Por la letra E

Imágenes de la comunidad

Por la letra E

> Ver características

77% positivo

1154 opiniones de la comunidad

No se encontraron los ofertas para la búsqueda

Opinión sobre "Por la letra E"

publicada 18/10/2015 | MorenoSister
usuario desde : 27/02/2007
Opiniones : 494
Confianza conseguida : 261
Sobre mí :
Dudas...
Bueno
Ventajas --------------------------------
Desventajas -------------------------------
excepcional

"Esto es la vida misma (I)"

Mi vecina Maruja siempre me está diciendo lo mismo: tienes que salir más, tienes que conocer gente, vestirte mejor, que tus hijos ya son mayores pero tú aun eres joven, y tú no haces más que crucigramas y tapetes de ganchillo. Es verdad, lo reconozco. Tengo tantos tapetitos de ganchillo que hasta le he hecho uno a la cama del gato. Lo de los crucigramas también es verdad, llego a coleccionar los librillos que acabo hasta que un día me da la neura y los tiro todos a la basura, prometiéndome que jamás volveré a caer en el vicio. Ay, el vicio. Esa palabra que me persigue y se me pega como un papel de caramelo calentado por el sol a la suela del zapato.

Porque yo era una niña a la que mi madre le metía mucho miedo con el vicio. Tanto me hablaba de él que llegué a pensar que era un señor encorbatado que venía a casa y te ofrecía todo tipo de cosas para arrastrarte a los ardientes infiernos. Con muy mala leche, vaya. Además ella lo solía utilizar asociado al pecado mortal y eso eran ya palabras mayores porque pecar, lo que se dice pecar, era todo. Si debajo del pijama tras el baño no me ponía braguitas, era pecado. Si me quedaba mirando al vacío y haciéndome rulitos con el pelo, era pecado. Si leía los tebeos de "Esther y su mundo", era pecado. Si no hacía los deberes o las tareas de casa, era pecado. Me hice una lista a la que cada día iba añadiendo pecados nuevos y sorprendentes y la tenía pegada en la puerta de mi habitación. Tirar medio limón pocho a la basura me tuvo sin dormir dos días, porque me dijo mi madre que no pensaba en los negritos de África, muertecitos de hambre y sed. Un drama. Encima de pecadora, asesina de pobres negritos.

En la adolescencia fue mucho peor porque claro, aparecieron en el horizonte esos seres vociferantes y pegadores de collejas llamados "chicos". Segun mi madre "todos esos quieren lo mismo", frase misteriosa que me tuvo en un ay durante mucho tiempo porque no conseguía sacarle el sentido. Por lo que yo veía, lo que querían era comer bocadillos de panceta, pegarse en el recreo, correr como apaches detrás de una pelota y decirle a Martita, la rubia de gafas de mi clase, que tenía el culo como una plaza de toros. Curiosamente años después Martita tenía a esos mismos cafres todo el día detrás de su culo mientras hacían ruidos muy curiosos. Lo que es la vida.

En el instituto, con tantas prohibiciones como llevaba memorizadas, lo tuve bastante complicado en algunas cosas. Eran ya clases mixtas y yo, aunque boba y reprimida, no podía evitar fijarme en algunos de mis compañeros. En realidad tenía la vana esperanza que alguno dijese también algo de mi culo o de cualquier otra parte de mi anatomía, pero he de reconocer que no tuve mucho éxito. Mi madre decía de mí que era una niña fuerte y sana pero resultaba evidente que era gorda. Sin paliativos. Mis compañeros me apodaron "Lucera" desde el principio de curso e incluso un gracioso, una vez, me trajo un cencerro de su pueblo. Quejarme y poner mala cara no podía, que era pecado y las señoritas no arrugan el morro ni blasfeman sobre los ancestros de los demás. Así que puse mi mejor sonrisa y di las gracias. Desde ese momento conseguí lo que quería, que mi culo fuese nombrado constantemente porque el tipo del cencerro además de llamarme "Lucera" lo amplió a "tonta del culo".

