Un cuento para B.

3  26.02.2010 (09.11.2010)

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La_cara_oculta

Sobre mí:

usuario desde:15.12.2009

Opiniones:82

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8-11-2010

Corrigiendo viejas opiniones y soñando despierta como siempre.

A esta sólo le he cambiado el título y nada más, quizá algún día le escriba algo mejor, como ella merece.

***

Brunita, preciosa., espero que no te moleste que haya publicado esta paranoia de relato en Ciao... después de tantos meses que hace que lo leiste por primera vez. Besos.

Principios de los década de 1980, Pontevedra.


Lo encontraron en la playa, tumbado en la arena con los ojos abiertos perdidos en el cielo azul mientras las olas rompían suavemente sobre la arena; tenía clavada una jeringuilla en un brazo delgado y nervudo; el rostro paralizado en una mueca eterna de satisfacción y con el otro brazo señalaba unas palabras que había escrito en la arena: Conozco tu secreto, abuelo.

Secretos, el anciano miró el cadáver de su nieto: la heroína había sido más fuerte que él y en su mundo no había lugar para los débiles.

Los lobos elevaron un coro espectral de aullidos, un réquiem que el joven escucharía desde el infierno.

http://www.youtube.com/watch?v=vLKw6kSOqIw

La Noche de los Lobos

El 8 de Febrero de 2001 llené la bañera de agua tan caliente que el vapor invadió el cuarto de baño como la niebla del atardecer en el bosque mientras en el equipo de música del salón sonaban las notas maravillosas y sublimes del comienzo del Stabat Mater de Pergolesi. Antes de ponerme a llenar la bañera le había preparado la merienda a Lucía, mi hermana de siete años, que llegaría dentro de una hora de sus clases de Kárate ( había sido imposible convencerla para que se apuntara a clases de judo o de ballet como prefería nuestro padre porque desde que nació mi hermanita demostró tener una vena terca que hacía que no cediese ni un solo milímetro cuando se proponía algo) porque por tercera vez en lo que llevábamos de año, nuestros padres, que trabajaban en el mercado de las obras de arte habían tenido que salir de Madrid hacia el corazón del gélido Moscú en mi adorada Rusia que yo nunca había pisado y que, sin embargo, tanto amaba.

Me quité los bóxer de color negro y los lancé en el cesto de mimbre de la ropa sucia con la práctica que adquiere un chico de quince años cuando ha crecido sin la supervisión de sus padres y bajo la atenta mirada de una criada andaluza de penetrante mirada oscura como el carbón que llevaba cincuenta años en la familia. De mí, la vieja Doña María decía que era un demonio y solía rosmar* entre dientes, muy bajito pero tan claramente como el estallido de un relámpago, que de entre todas las mujeres que había en España mi padre, su adorado niño, se había casado con una gallega de sangre maldita. Afirmaba que había visto a los que eran como mi madre danzar desnudos y copular en la Sierra al son de la música de los gitanos. Y cuando se lo escuchaba decir, yo pensaba en una gitana andaluza de larga cabellera negra como la noche adornada con una flor roja como la sangre y negros ojos de mirada profunda y pétrea, piel morena… tan bella, tan cálida, tan sugerente mientras su voz de terciopelo declamaba los versos del romancero gitano de Lorca. Pero aquella semana María no estaba, había viajado a su pueblo natal en Andalucía a cuidar a un familiar enfermo.

Dentro de la bañera me recosté apoyando la espalda en el respaldo curvo mientras tarareaba las notas de Pergolesi; sentía como mi cuerpo se iba relajando, como el agua caliente ablandaba mis músculos entumecidos por pasar horas delante de la pantalla del ordenador. Alargué el brazo y cogí la caja de metal que había dejado sobre una banqueta, lo bastante cerca para no tener que levantarme. Me entretuve mirando el dibujo de un grupo de niños corriendo y saltando alrededor de una niña con trenzas, vestida al estilo de los años cuarenta del siglo XX, que volaba hacia las nubes en un columpio. Era un regalo que mi madre me había hecho muchos años atrás, una caja repleta de caramelos. Abrí la caja.

Ahí estaba…

El papel de aluminio finamente plegado, un zippo, una jeringa y la cantidad de heroína suficiente para tumbar a un caballo.

