¡LOUP-GAROU!
28.05.2009 (29.05.2009)
Ventajas:
Las que queráis ver
Desventajas:
Las que queráis ver
Recomendable:
Sí
 otisblues
Sobre mí:
Pasando absolutamente...
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Sucedió en Saint John's, capital de Antigua, una de las islas de las Antillas Menores, paradisíaco lugar bañado por el Caribe. Transcurre el año de Nuestro Señor de 1760. Los esclavos se afanan en las plantaciones de caña, siempre hostigados por el látigo de los mayorales. Un sol de justicia clava sus rayos, impenitentes, sobre los hombres y mujeres que trabajan en la durísima zafra... Mientras, desde la imponente mansión, Lord Percival Halifax, traje de lino y sombrero Panamá, se apoya, indolente, en una de las recias columnas marmóreas que sostienen el pórtico de Halifax Manor. Es un hombre cruel, despiadado y brutal. De una petaca bebe, regularmente, sorbos de ron. Su alcoholismo, evidente en las muchas arañas vasculares presentes en su rostro cárdeno y abotargado, le convierten en un despreciable rijoso siempre ávido de placeres carnales...Desde hace tiempo, sus sensuales apetitos tienen como objetivo a Antoinette, una joven esclava, apenas una niña, hija de Baptiste y Cléopatre. Sus padres, conscientes de ello, tratan por todos los medios de apartarla de las libidinosas miradas y las aviesas intenciones del amo blanco... ¿Pero hasta cuando podrán evitar lo inevitable? Todos saben que Lord Halifax es un hombre malvado; es sobradamente conocida la impunidad de la que gozan, sin excepción, todos los terratenientes en la isla. Alejada de la metrópolis londinense, la colonia está en manos de vasallos bien aleccionados por los amos de las plantaciones, que reparten justicia siempre en beneficio de aquéllos... Además, ¿desde cuándo los esclavos tienen algún tipo de derecho? Si Lord Halifax considera que Antoinette ha de ser suya, lo será. La esclava le pertenece; es de su propiedad. Y con lo que a uno le pertenece, hace lo que estima oportuno. ¿A cuento de qué hay que dar explicaciones a nadie? Además, ¿quién las iba a solicitar?.."La cosa está meridianamente clara- reflexiona Lord Halifax- , esta noche la haré mía...". Luego, de un solo trago, apura el contenido de la petaca y se dirige al inmenso salón, de amplios ventanales, para volver a llenarla del ron que bebe, a todas horas, hasta embrutecerse y convertirse en un tipo despreciable; de modales groseros y torpes impropios de un caballero... Llega la medianoche sobre Saint John's. Los esclavos de la Halifax Plantation duermen en sus humildes barracones. La noche, igual de sofocante que el día, se llena de sonidos: los grillos cebolleros, con su monótono "cri-cri", compiten con el ulular de lechuzas y toda la sinfonía de ruidos de los animales nocturnos. Una luna llena gigantesca, redonda, derrama su fulgor sobre la isla: el mar se vuelve argenta. El cielo, orlado de estrellas, resplandece de luz lunar...Lord Halifax sale de la mansión; la petaca, como siempre, pegada a su boca. Suda copiosamente. Oscilante en sus movimientos, la mirada turbia denota una férrea determinación. Se pasa el antebrazo por la cara, para limpiar el sudor y los restos del ron que arrollan por la barbilla. Una mueca, que pretende ser una sonrisa, se dibuja en su rostro, máscara de maldad. Se regodea pensando en Antoniette..., se solaza, con la imaginación desbordada, viéndose, a sí mismo, poseyendo aquel cuerpo joven y hermoso; desflorando a aquella niña de grandes ojos y belleza incomparable. Entonces, súbitamente, estalla en una carcajada llena de excitación y deseo. Llegando a los límites de la plantación, se observan los barracones y chabolas de los esclavos. No hay ninguna luz. Por el bosque de palmeral, un pequeño sendero conduce directamente a estos pobres asentamientos. Lord Halifax, eufórico por lo que le aguarda y, evidentemente, por el alcohol, toma el sendero con paso decidido, aunque tambaleante. El camino, circundado por matorrales y todo tipo de vegetación, desciende hacia un claro y luego se torna abrupto hasta alcanzar los barracones