Thérèse
30.04.2008 (04.05.2008)
Ventajas:
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Desventajas:
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Recomendable:
Sí
 Sapristi
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Esta opinión ha sido evaluado como excepcional de media por 19 miembros de Ciao
..... Hacía frío. La despertaron sus propios temblores y tenía los pies tan helados que ni siquiera podía sentirlos. Seguramente ya había caído la noche y afuera estaría nevando de nuevo. No recordaba la última vez que sintió la agradable calidez que ofrece una lumbre. Se incorporó lentamente sobre el rancio colchón y sintió los viejos dolores surcando todo su cuerpo. Estaba enferma, ella lo sabía, pero no podía permitirse un médico, ni medicamentos, ni tan siquiera descansar. La tos era cada vez más profunda, más dolorosa, y a veces incluso tenía fiebres muy altas que la mantenían en un estado parecido a la embriaguez, fuera de éste mundo, vagando por las heladas calles de la ciudad en busca de cualquiera que estuviese dispuesto a comprar sus servicios. Thérèse temblaba y tosía, sentada aún, cerraba los ojos e intentaba controlar su respiración evitando accesos violentos de tos en los que a veces sangraba. Se cubrió con la manta raída y maloliente que le había arrebatado a un viejo vagabundo que ya no respiraba. Lo encontró en una callejuela solitaria, estaba congelado. Buscó en el suelo, en medio de la oscuridad sus manos encontraron el pequeño tablón quebrado del piso y lo levantaron. Era su escondite secreto, donde guardaba sus poquísimas posesiones de valor: una pequeña vela de cera, un trozo de espejo, un carmín gastado y lo más importante, una manta de bebé color verde. Era de Valentine, que ya habría cumplido los seis años. Su niña. Con tan solo once meses se vio en la necesidad de entregarla a las hermanas del Cister. Encendió la minúscula vela y cogió el trozo de espejo. Mojó un dedo en el escaso carmín, pasándolo por los biliosos labios y por la piel casi gris de los pómulos. El efecto final del maquillaje resultaba siempre mucho peor de lo imaginado. Sin embargo Thérèse no se daba cuenta de eso, pues no disponía de luz suficiente. Pensó en Valentine, en que tal vez algún día volvería a buscarla al convento. Posiblemente si lograba reunir una cantidad de dinero suficiente como para contentar a la priora, Valentine sería libre y las dos tendrían la oportunidad de comenzar una nueva vida juntas. Sería maravilloso, el regalo más ansiado que la vida le podía ofrecer. Daba lo mismo el tiempo que tardara en ahorrar la suma necesaria, aunque pasaran años, solo rogaba a Dios que le concediera las fuerzas suficientes para continuar luchando. Thérèse rezaba mucho, a pesar de que el sacerdote le había prohibido la entrada en la iglesia y se negaba a darle confesión. El padre Yves solía escupir al suelo cuando se cruzaban por la calle, y ella se limitaba a apretar el paso y bajar la cabeza, pues a pesar de que el párroco había pagado por sus servicios en muchas ocasiones, también le temía por su tratamiento despiadado y su mirada penetrante. No podía creer que siendo hijos de Dios todos los seres de la tierra, éste pudiese hacer distinciones tan graves entre ellos. ¿Cómo podía ofenderse Dios si ella traspasaba el sagrado umbral de la iglesia con la única intención de abandonarse a la paz y la seguridad que ofrece una capilla? Thérèse rezaba mucho, cada noche, cada mañana, cada atardecer, hablaba con Dios y le pedía por la salud de su pequeña y por volver a encontrarla alguna vez. “Si solo pudiese verla…-susurraba a la vez que se componía el cabello con los dedos- no pido mucho ¿verdad? Solo ver que está bien y, si puede ser, me gustaría poder besar sus pequeñas manitas…y tal vez abrazarla y decirle lo mucho que la quiero… solo una vez Dios mío, me conformaría con eso, y después no te pediría nada más” Thérèse se vestía lentamente. Había cumplido los veintidós años hacía poco menos de una semana, y dejándose llevar por su aspecto físico, cualquiera hubiera jurado que casi rozaba los cuarenta. Vestirse le resultaba una tarea cada vez más complicada, las ropas estaban congeladas, el corsé raído había que atarlo con mucho cuidado de no rasgarlo, los cordeles se le enredaban entre sus torpes dedos una y otra vez.Poco después, Thérèse vagaba por las calles heladas de París. Había pagado por una pinta de aguardiente en la taberna para de esa forma combatir el frío. Los hombres se detenían al verla. Era una mujer extremadamente delgada, casi esquelética. Llevaba la cara ridículamente pintada con dos manchones rojos en los pómulos. Los ojos enormes, se hundían en la piel macilenta del rostro. Llevaba unas ropas gastadas y malolientes descubriendo un escote nada apetecible y su descuidada melena negra estaba surcada por mechones grises. -¡Qué fea eres! –Le decían entre risas- Siendo así me lo harás gratis ¿no? ¡El que se acueste contigo te hará un favor!Ella bajaba la mirada y temblaba. Sin embargo estaba acostumbrada a éste tipo de situaciones, y al final, siempre conseguía el favor de algún cliente. Esa noche, algunas horas después, Thérèse volvía a su solitaria habitación con algunas monedas de más. Cinco meses más tarde, su casera descubriría el cuerpo sin vida de la joven, recostada sobre su viejo colchón y aferrada a una mantita verde de bebé. Thérèse moriría sin saber que su pequeña Valentine abandonó también éste mundo a causa de una extraña enfermedad, a las pocas semanas de haberla dejado en el convento.
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06.01.2010 20:37
muy bueno tu opi....suerte
24.05.2008 05:24
Que manera tan hermosa y tan triste de llegar al corazón.
17.05.2008 19:41
escribes asombrosamente bien... felicitations! desde luego es una verdadera suerte saber que si buscas correctamente, encuentras textos tan impresionantes como este. gracias :) un besote muy gordo.