Plácido (Luis García Berlanga)

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SIENTE UN POBRE A SU MESA

5  18.11.2009

Ventajas:
innumerables

Desventajas:
que no la emitan en la tele con la importancia que merece

Recomendable: Sí 

Detalles:

Argumento

Personajes

Calidad de dirección

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bedizu

Sobre mí: JOSÉ Y PILAR___HOP___83ª CEREMONIA DE LOS ÓSCAR___RABBIT HOLE___CRANFORD___CISNE NEGRO___¡QUÉ TIEMPO...

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Cuando hace unos años Fernando Trueba recogió su Óscar por “Belle Époque” soltó uno de los discursos más celebrados de la historia de esos premios, asegurando que como no creía en Dios, agradecía su premio a Billy Wilder. Yo añadiría “y a Berlanga, su profeta”, si no fuera porque Berlanga no es un seguidor ni un secundario, sino el Dios de un mundo aparte, el del cine español. Pero los estadounidenses no le habrían entendido, porque aunque Berlanga fue el primer candidato al Óscar con esta obra maestra, no veneran dioses de otros olimpos.

Berlanga es Dios, el padre de todo lo que vino después, es la risa y la inteligencia, la ternura y la compasión, es el análisis y la crítica, es la base real sobre la que se sustenta la historia de nuestro cine. Es a nuestro cine como Picasso a la pintura, si no fuera porque Picasso alcanzó una dimensión internacional que Berlanga nunca logró.

Si le comparo con Picasso es porque ambos van como un río de talento en su juventud, buscando un cauce por el que pueda fluir ese algo nuevo que desean y creen llevar dentro. Ambos tantean hasta encontrar su obra rompedora, la que les definirá como creadores de algo nuevo que muchos querrán seguir. En Picasso es “Las señoritas de Avignon”, y en Berlanga es “Plácido”.

Pero tuvo la desgracia (o la fortuna) Berlanga de que la barrera del idioma le impidiera acceder al mercado internacional a gran escala, y fue así como nos lo quedamos aquí, en casa, hablando de nuestro mundo, dibujando película tras película nuestra florida idiosincrasia.

Berlanga es el padre, y el padre está languideciendo. Creo que fue David Trueba quien contaba recientemente que el hombre sigue vivo, pero ya no es aquel Berlanga, ya no reconoce a quien le visita ni recuerda su pasado glorioso. Antes de que suceda lo inevitable, merecería que se emitiera en horario de máxima audiencia un ciclo dedicado a su obra. Por mi parte, comienzo aquí lo que espero sea una sucesión de opiniones sobre su cine, aunque sólo sea como muestra de agradecimiento por lo mucho que nos ha dado.

¿Cómo explicar de qué va “Plácido”?

En una ciudad de provincias se celebra una subasta de pobres. No, no es que los pobres pujen, es que los pobres son subastados. Para promocionar unas ollas se le ha ocurrido a Gabino Quintanilla, hijo del dueño de unas serrerías, organizar una subasta bajo el lema “siente un pobre a su mesa”, por Navidad. Gabino es el futuro yerno de una de las damas del “ropero”, esas mujeres de alta alcurnia que disfrutan jugando a “remediar”, como dijo Cecilia.

Para que la subasta se anime, han logrado la presencia de “las artistas de Madrid”, actrices de medio pelo que también serán subastadas, y para anunciar a bombo y platillo la convocatoria, cuentan con Plácido, conductor de un motocarro. Al pobre Plácido le vence justo ese día la letra de su vehículo, y a lo largo de toda la película sufrirá lo indecible para conseguir el importe de la deuda primero y luego para que le dejen un segundo libre para poder ir a saldarla.

La subasta es descacharrante, sólo el principio de una Nochebuena memorable en la que a uno de los pobres le da un esparaván mientras cena, llaman a un dentista que “algo sabrá” y éste se presta a ayudar “para que vean que tenemos un pobre”. Las “buenas” familias pretenden casar al pobre para que no muera en pecado y todos intentan por un lado presumir de caritativos y por otro ocultar sus miserias.

La 13 Rue del Percebe

Casualmente en 1961 coincide la aparición de estas viñetas y se estrena Plácido. Ambas nos hablan de una sociedad que, en palabras tanto de Azcona como de Fernando fernán Gómez, era miserable. No lo dicen con desprecio, sino objetivamente. Se trataba de una sociedad en la que casi todos vivían a salto de mata, una sociedad empobrecida en la que no existía la clase media. Las clases favorecidas no llevaban una vida tan boyante como antaño e intentaban ocultar sus relativas penurias económicas, y la clase baja intentaba subsistir a base de picaresca, entrampándose, sólo pensando en la supervivencia inmediata.

