¡Sapristiiiii! (Aventuras y desventuras II parte)

5  12.03.2008

Ventajas:
Las que queraís ver

Desventajas:
Las que queráis ver

Recomendable: Sí 

otisblues

Sobre mí: Pasando absolutamente...

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ANTECEDENTES DE HECHO

Os dejo el enlace de la primera parte de esta historia a "cuatro manos" http://www.ciao.es/Por_la_letra_A__Opinion_1467967

Cuando recibí el telegrama en mi residencia de Stratford Upon Avon, una conocida y añorada sensación se apoderó de mi cuerpo: era la sensación que siempre, desde hacía años, precedía al inicio de una nueva aventura. El laconismo del telegrama, acrecentaba esa comezón; decía así: "Sr. Otis Bluegard Stop Preséntese en Londres.'''Stop'''.Asunto de suma importancia.'''Stop'''.Partimos hacia el Amazonas.'''Stop'''.Embarcamos pasado mañana en el Asbestos D.Plower. Saludos.'''Stop'''. Dr. Frederick Pickolín"...

Ni que decir tiene que, de inmediato, dispuse los preparativos para coger el tren de las 16,45 que me llevaría a Victoria Station, desde allí una ligera caminata hasta la sede de la Geographic Society en Lexington Road donde me aguardaría el bueno del Dr. Frederick Pickolín, eminente naturalista, paleontólogo y botánico...

Dí las instrucciones precisas a Desmond, mi mayordomo, para que preparase el equipaje con vestimenta adecuada a los rigores del trópico: Sombrero Panamá de ala ancha, sahariana de color caqui, pantalón de loneta con varios bolsillos, cuchillo multiuso Paula Hanzel, botas de media caña...por mi parte, me pasé el resto de la mañana engrasando, revisando y poniendo a punto mi revólver Enfield MK III del calibre 38...uno nunca sabe lo que puede ocurrir...

A media tarde, traspasaba la sobria y elegante puerta de madera del salón principal de la Geographic Society; para ojos no habituados, aquella sala cuadrangular orlada de ricas maderas y suntuoso mobiliario, puede resultar un tanto intimidatoria: contiene miles de volúmenes en su biblioteca, así mismo y dispuestas en lugares etratégicos, destacan figuras animales de raros especímenes disecados; los mullidos y confortables sillones, en el mejor cuero de Lancastershire, invitan a repantingarse sobre ellos para las más amenas y sesudas conversaciones...un enorme globo terraqueo, encastrado en madera de ébano y con un mecanismo que posibilita su rotación, reina en el centro de la sala: talmente representa un desafío para los cientifícos que frecuentan este salón con asiduidad y para los aventureros que, como en mi caso, vivimos de recorrer todos sus confines...

En uno de los angulos más apartados del salón, al lado de los cortinajes de terciopelo verde y opuesto al gran ventanal que da a Lexington Road, se encontraba mi amigo, el Dr. Frederick Pickolín: Lucía, como siempre, su gastada levita de paño negro, el pantalón "milrayas" habitual, el chaleco gris de lana y la pajarita negra que destacaba, tal que un enorme insecto, sobre la camisa blanca de puntas retorcidas...el mismo Dr. Pickolín de siempre; me abrazó efusivamente, poniéndose de puntillas, dada su baja estatura, y me comentó la naturaleza de nuestra misión: Se trataba de encontrar la raiz de una planta ( un bulbo, en concreto ) que tenía la portentosa cualidad de, una vez masticado, recuperar a los enfermos de Disartria, una enfermedad de carácter nervioso que dificulta, enormemente, la articulación correcta de las palabras y el buen entendimiento de quienes la padecen...

Al parecer, aquel bulbo sólo se encontraba en algún lugar de la selva amazónica, en la ciudad de Manaos o su area; aquí el buen doctor no estaba muy seguro...de todas formas en dos días saldriamos para el continente sudamericano...

