Resurrección
16.06.2003
Ventajas:
No tiene
Desventajas:
tampoco
Recomendable:
Sí
 gafiq1
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La nube de la angustia se iba haciendo cada vez mayor. Mi hijo se moría, todos los médicos que le visitaban salían con la cabeza agachada. Pasaba las noches en vela vigilando su respiración, y los días adormilados buscando inútilmente una solución imposible. Emanuel, mi hijo, cuyo nombre significa “Dios con nosotros” agonizaba lentamente. La parálisis cerebral había convertido su breve vida en un infierno. Muchas veces había estado al borde de la muerte, pero siempre sacó fuerzas de flaqueza. Pero, esta vez, se hallaba demasiado débil. Yo sabía que la guadaña rondaba su cuello, estos niños no suelen pasar de los 8 años. No suelen superar la barrera de la consciencia, cuando alcanzan el uso de razón, cuando comprenden que su vida siempre será un infierno, que nunca tendrán amigos, que no podrán moverse, que son unos inútiles, una carga para su familia. Debe ser muy duro, demasiado, asumir que se es un paralítico cerebral, que la vida se te ha negado para siempre, sin remedio. Tan sólo me quedaba un recurso, la divinidad. Recordé que en la Biblia se decía que “todo lo que pidiérais en mi nombre, os será concedido”. Y se lo pedí, le exigí la curación de mi hijo, en su nombre. Porque también estaba escrito “toda la palabra se cumplirá”. Le exigí a Dios que cumpliera su palabra. Luché contra él hasta llenarme de fiebre, no me valía un Dios distante, tenía que cumplir lo que decía o era un mentiroso.Aquella mañana me sentía intranquilo. A las 21 decidí abandonar el trabajo, “mi hijo nunca ha estado tan malo”, alegué y lo dejé todo. Cuando llegué a casa lo noté raro, respiraba débilmente. Llevaba algunos días resfriado, no iba al colegio, a su centro de educación especial donde tanto le querían. El virus de aquel verano era especialmente virulento, dejaba a todo el mundo sin fuerzas. A mi hijo, de tan pocas fuerzas, lo dejó abatido, medio muerto. En mis brazos le reprendí por dejarse ir. Me miró y los dos nos entendimos sin palabras. El se sentía un inútil sin futuro y yo lamentaba no ser capaz de hallarle un futuro. Estaba en la edad de hacer amigos, de integrarse en la vida, nccesitaba amigos más allá de su familia. Su colegio ya no podía darle más, y se sentía solo. Yo había estado buscando otros lugares, no me importaba dónde, para el desarrollo de Emanuel, en vano. No hay futuro ni presente para un minusválido cerebral incapaz de moverse, de expresarse con palabras, de comunicarse con quienes no conozcan su código de señales. Poco después se echó a dormir y le puse sobre el sofá, frente a la tele. Su equipo era el Barsa y echaban un reportaje. Sentí una punzada en el corazón y me levanté angustiado. ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! No tenía respiración, lo cual no debía asustarme porque no era la primera vez que caía en una lipotimia. Pero aquella vez yo sabía que era especial. Sobre la cama comencé a masajearle, acompasadamente como me habían enseñado mis amigos fisioterapeutas, como en tantas ocasiones había aliviado sus espasmos o su epilepsia. Pero aquella vez no funcionó, no conseguí despertar a mi hijo. Dos gruñidos, entre sueños, fue lo único que obtuve, quería que lo dejase en paz. Pero no le hice caso, luché por arrancarle el sueño, en vano. Recurrí, incluso, a medicación, pero no quería despertar.Y se durmió. ..................... Pasaron los días, los meses, los años. Llegó otro hijo, Víctor. Pero el vacío nunca se llenó. Yo para Emanuel era su luz, su único universo. Le enseñé a mirar, a pensar, a comunicarse, a respirar, a vivir lo poco que aprendió. Víctor era un torbellino, un niño con una vitalidad increíble, que quería ser el primero en todo. El mejor de su clase en todas las materias, hasta aburrirse quejándose del poco nivel existente. Siempre buscando algo que aprender, imitando a su padre y pretendiendo superarle ya desde corta edad. Incluso quería apuntarse en Ciao y escribir sus propios