Berlanga no conseguía sacar adelante este proyecto por culpa de la censura. Ésta se había cargado su película anterior, “Los jueves, milagro”, y no estaba por la labor de aprobar algo bajo el título “Siente un pobre a su mesa”, que era el título original. Fue entonces cuando se produjo el bendito encuentro de Berlanga con un guionista que es el orgullo de nuestro cine, Rafael Azcona. Éste tomó el guión de Berlanga, lo estructuró y dio varios giros al humor de éste para lograr esa perfección que es “Plácido” como hoy podemos verla.

La película es un delirio de humor, un esperpento, pero nos dibuja aquella sociedad con precisión. La miseria de entonces ha quedado atrás, pero aún podemos reconocer esos pícaros que aún pululan y que denominamos con palabras españolísimas: querida, chupatintas, pelota, trepa, ganapán, carpanta, los quiero y no puedo, las damas del ropero... Es posible que en otras culturas existan palabras para definir figuras semejantes, pero cuando nosotros escuchamos esos sustantivos no sólo entendemos a qué se refiere exactamente, sino que también conocemos ejemplos cercanos. Son los pícaros de esa sociedad miserable.

Nada tiene que envidiar al cine de los hermanos Marx, de hecho yo veo muy superior “Plácido” a cualquiera de ellas, porque bajo ese humor infalible se esconde una profunda crítica al clasismo español. Para hablar de lo que no está permitido se puede recurrir a la poesía o al humor, y Berlanga en esta película termina de romper el tabú de reírnos de nosotros mismos, como Woody Allen rompe la barrera del humor sobre el judaísmo siendo el primero que satiriza sobre ese colectivo. No nos sentimos ridículos en el mundo en el que nos refleja Berlanga. Ves una película suya y asumes que somos así, ridículos y obsesionados por lo nuestro. No nos ridiculiza, sólo nos retrata fielmente.

Berlanga plasma a través de su obra su anarquismo, su falta de fe no sólo en Dios, sino en la especie humana. No parece que sea algo que le apene, simplemente señala las debilidades de “nuestra subespecie”, el “homo-hispanis”.

Uno no puede dejar de reírse a carcajadas viendo la evolución de estos personajes de tebeo, cada uno pensando únicamente en lo que le beneficia (Plácido en la letra de su motocarro, Gabino con su sinusitis y sus celos preocupado porque no se estropee la promoción de las ollas, la familia a la que se le enferma el pobre en que no se muera en su casa, la señora rica en que no muera en pecado, el suegro de Plácido protestando porque ha venido del pueblo y se pasa la noche en la calle, el pobre zampando hasta reventar, la hija de la rica encaprichada del galán, el actor vanidoso preocupado por sus dietas, el supuesto galán que tiene frenillo al hablar...).

Pero tras la sonrisa que nos acompaña durante esos 87 minutos que se pasan volando, está la amargura de ver que todos ellos son igualmente pobres. No hay mañana para ninguno de ellos. Plácido, pague o no pague su letra, el mes siguiente se enfrentará al mismo desasosiego, su familia seguirá pasando el día en los lavabos de señoras de la calle para estar calentitos y llevarse alguna moneda, Gabino nunca dejará de ser el hijo del de las serrerías, haciendo la pelota para no ser “desclasado” y cobrándose los favores que le deben a su padre. Incluso las damas del ropero están en un sinvivir, temerosas de que se descubra que no son tan adineradas como quieren aparentar.

Después de “Plácido”, una vez satisfecho del resultado, desarrolla una obra que no es recurrente pero sí retoma características de su primera obra maestra. Es aquí donde por fin logra a la perfección sus famosos planos-secuencia, que consisten en mostrar en una sola toma una frenética actividad multitudinaria en la que cada personaje hace o dice algo divertidísimo, como una gran foto de familia en movimiento, en la que hasta el más mínimo detalle nos habla del carácter de cada uno, pero el conjunto nos dibuja una sociedad completa.

Berlanga consigue hacer una película en la que parece que se habla de la caridad, pero el mensaje es que nunca la ha habido ni nunca la habrá, como dice el villancico final. Si lamentable es el concepto de caridad,frente al de justicia, Berlanga consigue quitarle la careta, entre risas, a la famosa caridad cristiana.

¡Vaya reparto!

Sólo Berlanga sabe lo difícil que tenía que ser manejar a veinte actores o más en una secuencia larga, sin cortes, en la que cada uno tenía que ser preciso. Para ello contó con lo mejor de lo mejor, actores que saltaron al estrellato con su papel aquí, como Jose Luis López Vázquez en la piel de Gabino o consagrados como Julia Caba Alba. Algunos procedían del mundo del teatro itinerante que estaba en extinción (y que tan fielmente retratara Fernando Fernán Gómez en “El viaje a ningna parte”).