- Que se ha fijado en mi culo, Merche - le decía yo tan feliz a mi mejor amiga de entonces, qué bendita inocencia.
- Pero no seas mendruga, que te está llamando tonta.
- Sí, pero tonta del culo, no tonta a secas. Eso quiere decir algo ¿a que sí?
- Sí, que te has dado un golpe en la cabeza o algo.

En los dos años siguientes bajé algo de peso gracias a las clases de gimnasia, a las caminatas que me daba hasta el insituto para guardarme el dinero del autobús y las abdominales que hacía en la cama antes de levantarme sin que mi madre se enterase. El deporte no era para señoritas, afirmaba, porque se les ponen piernas de camionero y espaldas de gañan. Y según ella, antes muerta que gañán. Lo que me ahorraba en bus me lo gastaba en pinturines para la cara. De los baratos, claro, que no daban los duros para más. Mis compañeras contaban que se pintaban en el ascensor cuando se marchaban a clase. Mi edificio tenía cinco plantas y ningún ascensor, ese era un pequeño inconveniente. Al prinicpio me llevaba un espejito en la mochila y me pintaba en el descansillo del tercero hasta que una mañana me pilló un vecino, el que trabajaba de guardia de seguridad en el mercado y solía volver con bolsas llenas de fruta y berenjenas en vinagre. Me soltó un mitín de quince minutos sobre ir pintada como una puerta y que ya debería saber a mi edad que todos los tíos querían lo mismo.

Ah, de nuevo el gran misterio. Podría haberle preguntado a él, que se le veía adulto y bien comido, pero preferí no llegar tarde a clase. Pero aquella duda me corroía. Todos los tíos querían lo mismo, me decían. Pues aparte del culo de Martita (ya me había enterado que lo mío era más bien insulto) no notaba yo más querencias generales. Me propuse investigar. También investigaría lo de ir pintada como una puerta, porque las de mi casa eran marrones y barnizadas. Desde ese día me pintaba usando el espejo de algún coche aparcado en la calle. A veces me regañaban los dueños, pero había que correr el riesgo y evitar el Ford Fiesta verde cuyo dueño tenía un asqueroso perro-patada que mordía los tobillos primero y te meaba después.

El descubrimiento de lo que querían los tíos en mi caso fue tardío. Bueno, a nivel teórico lo tenía claro porque en tercero de bachillerato muchas de mis compañeras aprovechaban para irse a rincones escondidos en el patio con chicos más o menos guapos. Qué ejercicios de lengua y sin subordinadas, era tremendo. Un día me fijé que Martita tenía la mano izquierda metida en el pantalón de Roque y el pobre o estaba sufriendo mucho o tenía un ataque de asma. Porque aquellos "ah, ah, ah, ah" y los ojos en blanco no auguraban nada bueno. Mi primera idea fue echar a correr a buscar a la enfermera pero algo me detuvo y decidí interiorizar lo que había visto. Por entonces no existía la Wikipedia, pero en casa, en el estante más alto del armarío, había un libro casi escondido llamado "Vida sexual sana" que seguro que me daba las claves. Mi único error ese día fue quedarme tan pichi mirando el ejercicio manual. Cómo se puso el tal Roque, madre mía, hasta piedras me tiró mientras yo corría como un gamo histérico.

Llegué al matrimonio completamente inmaculada, aunque mi Salva tenía las manos muy largas. A veces me daban unos sudores y unos picorcillos en zonas pudendas muy agradables, pero no cedí. Mi madre decía que la noche de bodas era muy especial, pero que me relajase y le dejase hacer a él. Pero ¿hacer qué? me preguntaba yo en el colmo de la duda. Que había visto ilustraciones y había hablado con amigas, sí, pero la logística del asunto se me escapaba. Y allí estaba yo con mi camisoncito lleno de lazos en eso que llaman tálamo matrimonial dispuesta al sacrificio, cuando apareció mi Salva en el dintel de la puerta del baño completamente desnudo. Muda de la impresión me quedé cuando vi aquello mientras procesaba información a toda velocidad: eso enorme y levantado como la espada de Don Pelayo tenía que introducirla en un agujerito que yo conocía más o menos bien. Más bien menos, la verdad, porque mi madre nunca me había dejado siquiera usar tampones, porque eran pecado y podían hacerme perder mi pureza. Pero aquello no era un tampón pequeño y blanquito, aquello era una de las berenjenas del vecino hiperdesarrollada. Sin vinagre, eso sí. Sin embargo la noche fue bien. Y las siguientes muy bien. Más que bien. Qué engañada me había tenido mi madre y qué hombretón era mi Salva.

