La gran conjunción

3  27.01.2007 (12.02.2007)

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Mi primer relato erótico

Desventajas:
Mi primer relato erótico .   ^  _  ^

Recomendable: Sí 

KalEl

Sobre mí: Organizando una Maratón de Doctor Who clásico en Barcelona para el día 4 de Diciembre. Recaudaremos...

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La abstinencia sexual no es, históricamente, una conducta viable. Quiero decir que, a mi juicio, es la más absurda, antinatural y solitaria de las prácticas humanas. Cualquiera puede tener entre sus ancestros a filósofos, prostitutas, asesinos, dictadores, reinas, esclavos, esclavistas, peleteros, carniceros, toreros, publicistas, perfumistas, oficinistas, científicos, inventores, cazadores, invasores, locos o payasos. E la vita va... Pero, ¿acaso alguien, remontándose a lo largo de la cascada de sus antepasados, ha podido encontrar a una sola persona que no haya practicado el sexo? Desde el sátiro más formidable o la ninfa más hambrienta hasta el más mojigato de los reclusivos asexuales que odian su cuerpo y el de los otros, que rehuye la intimidad y el placer, todos venimos del sexo: nuestros padres lo hicieron, nuestros abuelos lo hicieron, hace 100.000 años, nuestros antecesores comunes lo hicieron, posiblemente entre ellos. Es la tradición, de hecho es lo más tradicional que tiene la Humanidad, el origen de todas las civilizaciones, de todas las eras, lo que nos ha dado un presente y un futuro. Antes que el lenguaje, antes que el fuego. El sexo.
Imagino que es por eso que se puede convertir en una obsesión tan grande para algunos: no son, como algunos piensan, "perdidos viciosos" o "animales sobre dos patas". Au contraire... Se trata de mentes sensibles, íntimamente ligadas a su cuerpo y al manantial genético compartido, que perciben la importancia del sexo en el concepto de lo humano. En cambio, los reprimidos, incluso aquellos que se creen superhombres ultrasexualizados, no han parado de intentar arrebatarle al sexo la mayor de las conquistas humanas: el placer de todos los participantes. En su mayoría fueron hombres que privaron a sus mujeres del clímax, al creer que arrebatándoles el placer lo obtenían ellos, ignorantes de que el total es mayor que la suma de las partes y que obrando así reducían, y no aumentaban, el propio disfrute. Sólo aquel o aquella que ha gozado complaciendo a su pareja sabe de lo que hablo.

Yo... creo que me encuentro dentro del primer grupo. El de las mentes sensibles, hipersensibles, me atrevería a decir. Si no, no alcanzo a explicar la incomparable y perturbadora experiencia que me acaeció hace dos noches. Estaba yo en la cama, a eso de las 2 de la madrugada. Nuestro bebé se acababa de dormir tras quedar satisfecho con el biberón que reclamaba y yo albergaba la esperanza de que no volvería a despertarse hasta la mañana. Me arrebujé bajo la sábana, la manta y la colcha y me quedé mirando a mi mujer. Adoro mirarla cuando duerme: con su espesa mata de pelo azabache extendida sobre la almohada y la placidez que adquieren sus rasgos, es la imagen misma de la serenidad y la dulzura. Esa noche, además, entraban algunos rayos de luna llena por las rendijas de la persiana, con lo que podía mirarla a placer. No sé decir a ciencia cierta cuánto tiempo estuve así: imagino que no pudieron ser más de tres minutos. Cojo el sueño con mucha facilidad, pero os aseguro que aún no estaba dormido cuando oí aquel gemido a mi espalda. Duró todo un segundo, y sólo un segundo, y soy incapaz de decir si era voz de hombre o de mujer: de lo que tengo la certeza absoluta es de que no provenía del chiquitín. Me revolví rápidamente, destapando a mi mujer al girarme. Atisbé en la oscuridad, pero como es lógico no vi nada; no había nadie más en la casa. Debían haber sido los vecinos, y quizás lo fueron, pero en cualquier caso no volví a oír a aquella garganta sumergida en (o en pos del) placer.
Volví a girarme hacia mi mujer, dispuesto a olvidar aquel ruido y con la firme intención de dormirme. Pero me encontré con un espectáculo conocido aunque no por ello menos atractivo: había destapado a mi esposa, y allí seguía durmiendo, tumbada. No se había puesto el pijama, sólo el top marrón de tirantes que había llevado todo el día bajo el jersey y unas braguitas de encaje fresquitas. Lo conocido se agolpaba con lo ignorado en mi mente: sabía que sus pechos eran más grandes de lo que, al estar boca arriba, aparentaban, pero me encantaba la forma en que redondeaban los costados del top a la vez que pequeñas arrugas tiraban en su centro. Conocía el tacto duro que tendrían sus muslos contra mi mano, pero no paraba de preguntarme si estarían tan calientes por fuera como anticipaba su suave cara interior. Avancé la mano hacia el derecho y lo toqué: en efecto, duro, terso y más frío que tibio...

