EL INODORO
25.10.2008 (14.02.2009)
Ventajas:
¿Queréis algo sucio para el concurso?
Desventajas:
Allá va
Recomendable:
Sí
 Solsticio
Sobre mí:
No sé cuál puede ser la causa pero la llegada del otoño siempre me trae de regreso a Ciao tras una n...
usuario desde:03.12.2003
Opiniones:50
Confianza conseguida:63
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Odiaba los inodoros. Los odiaba con un odio que traspasaba los límites del infinito hasta rozar esa desconocida parte del ser que está compuesta de materia oscura. Sus elementos podían ser de color blanco o negro y las texturas lisas o estampadas. Era posible que estuvieran suspendidos de la pared, o adosados al suelo con la cisterna situada en lo alto junto al techo o en el extremo inferior sobre la taza. El redondel y la tapadera del asiento podían estar fabricados en plástico o cerámica. Incluso las tazas tenían formas ovaladas, redondas o cuadradas. Pero nada de ello le importaba. Sus aspectos y colores no tenían la menor importancia de la misma manera que tampoco existía una explicación racional para su odio. Sencillamente, los odiaba. Todo en el cuarto de baño era limpio excepto el inodoro. La casa entera era pura salvo el agujero oscuro, silencioso y apartado en el último rincón, que cada día le obligaba a asomarse a las profundidades del infierno. No había cosa que más odiara en el mundo que ver la taza de porcelana reluciendo bajo la luz de los focos del techo junto a la escobilla que reposaba en su vaso de cristal. Odiaba el sólo hecho de que la luz hiciera resplandecer aquel recipiente obsceno que no podía brillar de ningún modo porque era algo de naturaleza sucia. ¡La Luz: el símbolo de la pureza divina! El inodoro era algo sucio de verdad. Sucio y un castigo de Dios. Era muy sucio y por eso todo el mundo lo llamaba con un nombre tan sucio como retrete. Aunque él podría llamarlo con cualquier nombre que sirviera para apodar al mismo Diablo que lo había creado. Odiaba los inodoros más que cualquier cosa de la creación. La sola proximidad del inodoro le producía espanto. Odiaba ducharse por las mañanas con aquella vasija inmunda enfrente y corría las cortinas plastificadas en color azul celeste de la bañera, encajándolas de forma hermética mediante unos broches que había ordenado coser en los extremos, para que sus ojos no pudieran verla cuando estaba desnudo. Odiaba afeitarse y cepillarse los dientes al lado del engendro del demonio porque sentía cómo el vómito fluía desde el estómago hasta su garganta mientras lo miraba de reojo con una mezcla de terror y asco. Odiaba ver su sombra reflejada en el interior de la taza cada vez que orinaba y entonces cerraba los ojos presionando con fuerza los párpados mientras notaba cómo el sudor le empapaba. Odiaba el sonido acuoso del tanque de la cisterna y apretaba los dedos contra sus oídos, cuando escuchaba cómo la descarga de agua se precipitaba en un torrente hacia el orificio de la base, porque le parecía el repugnante rumor de las aguas pútridas que arrastran los pecados de los hombres. ¡El Pecado Original! Odiaba los olores que emanaban de sus entrañas podridas y gastaba una fortuna en ambientadores de todos los aromas, composiciones y formas. Pero, por encima de todo, odiaba sentarse sobre aquel asiento impuro porque se sentía aposentado en la cloaca del mundo absorbiendo los vapores asfixiantes que ascendían desde las tuberías cuando la bomba no aspiraba bien los desperdicios. ¡El Infierno! Podría parecer una virtud o un defecto, una sensatez o una locura, pero lo cierto es que odiaba el inodoro. Carecían de importancia los motivos que le habían llevado a odiarlo y le era indiferente lo que el mundo entero pudiera pensar sobre ello. Lo odiaba, pero al mismo tiempo le aterrorizaba. Y todos los días, antes de salir del cuarto de baño, lo rociaba con un prolongado riego de líquido ambientador como si estuviera derramando