El zippo había pertenecido al hermano de mi madre, mi tío materno que había muerto de sobredosis de heroína en el 84, con veintiún años en una playa de la costa de Pontevedra. Encendí el mechero para contemplar su llama, siempre me he sentido fascinado por la llama y el olor a gasolina de estos encendedores.

Empecé a preparar la dosis por primera vez, porque con la heroína no me había atrevido a experimentar antes, por miedo a que la curiosa de mi hermana la encontrara. Qué traste de niña, nunca paraba quieta, siempre preguntando y revolviendo los cajones propios y ajenos, en busca de los tesoros olvidados.

— Cuidado Lucía, un día vas a destapar la Caja de Pandora.

— ¿Qué es Pandora?

— No qué sino quién, Pandora fue la primera mujer: los dioses le regalaron una caja que no podía abrir pero la tentación fue más fuerte que ella y los males se abatieron sobre el mundo.

— Claro, las cajas son para abrirlas. Yo soy como esa Pandora.

— Sí, eres una curiosilla. Y un regalo de los dioses.


Mi experiencia con las drogas se reducía a fumar costo afgano que me pasaba un chiquillo marroquí de diez años en el parque y marihuana que un compañero del instituto plantaba en el piso de sus padres, unos hippies que creían en el amor libre y seguían vistiendo y hablando como a principios de los setenta.

Pero ahí estaba yo, buscando cruzar el límite como había hecho mi tío veinte años atrás. Yo había encontrado el diario del hermano de mi madre y lo había leído con pasión; había devorado las páginas escritas con una caligrafía picuda e irregular que reflejaban la misma angustia que yo sentía…


Y escuché el sonido cadencioso de unas olas rompiendo en la playa.

Y luego… luego rocé con mis dedos la nada

Mi hermana me salvó la vida.

Llegó a casa antes de lo acostumbrado porque se suspendieron las clases de kárate; la trajo un vecino cuyo hijo también asiste a las clases. Mi hermana me encontró medio moribundo en la bañera por una sobredosis de heroína; ella no lo sabía pero habría sido mejor que me hubiera dejado morir.

Lucía se puso a gritar como si la estuvieran matando. La escuchó todo el edificio, los vecinos llamaron a la puerta pero estaba cerrada con llave, tal y como yo le había enseñado a hacer por miedo a los ladrones y mientras aparecía el conserje con las copias llegó la ambulancia y la policía. Había entrado en estado de coma, según me dijeron los médicos más tarde, y mi cuerpo laxo se deslizaba lentamente hacia el fondo de la bañera llena de agua. Si la heroína no me mataba lo haría el agua, tal y como yo esperaba.

Lucía impidió que me ahogara en el tiempo suficiente para que entrara un adulto y se hiciera cargo de la situación. Ella sola, con una fuerza inhumana en una niña de su edad me cogió de un brazo y tiró de mí cuerpo hacia la superficie. Yo no me enteraba de nada.

Había descendido a los infiernos, sí.

Sin embargo… ahora me parecía haber alcanzado el cielo, el nirvana, el éxtasis místico… libre de ataduras, de la prisión de la carne, deslizándome por una nada tan deliciosa como la que se encuentra dentro del útero materno antes de nacer.

Déjame, Lucía…

Yo tenía quince años. Era alto, muy delgado, como un fideo; ningún músculo se marcaba en mi cuerpo, mi pelo era largo y lacio, de color pajizo y mis ojos eran azules. No lo supe hasta más tarde pero las enfermeras me observaban intensamente cuando iban a ocuparse de mí. Cuando recuperé la consciencia, la situación me resultó indiferente: ni la actriz porno de mis sueños hubiera conseguido que me empalmara.

Y siempre estaba mi madre, sentada en una incómoda silla al lado de mi cama. La oía llorar y me hacía el dormido para…odiaba ver llorar a mi madre. Era superior a mis fuerzas.

“Su hijo está obsesionado con su hermana menor, eso no es bueno ni para él ni para ella. El intento de suicidio de su hijo es un aviso de que algo va mal y créanme, lo mejor es cortar de raíz antes de que las cosas vayan a peor, los abusos consentidos entre hermanos de diferente sexo son más comunes de lo que pensamos”

“¿Está usted diciendo que mi hijo abusa de su hermana de siete años? ¡Cómo se atreve a lanza esas mentiras por la boca! Usted no es una profesional de la psicología ni nada, ¡es un monstruo de mente sucia!”

