--- ésta es la continuación de mi anterior relato, "Noches de Plata" ---
-----------------------------------------------------"Es exquisito", dijo, mientras devolvía la copa de vino a la mesa. Carlos, siempre solícito, cogió la botella de Rioja con el que estaban acompañando la carne dispuesto a servirle a su compañera, cuando reparó en que se había terminado.
"¿Nos pedimos otra?", le dijo con una de sus habituales sonrisa, y acto seguido se dispuso a llamar al camarero para pedir una nueva botella de Luis Cañas, Reserva Familiar, que tanto le gustaba. Carlos se giró en dirección al centro de la sala buscando con su mirada al camarero cuando reparó en una mesa al fondo, en un reservado. ¡Ruth!. Hacía tres años; tres, en que la vio por última vez en aquella estación de autobuses; tres años en que por última vez le lanzó un beso tras el cristal de la ventanilla, entre lágrimas, sin saber que sería la última vez que la vería... hasta ese día. Quedó paralizado, sin saber qué decir ni hacer por unos momentos, cuando reparó en que su acompañante le miraba curiosa.
"Vaya, cuando se les necesitan, siempre se esconden", comentó por decir algo para disimular.El resto de la comida fue una sucesión de frases a las que no encontraba sentido. De sensaciones extrañas; de recuerdos que de nuevo se le agolpaban en la mente; de latidos dolorosos del corazón que él pensaba oirían en toda la sala; de palabras que salían de su boca de forma automática tal y como hacía su propio contestador automático: "hola, soy Carlos Fuentes, ahora mismo no estoy en casa pero si quiere dejar un mensaje..."; buscando de continuo el más mínimo resquicio que le dejara su compañera para echar una mirada de reojo hacia la mesa en que se encontraba Ruth. Y con cada mirada, con cada momento que pasaba, ese pequeño ramalazo de ¿celos? al verla acompañada y riendo. Y de nuevo, sentía vergüenza de sí mismo; rabia; impotencia, por no poderlo evitar; porque aquella sensación que creía haber borrado de su mente aquella mañana en que escuchó por última vez en la radio la canción de Merche, Noches de Plata, creía haberla dejado al fin a un lado. Porque de nuevo sentía la excitación de aquellas noches locas con Ruth; porque su piel, su carne, su mente, su corazón, le pedía que cruzara el pasillo, se levantara y fuera al menos a saludarla. Y entonces sintió asco de sí mismo; porque allí estaba, acompañado de aquella chica que tan feliz le había hecho en las últimas dos semanas; e intentaba fijar sus ojos en sus labios para intentar concentrarse en su conversación, en su sonrisa y autoconvencerse de que aquella chica con la que compartía el vino era lo mejor que podía pasarle ahora, pero... ¿se habría fijado Ruth en que él estaba a este lado del restaurante?.
"Dáme un minuto", le dijo Carlos a su compañera mientras se ponía la chaqueta. "He de ir al baño". Pasó por el lado de Ruth con toda la velocidad que el decoro le permitía para que ella no se diera cuenta que estuviera allí, intentando eludir el peligro que para su corazón suponía la presencia de Ruth. "Tranquilo", se dijo frente al espejo del baño mientras se lavaba las manos; "pronto estarás fuera, y la habrás olvidado nuevamente". Más relajado se dirigió fuera y cerró la puerta justo en el momento en que sintió cómo una mano se posaba sobre su hombro."Hola, Carlos, qué casualidad, no te había visto", le dijo Ruth sorprendida. La tensión parecía cortar el ambiente; o al menos eso le parecía a él, porque Ruth continuaba hablando tan tranquila, como si no hubieran pasado 3 años; como si nada hubiera ocurrido; como si él no hubiera sufrido nada en todo ese tiempo; con su alegría y su desparpajo habitual; ese que le había hecho contraer la enfermedad contagiosa de la dependencia durante aquellos meses de felicidad. Y cuando después de haberse contado brevemente cómo estaban, Ruth le dio un abrazo que le recorrió como una descarga eléctrica todo el cuerpo. Fue un momento interminable... o al menos, eso le pareció a él, que quería pero no quería separarse de ella. Y como pudo, balbució un estúpido "adiós, ya nos veremos en otra ocasión". Al alejarse, sintió su mirada en su nuca, e incluso le pareció escuchar un "sí, estoy segura"...
