CENICIENTA (PARTE IV)
22.03.2008
Ventajas:
Cuento
Desventajas:
No hay
Recomendable:
Sí
 RealMonkey
Sobre mí:
Soy una persona tímida, tranquila, amable, dialogante, algo tozudo, me gusta conocer nueva gente, s...
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Aquella luz intensa y blanca, venía acompañada por unos rayos impresionantes y un fondo musical con ritmo pegadizo. Ante ellos se apareció una mujer de mediana edad, de 1'67 metros de altura, pelo blanco con un moño sujetado por una aguja de plata, ojos verdes, nariz fina y aguileña, labios gruesos y frente ancha. Llevaba un vestido rosa con encajes, una varita mágica en su mano derecha, un par de pendientes con forma de media luna y zapatos de tacón rojos. En sus espaldas tenía un par de alas transparentes que le servían para mantenerse suspendida en el aire. Era un hada madrina. Cenicienta creía que se trataba de un sueño, pues pensaba que en aquellos tiempos ya no existían esos seres, pero se equivocaba. El hada miró de arriba abajo a Cenicienta, tocó su pelo, inspeccionó sus pupilas, le pellizcó la piel, le mandó que abriera la boca y dijera aaaah (ella obedeció sin poner resistencia). A continuación le ordenó que le mostrara las palmas de sus manos y estudió con atención las líneas, que le iban mostrando el futuro de aquella chica. Con una gran sonrisa, sacó un cuaderno y fue escribiendo en él con una pluma de oro. Se puso sus gafas especiales para evaluar la calidad del alma y se dio cuenta del elevado grado de pureza del corazón de Cenicienta, era la primera vez que se encontraba ante un ser humano con una cantidad de bondad tan grande, por lo que decidió activar la operación Boda Inminente. -Jovencita, yo soy tu hada madrina y todo este chequeo que te he estado realizando me ha servido para concluir que eres una chica con un futuro brillantísimo y muy esperanzador. Tu sitio no es este, no debes de vivir nunca más con tu madrastra ni con tus hermanastras, ni soportar sus burlas, tú estás hecha de una inocencia pura, de una bondad y una generosidad infinita, por eso mereces algo que esté a tu altura. Quiero que esta misma noche acudas a la fiesta que celebran los reyes por el vigesimoquinto aniversario del príncipe.-Pero si yo no tengo vestido, ni carroza para ir hasta el castillo-dijo Cenicienta. -No te preocupes, yo te haré un vestido a tu medida. A las 19:30 h te tomaré las medidas y tendrás tu nuevo vestido y tu carruaje también. Es indispensable que vayas a ese baile. Y no quiero protestas, ¿Entendido?-Vale, de acuerdo, pero espero que mis hermanastras y mi madrastra no estén aquí a esa hora. -respondió Cenicienta. -No estarán, se habrán ido antes, por lo que me dará tiempo suficiente para confeccionarte una indumentaria propia de una princesa como tú, porque tu belleza merece ser realzada por un vestido adecuado y unas joyas bonitas, pero sobretodo quiero que sepas que eres una persona muy especial. Además, no te vendrá nada mal salir un poco, cambiar de aires y no estar todo el día encerrada en esta choza.-dijo el Hada.-Muy bien, si usted lo dice, haré lo que me diga y acudiré a esa fiesta-dijo con pleno convencimiento Cenicienta. Emocionada por aquella súbita revelación, Cenicienta volvió a sus quehaceres diarios y procuró no decirles nada ni a sus hermanastras ni a la terrible madrastra que no aceptaría ni por asomo que ella acudiera a la gran fiesta del príncipe. Los ratones le juraron solemnemente no abrir su boca para contar aquel secreto, que debían guardar como oro en paño, pues era, sin duda la mejor manera de que aquella joven tuviera ocasión de conocer al heredero a la corona y quien sabe, lograr enamorarle y aspirar a una vida mejor. Cuando vio que sus amigos se refugiaban de nuevo en su particular hogar, Cenicienta se dedicó a barrer el salón, el trastero y limpiar de hollín la chimenea, utilizada para quemar la madera inservible y carcomida por las termitas (en el pueblo proliferan los casos de aldeanos que han tenido que reforzar las vigas de madera de su casa y cambiar los muebles por una invasión de estos incómodos insectos) Transcurrieron dos horas desde el casual encuentro con el hada madrina cuando un carruaje que regresaba de la ciudad paró ante la gran mansión. Bajaron las tres chicas, mucho más alegres de lo que en ellas era habitual y cada una con un voluminoso paquete con lazos de colores en sus manos. La madrastra también llevaba uno, más grande que los demás y decorado con papel de regalo y varias cintas enrolladas entre sí formando un diseño atractivo. Entraron en la casa con aires de superioridad, orgullosas y satisfechas con lo que querían llevar para el baile, para ellas era la ocasión perfecta para poder cazar marido y dicho sea de paso, hacerse famosas y ganar prestigio entre las chicas de su misma jerarquía social. La ambición en esa familia era infinita, casi tanto como el carácter agriado