Una velada mágica
08.10.2004
Ventajas:
Gracias Iván . . Te quiero
Desventajas:
´ ` O´ `
Recomendable:
Sí
 pequekoala
Sobre mí:
usuario desde:01.01.1970
Opiniones:12
Esta opinión ha sido evaluado como muy útil de media por 49 miembros de Ciao
Y apareciste en el salón. Madre mía, jamás había visto a ninguna mujer como tú, altísima, con unas piernas infinitas, preciosas, aun mejor formadas gracias a la estilización que te daba ese taconazo de tus lindos zapatos, a juego con tu vestido, habías cuidado hasta el más mínimo detalle. El vestido, un vestido azul, un traje típico oriental occidentalizado. Color azul que resaltaba con fuerza el precioso color de tus grandes ojos. El corte del traje era vertical, estrecho, marcaba tu sugerente silueta y finalizaba algo antes de acabar tus jugosos muslos dejándolos a la vista. Te habías maquillado durante horas, casi puedo imaginarte frente al espejo: “este color no, demasiado chillón, este otro demasiado apagado, así parezco despendolada, menos colorete, esta sombra de ojos, bien, sí ahora! Perfecto!” Y sí… realmente estabas perfecta. Tuviste que cerrarme la boca dulcemente con tu manita, tu aspecto era de infarto y yo me había quedado asombrado de lo guapa que eras y lo más guapa que te habías puesto todavía. Era un traje que te iluminaba, tus brazos aparecían dóciles como prolongación de un traje que parecía haberte sido hecho a medida, un guante. Unas manos delicadas, cuidadas, mimosas que me acariciaron la barbilla para que cerrara la boca que había abierto de asombro, jamás hubiera podido imaginar que una mujer como tú pudiera llegar a quererme. Yo, más torpe me apresuré a retirarte la silla para que te sentaras, había estado preparando la cena mientras te arreglabas, creo que me había quedado bien, me gusta meterme entre cacerolas en ocasiones especiales y, esta, sin duda, lo era. Era mi cumpleaños y estaba contigo, los dos solos.Tus movimientos eran delicados, acompasados, femeninos y sensuales. En cambio, mi postura era ruda y torpe, pero tenía la gracia de la espontaneidad, el asombro y la inexperiencia. La cena transcurrió de forma maravillosa a la luz tenue de las velas, con hilo musical que invitaba a la relajación y la tranquilidad, una conversación animada y las risas cómplices de dos personas que se quieren. Yo no podía apartar la mirada de tus ojos, de tu mirada, estaba embelesado con ella, me tenía atrapado, hipnotizado. Es una mirada profunda, entre melancólica y risueña aunque he de confesar que lo que más me encandila de tu mirada es el conjunto de tu cara cuando tus facciones dibujan esa cara mitad pícara mitad traviesa que llega a ruborizarme. No permití que te levantaras cuando acabamos la cena, retiré los platos y medio recogí la mesa. Me marché furtivamente, a prepararte una pequeña sorpresa, a la habitación, nada especial, pero creía que te gustaría acabar así la velada. Aparecí detrás de ti como un suspiro. Tú, perspicaz, te diste cuenta de mi presencia, pero disimulaste para dejarte hacer, no era la primera vez que jugaba a este juego y sabías que me encantaba intentar sorprenderte por la espalda.Te besé justo detrás de la oreja, haciendo mía la piel de tu cuello, apresándola entre mis labios, suavemente. Dirigiendo mis manos hacia tus hombros, haciendo un poco de presión, notaba tus hombros cargados y tensos y empecé a masajearlos para relajarte. Mis labios seguían apresando tu cuello, muy dulcemente y despacio, lentamente haciendo dibujos inconexos por el cuello y jugando con los lóbulos de tus orejas. Mis manos se apresuraron a desabrochar un par o tres de los botones de tu traje para que mis besos pudieran alcanzar la totalidad de tu cuello y un poco tus hombros. Luego tornaron a masajear la base de tu cabeza y tus hombros. Noté como tu respiración era profunda pero relajada, intentando disfrutar de mis dedos destensando todos y cada uno de tus músculos que se habían adormecido con el va-y-ven circular de mis manos. Fue entonces cuando besé tu mejilla y te cogí en mis brazos para llevarte a la habitación mientras besaba tu