Tubércula Parlantia ( El desenlace ) 2ª parte...

5  17.04.2008 (18.04.2008)

Ventajas:
Las que queraís ver

Desventajas:
Las que queraís ver

Recomendable: Sí 

otisblues

Sobre mí: Prolifera, de manera alarmante, el uso de un comentario-tipo realmente absurdo: "valorada"...

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SAPRISTI NO VIENE CON LA LLUVIA

...Llegamos a Nascimento cuando ya era noche cerrada; una lluvia impenitente nos acompañó durante todo el trayecto. Los asombrosos acontecimientos que nos aguardaban, unidos al cansancio de la larga travesía selvática, nos sumieron en una profunda desazón...

En el dispensario que había servido de improvisado hospital al Dr. Pickolin no había nadie; tampoco estaba el Dr. Pires; aquello me inquietó sobremanera. Decidimos ir a la taberna de Xiringuiña, éste, además, ansiaba ver de nuevo a la "negra cimarrona". Los Yanomami, por su parte, estaban deseando echarse al coleto unas botellas de Cachaça y yo una cerveza helada. Al entrar en el local, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo: tanto la negra cimarrona, como el Dr. Pickolin y el médico local, el Dr. Pires, estaban sentados a una mesa con las manos atadas..., tres chinos portando fusiles les tenían encañonados..., mi primera reacción fue sacar mi revólver, pero uno de los chinos irguió, amenazador, su fusil hacia donde yo estaba; desistí de mi primera reacción. ´Los prisioneros parecían encontrarse bien, incluso el Dr. Pickolin, que presentaba buen aspecto: sin duda los cuidados del médico Pires, habían resultado efectivos.

Uno de los chinos, seguramente el que ostentaba el mando, se dirigió a mí:

--Hola, señol Bluegald, veo que ha conseguido la Tubélcula Palantia, blavo, blavo..., nos la llevalemos en cuanto acabemos con este desagladable asunto.

--¿Quién es usted?--Pregunté--¿Qué quieren?--Dije--¿Dónde está la señorita Sapristi?--Inquirí.

--Calma, Calma--Contestó el chino--Son demasiadas pleguntas. A usted no le intelesa sabel nada de eso. La señolita Saplisti esta a boldo de un balco, supongo, ji ji ji.

Aquella risita me sacó de mis casillas; a punto estuve de acometer contra aquel malandrín; pero las circunstancias no lo aconsejaban. Dio una orden ( en chino, por supuesto ) y uno de los fusileros me desarmó; a continuación y al igual que al resto de nuestros compañeros, nos ataron las manos. Los Yanomamis estaban indignados: no habían tenido oportunidad de beber la Cachaça que tanto anhelaban...

Salieron dos de los chinos y su jefe; uno se quedó haciendo las veces de vigilante. Aproveché para que mis amigos me contaran lo que estaba sucediendo..., al parecer, según me dijo Pickolin que ya estaba totalmente repuesto, al poco de iniciar nuestra expedición en busca de la Tubércula Parlantia llegaron a Nascimento los mencionados chinos preguntando por mí; también interrogaron a Pickolin sobre dónde se encontraba el "bulbo milagroso",

Fotos de Relato Corto II
  • Relato Corto II Yanomami
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  • Relato Corto II Otis Bluegard
Relato Corto II Yanomami
Indio Yanomami en la selva amazónica
éste les dijo que "en la selva"; que no había una localización exacta. Así que decidieron esperar mi regreso para quedarse ellos con toda la Tubércula. Según pudo saber Pickolin, habían interceptado el mensaje que le envié a la señorita Sapristi; incluso tenían un espía en el barco que la traía hasta donde nos encontrábamos; al parecer habían montado toda una infraestructura de espionaje, comunicándose entre ellos mediante palomas mensajeras...

Supe, así mismo, que aquellos chinos pertenecían a una temible Tríada ( la mafia china ) y, seguramente, trabajaban para alguien interesado, al igual que nosotros, en la Tubércula y su aplicación; al robarnos las que nosotros habíamos encontrado, se ahorraban varios días de peregrinar por la selva en su busca...¡Bastardos!...

