Mujer desesperada busca hombre

5  08.11.2004

Ventajas:
El erotismo está en la imaginación .

Desventajas:
A veces, sólo ahí .

Recomendable: Sí 

RODODENDRO_2004

Sobre mí:

usuario desde:29.09.2004

Opiniones:6

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Esta opinión ha sido evaluado como muy útil de media por 46 miembros de Ciao

La noche caía llenando de sombras la casa. Un frío húmedo me calaba los huesos, cansados del fragor diario por mantener vivo el calor del hogar. Todo era inútil, y lo sabía. Me senté en el raído sofá, aún con manchas de grasa, y lloré en silencio. No quería que mis vecinas me escuchasen, oía el silencio que me rodeaba. Seguro que esas arpías estaban atentas a lo que hacía, tras el escándalo que mi marido (me sonaba ya tan lejana esa palabra) me había montado.

Lloré, me sentía cansada. Le había dado lo mejor de mi vida y me pagaba así, dándome la patada. Triste sino el de las mujeres que no son capaces de retener al hombre que aman. Aún podía ver sus ojos cargados de odio y de rencor. Miguel, mi amado, alto, negro como el azabache, anchos hombros, ancha cintura, todo muy ancho, todo. Me miró con tanto resentimiento, a mí que he perdido mi juventud cuidando de su casa, entregada a él y a sus caprichos.

Me había dejado hacía solo unos minutos y ya sentía la losa de la eternidad sobre mis cansadas espaldas, ahítas de doblarse para fregar el suelo, el suelo de su casa. Lo veía todo borroso, serían las lágrimas. Y todo porque no podía tener hijos, cruel destino el mío.

- ¡Tú no eres una mujer, sólo lo pareces!
Y aquellas palabras se me clavaron como puñales en el corazón. ¿Qué no habría hecho por darle un hijo? Lo intenté todo, pero por una triste ironía mi cuerpo no estaba preparado para ello. Durante años lo lloré en silencio y ese atardecer lo hacía abiertamente, cuando además le perdía a él, a mi amado Miguel, ya una sombra en mi recuerdo.

Me levanté, no podía permanecer más tiempo rota por el destino. Algo se quebró en mi interior y decidí salir a enfrentarme con la vida. Me vestí con mis mejores ropas y descubrí con horror que me quedaban algo estrechas. Mejor, así se marcaría más mi deseo. Esa noche iba a convertirme en una mujer o moriría en el empeño. Necesitaba sentirme amada por alguien, por quien fuese, necesitaba sentirme mujer.

Me maquillé, quizá en exceso. Me costó, mi pulso no era firme y las líneas de las cejas salieron algo arqueadas. No importa, ya era de noche y no se notaría demasiado. No podía quedarme en casa, me moriría de pena si lo hacía. Tenía que encontrar a alguien que me hiciera sentir mujer. A alguien como tú, a un hombre.

La noche lo tapaba todo, incluso mis tempranas arrugas, mi sed de hombre, el desgaste que la vida me había ocasionado. Caminé sin rumbo por las solitarias calles, apenas algunos borrachos escandalizando y algunas parejitas buscando una sombra. El fuego crecía en mi interior, de repente me di cuenta de que estaba mojada, estaba muy necesitada, como nunca lo había estado.

Entré en un bar, no recuerdo el nombre. Un somnoliento camarero atareado en limpiar unos vasos y un par de hombres comentando algo que no escuché, junto a la barra. Uno de ellos era alto, al menos 1.65, moreno como la noche, ancho de hombros, con unos brazos que mareaban. ..Ummm, ¡cómo me gustaba ese hombre! Sentí que me mojaba más y más, le necesitaba, haría cualquier cosa que él quisiera, cualquiera.

Giraste la cabeza y me miraste. Una sonrisa iluminó tu rostro y no pude evitar el sonreir abiertamente. Me derretía y creí que me iba a caer al suelo, el mareo que tu mirada me causaba estuvo a punto de abatirme. Era como una oleada de placer, como una ola inmensa que volvía y volvía a la playa del deseo. Pero, en un gesto rápido, volviste a prestar atención a la conversación con tu amigo y me sentí morir. ¡Dios mío!, Estaba dispuesto a todo por tí, y tú sólo atendías una insulsa conversación...

Me senté en una mesa, junto a un rincón. Te miraba, ardiendo de deseo. Sin saber cómo mis dedos se perdieron bajo mi falda y comenzaron a masajearme el clítoris. Mientras sofocaba mis jadeos mis ojos se perdían en tus muslos, piernas de hombre, columnas de macho. El ruido de mi garganta atrajo tu atención apenas un par de segundos y me creí morir de vergüenza si notabas que me estaba masturbando mirándote. Me estabas haciendo sentir mujer, sólo con tu presencia.

No pude aguantar más. Tus risas me excitaban más y más. Quizás notabas lo que hacías, pero no podía soportar tener a un hombre tan cerca y estar tan necesitada. Me levanté y, casi tambaleándome, me dirigí hacia tí. Te rocé con un dedo el fuerte hombro y sentí un escalofrío de placer recorrer mi columna.
- ¡Perdón!, ¿tiene fuego?

