La voluntad de la tierra

1  22.06.2003

Ventajas:
No es un test

Desventajas:
De todos modos, es un asco xD

Recomendable: No 

carboanion

Sobre mí:

usuario desde:01.01.1970

Opiniones:92

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Esta opinión ha sido evaluado como muy útil de media por 49 miembros de Ciao

Ya sé que esta sección es para los test, pero soy acérrima detractora de los test y querría aprovechar estos espacios para colgar otro tipo de paridas de cosecha propia. Que colgando mis propias idas de olla también se aprende algo sobre mí... (o al menos, ese razonamiento es el que voy a usar como excusa :P).

A ver... Día 22, día Café, gracias a Cyradis. Como estoy poco inspirada, acepto el reto que me lanzó Curiosidad, el de ampliar uno de los relatos hiperbreves que escribí para la segunda edición del concurso. El cuento en cuestión se titulaba Paranoia y era el siguiente:

-En el fondo, he tenido suerte al apresarla. Ella siempre me dijo que acabaría mal, pero ahora tendrá que tragarse sus palabras. Creo que la dejaré vivir. Quizá la despose. Así, no sólo tendrá que ser testigo de mi triunfo, sino que hará posible la continuidad de mi estirpe. La Dama Blanca, protectora del mundo, abanderada del bien, derrotada por uno de sus alumnos. Debió adivinarlo cuando me recogió de aquel poblado devastado por goblins y gnolls: ¿qué clase de niño vestiría ropas regias y sobreviviría en semejante situación?

-Anda, deja de interpretar el personaje y tira los dados para ver si la atas bien, que se te va la olla. Y tú, tira a ver si puedes escaparte.

Como veis, el cuento es penoso. Y la versión mejorada es también penosa, pero está escrita con prisas y sin entusiasmo y por tanto es flojita y lenta... Prometo darle vidilla a la parte sobrenatural, para que sea más espectacular, y colgar en otra ocasión la correspondiente corrección, ¿vale? Tampoco negaré que soy una friki y que me gusta más un conjuro de nivel diez que a un tonto un lápiz :P

Como de costumbre, lo peor es el título. Se llama "La voluntad de la tierra" Ahí va eso:

Paseó por el estudio y evaluó cuanto veía. Aquellos eran ahora sus nuevos dominios, una de sus nuevas dependencias privadas, y no podía decantarse por borrar hasta el último vestigio de su anterior ocupante ni por dejarlo todo como estaba. Al fin y al cabo, había pasado tantas y tantas horas en aquella estancia que los objetos y muebles que la llenaban podían considerarse tan suyos como lo fueran de la Dama.

Apresarla había resultado decepcionantemente fácil. Al fin y al cabo, la torre estaba preparada para repeler cualquier ataque externo, pero su señora no esperaba ser traicionada desde el interior. Había sido tan sencillo como verter unas gotas de láudano en su vino y, una vez dormida, tejer a su alrededor un hechizo de incapacitación. Sin su magia, la Dama Blanca no era más que una mujer. Hermosa, delicada, pero una simple mujer que tendría que doblegarse al peso de las cadenas en su celda.

La protectora del reino tenía fama de no haber cometido jamás un error. Él estaba orgulloso de haber sido el primero. La archimaga lo había encontrado entre los escombros de un pueblo asolado por una horda de gnolls. ¿Nunca se preguntó cómo había podido sobrevivir un bebé que lloraba con toda la potencia de sus pulmones y lucía un enorme medallón de oro con el símbolo del Dragón sobre sus ropas lujosas? No era propio de aquellas bestias, medio hombres y medio hienas, el respetar una vida humana y obviar una pieza de oro. El símbolo del Dragón debiera haberle hecho sospechar algún tipo de subterfugio... Pero ella lo tomó a su cuidado y bajo sus directrices se convirtió en quien era ahora.

La Dama nunca había sido una madre para él. Lo encomendó al cuidado de niñeras y nodrizas, se ocupó de que tuviera los mejores maestros y le proporcionó todo aquello que un joven de buena cuna y posición pudiera precisar. Y cuando aprendió a leer y dominó las ciencias del mundo, ella misma se encargó de educarle en las artes arcanas: ya desde niño se vislumbraba en él un enorme potencial para la magia que su tutora ayudó a desarrollar hasta el máximo. Además de hechizos y conjuros, él aprendió a admirarla en el esplendor de su poder. Incluso hubiera aprendido a amarla si el medallón no se hubiera impuesto en su corazón repentinamente, en cuanto alcanzó la plenitud de sus facultades.

