El seminarista

5  20.11.2011

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Este relato fue publicado en la revista "Espacio Único", de Santander, en su número de Otoño de 1997.

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EL SEMINARISTA

-¿Acaso el destino hace siempre de los gatos cuerdas de violín, o con las crines de los caballos traza el hilo de los arcos? ¿No se salvará una tripa, o la roja melena de un solo alazán? Ved que no existe entonces Providencia y que ninguna invocación a la Providencia tiene sentido. Si ya está todo determinado, ¿a quién apelamos?

El anciano hablaba con pasión y retórica mesurada, y deambulaba sobre la tarima con un nervioso ir y venir de un extremo a otro de la pizarra. Según el, resultaba del todo impensable que Dios hubiese tenido que calcular la raíz cúbica de Pi cuando creó el mundo, y el sueño de un determinismo mecanicista sólo era la ilusión de algunos matemáticos locos y de muchos románticos de la ciencia, para los cuales el Primer Motor no es sino un amasijo de engranajes y rodamientos. ¡Qué ironía y qué absurdo! La Divina Providencia embadurnada de grasa consistente. Un mundo así, decía, es como un reloj que nunca da la hora, que nunca cumple el tiempo, un reloj para el que siempre cabe una vuelta más de las manecillas. Semejante idea equivale a la negación de Dios y hace de la oración una plática de locos, un monólogo inútil, una monserga con los ojos en blanco. La Providencia garantiza la posibilidad de lo nuevo, y la posibilidad de lo nuevo es la posibilidad de la Salvación. Sus vehículos fundamentales son la caridad que inspira las buenas obras y la fe que inspira la oración. Pero una fe compartida requiere una oración también compartida, común a todos los fieles y por tanto sujeta a ciertas formas, una oración formal.

Dios no mira sólo la fe de su Pueblo, como creen los herejes, sino también el segundo de los móviles de sus conductas, la caridad, que no sólo es forma, pero que también es forma (la caridad es la forma de las conductas que obran por amor al prójimo a través del amor a Dios). De aquí derivaba el anciano su cuidado por las formas y su enojo por una falta en la forma. Pues la forma no es sólo el esqueleto de un acto, sino también su causa final, es decir: aquello hacia lo que el acto tiende, a Dios. Y lo mismo ocurre con la oración. Por ello, una oración cualquiera ejecutada arbitrariamente, sin formalidad, ha errado el fin desde el principio, no busca a Dios y, como poco, resulta inútil. Por otro lado, un acto que se orienta hacia un fin ha de tener forzosamente un límite, y el concepto de límite conlleva el de medida y proporción.

Toda esta perorata venía a cuento por explicar la necesidad extrema de guardar cierto rigor formalista en algunos lances del culto, rigor al que el buen anciano era sobradamente aficionado. Pero se cansaba de volver siempre a los mismos temas sin que sus alumnos, que eran los que soportaban el discurso, le prestasen mayor atención. ¡Cuánta energía de la poca que aún le quedaba no habría malgastado en hacerles ver la importancia de la lección! Ellos, no obstante, se obstinaban en su torpeza y enojaban al pobre anciano, ya poco predispuesto para la paciencia. La edad no perdona, consume los ánimos y, junto con las arrugas, va desarrollando también un añejo poso de amargura que destila gota a gota en pequeñas dosis de ira a duras penas contenida. ¿Por qué ocultarlo aún? El viejo sacerdote había perdido ya gran parte de la templanza de la madurez, y vio ahora que no le cabía mejor remedio que permitirse un leve desahogo. Contrajo las cejas cenicientas tanto que se solaparon sus extremos, dio un enérgico paso hacia un lado sacudiendo la cabeza como un toro burlado en un lance de capote, enrojeció cuanto es posible en un cura de su edad, se mesó la sotana con enojo y bramó medio taco.

- ¡Mecachis! -dijo.