“No he dicho que haya pasado ni que esté pasando, sólo les comento lo que puede pasar si no tienen cuidado. Créanme, he visto casos parecidos antes.”

“Andrea, debemos escuchar lo que nos dice la psicóloga, no deja de ser cierto que Roí y Lucía pasan mucho tiempo solos…”

Me separaron de mi hermana pequeña, Lucía, a la que yo había preparado biberones y cambiado los pañales cuando era un chiquillo de ocho años porque Doña María, el ama que había cuidado de mi padre y de mi abuelo era demasiado mayor para hacerlo, porque yo temía a la anciana de mirada dura e inteligente, sorprendentemente lúcida cuando nos miraba, a mí y a Lucía y decía mientras se persignaba:

Hijos de Satanás…

Mirando atrás puedo comprender ahora porque mi padre me odiaba tanto: yo estaba enamorado de mi madre, como muchos otros niños a temprana edad, pero lo mío rayaba en la obsesión. Él no la comprendía como yo… Mi padre lo percibía, percibía mi odio, mi hostilidad hacia él de una manera inconsciente...

Lucía, el alter ego de Blancanieves con un cabello tan negro como la noche, la tez blanca como la nieve y los ojos de un intenso azul cobalto.

http://www.youtube.com/watch?v=bzb4q0HDwA4&feature=related

Serra do Caurel… Llegué a la estación de autobuses de Lugo a las tres de la tarde, el día estaba despejado y hacía calor, un calor pegajoso y húmedo. Fui a la cafetería tal y como mi madre me había indicado que hiciera llevando conmigo mi pequeña maleta en la que llevaba mi ropa, algunos libros y mi ordenador portátil. Tenía además un sobre con dos mil euros que mi madre me había dado en secreto; un dinero que yo no pensaba utilizar, al menos por el momento.

Mientras saboreaba un zumo artificial de naranja y zanahoria al que había pedido que le añadiesen cubitos de hielo, me pregunté como sería mi bisabuelo y como me reconocería éste. Lo ignoraba casi todo sobre mi familia materna, no conocía a los primos que vivían en A Coruña, en Santiago y en la ciudad de Pontevedra de cuya importancia en la época medieval había leído en un libro. Doña María había dicho que ver la cara del viejo Andrés, mi bisabuelo por el que mi madre llevaba el nombre de Andrea, era como ver la cara verdadera del mal.

Un hombre se acercó a mi mesa, era alto, enjuto, tan viejo que era imposible saber su edad pero no cabía duda que éramos de la misma sangre: sus ojos eran del mismo tono azul cobalto que los de Lucía.

Qué ganas de fumar un porro de maría y desconectar, un poco, de todo. Mi padre se había encargado deshacerse de todas mis reservas de marihuana y de costo afgano de la mejor calidad que se podía encontrar en el mercado. Era un reaccionario contra esta droga, en cambio, no tenía nada contra el alcohol que desde mi punto de vista era muchísimo peor.

Nunca vi a mi padre ponerle una mano encima a mi madre. Sin embargo, la hubiese golpeado con placer, yo lo veía en sus ojos cuando la miraba, cuando llegaban de sus largos e interminables viajes de negocios y jugaban a que éramos una familia normal. ¿Cómo te van las cosas en el instituto, Roí? ¿Necesitas un profesor particular de matemáticas? ¿Hay alguna chica en tu vida? La sutileza nunca fue un rasgo a destacar en mis padres…

Mi abuelo sólo hablaba en gallego, pero no el gallego académico, de manual, que yo había aprendido de los libros ni el de Pontevedra con el que se dirigía a mi hermana y a mí nuestra madre. Andrés empleaba expresiones y giros idiomáticos que me resultaban incomprensibles en muchas ocasiones, hablada por él con su voz ronca a lingua no sonaba romántica, suave, lírica sino que era dura e inflexible como el granito. Pese a que pueda parecer lo contrario no teníamos problemas para hacernos entender, el anciano era parco en palabras; a veces parecía un monje que hubiese realizado el voto de silencio. A la noche, cuando terminábamos de atender a los animales encendía un fuego en el hogar de piedra de la lareira y ponía a calentar el agua para el caldo en una olla de hierro ennegrecido que pendía de una gruesa cadena. Si teníamos la visita de alguna comadre o de algún paisano, Andrés los invitaba a cenar tajadas de lacón con garbanzos y chorizos caseros; con el tiempo me acostumbré al sabor ligeramente salado de la carne en salazón y dejé de preocuparme por la hipertensión. Tenía quince años. De postre siempre tomábamos un queso mantecoso con miel silvestre que el viejo recogía en algún lugar de aquellos bosques.