un frasco de agua bendecida sobre un endemoniado. Las creencias religiosas que profesaba eran tan rectas que le habían convertido, en pocos años, en un distinguido miembro de una de esas agrupaciones de personas que cantan y oran en edificios sobrios, con apariencia de santuarios o iglesias, en los que cuando se transita por el exterior nadie sabe con seguridad lo que ocurre en su interior. Con el tiempo llegó a ser un practicante fiel que acudía diariamente a una casa de oración, situada en el centro de la ciudad, construida con ladrillos desnudos interrumpidos sólo por ventanas cerradas resguardadas tras rejas de hierro. Y era, además, un devoto que, cuando terminaban los cultos de precepto y llegaba la hora de salir, se quedaba contemplando la sencilla cruz metálica de color blanco con ribetes dorados encajada en el frontal de la fachada. Sabía que poseía una moral elevada y se sentía dichoso porque adoraba la pureza espiritual del alma tanto como despreciaba la suciedad material del cuerpo. ¡El espíritu puro del alma y del cuerpo! Pero si algo no podía soportar en la vida terrena era el mal olor corporal y las sustancias infames que expulsaban los cuerpos de los hombres que fueron creados a imagen y semejanza de Dios. Se consideraba a sí mismo un hombre limpio, primero de alma y luego de cuerpo, que maldecía las necesidades que arrastran a la humanidad entera hacia los inodoros para excretar sus desechos. Aborrecía cualquier clase de secreción humana, desde las mucosidades hasta los vómitos, pero su odio se agigantaba hacia los orines y los excrementos. Orinar y hacer de vientre eran unas maniobras propias de la naturaleza de los animales, sobre todo del simio al que consideraba el más inmoral de todos, que ultrajaban y contaminaban la pureza del hombre. ¡El Gran Pecado! Si algo inmundo unía todavía al hombre con el primate era que ambos debían eliminar sus escorias corporales
Fotos de Relatos Escatológicos III
de una manera poco evolucionada.Sólo de una cosa culpaba a Dios y era de haber creado algo tan corrupto como los orificios sucios del cuerpo que servían únicamente para expeler materias putrefactas. Él sabía que el pecado original de la Biblia consistía en la maldición humana de tener que arrojar los desechos a través de agujeros obscenos, recubiertos de pelambres malolientes, que se abrían al mundo apuntando sus sustancias infectas hacia otros orificios perversos: los de los inodoros que, como cuevas del terror, conectaban al hombre con los infiernos. El pelo que crecía en torno a las hendiduras de los cuerpos indicaba la señal visible del pecado y un estigma de la condenación del hombre. Las necesidades del vientre humano eran el mayor castigo de toda la creación. Y, si acaso no constituían un castigo de la creación, estaba dispuesto a renunciar a sus creencias y admitir que eran un horrible fallo de la evolución. Pero, de cualquier modo, significaban un defecto. Un defecto más terrorífico que todos los pecados unidos como si fueran sólo uno. El mayor defecto. Un castigo horrendo. ¡El castigo de Dios! Dios creó las necesidades del estómago para castigar al hombre pero el Diablo había engendrado a los infames inodoros para que los hombres purgaran el castigo divino. Siempre que se sentía obligado a aflojar los esfínteres y soltar sus terribles miserias en el inodoro, oraba, rogaba e imploraba el perdón por ejecutar tales maniobras. Y después tiraba del mecanismo de la cisterna tres veces y se aseaba pulcramente, primero con agua bendecida y luego con pañuelos purificados, lociones balsámicas, cataplasmas alcanforadas, pomadas desinfectantes, cánulas de limpieza y esencias aromatizadas que guardaba de manera ordenada en varios cajones de un armario.Odiaba más allá del infinito a los inodoros del mundo. Pero si había una especie aún más innombrable del mal ¡El Mal!, hacia la que su odio se retorcía y se afilaba como