Carlos se disculpó con su compañera por haber tardado un ratito, y le comentó que se había encontrado con una antigua amiga a la que había saludado. "¿Nos vamos?", y amablemente la ayudó a ponerse el abrigo.Allí, en la fría noche madrileña, frente a la puerta de su Volkswagen, Carlos buscó en su bolsillo las llaves. Como siempre, tenía los bolsillos llenos de papeles y notas que recogía de todos lados, y con su habitual despiste no encontraba dónde las había puesto. "Ah, aquí están" dijo, cogiendo un puñado de todo lo que llevaba en el bolsillo"... y allí, estaban sí... junto a una llave en forma de tarjeta y una servilleta del restaurante en el que habían garabateado una nota: "Hotel América, habitación 323... te espero esta noche".
"Qué guapo sigue", pensó Ruth, ya en el hotel. Aún podía sentir como todo su cuerpo se excitaba al pensar en Carlos; en los recuerdos de sus brazos fuertes sujetándola; en su pecho junto al suyo; en sus ojos verdes profundos; en sus besos; en su lengua recorriéndole cada hueco de su cuerpo. "Tres años. Si supiera cómo le he echado de menos. Cuántas veces he pensado en él. Cómo cada vez que he hecho el amor desde entonces ha sido con él con quien lo hacía en mi mente. Cómo cada vez que acariciaba a alguien, era a él a quien acariciaba. Tres años sin atreverme a descolgar el teléfono, por orgullo, estúpida de mí... ¿o era por vergüenza, por haberlo abandonado, sin una palabra, sin una llamada?. Pero era lo mejor. Nos separaban muchos kilómetros y muchas circunstancias... y encontrármelo esta noche... cuando lo ví allí al fondo del salón fue como despertar una tormenta; es increíble la de sensaciones que aparecieron... y esa humedad que casi no me ha abandonado desde entonces. Carlos, Carlos, Carlos.. " se decía mirándose al espejo de la habitación, semidesnuda. Quería aparecer perfecta ante sus ojos, porque aparecería, él aparecería, de eso estaba segura.Ruth se dirigió al baño, puso el cd, insertó un disco de Ricardo Montaner, y las primeras estrofas de "la cima del cielo" inundaron la habitación...
Dáme una caricia
dáme el corazón
dáme un beso intenso
en la habitaciónabrió con cuidado la mampara de la ducha, giró los grifos y puso el agua a la temperatura que a ella le gustaba; desató el nudo del cinturón de su albornoz blanco, y lo deslizó por sus hombros hasta dejarlo caer al suelo, al tiempo que poco a poco su cuerpo de nácar se iba quedando al descubierto. Y entre el vapor condensado emergieron cada una de esas curvas sensuales de las que tanto podía presumir, delicadas, sedosas, turgentes, sublimes... Excitada, introdujo su cuerpo bajo esa lluvia fina, y dejó que el agua corriera limpia por su piel, recorriendo cada centímetro; de su rostro húmedo, de sus senos hinchados de pasión, de sus largos brazos, caían gotas que al chocar abajo con el plato, repiqueteaban en una dulce y delicada sinfonía relajante.