Ya más o menos aclaradas las circunstancias de nuestra desgracia, mi cabeza elucubraba locamente sobre lo que le podía estar pasando a la señorita Sapristi; estaba claro que se hallaba en peligro; no obstante, siempre ha sido una joven con mucha determinación y arrojo...aparte de una considerable inteligencia. Mientras consideraba todas estas cuestiones, observé, de soslayo, que la negra cimarrona ( luego supe que se llamaba María Fecunda ) le guiñaba el ojo, de forma insinuante, al chino que nos vigilaba; aduciendo el extremo calor y humedad que reinaba en aquel angosto lugar, había conseguido que el chino le desabrochase un par de botones del escote de su bata floreada; ante la visión de aquel par de rotundidades que pugnaban por salir entre el canalillo de voluptuoso y firme ébano, el chino empezaba a tener los ojos más oblicuos que de costumbre..., interiormente, alabé la inteligencia de María Fecunda; sin duda, algo tramaba...

Al aleteo de sus pestañas, a la continua exhibición de su lengua, que sacaba para humedecer sus carnosos labios, a sus magníficas protuberancias pectorales el chino iba sucumbiendo poco a poco; para que la escena fuera más tórrida aún, María Fecunda había conseguido que su bata se remangase lo suficiente para mostrar un muslo terso y perfecto; aquella diosa negra, discípula de Eros, estaba consiguiendo lo que se había propuesto desde un principio: turbar de tal manera al chino del fusil que éste, al final, estaba más pendiente de ella que de otra cosa..., tales maniobras no pasaron desapercibidas para Xiringuiña, que me guiñó un ojo en señal de inteligencia y admiración, su sonrisa pícara, venía a decir: "Tranquilo, Sr. Bluegard, ya verá como mi María nos saca de esta"...

En aquel juego de seducción, María Fecunda era una artista consumada: pero no podíamos perder tiempo; le hice una seña: ¡Vamos a ello!, María comprendió, hizo un ademán como de desmayo, puso los ojos en blanco y su cabeza, desmadejada, cayó sobre la mesa; con el movimiento, uno de sus grandes y hermosos senos quedó al descubierto: esto fue la perdición del chino. Intentando ayudar a la negra, aunque sus ojos no se separaban de su magnífica teta color chocolate, se distrajo lo suficiente como para que María, con una rapidez de reptil, le atizase un cabezazo en todas las narices al chino que lo sumió en un nokaut prodigioso...

Antes de que vinieran los compañeros del durmiente, nos desatamos, cogimos el fusil del chino, yo mi revólver, los Yanomamis sus cerbatanas y sus dardos impregnados en Kurare; Xiringuiña su machete de desbrozar selva; el Dr. Pires una hipodérmica llena de aguarrás y María Fecunda un rodillo amasador de madera de Palo Santo...

Cuando entraron en la taberna, nos abalanzamos sobre ellos en tropel; el ataque fue tan fulgurante que no pudieron hacer nada..., procedimos a interrogarlos: eran chinos, sí, pero del East End londinense; su jefe nos dijo que habían sido contratados por el Dr. Ackemberry, otro de los miembros de la Geographic Society que mantenía una pugna inexplicable con el buen Dr. Pickolin: no podía soportar que éste se hiciera con la gloria de un nuevo descubrimiento científico, era algo superior a él y, por tanto, había urdido esta trama conducente a apropiarse del secreto de la Tubércula Parlantia, el muy taimado...

El Dr. Pires se puso en contacto con las autoridades policiales de Manaos para que se hicieran cargo de los facinerosos; mi buen amigo Pickolin estaba abatido; no podía imaginarse una cosa así por parte de un colega..., la envídia es muy mala, le dije. Pero aquello, estoy seguro, no le reconfortó...

Estaba amaneciendo cuando, procedente de la selva, sentimos un estrépito considerable: un camión Ford T se aproximaba. Cuarenta porteadores iban detrás cargados de bultos; en la caja del camión, como una especie de insecto negro y gigantesco, podía observarse un ¡piano de cola!..., yo comencé a reír a mandíbula batiente: sólo hay una persona en el mundo que viaje a cualquier confín de la tierra con un piano de cola: ¡Valerie Sapristi!

Efectivamente, la joven señorita Sapristi, con Salacof, pantalones bombachos, botas de montar de caña alta, Sahariana en color marfil y su blonda melena de rizos imposibles recogida, irrumpió en Nascimento con su séquito disparatado...y su deslumbrante belleza.

--¡Sapristi!--Exclamé.

--¿Qué?--dijo ella.