y el desprecio hacia sus semejantes que constantemente demostraban para mirar por encima del hombro a los demás. No era de recibo que tuvieran tan pocos amigos y no porque no frecuentaran eventos sociales sino por la mala reputación que iban cosechando tras descubrirse algunas de las andanadas que se habían propagado a la velocidad del rayo entre la gente. Procuraban quedar a buenas con todos los hombres y mujeres aristocráticos, pero esa cara amable era pura fachada, simple obligación protocolaria para engatusar a sus conocidos y hacerles saber que dominaban las buenas maneras. Antes se pilla a un mentiroso que a un cojo, el engaño en el que vivían y hacían vivir a otras personas acabaría por revelarse y entonces las consecuencias serían inevitables y perjudiciales para su imagen pública. Optaron por el peor camino y no se daban cuenta de donde les llevarían sus desmanes, caprichos y pataletas. Esto no le preocupaba a Cenicienta, que esperaba ansiosa a que llegara la hora para que su hada le confeccionara un traje a medida. Solo debía esperar a que su madrastra y sus hermanastras se arreglaran para poder acceder al castillo del príncipe. Fuera esperaba el chófer, vestido de gala, con el carruaje de lujo contratado para esa noche especial. Eran las 19: 00 h de la tarde y las muchachas seguían arreglándose mientras Cenicienta ordenaba unos libros en los estantes correspondientes. Por fin bajaron las tres hermanastras, cada una con un vestido de diferente color: Cloelia lo llevaba morado, el de Faemina era amarillo y el de Claudia era rosa pálido. Todas llevaban un lazo en la cabeza, con el pelo enrollado en un moño atravesado por una aguja de oro y brillantes. Los zapatos eran de tacón alto conjuntados con el traje, llevaban unos collares de perlas blancas y en las orejas lucían unos pendientes en forma de media luna. La madrastra bajó de su habitación con un vestido dorado, el cabello lo tenía replegado en un moño decorado con una aguja en forma de faisán e iba maquillada al igual que sus hijas. Portaba unos guantes blancos en sendas manos, en su cuello llevaba su collar de diamantes más caro, con aquel inmenso zafiro que destacaba entre todas sus joyas por su belleza y su colorido. Sus pendientes estaban formados por dos perlas negras con un círculo de circonitas a su alrededor y como complemento traía un bolso de piel negro indispensable para acontecimientos sociales de gran envergadura como este. Iban echas un pincel, pero debían de marcharse si no querían llegar tarde. La madrastra le encargó a Cenicienta limpiar las habitaciones de sus hermanas, el cuarto de baño, la cocina y sobretodo la despensa, que estaba muy descuidada. Sin apenas tiempo para nada más, montaron en la carroza y esta se dirigió al castillo, situado en la dirección opuesta al camino que normalmente cogían para ir a la ciudad. Con la escoba en la mano, la chica fue barriendo las distintas salas que aún estaban sucias. La cantidad de polvo que limpió en la despensa era impresionante, hacía años que nadie pisaba ese lugar, donde antes se guardaba el vino en barricas y se envasaban en botellas de cristal, todo el proceso se realizaba de manera artesanal, siguiendo los cánones tradicionales de la familia. Aún quedaban rastros de aquel olor penetrante e intenso, combinado con la gran humedad que hacía allí y las manchas originadas por el moho. Decidida a terminar su tarea, Cenicienta se armó de la bayeta y la fregona y cuando estuvo a punto de ponerse manos a la obra, se le apareció de nuevo el hada madrina, que con un toque de su varita hizo que las paredes, el techo y las botellas viejas de la cava relucieran como nuevas.-Jovencita, ya has acabado tu trabajo, pero ahora viene lo mejor que es divertirse, yo misma te dejaré echa una auténtica princesa y podrás ir al castillo del príncipe y dejarle impresionado con tu fastuosa belleza, ¿Qué te parece?-dijo con pleno convencimiento el hada. -Bien, pero, ¿Qué se supone que he de hacer yo? -respondió Cenicienta.-Tú de momento nada, déjamelo todo a mí. Quiero que salgas tú ahora mismo fuera. Ya es de noche y nadie nos verá, creo que la zona ajardinada que tenéis detrás de la casa nos servirá para llevar a cabo mi plan. -contestó el hada. -Vale, haré lo que me diga. -Demuestra más seguridad, muéstrate tal y cómo eres y verás como triunfarás. El miedo lo único que hará es que te pongas más nerviosa y se te caiga el mundo encima. -dijo el Hada. Cenicienta y el hada madrina salieron al exterior, detrás de la casa, donde estaba el gran jardín de rosales que se encargaba de cuidar un jardinero todos los días. Los ratones Jack, Gus y Perla, que lo estaban viendo todo sintieron curiosidad y se dirigieron donde estaban las dos mujeres. El hada transformó su varita en una cinta métrica y fue midiendo la altura, la cintura, los hombros hasta tenerlo todo muy claro, solo faltaba el diseño del