Cuando tenía algún rato libre recorría las tierras que circundaban la casa del abuelo, me gustaba vagar por los prados verdes donde pastaban las vacas del viejo (de raza rubia gallega) y por el bosque cercano. Desde la niñez tenía obsesión por los bosques y por fin podía saciar mi curiosidad. Los viejos carballos parecían susurrar secretos al viento; allí, en las profundidades del bosque, por mucho calor que hiciera, siempre se encontraba un agradable frescor. Era un lugar que desbordaba la imaginación, los seres del otro mundo bien podían habitar en aquel paraje espiando la vida monótona de los habitantes del lugar cuando iban a recoger leña para la cruda e interminable estación invernal.

Me gustaba aquella vida que parecía tan tranquila y sosegada como la que proclamaba Fray Luís de León en uno de sus poemas. Yo, Roí, el quinceañero criado en un barrio alto de Madrid, obsesionado con los ordenadores y la informática, el que experimentaba con ciertas sustancias prohibidas para huir de mi mismo, estaba descubriendo que me agradaba la vida que llevaba mi abuelo materno en algún remoto lugar do Caurel. La única sombra que oscurecía un poco aquellos días era la ausencia de Lucía, el recuerdo de mi hermana avivaba el odio que sentía hacia mi padre. Maldito cabrón, en el fondo, pese a lo que le dijo a mi madre si pensaba que era capaz de abusar de mi hermana, él, que antes de casarse con mi madre era asiduo a los países célebres por ofrecer un gran mercado de carne infantil… qué asco me da mi propio padre, el apreciado por los medios de comunicación Rodolfo de… (Prefiero no escribir su apellido porque aparece con frecuencia en la prensa) Debería ser un hijo agradecido y amante pero lo único que podía sentir antes hacia mi padre era desprecio y ahora odio. Y siento lástima por mi madre…Ah, el odio, Doña María tiene razón, soy un hijo de Satanás, ¿Pero Lucía? ¿Andrea, mi madre? Ellas son tan inocentes y al mismo tiempo llenas de misterios insondables.

Querido hermanito mayor:

Estoy muy contenta de estar con los tíos y los primos pero te “hecho” de menos. Vivo en una enorme casa blanca rodeada de muchísimo campo donde los primos me han dicho que se crían caballos de pura raza andaluza. No sé lo que eso significa pero me han prometido que me van a enseñar a montar. Hoy hablé con mamá, llamó a la tía desde Atenas y la tía quedó preocupada pero a mi me mandó muchos besos y también para ti, aunque cuando se lo dije se echó a llorar, yo la oí aunque disimuló. Papá no pudo ponerse. Creo que sigue enfadado contigo. No puedo seguir escribiendo porque los tíos me van a llevar a conocer Sebilla con la prima Tatiana que tiene diez años y con el primo Óscar que tiene diecisiete.

Besos de mariposa

Me dice la tía que voy a Sevilla, con uve de vaca y de vacaciones y no con b.

Mi hermana era el epicentro de mi mundo; sólo yo era consciente del increíble potencial que representaba la mente de aquella niña. No es que Lucía fuese superdotada (según los test de inteligencia ambos lo éramos) sino que era excepcional. No debía llorar…no, no debía. Seguramente mi hermana era más feliz con primos de su edad que con su hermano mayor obsesionado con los ordenadores y los libros. ¿Has fumado marihuana delante de tu hermana pequeña?

Los adultos se creen con el derecho a juzgarte, olvidan que una vez ellos fueron niños y adolescentes: te sojuzgan por tus actos, te condenan por tus errores. Mis padres dedicaron su vida a su negocio, ¿realmente pensaron alguna vez que Doña María estaba preparada para criarnos? Lucía y yo creamos un mundo privado, personal, donde nadie podía entrar… allí, donde tan sólo nos necesitábamos el uno al otro.

Sentí que las lágrimas me abrasaban los ojos y caían sobre el papel; lo guardé como un autómata, encendí mi ordenador y me puse a jugar a un juego bélico. Mi madre me enviaba besos. Mi padre no quería saber nada de mí. Mi hermana no me olvidaba, ¿cómo había podido siquiera pensarlo?