un dardo venenoso, eran los inodoros de los aseos públicos. Cada vez que irrumpía en los lavabos masculinos, o cuando se colaba sin ningún pudor en los femeninos, respiraba el hedor a flatulencias de las personas que entraban y salían de ellos. Todos tenían expresiones serias y algunos la cara colorada. Con el rostro acerado de un predicador dilataba las pupilas observando a los que orinaban arrimándose a los urinarios de puntillas y con el trasero empinado como si fueran mandriles. Luego se dirigía hacia las cabinas que estaban cerradas y se agachaba para mirar los pantalones bajados hasta los tobillos, que asomaban por debajo de las puertas, olfateando como un perro el penetrante olor gaseoso que producían las bacterias de los vientres en descomposición. Cuando los urinarios quedaban libres se acercaba para ver la mezcla amarilla de los orines, girando en apestosos remolinos de espuma, sobre los que navegaban pelos ondulados que serpenteaban antes de que se los tragaran los sumideros. Observaba en el suelo los charcos de orina junto a pedazos aplastados de defecaciones hacia los que las cucarachas se acercaban para alimentarse. Escrutaba de cerca las mucosidades de la nariz adheridas a las losetas de las paredes y su recorrido gelatinoso resbalando por las tazas de los inodoros junto a restos de semen solidificado. Después, sus fosas nasales aspiraban los infectos olores de vejigas, próstatas, sudores, vómitos y menstruaciones, que se fundían con el hedor permanente de las ventosidades invadiendo los lavabos con una atmósfera tóxica y pestilente que contaminaba aquellos lugares sin ventilación. Y siempre, antes de marcharse, oía cómo el sonido pegajoso y acuoso de las flatulencias se mezclaba con el ruido de las cisternas arrastrando con su descarga de agua los pecados del vientre. Algunos días contemplaba los trozos de heces fecales que se deshacían en grumos negruzcos flotando unas veces junto a tampones sanguinolentos y otras junto a preservativos abandonados todavía con semen fresco. Y otros días miraba el jugo viscoso que formaban los orines y los coágulos de sangre menstrual dando vueltas junto a los excrementos líquidos en el fondo de los inodoros atascados. Pero siempre era como si su espíritu atormentado sufriese todos los pecados del mundo que se encarnaban en una multitud de secreciones apestosas. Y deseaba cargar con todos ellos con el fin de redimirlos. ¡La Salvación! Odiaba los aseos públicos porque eran la visión del infierno en la vida terrenal. Le horrorizaban pero siempre visitaba todos los que encontraba a su paso para librar del mal a la humanidad entera que se veía forzada por el Diablo a depositar sus desechos en los inodoros contaminando la pureza de la tierra. Comprendía que aquella orgía podrida de flujos y excrementos representaba el desecho en el que se había convertido el ser humano. Entonces rezaba mientras apretaba las mandíbulas y suplicaba a Dios con fuerza. ¡El Perdón! Luego se santiguaba con la cara retorcida esbozando un gesto medio de desprecio medio de compasión mientras gritaba maldiciendo a las encargadas de la limpieza para que se dieran prisa en eliminar los restos apestosos del pecado.Esa noche de viernes, después de recitar los últimos salmos y cantar en grupo las plegarias diarias, se despidió de los fieles hasta la tarde del día siguiente. Salió de la austera edificación y miró la cruz de la fachada que relucía con la luz que proyectaban las farolas sobre el metal blanco y los rebordes dorados. La cruz siempre brillaba, de día y de noche. El símbolo de la pureza del alma resplandecía con la luz natural y la luz artificial. ¡Dios está en la Luz! Sonriendo, se abrochó el abrigo de terciopelo negro, se levantó el cuello y echó a andar hacia su casa deprisa con las manos metidas en los bolsillos. Hacía frío porque despuntaba el invierno y caminaba impaciente por llegar y acomodarse para