traje, la textura y el color, algo de vital importancia para que su imagen fuera inmejorable. Antes de proceder a vestirla correctamente, alzó de nuevo su varita y le proporcionó un lavado exprés con un chorro de agua caliente a presión con ultrasecado posterior que la dejó como nueva. También le aconsejó que se aplicara un desodorante que no abandonara las 24 horas y que se perfumara con Tanel Nº6, uno de los más caros de la ciudad. A continuación, elevó su varita y dirigió el poder de su magia en Cenicienta, que vio como lucía un espectacular vestido azul claro con encajes y pedrería, en la parte superior llevaba medio collarín de cristal que le daba empaque al conjunto, llevaba unos guantes de color marfil, un collar de perlas blancas, dos pendientes con rubíes y unos preciosos zapatos de cristal que brillaban con el resplandor plateado de la luna. Su pelo estaba recogido en un moño decorado con una diadema azul y su piel estaba limpia de suciedad, brillante y perfectamente maquillada. Los ratones se quedaron asombrados, aquello era mucho mejor que la operación Libertad Permanente que ideó Jack y sin duda el hada había ofrecido su ayuda para que la chica pudiera ir al baile, conocer al príncipe y pasárselo bien.-Así estás perfecta, ahora eres una bella señorita preparada para acudir al baile del heredero a la corona. Sin embargo falla algo imprescindible en todo esto…¿Qué será? ¡Claro! ¡El medio de transporte!...A ver…¿Qué me puede servir en este jardín como carroza? ¡Ah, ya está, la calabaza!-exclamó el hada. Sin pensarlo dos veces dirigió un potente hechizo a la calabaza que estaba situada junto a la puerta trasera de la casa y esta se transformó en un impresionante carruaje de oro y plata con candiles a ambos lados para iluminar el camino. El interior estaba a la altura de lo que se esperaba de una carroza así: asientos acolchados y decorados con flores, cortinas de seda natural y una lámpara ofrecía una luz clara y agradable. Sin embargo faltaban los caballos y el chófer, algo esencial sin lo cual Cenicienta no podría acudir a aquella gran fiesta. Al ver a los tres ratones, les invitó a que salieran y les propuso un pequeño juego.-A ver, contestadme chicos, os propongo algo que os gustará: dos de vosotros haréis de caballos y uno de chófer, ¿Cómo repartimos los papeles?-dijo el hada. -¡Yo quiero ser un caballo!-dijo Perla-¡Y yo el chófer!-dijo Jack. -Bueno, pues yo seré el otro caballo, que remedio me queda.-respondió Gus.El hada transformó a Perla y a Gus en dos soberbios y esbeltos corceles blancos que estaban prestos para tirar del espectacular carruaje. Con otro golpe de varita, Jack se convirtió en un apuesto conductor con el traje de gala y las riendas del vehículo listas. Eran las 19: 30 h cuando el hada le dio unos últimos consejos a Cenicienta. -Mira, te dejo este tríptico en el que se te explican las normas básicas del protocolo real, síguelas al pie de la letra y sobretodo procura actuar con naturalidad, si la gente ve que te comportas de una manera forzada tenderá a alejarse de ti, porque verían en ti a una persona falsa y tú no eres así. ¿Queda entendido?-dijo el hada.-Si, lo he comprendido a la perfección. Una pregunta, ¿No me reconocerán mi madrastra y mis hermanastras? -contestó Cenicienta. -No, imposible, además las cuatro son miopes perdidas y deben usar lentes de dudosa eficacia, esas no ven tres en un burro. Además, no conciben que tu vayas a un baile así y creerán que sigues en casa trabajando, con este aspecto pasarás desapercibida ante sus ojos. -afirmó el hada.-Vale, pues así sea, confío en usted. -Atiéndeme ahora bien lo que voy a decirte: el baile se prolonga hasta la madrugada pero es importantísimo que vuelvas a casa antes de que sea medianoche, o sea, las 00:00 h, porque será justo en ese preciso momento cuando mi conjuro deje de hacer efecto y todo volverá a la normalidad. Si no te da tiempo a irte de allí se puede armar un buen jaleo, así que ya sabes. -dijo el hada.-Está bien, procuraré no olvidarlo-dijo Cenicienta. -Muy bien, querida, ahora sube y pásatelo bien. Ya verás como dejarás alucinado al príncipe, tú tienes la clave del éxito asegurado. -dijo el hada.-Muchas gracias por todo, hada madrina, ¡hasta luego!-dijo Cenicienta. -¡Hasta luego joven princesa! ¡Ay! Juventud, divino tesoro….jijiji La deslumbrante carroza se dirigió a una velocidad constante hacia el castillo del príncipe, que aparecía iluminado con grandes focos de luces a su alrededor. Aún podía llegar a tiempo para la cena y el posterior baile, así que no habría ningún problema. Recordó muy bien a qué hora debía de irse para no meterse en líos y sobretodo para que sus hermanastras y su madrastra no la reconocieran.
CONTINUARÁ
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29.03.2008 02:30
Sigo diciendo que me encanta tu versión del cuento, no sé, tiene un toque especial, tal vez mágico :)