LA ESTATUA DE LA AVENIDA (Concurso de relatos surrealistas)

5  12.04.2011 (13.04.2011)

Ventajas:
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Desventajas:
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Recomendable: Sí 

otisblues

Sobre mí: Pasando absolutamente...

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Indeciso entre el Stetson y el Borsalino, decidió encasquetarse ambos, uno encima del otro, en inequívoca prueba de buen gusto ajena a toda extravagancia. Mientras le despedía en la puerta, arrobada ante la contemplación de aquella cabeza cesárea que se tocaba con dos sombreros a la vez, su mujer le acarició la mejilla. Él arqueó una ceja. Ella suspiró. Se despidieron.

Caminando por la calle percibió con toda nitidez las miradas de admiración que despertaba entre los transeúntes; sorprendió, incluso, el comentario que la hermosa joven le hizo a su acompañante: «Ahí va un hombre elegante». El acompañante, mientras cabeceaba reiteradamente, contestó: «Doblemente elegante, diría yo». El hombre de los dos sombreros continuó caminando, erguido, majestuoso, sintiéndose la reencarnación de Petronio. Al cruzar delante del escaparate de una tienda de moda femenina, la luna acristalada le devolvió un soberbio reflejo; no pudo más que detenerse y disfrutar con la contemplación de sí mismo. Las dos dependientas que en el interior bostezaban ante la falta de actividad comercial vieron aquella apolínea figura y, de inmediato, se precipitaron fuera del local. Sus boquitas, pintadas de intenso rojo, dibujaron un silente «oh» incapaces de articular sonido alguno.

El hombre arqueó la otra ceja. Las dependientas, su cuerpo recorrido por un estremecimiento sublime, abrieron la boquita en un «ah» igual de silente que el anterior «oh». El hombre de los dos sombreros siguió su camino. Al llegar a la amplia avenida cercada a ambos lados por hermosos árboles que contenían en sus frondosas copas toda una fauna volátil, notó en el primer sombrero, el Stetson, un «paf» que no presagiaba nada bueno. Alarmado, procedió a evaluar los daños: una tremenda deposición lo coronaba; su limpieza resultaba, a todas luces, imposible. La plasta de ave, blanda, acuosa, en tonos ocres y blanquecinos, se deslizaba imparable como la lava que vierte el volcán. Maldijo reiteradamente, la crispación reflejada en el rostro, mientras sostenía abatido el sombrero delante de sus ojos. En eso escuchó un segundo «paf». El objetivo ahora había sido el Borsalino. Una lágrima discurrió por su mejilla; el ojo que la había derramado mostraba un frenético parpadeo: uno de esos tics que acometen al individuo antes de sufrir una crisis de ansiedad. La mano temblorosa tomó el segundo sombrero. En esta ocasión la textura de lo excretado tenía una consistencia más firme, más cremosa. Sus colores iban del marrón zaino al granate Burdeos.

Se quedó allí, plantado como una estatua, sosteniendo en cada mano sus bonitos sombreros. Imperaba el sonido que producían las aves por encima del ruido del tráfico. La algarabía continua se combinaba con los constantes «paf» de las defecaciones que, con insistencia de raid aéreo, se iban depositando sobre el hombre inmóvil. En poco tiempo, la extrema quietud del hombre de los sombreros propició la solidificación de los muchos excrementos que sobre él se vertieron. Su figura, modelada en mierda, resaltaba entre la arboleda como una especie de absurda alegoría de arte urbano. Los curiosos que se detenían delante de la representación escultórica no dejaban de admirar, atónitos, la pericia del presunto artista capaz de conseguir un resultado tan efectista con un material tan innoble.

Los comentarios de todo tipo jalonaban las conversaciones de los corrillos que se formaron. Una vieja dama vestida a la antigua usanza, con parasol y botines forrados en seda, avanzó una mano en clara pose oratoria. Con trémula voz de rapsódica impostación recitó una estrofa de un poema baudeleriano: «En adelante ya no eres, ¡oh materia viva!, más que un granito rodeado de un vago espanto, adormilado en el fondo de un Sáhara brumoso; una vieja esfinge ignorada por el despreocupado mundo, olvidada en el mapa, y cuyo humor arisco solo canta ante los reyes del ocaso».

Un clamoroso silencio (nótese el oxímoron) se instaló entre la concurrencia que abatida y gris abandonó aquellos predios.

En Antioquia, ajenas a tanto desgarro, hermosas mujeres semidesnudas danzaban frenéticas al son de un ballenato.-

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solraC_J

solraC_J

26.04.2011 23:52

Me da la impresión que deberían poner una nueva nota para evaluar, sólo permitida a aquellos que son capaces de sacarse de la manga algo diferente, a la vez bueno, sorprendente y escrito con un amplio vocabulario de palabras cultas que encajan a la perfección, y que además de todo eso se hace leer entre la avidez del que contempla un manjar y la moderación necesaria para saborearlo en su plenitud. Este es un claro ejemplo de ello sin duda, y lo califico de genial, por encima del excepcional que como máximo me permite Ciao. Un saludo amigo.

andrea-marta

andrea-marta

25.04.2011 23:12

¿Concurso de relatos surrealistas? ¡Cachis no me he enterado! Desde luego hay que ver estas palomas impertinentes que no respetan nada, ni arte, ni sombreros ni nada de nada, en fin que me lo he pasado en grande leyéndote, como siempre que lo hago. Un beso, mi chico y suerte.

corus

corus

25.04.2011 15:58

Si fuera por las Ramblas de Barcelona, habria que echarle una moneda no? jeje. Esta bien eso de ante la duda escoger las dos opciones para ir exageradamente doblemente galante. Y la moraleja es que las palomas no entienden de moda, no? XD

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