Tubércula Parlantia (El desenlace ) 1ª parte...

5  16.04.2008 (18.04.2008)

Ventajas:
Las que queráis ver

Desventajas:
Las que queraís ver

Recomendable: Sí 

otisblues

Sobre mí: Prolifera, de manera alarmante, el uso de un comentario-tipo realmente absurdo: "valorada"...

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...A la espera de la pronta venida de la señorita Sapristi, transcurrían los días en aquella pequeña población de Nascimiento ( bonito nombre, sin duda... ) mientras el Dr. Pickolín era atendido en un pequeño dispensario. La verdad es que cuando llegué con él, albergaba negros presagios: pensaba que los días de mi buen amigo tocaban a su fin...pero aún resistía y todo gracias al curioso médico que le aplicó los primeros remedios: el Dr. Sebastiao Pires. De inmediato y nada más dejar el sufriente cuerpo de Pickolín sobre una vieja camilla, el médico, pequeño, orondo, de bigote de morsa y vestido con una bata que necesitaba un lavado, dijo: "hay que bajarle la fiebre, eso es lo primero"...Cual no sería mi sorpresa cuando lo vi coger un capazo de paja e internarse en la selva...

Regresó, al poco, con el capazo lleno de bosta fresca que se apresuró a aplicar sobre mi amigo: aquello me recordó algo y como mi cara era todo un poema, el médico me explicó que lo que había en el capazo era estiércol fresco de Kapibara, un roedor enorme, vegetariano, que incluye entre su dieta una variedad inmensa de plantas, raices, hojas y del que se aprovechan sus deposiciones frescas pues son un antipirético muy eficaz...Recordé el episodio con los indígenas y mi comportamiento; me sentí avergonzado...

Al poco tiempo de su aplicación, aquel "hediondo ungüento" empezó a hacer efecto: el Dr. Pickolín recobró el sentido y, con palabras entrecortadas, preguntó dónde estaba; le hice un somero resumen al que él asentía con cierta dificultad. Una vez ubicado, me instó con urgencia para que buscase la raíz de la Tubércula Parlantia que así se llamaba, al parecer, el bulbo milagroso. Le pregunté como lo reconocería y, con un susurro de voz y a punto de entrar en un profundo sopor, sólo acertó a decir que sus flores parecían "Coles de Bruselas"...luego se desmayó...

Consulté con el Dr. Pires el estado de mi amigo, y éste me dijo que todavía tenía que determinar que tipo de afección le estaba provocando esos estados febriles; había que esperar, pero sin lugar a dudas se trataba de una enfermedad tropical, el problema era que en Nascimento no disponía del material médico adecuado para comenzar con un tratamiento efectivo. De todas formas estaba buscando en un viejo tratado de Farmacopea que versaba sobre la utilización de determinados remedios naturales a base de plantas; en aquella zona lo que sobraban, precisamente, era todo tipo de plantas...me quedé más tranquilo con las explicaciones del médico y comencé a iniciar los preparativos para la expedición en busca de la Tubércula Parlantia...

Entre los hombres que me acompañarían, había varios indios de la tribu Yanomami, varios residentes de Nascimento que se dedicaban a diversas actividades y un cocinero, que además, regentaba la única taberna de la población. En su ausencia, el local lo atendería una negra cimarrona con la que vivía en concubinato y que, las malas lenguas decían, había propagado la blenorragia en varias millas a la redonda...con aquel grupo tan heterogéneo, me las tendría que ver los próximos días...

Ya en las riberas amazónicas la climatología, hostil por naturaleza, se tornó implacable: a unos calores axfisiantes sucedían lluvias torrenciales para, acto seguido, volver a un sol de justicia...nuestro deambular selvático adquiría, de esta manera, tintes de gesta heróica. Los mejor adaptados a esta situación cambiante eran los Yanomamis, acostumbrados a estos difíciles avatares. Instalamos el campamento en la protectora vera de unos árboles gigantescos, plenos de sonidos en sus copas, donde habitaba una fauna escandalosa de monos aulladores y aves enloquecidas...

Xiringiña, que así se llamaba el cocinero, dispuso lo oportuno para preparar la comida: peroles y sartenes, cacerolas y platos, aparecieron al lado de una fogata de considerables dimensiones que se encargaron de avivar los indígenas; al cabo, todos comíamos una contundente Feijoada; la carne que la acompañaba ( que yo nunca había visto y de la que preferí no saber su origen ) tenía un sabor fortísimo...después de comer, iniciamos la marcha. Los frijoles negros que se usan para elaborar este plato, tienen una considerable cantidad de fécula...al poco, las flatulencias y ventosidades del grupo resonaban en la selva con estruendosa algarabía...los indígenas parecían disfrutar enormente con aquello, aplaudiendo y jaleando al que mayor sonoridad conseguía...por mi rígida educación británica, opté por no participar en aquel disparate pero, como hecho anecdótico, comentaré que un pequeño colibrí que se interpuso en la trayectoria de una de las ventosidades expelidas por Xiringuiña, quedó gaseado de inmediato...tal era la potencia de aquellas "armas químicas"...

A media tarde y con una copiosa lluvia arreciando como si fuera el diluvio, nos encontramos ante un claro donde la fronda selvática se presentaba dispersa; en pequeñas áreas veíanse formaciones vegetales acompañadas de árboles enanos y plantas extrañísimas que lucían, ostentosas, hojas de un verde esmeralda...junto a una laguna de aguas cristalinas y límpidas formaban, simétricas, hileras de flores que asemejaban una plantación de "Coles de Bruselas"...¡ahí estaba la Tubércula Parlantia!..mientras contemplaba el objeto de mi busqueda los Yanomamis, que se habían acercado a la laguna para beber, retrocedieron despavoridos mientras exclamaban, presos del pánico: " ¡Uma bicha! ¡Uma bicha!...desenfundé mi revólver y me dirigí a la laguna: una anaconda enorme, de más de siete metros, salía de la jungla y buscaba el agua en un reptar sinuoso y pleno de aterradora belleza; como no soy dado al sacrificio inútil de animales, la dejé seguir su camino hasta que se sumergió por completo..., unos metros detrás de mí los Yanomamis cuchicheaban llenos de temor: la "bicha" les había dibujado el espanto en sus rostros de indios amazónicos...

Llenamos los sacos arpilleros de los preciados bulbos; al chubasco torrencial que nos había acompañado gran parte de la tarde, le sucedía ahora un calor denso, pegajoso, húmedo, que volvía cualquier tarea, por nimia que esta fuera, en una labor colosal, con las ropas empapadas por el sudor y aquella canícula impenitente, que convertía a los hombres en peleles a merced de una climatología despiadada. Retomamos el camino de vuelta a Nascimento totalmente extenuados; nuestros ademanes reflejaban, con claridad, la unicidad de nuestro propósito: llegar a la población para descansar; durante el trayecto, nadie habló...

Continuará...
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Comentarios sobre esta opinión
cay11

cay11

23.06.2008 14:55

Hay que ver en qué líos se mete usted!

Desen

Desen

09.05.2008 01:44

Ha merecido la pena esperar un momento de relax (de los poco que disfruto últimamente) para leerte, voy a por el desenlace....que llevo días queriendo leerlo. Un beso

enderlarkin

enderlarkin

21.04.2008 02:11

Hay un par de Kapibaras enormes en el zoo Faunia de Madrid, pero tienen misterio que una aspirina, así que los prefiero en tu relato. Saludos, monstruo!

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