carita de ángel.En la habitación nos aguardaba una cama con sábanas sedosas que acarician la piel. Una bandeja de fresas que había cubierto de una crujiente capa de chocolate blanco, del que a ti más te gustaba y en una cubitera había en fresco una botella de cava aun por descorchar. Te posé suavemente en la cama y te quité esos zapatos de tacón que empezaban a hacerte daño en los pies y aproveché para masajearlos liberándote de esa sensación de punzón que tenías en el talón y en la parte media del pie. Aproveché las terminaciones nerviosas que conectan con todo tu cuerpo y que mueren en los pies para activarla con unos dibujos circulares que iban y venían a lo largo de tus pies. Los besé tiernamente viendo como se te escapaba un pequeño suspiro de alivio.Entonces me senté en el lateral de la cama y descorché la botella de cava llenando una copa que había dejado junto a las fresas. Cogí una de ellas y, con su tacto entre fresco y suave del chocolate y semi-rugoso de la fresa que había debajo, acaricié tu frente dejándola resbalar por tu nariz para que acabara besando tus aterciopelados labios y acabar muriendo en tu boca. Te di un sorbo de cava y, acto seguido, fui yo quien besó tus labios notando aun como estallaban las últimas burbujas de cava que aun quedaban en ellos. En tus labios, en los míos, se mezclaron los sabores del chocolate, el cava, la fresa y nuestras propias bocas. Era una orgía de sabores que nos pedía más, podría haber descrito a la perfección todas y cada una de las connotaciones de todos y cada uno de los sabores, aunque había uno en especial que me había embriagado. El fruto de tus labios, dulce carmín aterciopelado, suave, carnoso, hilarante, cálido y húmedo en su justa medida.Refresqué tu frente con la copa fría de cava acariciándote muy suavemente con el cristal que parecía que susurrara poesía a tu piel. Cogí una pequeña fresa y la puse en mi boca, ofreciéndotela de mis labios, una fresa que recogiste acercando mi boca a la tuya rodeando mi cabeza con tu brazo derecho, acariciándome. Acabé de desabrochar tu traje dejando que resbalara por tus costados y que tú, delicadamente lo dejaras caer de la cama, dejando ante mis ojos un precioso cuerpo en ropa interior. Curvilíneo, femenino, de una piel tersa y joven que parecía pedir a gritos ser querida y mimada, ser tratada con el cariño y delicadeza que ella ofrecía a mi vista, era piel de pétalos de rosa, fuertes y tersos pero de un tacto delicado y refinado.Vi en tus ojos cierto nerviosismo, incluso noté como tus manos estaban algo frías. Las cogí e hice un pequeño ovillo juntando tus manos dentro de las mías. Las besé para luego escalar por el brazo que seguía a esa mano de dedos finos y alargados que habían conseguido entrar en calor, parecía que mi mirada tierna había conseguido apaciguar un poco tu nerviosismo. Cogí otra fresa y jugué a hacerte cosquillas con ella a lo largo del brazo que no había besado, hasta darte un mordisquito de dicha fruta. Vi como el pigmento rojo manchó la comisura de tus labios y me afané a limpiarlos con los míos jugueteando con el resto de la fresa por tu cuello y acabándomela yo.Empecé a acariciar con mi nariz tu cuello mientras aprisionaba con mis labios un poquito de tu cuerpo mientras me deslizaba poco a poco hacia abajo. Reparé en tus clavículas que habían sido abandonadas por mi despiste y proseguí con mis caricias bajando entre tus pechos, recorriendo tu abdomen hasta llegar a juguetear en los albores de tu ombligo alternando mis besos con caricias de la yema de mis dedos que recorrían la piel de tu cuello, tus brazos y tu abdomen. Mis dedos abrían surcos en tu piel, eran surcos de cosquilleo, surcos de emoción, eran surcos de cariño, de ternura, de felicidad que se traducían en una sensación de mariposas en el estómago que jamás habíamos notado tan intensamente. Mis dedos recorrían ávidos de tacto tu piel de satén. Buscando el regalo de tu sonrisa, de tu complicidad, de tus suspiros de tu vello erizado. Mis ojos buscaban signos de complacencia, de gusto, de placer, mientras mi