que albergan a los esclavos de la plantación. Más allá solo está el mar. Silbando una cancioncilla, el amo blanco entra en el claro. En ese justo momento, una nube negra atraviesa la luna. La oscuridad, ominosa, cae como un negro telón sobre el paisaje. Lord Halifax trastabilla, tropieza con una raíz y se da de bruces con el tocón de un arbol talado. De rodillas, maldice y jura, colérico, mientras busca su petaca; en cuanto la encuentra bebe un gran sorbo,con los ojos cerrados, y disfrutando de la quemazón que el licor produce en su garganta. Se limpia con el reverso de la mano y en el momento de incorporarse, nota la presencia... ...allí, en el claro, divisa una sombra. Lord Halifax saca, de inmediato, el cuchillo que lleva al cinto. Camina unos pasos en dirección a la figura que, inmóvil, está parada en medio del camino. Es un negro; muy grande y fuerte. Sus ojos parecen mirar más allá de cualquier cosa que esté en su trayectoria. Parecen estar mirando el infinito. Lord Halifax queda impresionado por aquella mirada: dos globos, totalmente blancos, que miran sin ver. Un escalofrío le sacude. Para darse valor, vuelve a beber de su petaca. Entonces habla con la autoridad y el desprecio que, en él, son habituales:-¡Aparta de mi camino, negro apestoso! El aludido permanece inmutable. Con suma lentitud, levanta un brazo y señala con su dedo a Lord Halifax. Permanece así un instante, una fracción de tiempo indeterminable. Entonces, con una voz que parece surgida de ultratumba, dice:Anda de día, que la noche es mía... A Lord Halifax se le hiela la sangre en las venas. Un terror indescriptible se apodera de él. Como por ensalmo, la borrachera desaparece, siendo sustituida por un pánico que le hace castañetear los dientes y le vuelve las piernas de trapo. Se hinca de rodillas, junta las manos como si fuera a orar y dice, entre sollozos:¡Que Dios me asista: el loup-garou! En ese preciso momento, el claro se llena de luz; la nube negra, barrida por la cálida brisa, se ha perdido en la noche. La luna, blanca, redonga, gigantesca, se enseñorea del lugar. El silencio es de plomo: ya no se oye a los grillos ni a las aves nocturnas. No se oye nada. Es un silencio de cementerio. Es un silencio mortal...Lord Halifax, con el vello erizado, pálido como un cadáver y completamente sobrio, asiste, espantado, a la transformación prodigiosa que se está llevando a cabo justo enfrente de él. La figura hierática del hombre negro, en una metamorfosis aterradora, adquiere la apariencia de una bestia salvaje. Su piel, negra como el ébano, lisa y brillante, se cubre de una pelambrera hirsuta. El rostro, desencajado por grotescas convulsiones, asemeja ahora el hocico afilado de un lobo. Son perceptibles, ya, los colmillos babeantes y la gran boca desgarradora presta para morder, destripar, despedazar... ...Los brazos, poderosos, se rematan en unas garras de uñas como cuchillas. La transformación se completa. La bestia, entonces, emite un aullido que corta la noche. Es lo último que oye Lord Halifax. En el hálito postrero, tiene tiempo, apenas un instante, para ver como el loup-garou le devora las entrañas...Así fue. Sucedió en Saint John's. Transcurría el año de Nuestro Señor de 1760.-
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13.09.2010 16:21
Debo hacer penitencia: verás leí este relato a principios de verano y no me he vuelto a pasar por aquí ni para valorar ni para dejar un comentario ni nada, ¡ imperdonable! Me encantan los licántropos, quiza porque es uno de los mitos más desarrollados en Galicia. Adoro la ambientación caribeña que le has dado a tu relato y la época, el siglo XVIII. Y los personajes. Leerte es siempre un placer, gracias por escribir. Besos.
15.08.2009 19:32
¿Cómo se me ha escapado este magnífico relato, que en pleno 15 de agosto y rondando (fuera de casa, claro) los 40 grados centígrados me ha dejado helada (al menos por un rato)?. Fantástico, no puedo decir otra cosa. Besos
17.06.2009 20:22
Loup-Garou... un híbrido, no? xDD menos mal que se topó en su camino, ya temía por la pequeña :***