Guerra y Apocalipsis

1  08.05.2005

Ventajas:
Ninguna

Desventajas:
Todas

Recomendable: No 

THeDaRK

Sobre mí: I’m normally not a praying man, but if you’re up there, please save me... Superman! (H.J.S.)

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El crepúsculo se despedía tiñendo de sangre el horizonte coronado de lágrimas marchitas. Estaba cayendo la noche, ocultándolo todo bajo su manto de tinieblas desgarradoras en un ciclo sin fin.

Un mar de pupilas doradas se aproximaban sigilosas, las alimañas nocturnas tomaban el relevo de los altivos buitres negros en su tarea de desgarrar la carne de vencedores y vencidos en una guerra que les era ajena. La atmósfera era asfixiante, la muerte estaba presente allí aquella noche, entre llantos agónicos y miradas fijas de cadáveres, entre vísceras laceradas y la estupidez de los mortales.

Del hedor de cuerpos amontonados en una orgía inanimada en el campo de batalla pareció erguirse una silueta, expectante, que se fundía en uno con la propia lobreguez de aquella noche sin luna maldita.
Las bestias se apartaban a su paso entre chillidos nerviosos y amenazantes. Aquel ser tenía el olor nauseabundo de la muerte incrustado en sus rojizas pupilas.

Su túnica negra estaba ribeteada de bordados granate, símbolos de poder de los astros regentes, de los entes oscuros que observan tejerse nuestros destinos desde la sombra de otros planos, los signos de Voor y de Mnar, formas escarlatas que refulgían como el fuego en ausencia de la luz y la garra pétrea de Lammas, segador de almas.

Para un hijo de Yog-Sothoth no hay mejor noticia que la guerra. La muerte, dulce amiga, esparce por doquier su gris beso entre los hombres. Podría pasar siglos entre cadáveres viendo descomponerse los cuerpos bajo las inclemencias del tiempo, o ver cómo los cuervos se disputan algún globo ocular arrancado a picotazos de su cuenca y oír a los gusanos devorarse unos a otros en una blanca marabunta ciega.

Le gustaba beber la sangre de los mortales recién derramada, si había sido por una muerte repentina y violenta, mucho más, pues a veces el alma queda atrapada mientras los planos de la vida y la muerte se entrelazan unos segundos si no se distingue el camino. Disfrutaba esos instantes en que absorbía la vida y recuerdos de los desdichados, saboreando cada agudo gesto de dolor de sus esencias torturadas por la pérdida sin sentido de otros de esos débiles seres.

Y se regocijaba al ver las truncadas esperanzas en las retinas opacas cubiertas por el velo inmisericorde de su negra hermana. Y disfrutaba contemplando el beso desgarrador de la desesperación en las miradas frías antes de ser olvidadas para siempre.

De cuando en cuando algún miserable trataba de evadir su destino inevitable, entonces blandía la Cimitarra de Barzai, forjada y atada al mundo de las sombras según el viejo Saber, hendiéndoles el pecho y haciendo que sus runas de sangre viva resplandecieran, ofreciendo su tributo a los moradores de las tinieblas; Hastur el Viento Maldito, Nyarlathotep el Que No Tiene Forma, Na-hag la Tres Veces Olvidada, Sub-Niggurat el Horror Desconocido...

Continuó deslizándose entre las sombras, siseando apremiante, como un lobo que olfatea la sangre de la presa herida. En la noche sin luna, no todos los muertos son iguales. Necesitaba su sangre. Rojo veneno de necedad en la caída de imperios ancestrales. Néctar maldito y corrupto por las ambiciones.

Una corona aplastada, caída sobre la frente de un hombre le hizo detenerse. Los últimos soberanos de los hombres conducían a sus pueblos hacia el exterminio absoluto.
Trazó en el aire el símbolo de los seis elementos; Agua, Aire, Tierra, Fuego, Luz y Oscuridad. Encomendándose a Nug-Soth, la sombra oscura que susurra las verdades, depositó la sangre del rey caído en un ornamentado cáliz grabado con cientos de fórmulas geométricas, símbolo de la búsqueda del poder y la riqueza, de la codicia y de la opresión, de la injusticia y crueldad extremas.

