EL ÚLTIMO LANCE DE SIR GRUNEWALD DE MOXLEY

5  24.05.2008

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Sir Grunewald de Moxley entró en el salón real con la dignidad propia de la vieja estirpe de caballeros a la que pertenecía. Con su yelmo recogido en el brazo derecho, al llegar a treinta pasos del soberano hincó la rodilla en tierra, inclinó la testa, en señal de respeto y tendió, con la mano izquierda, su espada Trasgaard en claro gesto de obediencia...

El rey Brandal, soberano de Gwelling, alba cabellera ceñida por la corona real, mostraba un semblante tenso y preocupado. Por su parte, sir Grunewald manifestaba el mismo nerviosismo e intriga que al recibir la misiva, días atrás, en la que se le solicitaban sus servicios y se le rogaba fuese a palacio para desempeñar una importante misión...¡por fin! Habían sido muchos los años que sir Grunewald esperó ser llamado a palacio; esperando se había convertido en un viejo: tenía 45 años...

Levantaos, sir Grunewald, el reino de Gwelling os necesita. ¿Podréis llevar a cabo esta encomienda?

Señor, sabéis que podeís contar con mi brazo, con mi espada Trasgaard y con mi vida, si ello fuese necesario...

No esperaba menos de vos, sir Grunewald. El chambelán real os pondrá en antecedentes. Podéis retiraros

Así lo hizo sir Grunewald, acompañado por el chambelán real. Se dirigieron a la sala de armas, vacía de contendientes, y acercaron unas sillas a la gran mesa circular: el chambelán real sacó un pergamino, que extendió sobre la mesa, y procedio a explicar la naturaleza de la misión que le aguardaba a sir Grunewald de Moxley:

<< Este es el bosque de Umbresforest un paraje olvidado de la mano de Dios. Allí moran criaturas del mas allá: brujas y demonios entregados a toda suerte de akelarres y actos anti natura. En sus humedales y pantanos, putrefactos y hediondos, se esconde una fauna extraña; los frutos que penden de los árboles encierran ponzoñas mortales; las plantas son carnívoras y las pocas flores que se ven, expelen aromas que confunden los sentidos. El desgraciado que ose cruzar el bosque de Umbresforest está condenado a la locura, al olvido, a la muerte..., por si todo esto fuera poco, en esta desolación reina Hempelín, el dragón; y aquí entráis vos, sir Grunewald: todos los años este pérfido ser exige, al reino de Gwelling, un diezmo consistente en una doncella. De no cumplir sus demandas, las consecuencias son terribles: siembra el terror en todo el reino, quema las cosechas, mata a los animales y a las personas..., crea un sufrimiento intolerable. Al principio exigía que las doncellas fuesen vírgenes, así que el rey, nuestro señor, ordenó que las que quedaban fuesen desfloradas para evitar el sacrificio; pero el muy rufián cambió de idea: ahora le valen de toda condición. Y lo peor de todo, es que ya no quedan en Gwelling jóvenes, si exceptuamos claro está, a la princesa Brunilda..., esa es vuestra misión, sir Grunewald, tenéis que matar a Hempelín...>>

Sir Grunewald comenzó a calibrar la naturaleza exacta de la misión que le aguardaba: nunca se había enfrentado a algo así; en sus muchos lances, torneos y justas, siendo paladín de infinidad de damas, jamás se las había visto con un dragón...¿No había jóvenes caballeros en todo el reino de Gwelling que tenían que recurrir a un ''viejo'' como él?

Decidme, chambelán, ¿ningún caballero se ha enfrentado a Hempelín?

Sí, sir Grunewald, muchos: pero todos están muertos...

