. Era un joven apuesto y con dinero, muy amable. Y nos dice mi madre que a ella y a sus hermanos les encantaba acompañar a esta pareja en sus paseos porque les invitaban a merendar. Pero, cuando ya tenían el ajuar casi entero, con sábanas bordadas incluidas, la relación se fue al traste. Y cuanta mi madre que, viendo los apuros económicos que tenían, decidieron empeñar toda esa ropa, y, para no pasar la vergüenza que ello producía en su familia, la encargaban a ella por la mañana temprano, de ir a la casa de empeños para conseguir algo de dinero. Dice mi madre que la dueña de la casa cuando la veía entrar le pedía a las demás señoras que la dejasen pasar para que le diese tiempo de ir al colegio. Pero no sirvió de nada y, cuando el dinero no dio para más, tuvo que dejarlo. Esa es la razón de que pusiese tanto empeño en que nosotras estudiásemos: ese debía ser el principal objetivo en nuestra vida hasta que no acabásemos la carrera. Y recuerdo que de niña no podíamos salir a jugar hasta no haber terminado los deberes. Casi puedo verla sentada a mi lado, tomándome la lección hasta que me la sabía entera.

Nos cuenta que su abuelo, un hombre recto e instruido que pertenecía al ejército, le corregía las faltas de ortografía y le enseñaba vocabulario. Y de hecho, durante toda mi vida, la mayor parte de las veces que debía consultar el significado de una palabra, no cogía el diccionario, directamente le preguntaba a ella. Pero también nos cuenta que una de las cosas que más pena le dio, fue no llegar a aprender a hacer una raíz cuadrada.

Cuenta mi madre que, a la hora del almuerzo, cuando no había nada que llevarse a la boca, mi abuela la llevaba a ella y a sus hermanos a jugar a la plaza, para que se les pasase el hambre. Y, cuando volvían a casa, tenían el dudable placer de comer un jamón de a perra gorda el cuarto comprado al estraperlista y del que, en ocasiones, tenían que apartar gusanos. Por eso en casa nunca pudimos poner malas caras a la comida nos gustase o no, nos enseñó a apreciar la suerte de poder comer varias veces al día comida en condiciones.

Mi madre nos cuenta que una de sus mayores ilusiones cuando era una niña pequeña era que los Reyes Magos le trajesen un estuche de lápices, de esos de cremallera que venían con la goma de borrar y el sacapuntas. Pero sus Reyes eran demasiado pobres para eso y, un año tras otro, recibía pequeños juguetes de madera que mi abuelo hacía para ellos con los restos que sobraban de su lugar de trabajo. Así nos hizo valorar lo que conseguíamos, nos hizo ver que lo importante era el esfuerzo para que lo obtuviésemos y nos enseñó a sentirnos satisfechas con cosas aparentemente sin importancia.

Y así, una tras otra, mi madre desgrana retales de su infancia, escasos y melancólicos, pero ella los dota de una enseñanza especial, los convierte en fábulas con moraleja incluida y, aunque ella no quiera recordarlos, los hace inolvidables…

Gracias y un saludo.
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Comentarios sobre esta opinión
carmina58

carmina58

25.11.2009 14:57

Que suerte tenemos los que somos hijos de "personas excepcionales.

cay11

cay11

01.05.2009 16:01

Tu madre es una auténtica heroina. Besos.

morexosa

morexosa

27.08.2008 14:32

Cómo me suena esto :D Pues si tu madre tenía ilusión de tener un plumier con sus accesorios, yo lo barajaría como un regalo que poner bajo el árbol los próximos reyes.

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