Como de costumbre, se despertaba a las 7:30 de la mañana con música:
"Cuando se despertó no recordaba nada de la noche anterior, demasiada
cerveza…""¡Qué oportuno!", pensó. El día antes había estado bebiendo hasta muy tarde y no recordaba como había vuelto a casa. Intentó apagar la radio pero lo único que consiguió fue tirarla de la mesilla esparciendo parte de sus piezas por el suelo. Sabina seguía sonando desde un aparato destrozado que se negaba a ser sustituido.
A tientas, abriéndose paso entre la oscuridad llegó a la persiana. Levantarla no sirvió de nada. Era un día tan oscuro que la inexistente claridad de la habitación penetraba en la tormenta que asolaba la calle. No había nadie allí fuera. Los escasos días de lluvia provocaban apagones interminables. Esta vez el barrio llevaba ya 4 horas sin luz. "¿Porqué asociamos los días de lluvia con la soledad y la tristeza?" dijo para sí el periodista. Sea por lo que sea este tiempo no ayudó a mejorarle la cara. Sino todo lo contrario. Estaba abatido. El día anterior lo había considerado el peor de su vida. Y el comienzo de este no resultaba muy prometedor. La resaca le taladraba las sienes restringiendo al mínimo los movimientos de su cabeza.
"Menudo aguacero, tendré que comprar un paraguas. Y una radio, esta vez con toma de corriente, las pilas están muy caras". El dinero no le sobraba, así que la radio podría esperar. Echó un vistazo a su cartera para conocer cuanto había costado la borrachera de anoche…demasiado. El paraguas también tendría que esperar.
"Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido…"Apagó la radio, se vistió y salió a la calle.
Seguía lloviendo, y lo seguiría haciendo durante toda la mañana. Bajó la calle en dirección al mercado de San Andrés. Su madre le había dicho mil veces qué es lo que hay que hacer un sábado por la mañana. El pescado llegaba muy temprano a San Andrés y el que primero llegase se llevaba el mejor. Las branquias, los ojos, las escamas…un atento y asiduo comprador sabe distinguir al momento las buenas piezas. Y Miguel lo era. Desde que tenía 11 años era de los primeros en llegar al mercado todos los sábados. Primero de la mano de su madre, luego del brazo de su esposa y finalmente él solo.
Se preguntaba cuánto tiempo tendría que llevar el peso de aquel artículo que lo precipitó al fracaso. Los compañeros de trabajo comprendían las razones que lo impulsaron a hacerlo, pero ya no querían tener nada que ver con él por miedo a represalias. Sabia que estaba en un mundo implacable que no permitía un solo fallo."¿Qué fallo? Yo no fallé en nada, volvería a hacerlo cuantas veces hiciese falta".
Entró al mercado por la puerta principal. Empapado por las intensas lluvias que estaban cayendo.
- Buenos días señor, ¿viviré para ver el día en que usted no venga un sábado tan temprano?
- Buenos días Matilde. Ya sabe la única razón por la que no acudiría.
- Creo que se me olvidó. Si usted me la pudiese repetir…-dijo la pescadera en tono burlón.
- Hoy no estoy de humor Matilde- dijo miguel agriamente mientras miraba con ojo experto la mercancía que había justo delante de él. Un salmón, de un color tan vivo como aquel no se solía ver en San Andrés, pero el precio era prohibitivo en esos momentos de su vida. Muy cerca de donde Matilde preparaba el pedido de otra clienta, unas sardinas tenían un gran aspecto. "Sí, hoy sardinas".
Mientras esperaba a que le tocase su turno pensó en qué hacer de ahora en adelante. En primer lugar tenia que esperar a que se le pasase el mal carácter con que se levantó para poder reflexionar con claridad. Y no culpar a los demás de sus problemas. "Pobre Matilde, no debí contestarle así". Aquella situación lo sobrepasaba. Una desesperación lo sumergía en una depresión que ocasionó la borrachera de ayer y la consecuente resaca de hoy. Tenia que hacer algo pronto para remediar esa situación.
- Digo que si quiere algo o va a quedarse ahí clavado toda la mañana - dijo Matilde por segunda vez al periodista.
- Sí, perdona. Sardinas, hoy quiero sardinas.
- Como siempre una gran elección, esta mañana recibí las mejores de toda la ciudad - Matilde tenía las mismas frases para los mismos clientes para los mismos días.Una rutina que no le desagradaba en absoluto. Le gustaba su trabajo. Desde que falleció su padre ella tomó las riendas del negocio familiar y su oficio le proporcionaba unos ingresos modestos. "Para ir tirando" solía decir cuando le preguntaban. Como de costumbre envolvió las sardinas en papel de periódico, una bolsa de plástico y se las entregó a Miguel.
- Ahí tienes Matilde, lo de hoy. Quisiera poder pagarte lo que te debo, pero esta semana voy más apretado que de costumbre.
- No corre prisa, usted primero mejore ese humor que es lo principal en esta vida - el tono de la pescadera llevaba una pizca de rencor. Un poco resentida por la contestación de antes.Miguel intentó sonreír, pero aquello tan forzado no podía considerarse una sonrisa. No sabiendo qué hacer decidió dar media vuelta sin más. Entonces lo vió. Quedó paralizado en medio del mercado, mirando la bolsa del pescado. En el periódico que envolvía la compra podía leer "Miguel L.Z." y la fecha del día anterior. Y lo comprendió, el mundo de la información eran tan efímero. La era de las comunicaciones va tan rápido que no hay tiempo de echar la vista atrás. Lo que ayer fue una conmoción en toda la redacción hoy solo sirve para envolver el pescado. Ahora sí fue capaz de sonreír. Hizo amago de salir del mercado pero al pensárselo mejor dio media vuelta.
- Matilde, llegará un día en que accedas a salir conmigo un viernes por la noche. Te llevaré a cenar al restaurante mas elegante de la ciudad, bailaremos hasta muy entrada la noche y luego haremos el amor hasta el amanecer. Ese día me levantaré muy muy tarde. A tu lado. Y esa es la única razón por la que no vendría aquí un sábado por la mañana.
La pescadera no podía evitar sonrojarse ante las mismas palabras de siempre.
04.06.2006 14:09
Muy original, sí señor. Besss
03.06.2006 22:14
Tan original como misterioso. Y ahora no vayas a ir corriendo a "colgarlo de tu sobre mì", ja,ja,ja....¡Besitos! Norma52-Argentina