cuerpo buscaba una guía a la que aferrarse para continuar haciéndote disfrutar de una magnífica velada.Cogí la botella de cava y posé la cantidad justa de él en tu ombligo. Tomé una fresa y la mojé en el cava que emanaba de tu ombligo para dártelo a probar mientras mi lengua, mis labios, mi boca bebían de ti este vino espumoso. Con mi lengua aun fría recorrí tu cuerpo tembloroso intercalando besos y caricias hasta toparme nuevamente con tus labios, unos labios en carne viva debido al deseo que parecía nacer de ellos. Incorporé tu cuerpo y desabroché tu sujetador haciendo resbalar las tiras del mismo por tus brazos y la pieza entera por tus senos, recogiéndolo luego para tirarlo al pie de la cama. Otra fresa, esta para mí, recorrería tu pecho y los pliegues que bajo ellos se formaban, unos pliegues cálidos que casi deshacían el chocolate que recubría el fresón. Una pincelada de fresa que acabaría por manchar de chocolate los delicados y excitados pezones de tus pechos y la punta de tu nariz. Un chocolate que tres besos míos acabarían de limpiar para fundirse totalmente en tu boca con un nuevo beso.Te miraba a los ojos, buscando en tu mirada ese sentimiento de amor y de cariño que emborrachaba mi mirada y, al encontrarlo acaricié tu cara con mis manos, con la yema de mis dedos lo más sutilmente que supe hacerlo para acabar pasando la parte final del reverso de mis dedos por ella y fundir mi pecho con el tuyo, en un abrazo, mientras, bien suave, en tu oreja, te susurré un “te quiero”. En pose de flor de loto aspiré el aroma de tu piel, el olor de tu perfume en tu cuello, mientras mis dedos, mis manos con sus yemas cuidadosas y cariñosas surcaban tu espalda buscando nuevos surcos y nuevas respuestas de placer, cariño y amor en tu cuerpo. Escarbaban caricias, en tu espalda, recorriéndola bien lentamente y haciendo dibujos indescifrables que tú intentabas imaginar en tu mente y mis labios… mis labios besándote como sólo lo pueden hacer los labios de alguien que te quiere. Con ternura, con cariño, de forma delicada pero apasionada a la vez, mis dientes jugueteaban mordisqueando suavemente tus labios y mi lengua jugueteaba y bailaba con la tuya mientras intentábamos contener nuestros inevitables suspiros.Mis manos cayeron por el costado de tu cuerpo hasta llegar a tus caderas, aprisionando tus nalgas y estrechándote contra mi cuerpo. Mis manos recorrían tus piernas que rodeaban mi tronco, esas piernas a las que dediqué, durante la cena, más una furtiva mirada que bien cazaste. Mis manos acariciaban tus muslos poniendo especial atención a sus zonas más sensibles a mis caricias intentando evitar las, a veces, inevitables cosquillas. Te recosté en la cama y me desnudé mientras contemplaba maravillado tu delicioso cuerpo prácticamente desnudo. Me fascinaba verte así. Ambos teníamos los ojos encharcados de lágrimas de la emoción que intentábamos contener. Una emoción que fue imposible de evitar que desbordara una vez acabé de desnudarte y bajé casi totalmente la intensidad de la luz……Fue cuando acabó de estallar toda la pasión contenida hasta entonces… ____________________________________Gracias por una velada tan maravillosa y por ponerle palabras a la ilusión.. Gracias Iván... Te quiero...
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10.11.2004 20:32
Precioso... todo super-delicado :) besitos
19.10.2004 16:53
Por el tema de los juegos con las fresas y el champán, me recordaba a 9 semanas y 1/2... Aunque con unas notas de poesía que suavizan la lectura y la hacen apta para todos los públicos maduros... Enhorabuena, este cúmulo de sensaciones se alejan de cualquier tópico sexual y covierten en un acto íntimo en todo un ritual de placer para los sentidos... Como debiera se siempre... Un saludo.
18.10.2004 15:23
Has dejado para la imaginación de cada uno el momento álgido (como dice Moraneus). A mí particulamente me gusta así. Siempre he pensado que el aperitivo deja mejor sabor de boca que la misma comida. Cuando haces el aperitivo, sabes que lo mejor está por llegar. Igual que en tu texto. Saludos.