Tal vez los nombres no digan nada a las nuevas generaciones, pero deberían estar escritos con letras de oro. Verlos tan jóvenes, algunos en su esplendor, es verdaderamente emocionante. Luis Ciges (ese pobre que no para de zampar en una sola de sus escenas), Manuel Alexandre (el hermano cojo de Plácido que pretende sacarse unas pesetas repartiendo cestas en bici), Elvira Quintillá (la paciente y sufrida esposa de Plácido), Cassen (un gran Plácido, todo bondad y paciencia), José María Caffarel (el empresario de las ollas), Amelia de la Torre (¡qué grande esta mujer, madre de Ana Diosdado, qué grande!), José Orjas (el tierno notario), Julia Delgado Caro (madre de Fernando Delgado), Fernado Delgado (el representante de “las artistas de Madrid”), Agustín González (jovencísimo como el yerno que no consigue encontrar el pulso a un tío que es evidente que está vivo), Antonio Ferrandis (el adúltero) y Amparo Soler Leal (la querida ¡qué guapa era!).

Emociona ver semejante elenco, y aunque la mayoría ya no están, muchos forman parte de estirpes legendarias de nuestras pantallas. Gente que ama el cine, nos ha enseñado a amarlo y nos ha hecho exigentes.

Berlanga adoraba a los secundarios. Llenaban sus planos, hasta en los rincones más insospechados, y siempre aportaban algo fundamental a la escena. Cada uno, embebido en el asunto que le obsesiona, es una pieza fundamental para el conjunto. Berlanga supo ofrecer a cada actor en sus películas corales un peso importante, logrando un equilibro perfecto entre todos ellos.

¿Aún no la has visto?

“Pretty Woman” es un caso extraordinario de película que sube la audiencia siempre que se emite. Da lo mismo que la gente la haya visto mil veces, porque si hacen zapping y la pillan, se quedarán pegados. Lo saben los programadores, que a veces la emiten porque sale barata y te puede salvar un día o una semana baja de audiencia. Ya que la peli no es una obra maestra, habí que buscar una explicación a este hecho, y los expertos han deducido que lo que atrapa de ella no es su calidad, sino nuestro gusto por la repetición cuando se trata de una historia amable y bien realizada.

Eso me ocurre a mí con “Plácido”, que puedo verla mil veces y, la pille por donde la pille, me quedo rendida ante ella. Es una obra maestra incontestable que en su día compitió por la Palma de Oro en Cannes y por el Óscar (que finalmente fue a parar a las manos de Ingmar Bergman). Si te gustó “Amanece que no es poco”, “Plácido” te enamorará, pues la película de Cuerda bebe sin pudor de las fuentes de Berlanga (lo reconoce el propio director), por eso es tan buena.

Adoro “Plácido”. Me conmueve y me mata de risa. Por antigua que sea, se conserva fresca y siempre es fiel a su promesa de hacerme disfrutar sin límite.

Os dejo la única escena que he encontrado, que no es ni de lejos la mejor, pero en ella salen las folklóricas, el niño cantor, y creo que también se refieren constantemente a “nuestro pobre”, que es como hablan de sus invitados. Jajajaja “la más prometedora promesa de nuestro cine”, “¿cuál ha sido tu última película?... ¿y la primera?”, “¿canto ya?” “¡digo!”, “se ruega a los presentes recojan sus pobres respectivos”...

http://www.youtube.com/watch?v=3Cq1JXoOvZI

¡Ay, lo que daría por poder verla en el cine!



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Comentarios sobre esta opinión
PEPEBARROS

PEPEBARROS

17.01.2010 23:43

Sólo el primer párrafo merece un Óscar.

cay11

cay11

29.11.2009 23:31

No la he visto (aún). Y la sociedad no ha cambiado mucho desde Plácido, el homo spanicus sigue siendo tan "spanicus" (por no dedicar otro epíteto). Quizá ahora la gente tiene menos remordimientos (si es que aún le quedan). Besos.

nefer06

nefer06

25.11.2009 01:12

pues la he visto...pero no recuerdo.Y al ir leyendo, pues no, defininitamente, no recuerdo nada Le tengo cierta manía a Berlanga, lo mismo que a Carlos Saura, supongo porque en algún momento me di atracón de pelis de ellos , y no acababa de pillarles el truco, sobre todo a Saura, que en Francia adoraban como ahora a Almodovar y aquí nadie entendía nada..¿en Ana y los lobos no sale JL López Vázquez, en un papel bien alejado de su vis cómica?

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