En algunas regiones del reino, el dragón representaba sabiduría y paciencia, dada la inteligencia y longevidad de estas bestias. Pero para los Fenwick el dragón encarnaba todos los atributos de su casta: magia, fuerza y una capacidad casi infinita de destrucción. Sólo la Dama Blanca se había interpuesto entre ellos y sus ansias de dominación. Ellos eran los más poderosos y aquella tierra les correspondía por derecho, aunque la Dama los había obligado a replegarse una y otra vez. Pero ahora... Ahora habían sembrado su propia semilla en los dominios de la Dama y ésta, incauta, la había cultivado. El medallón susurraba en su subconsciente, le contaba la historia de la familia y planificaba un futuro de gloria para él y los suyos. Él se dejó convencer, inflamado su espíritu por aquellos relatos de poderío y grandeza, pero la influencia de sus ancestros se manifestó de un modo que éstos no habían previsto. Lejos de reclamar la posición de la Dama para los Fenwick, él la había reclamado para sí mismo. Al fin y al cabo, ¿qué debía a una familia que no había conocido y que siempre había terminado figurando en el bando perdedor? ¿Por qué compartir lo que había ganado él solo? Una vez tuvo a la Dama encadenada en su celda, destruyó el medallón con un simple gesto y disfrutó con el grito agónico que emitió al morir quien quiera que controlase aquel objeto desde la distancia. Quién sabe cuál de sus parientes había perecido como primera muestra de su independencia. Tal vez tuvieran que morir más.

Muerte... Pensar en la muerte de sus enemigos potenciales le recordó que aún no había decretado el destino de la Dama. Se decía que tenía más de trescientos años, que la tierra protegía de los estragos del tiempo a quien había de protegerla de los estragos de la magia maligna. Aquellas habladurías debían ser ciertas, pues la archimaga no parecía tener más de veinte años y mostraba el mismo aspecto que cuando supervisaba su aprendizaje en la historia del reino o lo instruía en la magia. Seguía siendo una mujer tan hermosa como recordaba haberla considerado en su infancia. Quién sabe, si la tomara por esposa, si la obligase a dar a luz a una nueva generación de Fenwick, su juventud se marchitase. Sí, deseaba humillarla, quebrar su orgullo, doblegar aquel espíritu. Se preguntó qué pasaría por la mente de su prisionera en aquellos momentos, si su vulnerabilidad comenzaba ya a mermar la confianza que tenía en sus propias posibilidades. Resolvió visitarla y notificarle sus planes.

Sin magia, aquella mujer no era nada.

¿Nada? La archimaga no pensaba así. Sentada en el camastro que constituía todo el mobiliario de la celda, esperaba a que se disiparan los efectos del láudano. Sabía lo que tenía que hacer, pero quería tener la cabeza clara cuando llegase el momento. Quizá cuando recobrara toda su lucidez encontraría alguna otra opción viable.

Había querido al niño, a su modo. La especie de eterna juventud que le brindaba la tierra que protegía era una carga más sobre sus hombros: todos a su alrededor envejecían y morían sin que ella pudiera hacer nada. Sólo la tierra permanecía, pero incluso ésta evolucionaba y cambiaba ante sus ojos, lenta pero inexorablemente. Tras mucho dolor, tras demasiados seres queridos que desaparecían para siempre de su vida, había decidido no amar a ningún mortal y se había refugiado en su tarea. Tal vez por eso el niño que recogiera había sucumbido a su verdadera naturaleza. Por supuesto que siempre había sabido que un momento como aquel llegaría. Pero había confiado en que podría darle un hogar donde no sintiera la necesidad de poder y destrucción propia de su raza. Tan convencida estaba de ello que aceptó sin dudar el cebo que se le tendía en aquella criatura aparentemente indefensa. Pero no pudo combatir las inclinaciones de su pupilo con amor, porque ella misma se había prohibido sentirlo.