Repito que no entiendo lo que sucedió a partir de entonces, pero desde ese preciso instante dejé de tener el control sobre lo que pasaba en el dormitorio. Ella se giró hacia mí al sentir mi contacto. Me besó en el cuello; con su cabellera sobre mi rostro, sentí como se demoraba la suave presa de sus labios en la tierna piel junto a la yugular y se me erizó el vello de la nuca. ¿Pero tú no estabas dormida? ¡Ay, gatita mía!
Pasó las piernas sobre las mías y se irguió, cabalgándome, echando la cabeza hacia atrás en un movimiento sensual que despejó la melena de su rostro. La miré atónito mientras una sonrisa cómplice se desvanecía, apenas esbozada, de mis labios para dar paso a una expresión de incrédulo estupor: porque al apartar el pelo y quedar su cara iluminada por la tamizada luna pude constatar, asombrado, que aquella mujer no era mi esposa. Era hermosa, morena y de cabello alborotado, sí, pero su rostro embelesado por el juego era distinto, de labios más llenos y nariz más pequeña; sus hombros estaban más juntos, lo que resaltaba el tamaño de sus pechos, que ahora estaban más próximos e incluso formaban un atrayente canalillo; sus caderas eran más estrechas, su vientre más plano y sus muslos más finos. En definitiva y llanamente: era otra mujer. ¿Cómo había llegado hasta mi cama? ¿Cuándo? ¿Dónde estaba mi esposa?
Todas esas preguntas cubrieron en un instante la distancia entre mi cerebro y mis cuerdas vocales, pero éstas se negaron a dejar ir nada más que un sencillo ronroneo. ¡No podía hablar! Una parte de mi mente que se negaba a dejar de analizar cuánto sucedía a mi alrededor acabó por identificar a la joven: era Helena, una guapa compañera del trabajo con la que me había cruzado un par de veces. Abrió unos ojos sombreados por espesas pestañas y, sin sorprenderse por encontrarme bajo ella, cogió mis manos con las suyas y las atrajo hacia su vientre. Asombrado por otro nuevo prodigio, constaté que mis brazos desnudos tenían ahora músculos más definidos y, lo más sorprendente, que mi piel era negra. Al contacto con la bronceada piel de Helena mi cuerpo (fuera de quien fuera, era el que ocupaba) reaccionó como instantes antes el que creía de mi esposa y me hallé sintiendo cosas en un cuerpo cuyas acciones no gobernaba: acaricié los costados de su vientre, que Helena me ofrecía al levantar sus brazos y cogerse el pelo, lo que hacía que su top (el de mi mujer, me recordé) subiera. Sentí cómo un irrefrenable cambio en mi torrente sanguíneo preparaba el terreno para una inminente erección, mientras ella gemía risueña y se estremecía con mis caricias ascendentes. Levantó los brazos sobre su cabeza y el top subió hasta que desde mi privilegiada posición pude ver la curva inferior de sus pechos. En ese momento ella sintió la presión que empezaba a ejercer entre sus muslos y sentí como deseaba que le quitara la ropa. Lo hice y cuando la tela abandonó su cuerpo recibí una nueva metamorfosis: ahora ella era una pelirroja de piel muy clara a quien no había visto nunca. Su talle era espigado y unos pezones rosados coronaban un busto duro, pequeño y puntiagudo. De repente ella olía a mar y a arena, y sus largos dedos pugnaban con hambre por despojarme del pijama al tiempo que se mordía el labio inferior y dejaba escapar un murmullo de impaciencia. Agradecí que no intentara decir nada, porque ella (ahora lo sabía) era danesa y yo un senegalés recién naufragado en la playa de la casa de verano de sus padres en el sur de Italia, y no la hubiera comprendido si no nos hubiéramos comunicado con aquel lenguaje de gemidos, caricias, sudor y deseo. Sabía todo eso como seguía sabiendo que el pijama era MI pijama, la cama, NUESTRA cama y que yo no conocía de nada ni a la delgada danesa ni al atlético africano. Pero lo sabía. Lo sabía…