recitar las oraciones de precepto al terminar la jornada. Dobló la calle y torció hacia una avenida ancha, dividida en dos por un bulevar arbolado en medio, cuando cruzó frente a decenas de recintos de ocio donde acostumbraban a citarse cientos de jóvenes de todos los barrios de la ciudad. Como cada fin de semana volvió a sentir la presencia del mal. Los muchachos bebían de las botellas o en grandes vasos y después orinaban en las paredes o defecaban escondidos tras los troncos de los árboles. Las muchachas orinaban agachadas sobre la acera, con el refajo levantado o los pantalones bajados enseñando sus carnes desnudas, mientras se morían de risa. Luego arrojaban al suelo el tampón usado ensuciando el asfalto con restos de sangre coagulada y se introducían uno limpio. El mal del vientre estaba arraigado de una forma espantosamente infecciosa en los varones como una enfermedad terrible del alma y del cuerpo, pero en el caso de las féminas la gravedad era aún mayor porque ellas, además, tenían la obligación de menstruar todos los meses. Las visitas que hacía a los lavabos públicos eran suficientes para enfrentarse a los males del estómago y, por eso, cada vez que atravesaba aquella avenida a esa hora solía acelerar el paso huyendo de los actos impuros que se cometían al aire libre. Pero esta vez algo le forzó a detenerse para mirar de cerca el rostro del pecado que corrompía las calles y se acercó hacia los grupos de jóvenes que invadían las aceras. ¡Dios obliga! Los gases nauseabundos de los eructos y las flatulencias envenenaban el aire limpio de la noche con un pestilente olor a tripas podridas. Las voces y las risas, acompañadas de las regurgitaciones y las ventosidades, herían el silencio nocturno con un bullicio infernal. Los excrementos humanos, todavía calientes, se revolvían con los de los perros y embadurnaban con sus repugnantes formas glutinosas la hierba fresca del bulevar regada por la mañana. Los regueros de orines se mezclaban con los vómitos formando una papilla espesa que ondulaba en el suelo y luego se escurría goteando hacia el interior de las alcantarillas que atufaban a ratas muertas. ¡Las alcantarillas! Esos otros orificios impuros en cuyas profundidades nadaban todas las inmundicias malignas que la humanidad arrojaba a los inodoros. Mientras apretaba con fuerza un pañuelo contra su nariz y presenciaba aquellas visiones infernales, su certeza crecía: el eslabón perdido entre el hombre y el primate aparecería cuando el hombre estuviera limpio de desechos pecaminosos y no sintiera la necesidad de excretarlos del cuerpo. No tenía el hábito de beber alcohol, pero esa noche se sintió enfermo y tuvo deseos de hacerlo. Eligió al azar la primera de aquellas tabernas insalubres que vio mientras que el mal seguía apestando por todas partes. Con la mirada desorbitada se sentó en un taburete junto a la barra y comenzó a beber justo cuando hasta su olfato llegó el hedor de las terribles emanaciones corporales que fluían desde los aseos repletos de personas que hacían cola para entrar y hasta para salir de ellos. Los penetrantes efluvios de orina, menstruación y defecaciones se colaban a cada sorbo en sus fosas nasales como si fueran los puñetazos del pecado. ¡El Mal! Estaba a punto de marearse y empezó a perder el equilibrio balanceándose hasta casi darse de bruces contra el suelo. Pero enseguida se incorporó sujetándose con los dedos al extremo de la barra y entonces bebió y bebió y bebió. Primero fue el whisky que había pedido en un vaso con hielo. Le repugnaba su fuerte sabor pero después siguieron dos, tres, cuatro, cinco..., que apuró en largos tragos hasta que, a partir del sexto, se embriagó. Sentía deseos de vociferar contra aquella marabunta pestilente pero permaneció en silencio con la cara terriblemente contraída y los ojos encendidos como faros. Luego se marchó a casa caminando entre borrachos que vomitaban