Y ahora tendría que acabar con él. Se alegró de no haberse encariñado aún más con aquel Fenwick.
Cuando por fin las nieblas de la droga se disiparon por completo, comprobó si el hechizo de incapacitación seguía operativo. El muchacho había aprendido bien: había anulado por completo la capacidad de su prisionera de manejar el poder, aunque éste corriese por sus venas más puro que en cualquier otro lugar del universo. Pero no había aplastado su espíritu.

Se levantó de la cama y se dirigió hacia la puerta. Era una puerta de madera, reforzada con planchas de hierro, fabricada para resistir cualquier embate. La archimaga colocó las palmas de las manos sobre el hierro, cerró los ojos y, con un supremo esfuerzo de la conciencia, se proyectó. Su voluntad se zambulló entre las planchas, hacia la madera, y le habló. Te conozco, le dijo, recuerdo que fuiste un árbol alto. Y tú me conoces a mí, sabes cuál es mi lugar en el orden de las cosas. Sabes que he de salir de aquí. La madera comprendió. El hierro cedió fácilmente a sus súplicas. Bajo las manos de la Dama Blanca, el hierro cedió a las demandas del oxígeno voraz y se oxidó en un instante. Las fibras de la madera se desenredaron. En apenas un minuto sólo quedaba un montón de orín y virutas en el suelo.

Frente a la Dama estaba el que fuera su protegido, que la miraba con desconcierto.

-¿Cómo has podido hacer eso? ¡No puedes usar la magia!

-Y no la he usado. Nunca has considerado la tierra como algo vivo, ¿verdad? Jamás has pensado que la gente, los animales, las plantas que habitan el reino han impregnado con sus esencias la tierra, que ahora vela por ellos y participa de sus espíritus. A su debido tiempo los reclama a su seno. Jamás contemplaste más fuerza que la de la magia o los ejércitos, ¿no es cierto?

-¡Basta de tonterías! Tenía otros planes para ti, pero vamos a zanjar ahora mismo la cuestión de tu destino. La tierra se someterá, pero tú no vivirás para verlo.

El joven mago invocó una bola de fuego. Sin embargo, sus manos cayeron laxas a sus costados antes de haber pronunciado la primera runa. La archimaga seguía hablando, pero él no podía oírla. Todo su ser le exigía huir, pero su cuerpo no le respondía.

Ante él se erguía un ente de forma vagamente humana. En aquella figura horrenda fluctuaban el marrón, el verde y el azul en todas las tonalidades que podían admirarse en la tierra, el agua, el cielo o los pastos. No emitió ningún sonido, pero aquel Fenwick supo que quería algo y que ese algo era él. Deseó llorar, excusarse, arrepentirse, suplicar, pero seguía inmovilizado. Lleno de horror, vio cómo aquella cosa extendía su mano hacia él, lo tocaba y...

La Dama Blanca miró con aprensión cómo su protegido se deshacía tal y como lo hicieran el hierro y la madera. El espíritu de la tierra lo había reclamado. Cuando de su pupilo sólo quedaban un par de huesos que se reducían a polvo, sintió que la magia volvía a activarse en su interior. La forma antropomorfa que se erguía ante ella pareció disolverse en el aire y envolverla antes de desaparecer por completo. Por un breve segundo, participó del curso de los ríos, de la profundidad de las minas, del aire agitando las ramas. Por un instante fue uno con todos los seres vivientes. Al instante siguiente, estaba completamente sola de nuevo.

Con un suspiro de resignación, volvió al estudio a retomar los asuntos pendientes.

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Comentarios sobre esta opinión
cronopio2

cronopio2

04.07.2004 20:50

Desbordante imaginación. Como "game master" en un RPG no tienes precio

elpatata

elpatata

06.07.2003 21:24

Jajaja, pero no tenías que haber puesto la versión reducida antes, so cabrona :P Menos mal que tengo mala memoria :P No criticaré, ni juzgaré, ni diré nada, ya que no me lo quisiste pasar por el messenger ni correo, y he tenido que buscarlo yo :D

deluxi

deluxi

30.06.2003 12:18

Ufff, me ha cosatado ehhh. Acabo de leer El Caballero de la armadura oxidada, y este me ha costado... pero muy bien ehh. Un saludo

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