Sí, demasiado hombretón, esa fue la verdad. Después de diez años, dos hijos y un adorno sobre la cabeza de tal tamaño que me impedía pasar por las puertas, mi Salva decidió que era mucha espada para tan poco agujerito y se largó a vivir con la charcutera del mercado que, según contaban las viperinas del barrio, era un prodigio en el manejo de las barras de chopped. Capaz era de ponerlas literalmente al gratén, contaban. Nunca supe si aquello era cierto pero mi Salva, que ya no era mi Salva sino Salva a secas, acabó pareciendo un espantajo con los ojos de huevo. Era oir la voz de la charcutera y pegaba un brinco que se clavaba en el techo como en los dibujos del Lindo Pulgoso.

Como mi madre siempre me enseñó a tener la casa como los chorros del oro, por aquello de que la limpieza externa conllevaba la del alma libre de vicios y pecados, empecé a limpiar casas en el barrio. En la del solterón de la esquina sólo estuve dos días, '''porque a la que me ponía a limpiar la cocina, el tipo salía en camiseta del dormitorio en plan ciervo en la berrea y dando unos saltitos curiosos para colocarse detrás de mí y comenzar una especie de lambada con giro baboleante de tripa y mucho refroteo'''. Que me diese la vuelta, tirase de la goma de su pantalón de pijama y le echase dentro el agua caliente con amoniaco del fregado no le hizo mucha gracia. Ni siquiera me pagó las horas y eso que le dejé el baño tan limpio que el tío descubrió que su color original no era gris marengo sino blanco clara de huevo. De allí salió una caja de Abrotano Macho de 1971 que andaba sola. En el pasillo se la dejé persiguiendo al gato.

Al poco me empleé de cocinera en un bar donde me dejaban llevar a mis hijos a comer y me ahorraba un dinero. No me pagaban mucho pero podía llevarme la comida sobrante a casa. Enseguida descubrí que no eran muy escrupulosos con la calidad de la carne o la verdura que compraban. En realidad cogían la que dejaban en los contenedores de MercaMadrid y yo me las deseaba para poder hacer guisos que ni supieran a pocho. Venga pimentón y vino blanco y mucho pan en las mesas y, por supuestos, mis hijos comían del túper que les llevaba de casa. A los obreros que comían allí no les importaba mucho aunque más de uno comentó que el filete les miraba fijo y muy feo. Una vez vino Salva a comer y, haciéndome un aparte, me confesó que estaba harto de fiambre y chopped y que añoraba las tardes de sofá conmigo. Le recomendé un antiácido y vitaminas y que anda y que se tocase la bolita del ojo. Estaba empezando a quedarse calvo y entre eso y los ojos de huevo en permanente gesto de susto, se parecía a un extra de Fraguel Rock

------------CONTINUARÁ-----------------.



Evaluaciones de la comunidad

Esta opinión ha sido leída 413 veces y ha sido evaluada un
93% :
> Cómo evaluar una opinión
excepcional

Su evaluación sobre esta opinión

Comentarios en esta opinión

  • Octubre2007 publicada 19/11/2015
    Estoy deseando seguir esta historia....a ver....
  • Giovanka publicada 03/11/2015
    ¡¡Valorada!!....besos.
  • Elaine6982 publicada 02/11/2015
    Lo que has contado me recuerda mucho a mi colegio no a vivencias concretas pero sí a la educación. A la espera de tu continuación, que bien escribes. Excepcional!
  • ¿Te ha gustado esta opinión? ¿Tienes alguna pregunta? Identifícate con tu cuenta Ciao para poder dejarle un comentario al autor. Entrar

Información técnica : Por la letra E

Descripción del fabricante del producto

Ciao

Incluido en Ciao desde: 22/11/2001