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Érase una vez, en el maravilloso país de los cuentos…
-¡Espera, espera! -exclamó la princesa mientras se dirigía hacia el aparato de radio que estaba sobre la mesilla de noche.Maléfica no comprendía que demonios le había pasado a la joven de repente. Había faltado muy poco para que se pinchara el dedo con una de las púas envenenadas del cardo borriquero que le había regalado por su dieciocho cumpleaños. Estaba indignada. Allí se encontraba Aurora, acuclillada junto a aquel cachivache inútil, girando una ruedecilla arriba y abajo, moviendo la antena en todas las direcciones y pegando la oreja a los altavoces.
-¿Qué haces querida? ¿Acaso no te interesa mi regalo? -dijo procurando que su voz sonase acaramelada.-¿No lo sabes? -respondió Aurora apartando de su rostro algunos bucles dorados- hoy juegan el Mandril y el Brasas. Es un partidazo. Lo televisan pero papá me ha prohibido que lo vea. Menos mal que tengo éste aparato…mierda, no doy con la señal…
La oscura hechicera cerró los ojos y aspiró aire lentamente, profundamente. Comenzó a contar hasta diez en voz baja, tal como le había sugerido su psicoanalista que hiciera cuando le asaltaban aquellos deseos de estrangular a alguien. Se llevó una mano de dedos largos y huesudos a la frente, y pensó que por el momento no había mucho que hacer. Al menos hasta que acabase el partido de fútbol. Así que cogió la maceta con el cardo borriquero y la colocó en la ventana, de forma que quedara en un lugar más atractivo para la princesa.Antes de salir del dormitorio, echó una última mirada a Aurora, que continuaba manipulando aquel aparato sin lograr de éste otro sonido que unos molestos zumbidos y pitidos. Se sonrió para sus adentros confiando en que muy pronto caería en la tentación de posar sus dedos sobre la planta envenenada, y al fin su venganza se habría cumplido. Tal fue la emoción que sintió, que no pudo reprimir una descarga repentina de carcajadas en do sostenido con las que desapareció en forma de columna de humo.
Aurora estaba perdiendo la paciencia. Por más que lo intentaba no lograba que aquel trasto inútil recibiera ninguna señal. Ya se había hartado. Como era una joven bastante impulsiva, agarró el aparato de radio y lo lanzó con todas sus fuerzas a través del ventanal abierto. Un estruendo seguido de un grito llegó hasta ella desde el exterior. Sin embargo la princesa, tan despreocupada como era, se sentó en su cama decidida a urdir un plan urgente para acceder a la sala del televisor sin despertar las sospechas de su padre.
Minutos más tarde, un atractivo joven golpeaba el portón de entrada al castillo. A su llamada acudió inmediatamente el rey Estéfano, que tenía la sana costumbre de prescindir de los criados para ciertos menesteres. De ésta forma, el rey recorría el camino serpenteante de los jardines haciendo jogging hasta la muralla de contención, controlando así los niveles de colesterol y triglicéridos.
El portalón cedió con dificultad descubriendo a un muchacho de cabellos largos y castaños coronados por una cinta amarilla, ataviado con un chaleco de punto a rayas y un pantalón de campana con estampados florales. En una mano llevaba un aparato de radio partido por la mitad y con la otra se frotaba un enorme bulto enrojecido que le brotaba de la frente. El rey lo reconoció de inmediato.-¡Príncipe Felipe! -exclamó Estéfano dándole un cálido abrazo- Qué alegría que hayas venido, mi querido amigo. Finalmente ha llegado el tan esperado día en el que pedirás la mano de la princesa Aurora, que ahora mismo se encuentra…emmmm -se detuvo un instante algo confuso- ¿qué le ha sucedido a tu radio?
-Psss… -respondió Felipe encogiéndose de hombros con los ojos muy abiertos- sinceramente no entiendo nada Estéfano. De repente éste aparato apareció de la nada y se estrelló de forma violenta sobre mi semblante -dirigió una mirada preocupada a lo que quedaba de la radio- éste sin duda es el fruto de la indiferencia del ser humano hacia la Madre Naturaleza que sufre en silencio la contaminación ambiental. Hoy he visto como llueven desperdicios del cielo… ¿Te das cuenta Estéfano? La Madre Tierra no soportará ésta situación durante mucho tiempo…debemos actuar cuanto antes en pro y defensa de los derechos de los animales y las plantas que…-¡Sí sí hijo mío! -lo interrumpió el rey con unos cariñosos golpecitos en la espalda- más tarde hablaremos sobre ello, ya me he enterado de que has fundado un ejército de hombres valerosos dispuestos a batallar en defensa de los más débiles.
-Bueno, realmente somos un grupo de ecologistas llamado Guiringuin_Pish que protestamos pacíficamente en defensa de la naturaleza. Ya somos cinco -sonrió orgulloso. -¡Vaya! Una cantidad respetable…supongo ¡Bien! -exclamó a la vez que comenzaba con unos ejercicios de calentamiento- ¿Qué te parece si vamos al castillo para que conozcas a tu futura esposa? ¿Te hace una carrera?