El viejo no me dijo nada.

Aquel era el demonio del que tantas veces nos había hablado a Lucía y a mí Doña María, en sus ojos azul cobalto, tan parecidos a los de mi hermana, brillaba en ocasiones una comprensión inhumana.

Unos días después la rutina que había creado se quebró en mil pedazos: apareció una chica para romper la monotonía de mi letargo estival. Celia tenía diecisiete años, vivía en A Coruña y todos los veranos pasaba una semana en la casa de sus abuelos en O Caurel; cualquier otra habría preferido la playa y el sol pero pronto me di cuenta de que no era como las demás chicas a las que había conocido.

Quedábamos en el bosque y fumábamos los porros que había traído escondidos en la maleta mientras conversábamos de lo humano y de lo divino, de las aburridas asignaturas de la Educación Secundaria, de nuestros brillantes planes de futuro… ella aborrecía a su madre tanto como yo odiaba a mi padre.

Celia era realmente guapa pero un poco rara; jamás se acercaba a la casa de mi bisabuelo a pesar de que yo sabía que no habría ningún problema. Creo que le tenía miedo al viejo.

— Tu bisabuelo no es humano, él… ¿no te has dado cuenta? Corren toda clase de rumores sobre él.

— Bueno, es un poco viejo pero de ahí a insinuar que no es humano…

— ¿No has escuchado las historias que se cuentan de él sobre la guerra y de antes, incluso? Dicen que hizo un pacto con el diablo después de encontrar a la mujer que amaba en brazos de otro hombre, un señorito bien.

— ¿Y tú como sabes eso?

Celia solía encogerse de hombros, durante toda su vida había escuchado cientos de historias sobre mi bisabuelo, el cual era una especie de leyenda viviente. Un pacto con el diablo…Doña María se habría mostrado de acuerdo con ella.

Sí, me enamoré de Celia aquella semana que pasó en casa de sus abuelos, era una criatura exquisita. Leía a Platón en griego y le gustaba follar de manera casi salvaje; no era como ninguna mujer que hubiera conocido antes. Cuando se fue me advirtió que tuviera cuidado. Era una criatura exquisita, hay muy pocas como ella: yo me prometí que cuando todo aquello acabase la buscaría… Lucía, Celia y yo haríamos un trío magnífico, el mundo sería nuestro.

Los ojos de mi bisabuelo estaban clavados en mí y, de nuevo, tuve la sensación de que podía leer mis pensamientos.

-Roí, ve a la despensa y coge el pedazo de carne más grande que encuentres- me ordenó, no con palabras sino a través de la mente, con un tono que no daba derecho a réplica.

Obedecí, pensando que me estaba volviendo loco, tal vez, el caballo me había afectado más de lo que pensaba. (¿O eran las conversaciones con Celia?)Envolví un gran pedazo de carne salada en papel encerado y lo puse en una bolsa de lona; Andrés me esperaba en el umbral alto y erguido como un sauce, con una raída capa marrón sobre los hombros. Empezamos a caminar atravesando las tierras de labranza y de pasto hasta alcanzar el bosque y a medida que avanzábamos una niebla que surgía de la nada se iba espesando a cada paso que dábamos. Tuve miedo de perder de vista a Andrés; aceleré el paso para ponerme a su altura.

Dejé de pensar en mi hermana y en mi madre, concentrado en seguir el ritmo del anciano, procurando no enredarme los pies con las raíces traicioneras, esquivando las ramas bajos de los árboles. Era como si siempre me hubiese movido por aquellos bosques en lugar de por las calles madrileñas. Oí el aleteo de un ave por encima de las copas de los viejos robles y lo que me pareció el estremecedor aullido de un lobo; el sonido, semejante a un canto salvaje de belleza indescriptible hizo que me estremeciera hasta la médula espinal. Perdí de vista al viejo, era como si el robledal se lo hubiera tragado… me quedé inmóvil unos segundos. Di un paso. Luego otro. Sentí que algo invisible, una mano o, tal vez el viento, me rozaba la espalda, un toque tan leve como la caricia con una pluma, como los besos de mariposa que me regalaba Lucía…


http://www.youtube.com/watch?v=4IzAVTgMhoU&feature=related

Y de pronto me encontré en un claro.

— ¿Temes a los lobos, Roí?