Nos abrazamos y repentinamente dejé de sentir la erección, casi en el momento en que mi sexo debía acariciar el suyo. A los dos nos extrañó y miramos hacia abajo. Pero todo estaba bien: volvimos a cruzar nuestros ojos. Mi querida Qun Li, con sus delicados pómulos de porcelana, sonreía tímida, como la primera vez que la vi en el Café du Pomerain, sus frágiles formas temblaban como siempre que nos encontrábamos, en secreto, en nuestra habitación pero expuestas a que alguien nos descubriera. ¿Y qué si lo hacía? Quizás algún cliente pagaría más por la experiencia. Pero no, nunca compartiríamos nuestro amor con ningún hombre. Me senté y abracé a la tierna Qun, que enterró su rostro angelical entre mis enormes pechos: Mimí Saffron era mi auténtico nombre y el de "guerra", era la prostituta más deseada del quartier latin y los bohemios y los aristócratas podían tener mi nombre y mi cuerpo, pero sólo mi Qun Li tendría jamás mi entrega. Mi querida geisha lamió como una felina mi voluptuoso cuerpo y al descender, con pausada y desesperante calma oriental, hasta el monte bendecido por Venus, estallé de deseo y gemí con ansia casi ordenándole que no parara.
Volví a sentir mi yo masculino del siglo XX como un voyeur tras todo aquello. Qun y Mimí seguían amándose, o quizás ya no eran ellas, sino otros. Sí, otros cuerpos que continuaban haciéndose el amor. A veces yo era un hombre, a veces mi esposa también, en ocasiones creí reconocer algún perfil como el de algún antepasado o alguna figura histórica. No importaba, no importaba. Sólo importaba, cobraba una importancia cada vez más fenomenal, más incluso que las veloces transformaciones que íbamos atravesando mientras nos devorábamos a besos, que todas aquellas parejas se amaban. Se amaban con una continuidad que iba más allá del espacio y del tiempo, más allá de la pasión, más allá de las barreras, más allá de la muerte. Se (nos) amábamos. En alma y, una vez más, en cuerpo. Mis palmas… sus tobillos… con las yemas, sí… nuestras caderas… un poco más… arañazo… dulce dominación… plácida succión… encima, debajo, juntos, separadas no, por favor, juntémonos de nuevo… Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice…

No recuerdo casi nada más, antes de despertar de una inconsciencia (que no de un sueño) agotada, jadeante. Mi mujer estaba junto a mí, de nuevo ella, de nuevo todas las mujeres, igualmente extenuada. Y yo… sí, yo era de nuevo yo, y de alguna forma todas aquellas otras personas. Y el niño dormía plácido en su cuna. He dicho que no recuerdo CASI nada más: algo sí recuerdo. Aunque contuviera un detalle extraño, fue el momento más sencillo, estable y convencional de todo aquel torbellino, pero se me grabó a fuego en la memoria, como si tuviera más fuerza que todos los inexplicables hechos que había vivido; tal vez fuera aquel único detalle extraño. Y es que en esos momentos finales, pausados, el culmen de toda aquella humanidad de amantes que se había citado en nuestros cuerpos por algún capricho de los genes, la mente o de la luna, fue la única ocasión en la que también se transformó nuestra habitación.

Nuestra cama estaba labrada en el tronco de un olivo, a partir del cual emergía, y que se encontraba en el centro de nuestro dormitorio, o quizás el dormitorio había sido construido alrededor de aquel árbol. No sé quién era yo ni quién la hermosa mujer, con un punto de vejez asomando en sus profundos ojos verdes (como sospecho que apuntaba en los míos), a la que abrazaba con sed infinita. Pero sí recuerdo que estábamos haciendo el amor como si hiciera dos décadas que los dioses nos mantuvieran separados…
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Argon1972

Argon1972

16.07.2008 00:50

Sencillamente genial, el texto desprende erotismo por todos los lados, se me ha erizado la piel leyendolo, bravo. Sigue escribiendo te sigo.

blue5

blue5

20.03.2007 16:05

Estupendo relato...Suerte. Besos!!

Princexxa

Princexxa

16.03.2007 20:07

mucha suerte

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  3. sheila71
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  1. Cristinita19
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  1. Motocas

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