Te volviste y me miraste lentamente, de arriba abajo. En aquellos momentos deseé como nunca ser la mujer más atractiva del universo. Tenía que ser tuya o me moriría allí mismo.
- ¿Fuego, para qué si no tiene tabaco?

¡Qué horror! Me puse totalmente colorada por tu observación. Es verdad, no llevaba ningún cigarrillo en la mano. Ni siquiera fumaba, pero no se me había ocurrido otra cosa para acercarme a tí.

Bruscamente me volví, dispuesta a salir corriendo. Pero me agarraste por un brazo, ¡qué fuerte eres, cariño!, y me frenaste:
- ¡Espere!, ¿está sola? ¿Se ha perdido?
- Sí...
- Yo puedo ayudarla, señorita...

Tu voz, cálida e informal, resonaba en mis oidos como música celestial. Me calmé y me sentí protegida. Nuevamente sentí que haría cualquier cosa que tú quisieras. Incluso me entraron ganas de ponerme de rodillas allí mismo y chupártela. Me contuve por la mala educación que había recibido, siempre fui una reprimida.

Sonreiste y le dijiste algo en voz baja a tu amigo. El se rió y se fue. Yo no sabía qué hacer, estaba en tus manos para lo que tú quisieses y yo deseaba que quisieses algo, necesitaba sentirme mujer.
Tiraste de mí hacia la salida y yo te seguí. No podía hacer otra cosa, me sentía tu esclava, sumisa totalmente en las manos de un hombre como tú. Con suavidad pero con firmeza me arrastraste hacia un coche. Sentía tus efluvios masculinos y mi adrenalina hervía, volvía a sentirme mojada, muy excitada.

Me cogiste en tus brazos y me entregué. Por fin un hombre estaba dispuesto a amarme. No iba a perder esa oportunidad, mi cuerpo entero te pertenecía. Mis senos, mi culo, mis cachas, mi pubis,... todo ardía deseando el instante mágico en que decidieses poseer lo que ya era tuyo. Quizás lo hicieses por la fuerza, violentamente. No me importaría, yo era tuya y aceptaría lo que me quisieses hacer.
Y acariciaría tu cuerpo con mi lengua hasta donde la imaginación no alcanza.
Y besaría tus entrañas.
Y daría sentido a la columna de tu entrepierna haciéndola la dueña de mi cuerpo.
Y me entregaría en cuerpo y alma para saciar tus deseos, todos tus deseos.
Y cumpliría todas tus fantasías, las que quisieses pues yo sólo era ya carne de tu pasión.
Esa noche seria nuestra noche. Planée lo que haría cuando llegase a tu casa.
En cuanto cerrases la puerta me sentiría tu prisionera. Te permitiría, sin oponer resistencia, que me desnudases. O quizás lucharía algo, para que tú me golpeases y me imponieses tu voluntad. Después te la comería, con los ojos cerrados, y te la acariciaría hasta conseguir que se conviertese en una fuente de leche, que bebería con inmenso placer.
Después, tras el primer round, permitiría que me humillases jugando a todas las fantasías sexuales que se te ocurriesen. Tras ellas me vendarías los ojos y me llenarías la piel de caricias, ardiendo de excitación ante tí, oyendo como nuevamente volvías a sentir el poder del deseo y te saciabas tú solo mientras me sometías.
Vendría, luego, una etapa de sumisión sicológica. Me demostrarías lo importante y poderoso que eras, y yo te alabaría hasta sentir seca la boca. Sintiendo aún que no me había corrido todavía y tú ya estabas cerca de acabar con el tercero.
Desnuda, enloquecida por el deseo y por tu presencia, sería penetrada por ti varias veces seguidas. Nunca había conocido un hombre igual.
Luego, cuando...

Mis pensamientos se cortaron cuando llegamos junto a aquel coche. Con suavidad abriste la puerta y me empujaste hacia su interior. Creí morirme de gusto viendo cómo ni siquiera me preguntabas, cómo decidías lo que yo debía hacer, mandando como a mí me gustan los machos. Los fluidos procedentes de mi bajo vientre manchaban ya la parte superior del liguero. El rimel se me corría por el fuego que me consumía. ¡Cómo había podido tener tanta suerte en mi primera noche despendolada!

Entonces hablaste y creí que el mundo se paraba:
- Taxi, lleve a esta señorita a donde le diga... Creo que se ha perdido.

Y cerraste la puerta y te alejaste con una sonrisa de satisfacción por haber hecho tu buena obra del día. ¡Maldito cabrón!
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Comentarios sobre esta opinión
carlega

carlega

27.11.2004 21:33

Mucha imaginacion, ¿verdad?

PLUVIA64

PLUVIA64

27.11.2004 03:01

Una curiosa mezcla de sentimientos.

martinezlan

martinezlan

18.11.2004 14:44

mezcla pasional.,.. para un sorprendente final! un saludete

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