Hubiera jurado que la pregunta no fue formulada con palabras, que sólo escuché su eco en mi mente. Maldita sea, la psicóloga había tenido razón después de todo: las drogas, incluso los petas, eran perjudiciales para un chico de quince años. Me imaginé el resto de mi vida como el paria de la familia. “Pobre Roí, sus padres hicieron todo lo que estaba en su mano por él, lo llevaron a los mejores colegios, le pagaron los mejores psicólogos… es una vergüenza para la familia”

¡Qué idea tan exquisita!

Allí, en el claro de un bosque de la Serra do Caurel, falto de aliento tras haber seguido a mi bisabuelo durante kilómetros sin pararnos a penas, lo supe: no era como los demás.

— ¿Temes a los lobos, Roí?

Me eché a reír a grandes carcajadas, como nunca me había reído en toda mi vida.

— No, no los temo— respondí.

El anciano me escudriñó con aquellos ojos suyos de párpados arrugados como pasas, los mismos ojos que tenia mi hermana Lucía y trazó un círculo con una rama puntiaguda en el suelo, sobre la hojarasca. Me indicó que dejara la carne fuera del círculo, a unos veinte metros y que me metiera dentro de él. No debía salir por nada del mundo, bajo ninguna circunstancia si tenía aprecio a mi vida.

— El hermano de tu madre no lo soportó, él eligió morir cuando vio lo que éramos.

— ¿Mi madre ha venido aquí?

— No, ella se negó.

Aunque intento recordar la secuencia de los hechos tal como sucedieron no puedo, aparecen desordenados e inconexos en mi mente, mezclados con recuerdos nunca vividos, con fragmentos de pesadillas y de pedazos de mi propio pasado, de mi vida, en el que las protagonistas absolutas eran mi madre y mi hermana… El anciano habló en una lengua antigua que en un principio identifiqué como latín o griego antiguo pero que no lo era, su voz era un murmullo grave que me recordó al canto de algunos chamanes de tribus primitivas (horas pasadas delante de la televisión viendo toda clase de documentales con Lucía)

Y de pronto sentí como si un rayo me hubiera partido en dos y vi a mi hermana en la consulta de la psicóloga. Le habían puesto un vestido azul y un lazo a juego en su pelo negro como la noche; yo sabía cuánto odiaba mi hermanita que los mayores la vistieran de “princesita”. Y también estaban mis padres, elegantes, altos, atractivos como modelos o actores de cine

¡Lucía!

— ¿Dónde está Roí? ¡Quiero ir con mi hermano!

— Tu hermano te ha hecho daño, Lucía… pero nunca más lo volverá a hacer.

— Roí siempre es bueno conmigo, nunca se porta mal: es el mejor hermano del mundo, ¡bruja!

— Lucía, respeta a tus mayores— la voz severa de nuestro padre

— Está diciendo mentiras, papá— Lucía estaba llorando

— Eres una niña, no sabes de lo que hablas.

— ¡Quiero a mi hermano!— exclamó con vehemencia.

— Olvídate, pasarás una temporada con los tíos paternos y después te llevaremos a Disneyland para que conozcas a Mickey y a la Sirenita.

En la finca de nuestros tíos en Andalucía

— Puedes escribir a tu hermano pero no hablar con él…

— ¿Puedo hablar con Roí, tita….?

— No, cariño, hoy tampoco. Dónde tu hermano está no hay teléfono ¿Por qué no le escribes otra postal?

— ¿Cuándo vendrá mamá?¿Dónde está?

— Tus padres están en Atenas… o en Ankara, no lo recuerdo.


Maldije a mi padre mil veces entre dientes. ¡Maldito cabrón! ¡Hijo de puta! ¡Cabrón!

El viejo dijo algo en aquella lengua incomprensible. Y, descendí a los infiernos, como el día fatídico que había decidido probar la heroína. Había lobos, una manada de lobos… me rodeaban, me observaban con unos ojos que brillaban con una inteligencia inhumana.

— Conozco a los que son como el viejo, tu bisabuelo… viven en los bosques gallegos, en las montañas de Asturias y de Cantabria, en las Sierras Andaluzas- me decía Doña María- No lleves a tu hermana por el camino del pecado.

Mi madre caminaba sin rumbo por las calles del Gran Bazar de Estambul alta, hermosa y sensual. El sol del ocaso hacía que su cabello semejara un nimbo dorado; quise correr hacia ella, que me rodeara con sus brazos y me acunara con la cabeza pegada a sus pechos, como antes de que naciera Lucía.