En la soledad de su estancia, sir Grunewald de Moxley se entregó a una profunda meditación; esa noche velaría armas y al amanecer se enfrentaría a su destino. No pudo evitar que le invadiese cierta tristeza: el rey Brandal recurría a él porque ya no le quedaban jóvenes; de ahí que mostrase tan poco entusiasmo: era poca la confianza en un viejo caballero..., ya daba por perdida la vida de sir Grunewald y por fracasada la misión. Un orgullo repentino le sacudió como un espasmo: él era un gran combatiente; nunca había perddido una justa, un torneo, un lance..., pero ahora tenía 45 años y sus carnes, antes tersas y marmóreas, se veían ahora flaccidas y colgantes..., pero las innumerables cicatrices y marcas que cruzaban toda su piel, eran el claro exponente del guerrero curtido en mil batallas. Antes de entregarse a la meditación durante la noche, sin dormir y velando las armas, preparando al lance del día siguiente, sir Grunewald quiso bajar a las caballerizas para comprobar como se encontraba su fiel caballo de batalla Garland...

El enorme rocín, negro como la noche negra, comía plácidamente cuando vio entrar a su amo: un leve relincho fue el saludo que le dirigió. Sir Grunewald le acarició las crines, el lomo y los flancos en señal de reconocimiento a su fiel compañero; luego, con palabras emocionadas, le habló:

<<Mi fiel Garland; cuanto te debo, cuanto le debo a tu nobleza, a tu fidelidad..., juntos hemos recorrido un largo camino: ambos somos viejos..., tu piel tiene más señales que la mía; las batallas que hemos librado nos proporcionaron la gloria..., es posible, mi fiel amigo, que mañana libremos el último lance...>>

En la alborada, el último caballero del reino de Gwelling dejaba las altas almenas, las murallas fortificadas y las amplias estancias y salones del castillo. Su egregia figura, a lomos del enorme rocín de batalla, era como la imagen que canta el trovador: el viejo caballero enfrentado a un destino incierto, terrible, desconocido..., el viejo caballero cubierto por la cota de malla, el yelmo de reluciente penacho rojo, el escudo al costado izquierdo mostrando la enseña de la Casa de Moxley, el peto sobre la cota de malla, con la misma enseña resaltando en la blancura del paño. Al costado izquierdo la recia lanza, en ristre, dispuesta, bien sujeta por el guantelete que lleva, ligera, la brida del caballo; al costado derecho la espada Trasgaard en su funda de fino cuero; sobre el lomo de Garland con su peto de combate, una maza..., egregia estampa del último caballero de Gwelling...

Al caer la tarde, una bruma espesa los recibió entrando en el bosque de Umbresforest: las sombras, como parte del paisaje, se sucedían en los estrechos caminos cercados por una vegetación maligna, siniestra; los árboles, con sus brazos retorcidos y las raices al descubierto, eran tétricos gigantes de hojas en constante movimiento, azotadas por un viento que ululaba entre las ramas...

La oscuridad de aquella umbría tierra, era de una negrura nunca vista: el fantasmagórico bosque se hallaba entre tinieblas de forma permamente; ni siquiera el astro sol osaba inundar aquella negritud con sus rayos de esperanza...la "noche eterna" se había instalado en Umbresforets...

Sir Grunewald de Moxley notó el nerviosismo en su rocín Garland: los ollares del recio caballo de batalla resoplaban de forma constante; sus orejas se movían, inquietas, en todas direcciones, intentando descifrar la extraña naturaleza de los sonidos que, por doquier, se oían en Umbresforest...el viejo caballero, entonó, en voz alta, unos versos compuestos por un trovador para honrar al caballo Garland:

Cabalga fiero Garland / hoyan tus cascos la tierra / retroceden los espectros / se hace luz en las tinieblas / Cabalga fiero Garland / tus crines penacho de guerra / brioso y valiente en combate / negro como la noche negra...