Se arrodilló y extrajo de su túnica el Libro de los Muertos. En sus páginas se hallaban los nombres de todas las víctimas de todas las guerras que había sufrido la humanidad, desde el tiempo en que los moradores de las estrellas abandonaron a los hombres a su suerte, dejándolos a merced de su estúpida voluntad.
Un libro maldito escrito con la sangre seca de los reyes infames que condujeron a sus pueblos a la guerra y la destrucción, escrita con sus delirios de grandeza, con la locura que embargaba sus ojos, con los tizones encendidos de la ira en sus espuelas, dispuestos a vender su alma por una mísera moneda en un mundo podrido que apestaba. Era la sangre negra de seres egoístas a los que nada importaba salvo su propia gloria, seres que serían atormentados por siempre en el vacío de los horrores.

Trazó en el libro encuadernado con piel humana los Signos de Poder que abrían las Puertas, y con la sangre escribió los nombres y horrores de una nueva batalla en los albores de la tempestad. Anteriormente ya había escrito miles de páginas, correspondientes a otras tantas inútiles batallas y por cada batalla un nuevo demonio había sido liberado para emponzoñar la tierra con sus maldades.

Odiaba a toda forma de existencia visceralmente, pero en cada nombre que escribía veía más cerca el día en que sus Señores surgirían de nuevo de los Abismos de la Inexistencia, con sus legiones de criaturas y aberraciones. Y toda forma de vida sería brutalmente aniquilada, tan sólo la muerte y sus hijos hollarían aquellos parajes por siempre jamás, como estaba anunciado.
Ese día llegaría cuando él escribiese en el Libro de los Muertos la última página narrando la última gran guerra de la humanidad, en la que los mortales renunciarían a la luz de las estrellas y a la esperanza y se despedazarían entre ellos como bestias encerradas en una jaula, incapaces de coexistir, desgarrándose furiosamente los unos a los otros con las afiladas dagas de la mentira y la envidia.

El odio dominaría la faz de la tierra y el Señor Yog-Sothoth que mora en la oscuridad del Vacío Exterior acudiría a la Tierra una vez más y una vez abierta la Puerta, sería destruida sin cerrarse, y de los Abismos surgirían todas las Pesadillas de los hombres y toda forma de Vida llegaría a su fin.
Cuando terminó de escribir el último de los nombres, una crueldad y un odio indescriptibles se apoderaron de su negra esencia haciéndole regocijarse. Sobre su mano derecha descansaba la última de las páginas en blanco del libro maldito. La próxima guerra sería la que había anhelado desde hacía siglos, sólo debía ser paciente… la naturaleza misma de la humanidad se encargaría de satisfacerle.

Leyó de nuevo la frase de la primera página del libro que había escrito al principio de las edades:

"Eso que no está muerto, que puede permanecer eternamente, y con desconocidos eones incluso la muerte puede fenecer."
Abdul Al-Hazred

Y al pie de la última página en blanco escribió, esta vez con su propia sangre:

"Y hasta el último de sus días el hombre pudo escoger su destino. Y una vez escogió, tuvo que asumir el precio de su libertad hasta el fin de los tiempos."
Abdul Al-Hazred

Nota: Al Azif (Necronomicon) , Abdul Al-Hazred , (Damasco, año 700??).

Cada guerra nos acerca un poco más al fin de la humanidad. Llegará un día en que simplemente nos destruiremos nosotros mismos por el odio, la codicia y la sed de poder. Y en ello no habrá habido ninguna fuerza externa, tan sólo el hombre será el responsable.
Fotos de Por la letra G
Por la letra G Fotografía 732934 tb
Necronomicon
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Comentarios sobre esta opinión
Yasire

Yasire

21.10.2005 22:39

Te estoy descubriendo, y me gusta lo que leo. Muy bonito, se nota que estabas inspirado, jeje. Besitozzz ;-P

marielle

marielle

29.06.2005 19:44

"... formas escarlatas que refulgían como el fuego en ausencia de la luz..." - bellísimo, realmente me ha sorprendido y dejado unas cuántas preguntas en el alma

Elisabeta

Elisabeta

19.05.2005 18:54

Me ha gustado mucho :D una pasada. Un besazo!!

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