Los lobos aullaban, un coro espectral… ¿Mi madre nunca ha estado aquí, anciano?

Andrea entró en el hotel lujoso y decadente (el tipo de hoteles que siempre eligen los miembros de mi familia para alojarse), el stacatto de sus tacones resuena sobre el suelo de mosaico. Oh, Turquía… de pronto tuve una abrumadora visión: Lucía, mi hermana, era una bellísima adolescente vestida como una odalisca en una habitación de estilo oriental hollywoodiense y me sonreía invitadoramente…Mi madre cerró la puerta de su habitación tras de sí.

Mi padre yacía vestido en el centro de una cama tan enorme como un estadio y tardé un rato en darme cuenta de que estaba demasiado inmóvil. Andrea se acercó a él…en la camisa blanca, en su pecho, había una diminuta mancha roja… ella la tocó y la camisa absorbió la sangre tornándose gigantesca. Miré la cara de mi padre, ¡tenía los ojos abiertos y estáticos con la mirada vacía e idiota de los muertos!

Jadeé de la impresión. Mi padre estaba muerto y había sido por la mano de mi madre. Lo supe. No sé como, pero lo supe.

En la habitación había un escritorio y sobre el un ordenador portátil de última generación; mi madre lo encendió y durante unos minutos buscó algo en los archivos. Tenía los labios apretados en un rictus de amargura y, por primera vez, me fijé en las profundas ojeras que había bajo sus ojos.

La pantalla del ordenador mostraba una tras otra, fotos de niñas asiáticas no mayores que mi hermana. Eran fotografías obscenas, repugnantes y mi padre… ¡mi padre aparecía en la mayoría! Mi madre lloraba en silencio, gruesas lágrimas saladas que caían sobre el teclado.

— Esa es la verdad sobre tu padre, la verdad que ella siempre se negó a conocer… siempre ciega…

— ¡Cállate! Es tu nieta favorita, mi madre ha parido a Lucía que tiene tus mismos ojos, tu misma mirada… mi madre ha matado a mi padre. No me importa. Era un cabrón. ¡Sólo lamento no haber sido yo!

— El conocimiento exige a cambio un sacrificio— de nuevo el anciano habló en aquella extraña lengua.

Los lobos saltaron sobre mí sin darme la oportunidad de gritar, despedazaron mis miembros, devoraron mi carne… yo les dejé hacer. ¡Soy vuestro alimento!

La habitación del hotel turco empezó a esfumarse como la niebla bajo el sol. Vi a mi madre sonreír con tristeza al mirar una foto, hecha un año antes en la que Lucía y yo aparecíamos haciendo el tonto.

Después, nada.

Devoradme. Aquí tenéis mis entrañas…oh, esto es mejor que una dosis de heroína, que una sesión de sexo salvaje… ¿Dónde está mi bisabuelo?

Hasta que el sonido de un disparo reverberó en la nada a través del tiempo y del espacio…

Mientras permaneciera dentro del círculo estaría a salvo.


http://www.youtube.com/watch?v=DsEB9YLdonc&feature=related

****

Nueva York, 2013

Me tomé el café muy caliente; me quemé la lengua y me obligué a tragar un par de tostadas sin mermelada ni mantequilla. Me eché un vaso de zumo de naranja envasado- rico en vitamina C -según decía el envase de alegres colores naranjas, cogí mi bolso, las llaves y terminé de peinarme en el ascensor. Hacía seis meses que vivía en Nueva York y la gran ciudad me apasionaba.

Me habían llamado de varias agencias de modelos y de prestigiosas marcas de cosméticos porque querían que mi rostro apareciera asociado a sus productos. Eran ofertas tentadoras pero no me interesaban, mis padres habían muerto cuando yo era una niña en Estambul dejándome a mi hermano mayor y a mí una fortuna que daba vértigo. Prefería no pensar en mi hermano, Roí, la persona que más había amado en mi vida… hacía tres años que no iba a visitarlo al centro psiquiátrico privado en el que tuvo que ser ingresado después de la muerte de nuestros padres. No sé bien qué sucedió porque yo era muy pequeña y estaba con los tíos paternos en Sevilla mientras que Roí estaba con el abuelo de mamá en una aldea gallega perdida de la mano de Dios. Por lo que he podido deducir, se puso violento e intentó agredir al anciano, no sé que pudo llevarlo a ese estado de locura porque conmigo siempre fue todo dulzura, paciencia y amor. Prácticamente me crió el, un chiquillo…

