Todos los Santos

3  29.10.2009

Ventajas:
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Desventajas:
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Recomendable: Sí 

MorenoSister

Sobre mí: Como decía la genial Mafalda, qué duro es bajar al mundo desde la cama cada mañana.

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MI madre no lo podía soportar. Cada vez que llegaban estas fechas, sabía que mi abuelo, su padre, la iba a llamar para que llevase flores a la tumba. Y a ella le llevaban todos los demonios. Primero, porque suponía tener que gastarse dinero en flores, un dinero que hacía falta para muchas otras cosas. Segundo, porque lo de visitar el cementerio le ponía de muy mal humor. Y tercero porque aborrecía aquel rito con toda su alma. Asi que cada año me unía a ella en su penoso peregrinaje con mi mejor humor, no porque me enloqueciese la idea de pasearme entre nichos y tumbas, sino porque así le quitaba hierro a la cosa y conseguía que ella, al menos, lo viese como una excursión curiosa.

El cementerio antiguo de Getafe estaba en el medio del pueblo, como quien dice. Hace años trasladaron a los indefensos muertitos a uno más nuevo y más grande y sobre todo más lejano, para evitarse el contacto cercano con las lápidas. Era el antiguo un cementerio ajado, viejo, en el que ya no se enterraba a nadie, con pequeños mausoleos de las familias "bien y de posibles", bastantes tumbas de suelo y muchos, muchos nichos, de aquellos cubiertos por una puertita de cristal que se cerraba con un pequeño candado. Entre la puertita y la lápida quedaba un espacio dónde podías colocar jarritos con flores o imágenes de santos, algún crucifijo, una virgen rodeada de estrellas... Supongo que es por esa necesidad nuestra de negarnos a dejar marchar a los que amamos, pero en aquellos pequeños espacios cabían universos enteros. Me causaban una ternura especial los nichos blancos de los niños, delante de los que habían dejado algún muñeco, un chupete incluso. Años después, cuando tuve a mis hijos, ese sentimiento de ternura se trocó en algo muy parecido a la desesperación, como un amago de llanto que no sale del todo. Imaginarme a mis hijos detrás de esas lápidas de ahogaba. Me ahogará siempre. No puedo pensar en el dolor, en la ausencia, en la fría oscuridad tapada con granito porque creo que enloquecería. Por eso ahora, las pocas veces que vuelvo a los cementerios, evito siquiera mirarlas. Sólo su recuerdo me arranca lágrimas y algo aquí dentro, detrás de los ojos, se remueve y se clava.

Se acerca el día de Todos los Santos de nuevo. Mi madre no quiso que la enterrasen, quizá por lo poco que le gustaban los cementerios, asi que no puedo hacer un ramo, llevárselo y decirle bajito a través del mármol cincelado que la quiero, que me acuerdo de ella. Y cotillear, como hacíamos en el viejo camposanto, pasando entre los nichos para ver quién había puesto la corona más grande, los floripondios más horteras o el jarrón con más colorido. Siempre le decía: "hay que ver, si ésto parece la Feria de Abril". Y a ella le daba la risa, una medio carcajada que brillaba por un instante entre el gris que nos rodeaba.

Pero no me siento mal en los cementerios, es curioso. Ni siquiera cuando, por desgracia, he tenido que acudir a dejar a alguien querido, al padre de un amigo, al familiar lejano, al compromiso del trabajo. La familia de mi marido tiene la tradición de Noviembre de llevar flores a sus queridos ausentes y yo les acompaño con la mejor disposición posible, como hacía con mamá. No se por qué lo hacen cuando sacan brillo a la lápida, pero yo me esmero en pasarles los trapitos o el agua jabonosa. Y llevo el bolso lleno de artilugios para colocar las flores: tijeras para los tallos, algunas gomas, un poco de cinta aislante y una bolsa de plástico para tirar las ramas marchitas. Me mantengo a pequeña distancia, contemplando lo que me rodea con cierto desapego pero también con curiosidad, tratando de descubrir pequeñas historias en las fechas, en esas frases que algunos esculpen como recordatorio y que son todo un canto al recuerdo. Qué paradójico resulta ver un "No te olvidaremos" en una tumba empolvada, sin flores, cuarteada por el aire, el sol y el frío. Dónde estarán los que no querían olvidar... Veo gestos de cariño en la señora que sube con dificultad las escaleras para acercarse a un nicho y acaba acariciando la foto que lo adorna mientras habla bajito y coloca claveles con infinito mimo. Veo familias enteras que acuden juntas con el dolor aún reciente, cargadas de ramos y centros que aún gotean agua fresca porque se los han hecho esa misma mañana. Veo parejas cogidas del brazo que se acercan al lugar que conocen tan bien, dejan unas flores de plástico y se marchan rápido sin mirar atrás, como respirando tranquilos por haber estado y no tener que soportar el qué dirán.