El aula estaba ahora llena de silencio, de un silencio espeso en el que resultaba trabajoso alzar la vista. Un cierto número de sotanas negras se distribuían irregularmente por toda su extensión, destacándose con obstinada resignación de la rabiosa luz primaveral. Afuera, la brisa mecía tiernamente los brotes recientes de los plátanos del jardín, las copas alargadas y solemnes de los cipreses que crecían más allá, en el cementerio, la apretada mies de los lejanos prados, el cabello dulce de las mujeres ausentes... En verdad el exterior era ancho y ocre, cálido y acogedor como un femenino vientre. El seminarista tuvo deseos del aroma de unos pechos templados, de la blandura de las curvas, de un regazo no sólo maternal, pero también maternal. ¡Qué añorada y misteriosa hermosura esconde siempre toda mujer, qué ignorado goce en su piel, en lo recóndito de sus intimidades! ¡La mujer, que vive entre nosotros, y vive para nosotros y nosotros para ella! No podía tener ahora ninguna importancia el enfado del viejo, ni su estúpida doctrina graznada a gritos con la voz cascada, ni nada de cuanto pudiera enseñarles. En ese instante sólo contaba un cierto afán que se esforzaba en precisar sin conseguirlo, un deseo que no sólo es pasión, pero que también es pasión, y voluntad de ceder a la pasión. Que la voluntad ha de inclinarse naturalmente hacia el bien, lo vio claro en ese instante, y vio también que no hay bien que no sea deseable, y la seca austeridad que proponía su profesor se le antojó locura, por mucho que se le presentase bajo la apariencia de la verdad misma. ¡Qué diablos! La única verdad que le alcanzaba vivía fuera de los angostos recintos del seminario, lejos de su mórbida influencia, y se desplegaba a la luz del sol como un fruto maduro en el paraíso. Y, como contrapartida, el viejo chocho ofrecía sólo una piedad orientada hacia el nombre del Bien, sólo hacia su nombre, porque nunca se hacía otra cosa que nombrarlo. Muy poco. La verdadera piedad consiste únicamente en vivir, en buscar la beatitud del mundo, en la caricia tierna de las mujeres, en perder la memoria entre las sinuosidades de su cuerpo y en olvidar a Dios por toda la eternidad.

Pero aunque no fuese el único en profesar tal opinión, quedaba claro que no vivían bajo un régimen que concediera importancia a la mayoría.

-¡Te digo que no! -chillaba ahora el viejo-. ¡Con la derecha!¡Con la derecha, caramba!

Un joven, ataviado como los demás, retorcía las manos frente a él, en pie, cabizbajo, amedrentado y tratando de explicarse la necesidad del feroz respeto a las formas que predicaba el anciano.

- Pero es que soy zurdo...
-¡Qué zurdo ni qué ocho cuartos! La bendición se da con la derecha, ¡con la derecha! ¿Ves?

El viejo trazó con la mano la señal de la Cruz. La demostración quedó así sentada con toda eficiencia y dejó en el aire la huella indeleble de la santidad. Ahora sonreía y la voz se le hizo más dulce.

-¿Lo has visto? -dijo con toda satisfacción-. ¿Lo has visto? ¡Bien proporcionada! Ni demasiado largos los brazos, ni muy corto el tronco. Esto es una bendición, y el resto pamplinas. ¡Pero con la derecha, siempre con la derecha!

El seminarista despertó bruscamente de su ensueño. Los gritos del anciano sacerdote no eran precisamente un arrullo, ni podían inspirarle a nadie la mínima evocación. Perplejo y aturdido aún por los cálidos pensamientos que le embargaban, tuvo que hacer un esfuerzo considerable por entrar de nuevo en la situación.

-¿Pero es que no surte efecto la bendición con la izquierda? -preguntó-
-¡No, no y no! -el viejo cura comenzaba a perder los nervios-. Debe hacerse con la derecha, ¡siempre con la derecha, contra! Estamos bendiciendo, y la bendición ha de hacerse derechamente, con toda pulcritud. Es el signo del poder de Dios en el mundo, de su Providencia. ¿Y cómo un signo puede estar mal trazado si quiere mantener su condición de signo? ¿Qué ocurriría si la palabra "ojear" (echar el ojo) la escribiésemos con una "h"? ¡Pues que se convertiría en "pasar página"! ¿Te parece que pasando páginas a lo loco se puede ver algo? Pues lo mismo ocurre con la bendición: bendecir con la izquierda es como escribirlo con "v", es una falta, un desorden, una diablura. ¿Invocamos el poder de Dios o la malicia del Diablo? ¡Dime!
-Yo creo que no invocamos nada -balbució el que estaba en pie-, sólo bendecimos.
-¡No! ¡Es un signo! Pero el signo significa, luego posee un significado. Si tiene un significado, entonces es que existe tal significado. Y si existe el significado, entonces el significado es, al menos como significado. Pero el significado es Dios, luego (en virtud del Argumento Ontológico) Dios existe. Y si Dios existe, al trazar su signo invocamos su nombre. ¿Lo ves? ¡Una bendición con la izquierda ni es bendición ni es nada, coño!

El seminarista se levantó entonces de su asiento, alzó el brazo con toda resolución, se aclaró la voz y, con toda la seriedad que le cabía en sus apenas veinte años, dijo:

-¡Discrepo!
-¡Cómo que discrepas!, ¡Está prohibido discrepar!
-Discrepo -repitió el muchacho-. Si bendecir con la izquierda es un cierto tipo de desorden, entonces existe lo desordenado, de lo que la bendición con la izquierda es síntoma, signo. Si bendecir con la izquierda es signo de desorden, entonces es una invocación al desorden, a lo demoníaco, ¡es una maldición!