El taxi me estaba esperando en la puerta, le indiqué el aeropuerto. Mientras el coche avanzaba me retoqué el maquillaje y dudé en recogerme el pelo en una coleta. Preferí dejarlo suelto, a él le gustaba más así…

Había visitado por última vez a Roí tres años antes, cuando cumplí dieciséis: le llevé un trozo de tarta de cumpleaños y una botella de vino francés y pasé la tarde con él. No me reconoció, permanece igual desde aquel fatídico verano, con la mirada vacua y un hilillo de baba que cae permanentemente de la comisura de sus labios. Aún así, es increíblemente guapo, tan rubio como lo era mamá. Pensar en mi hermano me daban ganas de llorar; Roí había sido un chico superdotado y se veía reducido a… aquello. Yo sabía que él hubiera preferido la muerte.

Los médicos me enviaban informes periódicamente en los que me detallaban el tratamiento y sus progresos, los cuales eran nulos. Muy de vez en cuando se ponía a gritar incoherencias sobre nuestros padres y sobre orgías de lobos, eran estados de gran violencia y exaltación y había que sedarlo…

Pobre Roí…

Llegué justo a tiempo al aeropuerto, el vuelo desde Londres no sufrió ningún retraso, me sentía nerviosa y temblaba como un flan. Lo distinguí de lejos. Un hombre muy alto y delgado vestido con un abrigo negro largo y un elegante sombrero como los que lucía Humphrey Bogart en sus películas. A pesar de ser centenario, era un hombre imponente, magnífico, con una mente aguda y afilada… nadie conocía realmente su edad ni a cuánto ascendía su fortuna personal.

Andrés era un misterio.

Mi bisabuelo me sonrió, resaltando la miríada de arrugas de su rostro; sin embargo, sus ojos eran del mismo color azul cobalto que los míos. Me dio un abrazo de oso, siempre me sorprendía la fuerza que tenía porque era un hombre muy delgado.

— Qué alegría que hayas venido— le dije sinceramente— vamos, el taxi nos está esperando… iremos a comer a uno de los mejores restaurantes de Nueva York y después te enseñaré mi apartamento. ¿Te parece bien?

— Por supuesto— me dijo con un tono de voz con el que sin duda habría seducido a incontables mujeres a lo largo de su vida- sé que te he enseñado bien: mi biznieta favorita sólo merece lo mejor de lo mejor.

De pronto me estremecí como si me hubiera rozado una corriente de aire frío… la imagen de mi hermano me golpeó como un puño en el estómago. Oh, Roí… si pudiera ayudarte.

Y tuve la sensación de que era así, de que el bisabuelo Andrés había traído todas las respuestas desde los lejanos bosques de Galicia… los misterios que tanto había ansiado conocer por fin me iban a ser desvelados.


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http://www.serradocourel.es/naturaleza.htm

http://www.fotopaises.com/imagenes/ES/6/1130524059.jpg


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Comentarios sobre esta opinión
DannyFlynn

DannyFlynn

22.08.2011 11:45

...Intenso, extenso...thriller parece, no?...De lo mejor que he leido en esta pagina y en tiempo...

mildudas

mildudas

19.11.2010 17:17

Sin palabras me he quedado! todo ha sido tan extraordinario y mágico: la ambientación, la trama llena de misterio y giros inesperados, esos personajes, el halo de leyenda, de lo mítico y ancestral que envuelve a todo el conjunto... No se lep uede pedir más.Es una obra maestra! Un excepcional con mucho cariño y con muchísma admiración!!! Un abrazo Elena

KaylaMorrison

KaylaMorrison

13.11.2010 18:37

Wow! Alucinada quedo...Ha habido un par de giros en el texto en el que me he quedado O_O pero ¿como...como...como? e incluso releerlo para ver que era cierto, que realmente habías puesto eso y no me lo estaba inventando....Tiene mucha intensidad y está muy bien unida una parte con otra, aunque me esperaba que la segunda parte la contara ella antes de que la nombraras en femenino, no se porqué, intuición supongo, en otro lado casi me quedo sin respiración, leyendo alucinada línea tras línea lo que iba sucediendo, sobre todo por la parte final del muchacho. Increible. Buenisimo.

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