despojos de comida flotando en alcohol. Las náuseas le oprimían el vientre con un pesado malestar cuando abrió la puerta del vestíbulo. Subió en el ascensor hasta la cuarta planta contemplando en las paredes espejadas de la cabina el reflejo que le devolvía su cara amarilla con expresión mareada. Entró en la amplia vivienda decorada como un templo con infinidad de solemnes imágenes religiosas y cerró la puerta con un sonoro portazo. Era tarde y estaba borracho, pero nadie podía reprochárselo porque vivía solo. Tan sólo Dios podría condenarle porque había bebido. Beber alcohol incitaba a los monstruosos pecados del estómago porque estimulaba la aparición de la orina y producía diarrea. Suplicó perdón ante la imagen enmarcada de un Sagrado Corazón de Jesús que colgaba de una pared y rezó en voz alta un responso. Después se dirigió hacia el cuarto de baño jadeando con una respiración ronca. Notaba cada vez mayores náuseas por el exceso del alcohol aunque no experimentaba ningún miedo porque sabía que Dios estaba con él esa noche. Siempre dejaba bien cerrada la puerta del cuarto de baño, encajándola para que la presencia del inodoro no pudiera sentirse en el resto de la casa, pero esta vez la abrió asestándole una patada que hizo temblar las paredes. La madera crujió antes de resquebrajarse y entró con la cara arrugada al mismo tiempo que el mecanismo de cierre caía al suelo convertido en fragmentos de metal. Sentía que explotaba de ira porque en su interior se derramaba la cólera de Dios. Abrió los ojos enrojecidos igual que si fueran bolas de billar y enseguida los clavó en el inodoro mirándolo con una mirada incisiva mientras resoplaba como un animal rabioso. En silencio, resplandeciendo bajo la luz de los focos, allí enfrente estaba él. Él, que todo lo veía y todo lo sabía. Él, que conocía todas las miserias humanas. Él, que contemplaba la intimidad de todos los cuerpos. Él, que era el castigo supremo de Dios. Él, que era el guardián de la puerta del infierno. Sin dejar de mirarlo se deshizo del abrigo arrojándolo con ímpetu sobre la bañera y se remangó las mangas de la camisa desgarrando la tela. Esta vez no vacilaría ni tendría miedo. Había enloquecido ya por los efectos del alcohol cuando se acercó al inodoro sin que le temblaran las piernas, levantó la tapa de cerámica con un fuerte manotazo y proyectó un torrente infernal de vómitos que fluyeron desde las entrañas de su estómago con una fuerza endiablada. Vomitó. Vomitó sobre el inodoro con todo el cuerpo convulsionado por los espasmos. Vomitó como si su garganta hubiera entrado en erupción. Vomitó con la furia y el estruendo de un viento huracanado. Vomitó igual que si se hubiese desbordado el mar entero. Vomitó como si estuviera expulsando de su interior a todos los demonios del averno. Vomitó la terrible cólera divina. Y de sus pulmones escapó después un gigantesco alarido que hizo tambalearse a todos los ornamentos religiosos de la casa. Entonces sucedió una catástrofe para la que nadie encontró una posterior explicación. Tal vez ocurrió que la cascada de vómitos obstruyó el desagüe. Entraba dentro de lo posible que alguna tubería podrida hubiera reventado. Pudo ser que los bajantes o el colector estuvieran dañados o en malas condiciones por el paso del tiempo. Pero en ese momento exacto carecía de importancia la extraña cosa que pudiera haber sucedido porque, de repente, la taza del inodoro empezó a rebosar con un líquido viscoso en el que nadaban todos sus vómitos. Accionó el mecanismo de la cisterna y soltó la carga de agua pero no tardó en comprobar que el nivel seguía subiendo sin detenerse. Por un instante pensó en arrancar la taza y taponar de una vez por todas el infame agujero con el cemento que había comprado semanas antes. Pero ya era demasiado tarde. Poco después de que el agua vomitiva comenzara a inundar el cuarto de baño, el inodoro entró en erupción como