artículos (“me van a leer más que a ti”, me amenazaba). Pero el vacío seguía existiendo. Yo contaba los días, los meses, los años que me faltaban para volver a encontrarme con mi hijo. Y mientras criaba a Víctor, que también era hijo mío, buscaba hobbys que me adormilaran, que absorbieran mi atención, que me evitaran recordar, para que el tiempo volara sin darme cuenta, porque se elentece siempre que se sufre. Y fui educando a Víctor, ese niño con tantas ganas de vivir que me convirtió en su mejor amigo, que siempre estaba colgado de mi cuello, pendiente de todo lo que hacía. Y me dediqué a acumular títulos de pared, a descifrar la escritura ibérica, a investigar la biografía de Almanzor, a estudiar la evolución geológica del litoral andaluz, a... Y pasaron los años.Y me dormí. .................. El ambiente era neblinoso. No se veía horizonte alguno, tan sólo una superficie pulida bajo los pies. Un extraño zumbido con sabor a silencio lo empapaba todo. Emanuel abrió los ojos, tan sólo hacía un segundo que se había dormido. Se sentía fuerte, como nunca jamás se había sentido. Frente a él un anciano le extendía los brazos, era su padre, lo sabía. Abrió su boca y vomitada surgió una palabra: “papá”, jamás pronunciada antes porque nunca aprendió a hablar. Escuchó el eco de su voz, nunca se había oído, jamás pensó que podría articular aquel sonido, tantas veces deseado. No supo cómo pero se puso en pie. Se sorprendió, él era un paralítico cerebral, él no podía moverse. Se aferró a su padre, largamente, dándole el abrazo que siempre quiso darle pero no tuvo fuerzas. Haciendo realidad un viejo sueño incumplido. “Eras”, le dijo aquel anciano sonriente, mirándole a los ojos, “eras...que ya no eres ningún minusválido”. Sonó la trompeta, un coro de querubines entonó un cántico monótono, cuya letra no fui capaz de entender. Los hombres se congregaron frente a un trono vacío, en una infinita formación casi militar donde no divisé en mis cercanías a ninguna mujer. Un trueno iluminó al trono, donde algo o alguien indefinible se sentaba. Un ángel leyó una lista. Comenzó el juicio, el último juicio, el refinitivo. Cerca de mí vi al alcalde de mi ciudad, hombre arrogante, acostumbrado a pisar a los demás, a marginar a quien no riera sus gracias, a aplastar a los que no quisieran ser sus bufones. Tenía la cabeza agachada y parecía más pequeño. El ángel leyó el nombre completo de Emanuel y pronunció su sentencia: “Quien no conoce la ley, está limpio de pecado”. Mi hijo, que estaba entre los niños de las primeras filas se acercó al trono y esperó sin irse. Un rato largo después el ángel pronunció mi nombre. Pero antes de que leyera mi sentencia mi hijo se acercó a mí, me cogió de la mano y miró a Dios a los ojos y le dijo: “Este es mi padre”.Y nos sentamos al borde del mundo a contemplar las estrellas, durante un tiempo infinito, sin prisas. Varios milenios más tarde nos levantamos y caminamos hacia el universo, habíamos decidido explorarlo, nos convertiríamos durante toda la eternidad en geógrafos de aquella inmensidad. Mi hijo Emanuel iba cogido de mi mano izquierda, y en la derecha iba Víctor. ................... Seguimos los tres caminando hacia el infinito, sin prisas, recordando nuestra historia en aquel maldito planeta llamado Tierra, ya tan lejano, que nos negó la felicidad. SaludosP.D.- “Los nombres y acontecimientos referidos en este cuento son absolutamente ficticios, todo parecido con la realidad es pura coincidencia”... aunque sea mi historia.
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11.09.2004 20:09
excepcional como ninguna otra
08.07.2003 09:59
Quiere mucho a Victor que se nota que el te quiere mucho.
08.07.2003 00:26
Dios que historia! Leyendo tu referéncia en la opi de CIAO, me he venido a leer a qué te referías cuando hablabas de los fondos de calidad y todo eso... Simplemente maravilloso. Si es ficticio, qué parte es tu historia? y por favor, no creas que pretendo ser indiscreta. Saludos y enhorabuena, un relato tan escalofriante como tierno. Saludos. SHA.