--No, nada- Dije yo-- Sólo era una exclamación.

--Ah--replicó ella.

Luego nos fundimos en un abrazo. La puse al corriente de lo sucedido, aunque ya ella conocía todos los detalles, pues la trama también se había descubierto en Londres. Al parecer, el Dr. Ackemberry había confesado todo preso de los remordimientos y de su mal proceder. Luego la Geographic Society había cablegrafiado a la señorita Sapristi para ponerla al corriente y que ella, a su vez, me avisara a mí...

Después de las presentaciones de rigor, incluido el capitán Barbequiu a quien yo no conocía y que, curiosamente, viajaba con un perro salchicha llamado Percybal Thomas jr. Valerie Sapristi me detalló los pormenores de su viaje y, cual mago que saca un conejo de su chistera, extrajo de su mochila unas bolsas de..¡Té!...¡Fantástico!, hacía tres semanas que no tomaba un buen té y el que ella traía ( un excelente Darjeeling que venden en una tienda cerca del Putney Bridge ) supuso un regalo de los dioses...

Aquella noche, mientras la señorita Sapristi nos obsequiaba con unos Preludios de Mozart ejecutados en su excelso piano Steinbach, yo iba cerrando, mentalmente, los últimos flecos de mi aventura. El Dr. Pickolin, hastiado del ambiente de envidias y pugnas que se respiraban en la Geographic Society, había decidido quedarse en Nascimento ayudando al buen Dr.'''Pires'''; desde allí procesarían la Tubércula Parlantia para todo el mundo. Sin duda era un gran descubrimiento. Los Yanomamis, que a esta hora estaban completamente ebrios, seguirían formando parte de esta selva; siendo la selva misma..., Xiringuiña pasaba una noche de amor en compañía de María Fecunda, la negra cimarrona, una beldad de ébano a la que debíamos la vida...

Valerie Sapristi salía a la mañana, temprano, en dirección al glaciar Perito Moreno, en compañía del capitán Berbequiu y su tripulación, a realizar unas investigaciones sobre la "perca nival" y su hábitat en tan desolado paraje; la expedición estaba financiada por una sociedad norteamericana..., Sapristi insistió para que los acompañara; pero decliné la invitación: todavía tenía que ir a visitar a mi amigo Ignatius H. Shakelton, periodista del Biloxi Herald...

Las despedidas nunca me gustaron, así que procuré que fueran rápidas. Me abracé con los doctores, con los Yanomamis, que tenían una resaca espantosa y un aliento hediondo..., a la pareja formada por Xiringuiña y María Fecunda les deseé todas las felicidades y buenaventuras. En cuanto a Valerie Sapristi, quedamos en vernos en las carreras de Ascot, en la primavera siguiente; preparé mi equipaje y me fui.

Tres semanas más tarde, bajaba del tren en Victoria Station; mi fiel Desmond estaba esperándome con el coche dispuesto para llevarme a mi residencia de Stratford Upon Avon...; Ya en la bañera, al despojarme de los olores del amazonas, y mientras daba cuenta de una buena pipa y un excelente Glen Deveron de pura malta, en mi retina todavía continuaban presentes los acontecimientos de mi aventura...¿Cuándo surgiría la siguiente?.-

Stratford Upon Avon, Septiembre de 1928.-

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Comentarios sobre esta opinión
cay11

cay11

23.06.2008 15:08

Stratford Upon Avon... ya me parecía a mí que usted debía tener algo que ver con nuestro buen Shakespeare... salvando las distancias (los siglos de distancia entre Vd. y él, quiero decir). Esa ciudad tiene algo mágico... Estuve allí hace unos años y sólo pienso en volver. Y volviendo a su relato, ¡magnífico! se queda una con ganas de leer más... Besos.

Desen

Desen

09.05.2008 02:05

Bueno, éste supera con creces al anterior, tienes una imaginación desbordante, que mezclas con conocimientos de hechos reales, y con un dominio y manejo de las palabras que ya sabes que admiro. Soberbio, mi querido Otis. Un beso.

palomaroca

palomaroca

24.04.2008 09:16

recontramegaguay!!!! Este es el estilo tuyo que me encanta, vocabulario culto y florido, descripciones largas que te tienen en vilo esperando ver cómo continua la acción en la siguiente frase. Y personajes que de tan marginales parecen fantasticos. besus superlativos

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