Como un ensalmo milagroso, el corcel comenzó, entonces, un trote ligero y acompasado, alegre, con su poderosa cabeza levantada y sus ojos, inteligentes y negrísimos, oteando con decisión..., al poco llegaron a un claro: lo que allí vieron les llenó de terror; Garland quedó paralizado, mientras poco a poco, intentaba retroceder. Sir Grunewald de Moxley sujetó con fuerza las bridas:

Tumbada en el suelo, aparentemente dormida, veíase una horrible bestia de descomunal presencia: tenía una cresta a lo largo de todo su cuerpo, lleno de escamas verdes; dos pequeñas alas, a cado lado de su corpachón, permanecían replegadas, como si fueran las de un murciélago; sus patas cortas y fuertes, se remataban en pezuñas afiladas y terribles; la cabeza, pequeña en relación a la mole corporal, tenía dos pequeñas protuberancias, a modo de cuernos. De la nariz salían unos pelos negros, como cerdas, que le conferían un aspecto temible..., sir Grunewald tranquilizó a su caballo y se encomendó a los Dioses protectores para tan desigual combate:

¡Que la Sagrada Orden de Caballería me acompañe! ¡A vosotros, nobles caballeros, os imploro en este momento de lance, dadme fuerzas! ¡Princesa Brunilda, por vos combato; por vos moriré!

Enarboló la lanza, afianzó el escudo, sujetó con fuerza las bridas y espoleó a Garland para cargar con decisión: hombre y bestia, al unísono, se lanzaron contra el dragón; a diez metros del objetivo, sir Grunewald de Moxley bajó la celada, enfiló la lanza, elevó el escudo y se encomendó a sus antepasados:

¡Gloria a la casa de Moxley!

Cuando ya llegaban a la altura del dragón, en prodigiosa cabalgada, éste se hizo a un lado, con vertiginosa rapidez, y aprovechando el impulso, golpeó con la cola a su atacante: caballo y jinete salieron despedidos, para estrellarse en la maleza; Hempelín, con risa sardónica, habló:

Vaya, vaya: mira quién tenemos aquí; el viejo sir Grunewald de Moxley...ja ja ja...¿El rey Brandal ya no tiene caballeros que tiene que mandar un vejestorio como tú?

Sir Grunewald, maltrecho aún, se incorporó poco a poco, preso de la sorpresa...¿Aquel dragón le conocía?

¿Acaso me conoces, inmunda bestia?

Yo lo conozco todo y todo lo sé; he vivido mil años y mil años más viviré...ja ja ja

A continuación Hempelín comenzó, como jugando, a exhalar pequeñas bocanadas de fuego en dirección a sir Grunewald; aquellas vaharadas ígneas, pronto calentaron el escudo con el que sir Grunewald se protegía; hubo de arrojarlo. Mientras el dragón se reía con gran regocijo...

Tomó sir Grunewald la maza, para acometer con ella a la bestia, pero, una vez más, Hempelín, muy divertido, lanzó fuego contra el caballero; la maza se convirtió en un hierro al rojo: de nuevo hubo de desarmarse..., la situación era angustiosa. Se encontró sir Grunewald frente al dragón con las manos vacías: su espada Trasgaard estaba en la montura, que se protegía totalmenta aterrada, detrás de un árbol...

Entonces Hempelín siguió jugando, divirtiéndose con el pobre caballero: sus vaharadas de fuego calentaron tanto la cota de malla de sir Grunewald, que éste se vio obligado a desprenderse de ella, quedando en paños menores..., aquello fue tan grotesco, que el dragón comenzó a reír a carcajadas:

Ja ja ja...¡Vaya pinta la vuestra sir Grunewald, fijaos! ¡Mirad que barriga tenéis...ja ja ja...! ¿Y esas carnes flaccidas?...ja ja ja!

Era tal el ataque de risa de Hempelín, que pronto pasó a la carcajada histérica; lloraba y reía a la vez; se revolcaba por el suelo, pataleando con gran regocijo y satisfacción..., aquello sir Grunewald lo contemplaba totalmente humillado, hundido y avergonzado y sólo esperaba que el dragón le diera una muerte digna; propia del caballero valiente que había sido...

