El mejor amigo del hombre

5  28.11.2011

Ventajas:
Son los mejores amigos del mundo

Desventajas:
No son para siempre

Djana

Sobre mí: La felicidad es el estado inmediatamente anterior a cuando todo se tuerce, (estuviéramos como estuvi...

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Esta opinión se la dedico, además de a mis mejores amigos, a Allegro (y señora), os la debía.

Ya le había comentado a Allegro que hace tiempo intenté escribir sobre ellos y no pude. Me convertí en un mar de lágrimas recordando cómo acabaron cada una de las 7 historias. El borrador, que se había mantenido intacto por años en Ciao, lo eliminé hace un mes, cuando me convencí de que nunca podría terminarlo por el camino que había comenzado. He cambiado la forma, pero no el contenido, que es rendirle un homenaje a los 7 mejores amigos que he tenido en mi vida.

Cuando yo nací Yorky ya estaba en casa y como era la más pequeña, supongo que me adoptó como su juguete o bien se creyó en el deber de convertirse en mi ángel de la guarda. Mi madre, desde luego, era el macho alfa, eso no tenía discusión, pero cuando el perro decía de salir a la calle tras de quien fuera, no había ser que le hiciera volver ni con ruegos ni con amenazas. Sólo volvía a su sitio si era yo quien le dirigía nuevamente y le pedía que se estuviera allí.

Blacky llegó a nuestras vidas un soleado día de mayo. Yo aún no había cumplido 9 años, pero ya era la tercera mudanza que había hecho y en la nueva casa, con un buen patio interno, sólo jugaban Yorky y Micky, una gata que me habían regalado unos vecinos antes de mudarnos porque el animalito se pasaba más tiempo en nuestra casa que en la de ellos jugando conmigo. Así antes de irnos, la dueña de la gata se apareció con ella y un enorme moño rosa alrededor de su cuello: “Llévatela para que no la eches de menos”. Un bonito gesto. Afortunadamente la buena señora nunca se enteró de cómo terminó la vida gatuna de Micky…
Recuerdo perfectamente el día que llegó Blacky porque era el cumpleaños de mi madre y la casa, que era muy grande, tenía 6 habitaciones, una de las cuales la tenía alquilada un par de hermanos muy majos. Uno de ellos, ese día, al volver del trabajo se trajo el perro a casa y se lo obsequió a mi madre. Nos dijo que se lo había encontrado paseando solo en el centro sin collar y sin ninguna identificación, se puso a jugar con él y el perro le siguió hasta casa.

Yorky y Blacky se hicieron amigos de inmediato, a pesar de la perronalidad tan distinta de cada uno. Mientras que Yorky era un pan con patas, Blacky era un gamberrete de mucho cuidado. Siempre lo identifiqué con Patán risitas, e incluso creo que alguna vez llegué a escucharle carcajearse por lo bajo, mientras hacía de las suyas. Así fue como un día convenció al bueno de Yorky de jugar al CSI y se cargaron a Micky con una limpia fractura de cuello. Ese día decidí que nunca más tendría a un gato en casa, estuve llorando un mes.

El tercero en llegar fue Fido. Era la mascota que un amigo había comprado a sus hijos, pero a la que no podían tener porque se le olvidó preguntar primero si aceptaban animales en su edificio. La respuesta era obvia. Estuvo con nosotros por muy poco tiempo, pero lo pasamos pipa con él, parecía mellizo y era la mar de alegre, siguiéndonos a mi hermano y a mí a todas partes. Una mala costumbre que le costó la vida cruzando una avenida cuando mi hermano le insistía para que volviera a casa.

Cuando aún no habíamos superado la pérdida de Fido, nuestro amigo se apareció en casa con otro perro, según dijo él, para que no pensáramos tanto en el primero y dejáramos de llorar, que nos íbamos a quedar secos y no teníamos edad para ello. Lo llamamos Squeezer, aunque daba igual lo que le dijeras, nunca venía… A mí me maravillaba que cada perro fuera tan distinto, cada uno con sus propias manías y virtudes. Cada uno se hacía querer a su manera.

Dejamos de vivir en casas con patio y nos mudamos a un edificio, sin perros. Ya no nos quedaba ni uno. Y mi madre, el perro alfa de la manada, el coronel del ejército, el ordeno y mando de nuestras vidas que había prohibido tajantemente más perros en nuestra historia, un buen día se aparece con una bolita de pelo y nos lo suelta en el salón… Tenía unos pulmones potentes, así que lo bauticé como Pioneer, en honor al equipo de sonido de la misma marca. Ella lo trajo y ella se lo llevó, para eso era el comandante en jefe. Lo regaló porque un día que el perro se quedó solo casi nos deja sin apartamento. No valieron ni súplicas ni lagrimitas y además, nos pidió encarecidamente que la próxima vez que a ella se le ocurriera antojarse de un perro, que llamáramos a alguna fuerza de seguridad o del orden público que la hiciera entrar en razón. Así que la siguiente vez que la oí pedir por favor que una vez más quería un perro, sabía que estábamos en problemas. Habíamos vuelto de nuevo a una casa. Grande y esta vez las dos solas.