Dáme una mirada
dáme una obsesión
dáme la certeza
de este nuevo amorY en medio de esa sinfonía, un leve ruido; un pequeño crujir; unos pasos quedos; el leve susurro de la ropa chocando en el suelo; la pequeña puerta de la mampara deslizándose sobre su carril, y unos labios suaves que se posan en su nuca. Quiere volver la cara, y aquellas manos que tan bien recuerda, le hacen volver la cara hacia la pared, mientras en un leve murmullo escucha una voz de ángel susurrarle "no mires, déjate llevar"... y con infinita delicadeza siente el tacto de la esponja deslizarse por su espalda, y allí, desde la nuca, empieza a bajar insinuante el pequeño chorro de jabón, por su columna, dirigiéndose sin pudor hacia sus nalgas. Bajo sus manos, siente la piel erizada al límite, sus pezones firmes piden a gritos su amor, y sin apenas darse cuenta emite un jadeo al sentir los labios y la lengua de él frotándole a besos el jabón por la espalda, lentamente, muy lentamente, por toda su espalda, bajando hasta el mismísimo infierno del éxtasis, cuando sus dientes aprietan ligeramente sus nalgas y continúa su bajada sin final por los muslos entre sus piernas...
De llevarte a la cima del cielo
Donde existe un silencio total
Donde el viento te roza la cara
Y yo rozo tu cuerpo al finalNo lo soporta, quiere volverse, comérselo a besos, hacerle cosas que jamás hubiera soñado allí bajo el agua; desahogar toda la pasión contenida en aquellos tres años... y de nuevo aquellas manos lo evitan; y sobre sus ojos se desliza una pequeña venda que le vuelve su mundo negro y al mismo tiempo rojo; invisible pero tan cercano. El contacto de su pecho sobre su espalda la hace vibrar; "no puedo respirar", piensa entre jadeos, y él siente esa respiración entrecortada, pero no le hace detenerse; ágil, sensual, delicado, estruja la esponja sobre sus pechos, sin separarse un milimetro de ella, allí a su espalda; y despacio, le extiende el jabón por sus senos, jugueteando con sus pezones, pellizcándolos, al mismo tiempo que le muerde el lóbulo de su oreja; ella se imagina un mundo submarino de corales, de colores, de peces, de azules profundos, de vida, y se siente inundada por la libertad de una pasión infinita; las sensaciones se le agolpan; el contacto en su espalda, los mordiscos en la oreja, sus pezones... echa las manos hacia atrás, le agarra por las nalgas y lo aprieta aún más contra ella; quiere sentir su erección; desea sentirle dentro; ansiedad, lujuria, locura... dominio... "´dejate llevar", un nuevo susurro en sus oídos... y siente como sus manos agarran las suyas, y con dulzura se las pone contra la pared; sus manos juegan en su vientre, en su ombligo, en su sexo, mil manos que la recorren, mil corrientes electricas que le recorren sus partes más intimas, presas de excitación, sus dedos, dios, cuántos tiene... los siente dentro, acariciándola, ahora más lento, más rápido... y sin querer, sin sentido ya, perdida en el abismo de sus movimientos, echa el cuerpo atrás, sin separar sus manos de la pared... mientras él le invade toda su alma....
Y llevarte a la cima del cielo
Donde el cuento no puede acabar
Donde emerge sublime el deseo
Y la gloria se puede alcanzarExtenuada, Ruth se quita la venda... poco a poco recupera el ritmo cadencioso de su respiración... desea tanto besarlo... Carlos.... y allí, en la ducha, encuentra su soledad una vez más, la que a pesar de tantos hombres, le ha acompañado esos tres últimos años...
Carlos... te deseo... ¿por qué no has venido?...Dáme un tiempo nuevo
dáme tu poesía a medio terminar
dáme tu calor
dáme si es posible
la posibilidad
de llevarte a la cima del cielo...
21.03.2007 16:32
puufff necesito encontrar a Carlos..Me ha encantado esta parte también, le das un giro inesperado aunque lástima que ella sólo lo hubiera imaginado. Es excitante y frustrante a la vez, ese amargo sabor de boca e impotencia que te deja tantas veces la vida.
16.03.2007 19:32
Esta vez el dicho aquel de "nunca segundas partes fueron buenas" creo que cobra sentido... pues ya conocemos el otro de "la excepción confirma la regla" (¿Eran así?)... Carlos y Ruth... Espero que no sufran otros tres años...
16.03.2007 19:26
mucha suerte en el concurso