En eso, la bestia empezó a sufrir convulsiones, a ahogarse, sus ojos parecían salir de las cuencas, de su boca colgaban espumarajos..., el dragón estaba sufriendo un ataque severo como consecuencia de la risa histérica..., sir Grunewald se acercó a su caballo y desenfundó la espada..., se aproximó al dragón, que seguía con el espasmódico ataque..., levantó, con las dos manos, la pesada espada por encima de su cabeza: Trasgaard brilló con mortal reflejo; entonces descargó un terrible mandoble sobre el dragón, la cabeza del monstruo quedó seccionada por el prodigioso tajo..., Hempelín no viviría otros mil años...

A medida que se acercaba al castillo del reino de Gwelling, los campesinos que estaban en las tierras aledañas le iban siguiendo: allí iba aquel majestuoso caballero, erguido, marcial, con la cabeza del monstruo colgada de su cabalgadura. Al aproximarse a la puerta de entrada de la ciudad, cientos de personas, hombre mujeres y niños, en respetuosa procesión, iban detrás del caballero, que mantenía la lanza en ristre, el escudo con la enseña de la Casa de Moxley bien visible, el yelmo con la celada alzada, y la mirada límpida y transparente: aquella que muestran los héroes...

En el salón real, el rey Brandal estaba entusiasmado; su semblante era muy distinto y presentaba una amplia sonrisa. A su lado, su hija, la bellísima princesa Brunilda, mostraba, así mismo, un gran contento...

Sir Grunewald de Moxley, rodilla en tierra, yelmo recogido en el brazo izquierdo, espada tendida y testa ligeramente inclinada, portaba en un cesto la cabeza de Hempelín, el dragón..., habló el rey:

Sir Grunewald, el reino de Gwelling os estará eternamente agradecido. Los libros de caballería, hablarán de esta gesta. Como vencedor del dragón, la recompensa para vos es desposaros con la princesa Brunilda; para mí será un honor entregárosla...

Sir Grunewald observó que la joven princesa le miraba con aire de sorpresa; parecía desconocer la noticia y comprendió que la muchacha no tenía que pasar por aquello; no quería ser la causa de la infelicidad de la princesa; también habló:

Majestad, os agradezco la confianza que depositáis en mí; más quiero dispensar a la princesa del compromiso de desposarse con el vencedor del dragón..., yo...yo soy un hombre viejo; la bella Brunilda se merece un muchacho más apuesto y joven que yo...

La princesa Brunilda se levantó del trono real, avanzó con decisión dos pasos y se mantuvo en la trayectoria de los ojos de sir Grunewald sin apartar la vista de ellos, entonces también habló:

Nada me haría más feliz que pasar el resto de mis días en compañía de un caballero tan valiente, gentil y apuesto como vos sir Grunewald...¿Qué decís?

Un mes más tarde se celebró la boda; en años posteriores, los anales de caballería recogieron la gesta de sir Grunewald de Moxley, se publicaron varias novelas con su "épico lance" y los trovadores y vates cantaron y loaron aquel heroico episodio, que pasó a la posteridad como EL ÚLTIMO LANCE DE SIR GRUNEWALD DE MOXLEY.-
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Comentarios sobre esta opinión
Raqueleta

Raqueleta

09.06.2008 12:55

Y con el tiempo y con las diversas narraciones orales de la historia, ese caballero pasó a ser llamado Jorge, se le santificó y su fiesta se celebra el 23 de abril. Lo de la rosa nadie sabe de dónde salió... :)

Morelli

Morelli

06.06.2008 18:50

Visitarte es descargarse de excepcionales, así que para ir a tu casa hay que hacerlo bien pertrechado. Todo el relato ha pasado por mis ojos mientras iba leyendo. Es cierto, lo que alguien dijo, en ciao hay grandes escritores. Me quito el sombrero y te saludo. Excepcional, amigo.

nefer66

nefer66

06.06.2008 01:13

..y Brunilda, sin duda , será feliz con su caballero....curioso método de acabar con el dragón, sin duda, pero de eso se trataba , y las mujeres , algunas, vemos más allá de las brumas...sí, será feliz con él..

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