Sonrió con un desconcertante brillo en los ojos, alzó lentamente los brazos y permaneció en silencio un instante. Después, con la mano izquierda, solemnemente, trazó una cruz rasgando el aire con los dedos, en tanto que el anciano se desgañitaba gritando: "¡No te atrevas, no te atrevas!". Se atrevió, no obstante, y no se preocupó mayormente de la proporción de los brazos, ni de la longitud del tronco, sólo del desorden cuyo nombre dibujaba, del Caos, de la vida, del Mundo. Y el mundo se desplegó sobre él y alrededor de él, y por todas partes. El ensueño de hacía un instante se hizo mucho más vívido, más actual, casi actual, y le asomó una luz inefable en la mirada. El viento volvió a peinar las mieses y el pelo amarillo, o negro, o rojo de cobre, de las mujeres, y su aroma le invadió mezclado de perfume y de fragancia de flores, y su risa le pareció como la música del agua sobre las rocas, su respiración como el murmullo del mar, su piel dorada un baño de miel, y su compañía el mismísimo cielo. ¿Para qué podría querer otro cielo? Pero el deseo de la mujer no se agota en sí mismo (¡qué pobre deseo el que desaparece al satisfacerlo, qué angustia que el agua quite la sed para siempre!, equivale a morir), sino que se transcendía e iba más allá. El deseo de la mujer es deseo de vivir con la mujer, es deseo de vivir, pura voluntad. Pero la vida no está determinada, arrecia y languidece como el viento -en esto decía verdad el viejo- y nadie gobierna el viento.

El seminarista vivía ahora un violento huracán que lo llenaba, le rebosaba y se expandía, y el mundo pareció convertirse en huracán. El vendaval no puede existir sólo en el pensamiento de cada uno, es necesario que salga y lo arrastre todo con su ímpetu, que todo lo sumerja en su torbellino. Un viento súbito batió las ventanas y rompió en añicos todos sus cristales. Las persianas y las cortinas volaron hacia el centro, hacia el lugar en que el muchacho había trazado el signo. Éste aún permanecía en pie con los brazos en cruz y la cabeza echada hacia atrás. El viento continuaba entrando con toda furia y sacudía frenéticamente la sotana del alumno, su pelo, sus miembros. Por debajo de sus vestiduras se hacía evidente su formidable erección. Rió con todas sus fuerzas y sus carcajadas resonaron entre las paredes del aula, alcanzaron el exterior y se oyeron sobre el vendaval con la potencia de un trueno. Cada uno de sus estertores anunciaba un rayo, y cada rayo iba acompañado de un fragor. El viejo, calado por un terror que le empapaba la médula de los huesos, trazaba en el aire inquieto miles de bendiciones inocuas. Quizá una defectuosa proporción, un trazo apresurado, falta de fe... El movimiento histérico de su brazo se convirtió al fin en un temblor de todo el cuerpo. Cayó al poco en el suelo con los ojos abiertos y cristalizados, el rostro amoratado y un dolor en el pecho. Aún tuvo tiempo de ver el blanco de los ojos de su alumno y de escuchar un sonido, mezcla de sus risas y del bramido de los truenos, que habría de olvidar para siempre tan sólo un instante después.

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Comentarios sobre esta opinión
cay11

cay11

05.12.2011 13:03

Con la iglesia hemos topado! Es una pena que aún haya gente tan intransigente como el viejo profesor, pero el seminarista tiene un punto cruel que, creo, hubiera sido evitable. A veces me pregunto si no sería posible cambiar a la iglesia haciendo entrar en razón a esa panda de carcamales que forman la parte alta de la jerarquía. Aunque, on second thoughts, quizá lo que hace falta es que haya más seminaristas de rompe y rasga, como el de tu historia. Besos.

Avempace

Avempace

01.12.2011 11:20

Excelente reflexion. Por una parte me recuerda una obra de un autor francés (tal vez SAintPierre) que se titulaba "esos curas que sufren" y por otra parte me hace pensar en la pedagogía y psicología : antes no se podía ser zurdo, pero ahora no se puede violentar a un zurdo. Tu relato recoge esas dos facetas muy bien. Enhorabuena.

gemelas23

gemelas23

27.11.2011 12:09

Todavía hay más de uno, cura o no, que trata de mantener ese rigor formalista a toda costa. A mi hijo le dieron el primer día de colegio el lápiz en la derecha y él fue a cambiárselo y se lo volvieron a poner en la derecha. No lo consiguieron claro, es zurdo hasta la médula. Si vieras la charla que nos dio la seño... Poco menos que el ser zurdo era un defecto cerebral, vamos que mi hijo iba a ser tonto de remate. Curiosa historia la tuya, original y con un final estupendo.

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