-¡Oh! No va a ser posible. Es que he traído mi scooter y …-De acuerdo -Estéfano le dirigió una mirada desafiante- ¿Apostamos algo a que llego el primero hasta el castillo aunque vayas subido en ese cacharro? -el muchacho se volvió a encoger de hombros- ¡Vamos! ¡Te doy diez segundos de ventaja!
Esa misma tarde el compromiso se llevó a cabo tras finalizar el partido Mandril-Brasas. La princesa, algo disgustada porque su equipo favorito había perdido diez a cero, se dejó llevar por la furia propinándole una patada al cardo borriquero y lanzándolo ventana abajo.
Esto no agradó demasiado a la hechicera Maléfica, que tras tomarse dos ansiolíticos, un antidepresivo y cinco aspirinas, asistió a la cena de celebración armada con una cerbatana y unos cuantos dardos envenenados escondidos bajo su capa azabache. Estaba decidida a cumplir su ansiada venganza antes de que acabase el día aunque su profesor de tai chi le había explicado que tales sentimientos negativos no llevaban a buen fin.
A lo largo de una gran mesa donde no faltaban los mejores vinos y los más suculentos alimentos, se alineaba la familia real, junto al príncipe Felipe, que tenía un brazo escayolado porque había sufrido un lamentable accidente con su scooter poco antes de llegar al castillo. Por lo visto, justo cuando le faltaban unos metros para ganar la apuesta a Su Majestad, una barra de hierro se introdujo inexplicablemente en la rueda trasera, bloqueándola y haciendo que el joven saliera despedido chocando su cuerpo contra los ladrillos de la fachada de palacio. Fue una experiencia muy dolorosa para el rey Estéfano, que vio horrorizado como parte de su frontis quedó hecho pedazos tras el impacto. Tampoco faltaron a la ceremonia las hadas Flora, Fauna y Primavera, que acababan de afiliarse al partido comunista horas antes, y se preguntaban emocionadas si les regalarían vales de descuento para la peluquería y excursiones en autobús los fines de semana.
Maléfica aprovechaba que estaban todos entretenidos en sus conversaciones para liarse a lanzar dardos contra la princesa Aurora, con tan mala suerte que todos iban a clavarse a la pared, las cortinas o en las nalgas de algún sirviente que caía fulminado, presa de un sueño que duraría cien años. -Mira cariño -susurró la reina a su esposo- La señora Clementa se acaba de quedar frita de repente…te dije que diecisiete años sin vacaciones no los aguanta nadie.
La hechicera continuaba sin dar en el blanco. Ni siquiera pudo acertar colocando una mira telescópica al extremo de la cerbatana, y comenzó a sentirse cada vez más furiosa. A pesar de sus repetidas visitas al monasterio tibetano y sus interminables charlas con el Dalai Lama, Maléfica se preguntaba por que aún no lograba controlar su ira, y eso la ponía aún más nerviosa. Lentamente introdujo el último dardo en la cerbatana y entornó los ojos. Ésta vez no fallaría. Con un enérgico soplo, el dardo envenenado salió volando en dirección al cuello de la princesa Aurora, que estaba demasiado ocupada explicando a su prometido lo injusto que había sido el árbitro esa tarde, pitando faltas, toques de queda y fajina a su equipo favorito. Felipe estaba emocionado por el fervor de su prometida y no pudo evitar rodearla con su brazo escayolado yendo a clavarse el dardo en el duro yeso y agotándose así la última oportunidad de la hechicera. El rostro de la bruja se tiñó de rojo y tras tomarse su pastilla para la tensión arterial, sacó el teléfono móvil de su bolso y marcó el número de su profesor de yoga…necesitaba una sesión urgente esa misma noche.
Y tras la repentina marcha de la hechicera Maléfica, la celebración continuó hasta altas horas de madrugada, donde las tres hadas deleitaron a los prometidos con una romántica canción llamada La Internacional y que habían aprendido esa misma mañana. De éste modo, otro día más pasó en la vida de nuestros inolvidables personajes, en el maravilloso país de los cuentos…
FIN
30.11.2008 15:40
Ja, ja, ja, Mandril-Brasas, ja, ja, ja, un rey haciendo ejercicio para controlar el colesterol y los triglicéridos, ja, ja, ja, un príncipe pseudoecologista, ja, ja, ja, unas hadas comunistas.... y ahora dirás que "todo parecido con la realidad es pura coincidencia", ja, ja, ja. Seguro que el cardo borriquero cayó en el asiento del carricoche de Maléfica y ésta se pinchó el trasero cuando salió corriendo a su clase de yoga, ja, ja, ja. Besos.
27.11.2008 17:14
Pobre Maléfica. Siempre me ha caído mejor que esa cosa cursi inaguantable que era Aurora.
31.10.2008 16:01
¡Joé, cómo ha cambiado el cuento...para bien!. Un beso.