si fuera un volcán que despertaba del letargo de los siglos. El orificio reventó con una explosión seca abriendo un cráter en el suelo y de sus profundidades empezó a brotar un magma pestilente de residuos fecales que llovían como lava fétida. Era como si la fosa séptica estuviera vomitando todos los desperdicios acumulados en su interior o los defecara a través del agujero que antes ocupaba la taza del inodoro desintegrada en mil pedazos de porcelana blanca. De aquella boca inmunda emergieron todas las miserias de la humanidad y llovieron todas las enfermedades del mundo con un diluvio torrencial que se precipitó encima de su cuerpo. En aquel agua negra, que apestaba al mismo infierno, flotaban los orines ácidos junto a las hemorragias de úlceras; los excrementos corrompidos junto a la sangre coagulada; las hemorroides junto a los flujos menstruales; los jugos gástricos junto a las secreciones de pus infecto; el semen gelatinoso junto a los restos de tumoraciones; las mucosidades junto a las fístulas; los detritos de comida podrida junto a las lombrices; los quistes junto a las cucarachas; los cálculos de los riñones junto a las ratas; y las materias en descomposición de las alcantarillas junto a las infecciones de los cuerpos. Parecía que todos los desechos humanos de todas las cloacas del mundo habían encontrado una puerta de salida al exterior y escapaban de su prisión subterránea. Pero él creyó que todos los pecados del vientre de los hombres habían sido arrojados sobre su alma pura a través de la boca del Diablo para redimirlos con una fe salvadora. ¡Al fin Dios le había escuchado! Tardaron una semana en encontrar su cuerpo tendido en mitad del cuarto de baño que apareció hecho añicos. Casi ningún vecino había oído ruido aquella noche y si alguno se despertó sobresaltado con el estruendo siguió durmiendo tras escucharlo de lejos. El cadáver putrefacto estaba taladrado por millones de pequeños gusanos y yacía rodeado de un mar de residuos fecales solidificados en medio de un irrespirable hedor. La autopsia reveló que había fallecido por asfixia después de golpearse la cabeza con algo contundente. Lo más probable es que hubiera resbalado rompiéndose el cráneo con el borde de la bañera o la encimera del lavabo antes de caer al suelo. Aunque su cara, hinchada y amoratada, conservaba con la rigidez cadavérica una expresión de paz como nunca antes se vio reflejada en ella. Todos querían conocer las circunstancias de aquel extraño desastre y las autoridades pusieron en marcha una investigación para esclarecerlo. Pero lo que jamás nadie podría saber era la verdad que había descubierto en el último minuto de su vida. Cuando comprendió que era un mesías condenado a muerte las últimas palabras que pronunció antes de morir compusieron una última frase de perfecta absolución: el auténtico perdón.Inodoros del mundo: yo os absuelvo, yo os absuelvo, ¡YO OS ABSUELVO...!
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19.09.2011 07:59
Jajaja! Vaya locura tan asquerosa. Da un poco de miedo este tipo tan obsesivo... Genialmente relatado, absolutamente nada vulgar y con adicción que va increscendo a lo largo de la historia. Qué chulo!!
23.11.2008 03:25
Lo siento, pero a mi esto me puede, lo he leído solo para poder votarlo y me han entrado unas nauseas XD, Es asquerosamente bueno, pero yo con esto como que me dan ganas de vomitar..... Besos.
18.11.2008 12:41
Creo que hoy he hecho un nuevo y gran descubirmiento en esta página. Sencillamente magnífico relato. Me descubro ante el rítmo que impones en tus narraciones, ante la forma de utilizar el lenguaje. La verdad es que lo que más asco me ha dado es el meapilas este que has descrito. No sé si será así, pero yo he visto a los hipocrítas, ya sean religioso, psesudoliberales que huyen de la miseria, de lo que ellos consideran feo para después rebozarse y perecer víctimas de su propia oscuridad.