Es en esos momentos, con la tarde ya desmoronándose y la gente saliendo el oleadas del recinto, cuando no puedo evitar recordar aquellos versos tan certeros de Gustavo Adolfo Becquer que decían: "Dios mío, qué solos se quedan los muertos". La puerta se cerrará a nuestras espaldas y allí sólo quedará el silencio y la noche. Quizá el rumor lejano de la carretera, un remolino de aire entre las cruces.

Se que parece una tontería, pero cuando mi marido acaba con su quehacer, me gusta pasear un rato, "visitar a los conocidos" como decíamos mi madre y yo. Y me acerco a la tumba del padre de mi amigo para poner la mano sobre la losa y saludarle con mi mejor sonrisa. Hola Tomás. Me alegro mucho de verte. O ir donde reposa mi abuela, que también aborrecía los cementerios y a la que, para más ironía, han colocado arriba del todo. Hago la gracia para mí misma y le digo que tiene suerte, que es una habitación con vistas, antes de colocarle unas florecillas en su diminuto cuenco y dar dos palmaditas a la lápida. Estoy aquí, abuela. He venido otra vez. Y de camino al coche, si veo flores caídas, las coloco es su sitio, porque me da pena verlas tiradas. Mi marido y mis cuñados no lo entienden y hasta me regañan un poco. Déjalas, que da igual. Si se van a volver a caer. Pero no puedo evitarlo. Alguien las colocó como recuerdo. Tampoco me gustaría ver uno de mis regalos tirado por ahí.

Que es hipócrita, también es algo que oigo mucho. Acordarnos sólo de los que se fueron un día al año y hacerles el agosto a los floristas. Y gastándonos un dineral en flores, plantas y porcelanas para dejar que se pudran sólas, convirtiéndose en sarmientos renegridos de hojas caídas o acartonadas. Puede ser. Yo también lo pienso a veces, que todo suena a conveniencias, a repetición mecánica. Pero creo que ya vale la pena si una sóla de las personas que recoloca por tercera vez los crisantemos para que queden igualados, lo hace con la certeza de que su gesto llega allí dónde estén los que nos esperan. Vale la pena si hay una sóla lágrima que brota con sinceridad. Vale la pena si el hecho de estar allí nos acerca más a lo que esconde nuestro corazón: esa certeza silenciada y antigua que sabe que algún día seremos nosotros los que esperaremos tumbados, tranquilos ya y sin ansiedades, a que alguien venga y nos salude.

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Comentarios sobre esta opinión
yogui9259

yogui9259

21.10.2010 09:20

Hola wuapa: He de decirte que mi peque cumplenueve tacos ese día,el dia de los fiambres jajajajajaja.. Un besazo

otisblues

otisblues

29.11.2009 14:53

Sí, ciertamente lo de la "cultura de los muertos" es algo que está muy presente en el imaginario colectivo de este país. A mí me gustan los cementerios (no, no hay una "delectación morbosa" en ello; simplemente se trata de un gusto por esa "arquitectura" tam simbolista representada en lápidas, tumbas, panteones y nichos... y los adornos florales que la complementan) Yo también, año tras año, cumplo con el ritual de adecentar lápidas, arrancar malezas y renovar flores: es una especie de deferencia a aquellos que "duermen el sueño eterno" y que en mi familia se lleva a rajatabla; pero eso no tiene nada que ver, evidentemente, con el recuerdo imperecedero que guardo a los que ya no están conmigo. Precisamente porque, al estar en mi memoria, siguen vivos para mí. No recuerdo, o no quiero recordar, para ser más preciso, la imagen de mi padre el día de su fallecimiento; prefiero evocarle cuando la enfermedad no había hecho mella en él y era una persona llena de vitalidad. Efectivamente, el "eterno romántico sevillano" lo expresaba muy bien: "¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!" Un beso.-

LagrimaDulce

LagrimaDulce

13.11.2009 21:33

deuda saldada, un besazo.

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