Mi madre: Deberíamos buscarnos un perro…

Yo: Ni lo sueñes.

Mi madre: Necesitamos un guardián en casa.

Yo: Como sigas, llamo a la Policía.

Mi madre: O traes tú a un perro o lo traigo yo.

Si es que sólo ella sabe cómo acabar las discusiones… Lo traje yo, así que el perro era mío y como era mío lo rebauticé: se llamaba Orión y una vez que entró en casa, se llamó Orión Cayetano ¿No querías a alguien de la realeza en la familia? Pues, toma.

El perro era mío, pero se encargaba ella, yo sólo jugaba con él. Yo era el poli bueno y mi madre el poli malo.
Orión Cayetano tenía la inteligencia perruna más aguda que yo había visto, y mira que todos nuestros perros eran muy listos, pero un día me demostró que a lo largo de mi vida quizá no fuera a conocer demasiados seres humanos con tal capacidad de comprensión.

En el patio de casa se estaba construyendo un tanque subterráneo, así que en el suelo, día a día, el agujero se iba profundizando. Orión tenía por costumbre pegarse unas buenas carreras de extremo a extremo saltando por encima del hueco, mientras la profundidad no era muy aparente. Sin embargo, llegó el día en que el agujero por lo visto sobrepasó sus expectativas y su instinto animal le sugirió que dejara de hacer el tonto. Esto no tendría nada de extraordinario si el perro hubiera dejado de hacerlo sin más, pero es que en el patio teníamos árboles y me quedé poco menos que lela viendo cómo Orión empujó hacia el agujero con una de sus patas una hoja caída, mientras asomaba el hocico a las profundidades para ver cómo desaparecía la hoja. Se ve que aquello no le gustó ni pizca porque inmediatamente se dio media vuelta y no volvió a dar carreras ni a hacer saltos de obstáculo hasta que el tanque no estuvo terminado y sellado. Fue mi última mascota americana antes de venirme a España y a medida que he ido conociendo según qué gente, más me convenzo de que mis perros han sido más y mejores “seres humanos” que algunas personas, y no tenéis que ofenderos porque no me estoy refiriendo a ninguno de vosotros, que sois personas estupendas.

La última ha sido la única perra en mi historia, y la que me terminó de romper el corazón. Nos dejó de recuerdo una hija a la que vamos a ver con cierta frecuencia, y que además, parece su clon. Con esta mascota, después de los gatos, decidí no volver a tener un perro en mi vida, a no ser que viva sola y aún así me lo pensaría y mucho.

El afecto, la lealtad, los buenos momentos que te hacen vivir estos amigos, para mí no se compensan con lo mal que lo paso cuando los pierdo, así que prefiero pasar sin ellos. Me involucro demasiado y aún no he aprendido a desligar mis emociones con respecto al afecto que siento por los animales, con los humanos es más fácil.
Un perro no te lastima adrede, jamás te arma escenitas de celos y sobre todo, un perro nunca miente ni finge algo que no siente.
Un perro siempre está dispuesto a jugar contigo, no importa lo cansado que esté, y para él, tú eres el dueño más guapo y listo del mundo, aunque le digas que su madre es una perra (y a mi Orioncete se lo decía cada dos por tres).
Un perro jamás te guardará rencor por no reírte de sus chistes malos sobre gatos, y se comerá encantado de la vida la comida que le pongas, aunque le falte un poco de sal.

No me queda duda, mejor las mascotas animales que las humanas.


Y aunque creo que el cielo no existe para los humanos, estoy segura que todos los perros (y todas las mascotas) van al cielo animal.
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Comentarios sobre esta opinión
nycblue

nycblue

14.09.2013 04:54

Que bonito recorrido narrativo nos has hecho por tus mascotas perrunas y alguna gatuna. La verdad es que en mi caso solo he tenido dos, pero un grave problema de alergia ha hecho que se hayan alejado de mí... Yo también creo que si existe un cielo canino, ellos irán de cabeza hacia allí. Un beso :I)

dextrosa

dextrosa

17.01.2012 15:55

Siento no haber leído esta opinión antes, comprendo todo lo que dices, obrecita en ella. Los animales son tan nobles y leales que a veces, a mí personalmente, me gustaría que fueran menos dependientes para que no sufrieran tanto. Me ha impactado lo de tu gata, que forma más horrible de morir, pobrecita. La opinión preciosa y las fotos muy bonitas. Un beso!!

jessy_nubledo

jessy_nubledo

23.12.2011 18:26

Sin duda, cierto es que es el mejor amigo del hombre. Excepcional! Un saludo! ;)

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