Al cabo de tres semanas, nos encontrábamos en plena selva: La Amazonía, en todo su esplendor, tuvo un efecto balsámico sobre nuestras mentes totalmente embotadas tras una travesía en el Asbestos D. Plower verdaderamente inverosímil; entre los desvaríos priápicos de un engrasador irlandés de rojos cabellos y las constantes lecturas de la Biblía por parte del Capitán Ebenezer T. Pendergrass, el viaje fue un cúmulo de despropósitos como nunca he vivido...

Afortunadamente el horroroso buque y su tripulación de orates, nos dejaron en el verdor esmeralda de ese majestuoso río que, ante nuestros ojos asombrados, presentaba una belleza incomparable; los ruidos propios de la selva fueron un descanso para nuestros oídos, despues de haber soportado la verborrea alocada, la cháchara delirante de aquella disparatada gente del Asbestos D. Plower...

La situación, tanto al buen Dr. Pickolín como a mí mismo, nos parecía idílica y plena de emocionantes aventuras e importantes descubrimientos, cuando un hecho crucial vino a sembrar de negros presagios nuestro avatar selvático: El viejo doctor empezó a encontrarse mal de forma repentina, unas fiebres que cursaban en temperaturas altísimas y lo dejaban totalmente extenuado, se cebaron sobre su menudo cuerpo...No había duda, mi amigo era presa de una enfermedad tropical; como quiera que no disponíamos más que de un rudimentario botiquín del todo insuficiente para remediar su afección, decidí cargar con el doctor a través de la selva, buscando ayuda en una de las aldeas que, con toda seguridad, se asitiaban en la ribera...

El doctor Pickolín ardía de fiebre cuando llegamos a un minúsculo asentamiento poblado de chozas: allí habitaba una tribu de indios amazónicos; cuando vieron el estado en que se encontraba mi compañero, fueron en busca de una especie de Chamán que llegó vestido con un taparrabos y una horrible máscara de colores intensos; de inmediato inició una extraña danza en torno a mi sufriente amigo; yo permanecía expectante y totalmente escéptico ante los resultado de tan inapropiado tratamiento...pero mi paciencia llegó al límite cuando el hechicero pretendió cubrir el cuerpo de mi amigo con bostas frescas de algún tipo de animal desconocido para mí: su olor era nauseabundo...detuve aquella charada de inmediato; en cuanto vieron el fulgor metálico de mi Enfield MK III retrocedieron despavoridos...

Fue entonces cuando me percaté que la única solución para el total restablecimiento de mi buen amigo, consistía en dejarlo al cuidado de un verdadero profesional: volví a cargar con él sobre mis espaldas, abandoné la aldea y me interné, de nuevo, en la selva...

Al cabo de dos días de marcha ininterrumpida, llegué a una población donde, de inmediato, envié un cable al Eton College, allí impartía clases mi amiga Valerie Sapristi, vieja conocida de anteriores aventuras y una reputada especialista en medicina tropical...la suerte de mi buen amigo, de la expedición y de mí mismo, dependía de su pronta llegada; la situación era extremadamente grave y, para empeorar las cosas, se nos había acabado el Té...

De saber las tremendas consecuencias que aquella petición de ayuda traería consigo, nunca hubiéra decidido llamarla...

(_Continuará_...)

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Comentarios sobre esta opinión
patriciaviejo29

patriciaviejo29

15.03.2008 14:40

Excepcional, vaya forma de escribir... esperamos la siguiente parte. Bsos.

ac52d

ac52d

14.03.2008 21:33

Excepcional, un relato que nos deja intrigados sobre su final, espero que no nos hagas esperar mucho. Besitos

Dorian9

Dorian9

13.03.2008 21:42

Estilo impoluto y ordenado como siempre, muy bueno... pero,¿ Por que tengo la sensación de que no hace honor al delirio y la elocuencia entre sapristi y tú en vuestros libros de visitas? Tienes capacidad de sobra para aportar locura a tus escritos y hacer reir con tus ocurrencias, pero aqui te has tornado algo serio...no lo entiendo.

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  1. patriciaviejo29
  2. ac52d
  3. ceci_thecool
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