Casas Reales, por Otis B. Clayton ( y III )
20.02.2009
Ventajas:
Las que queráis ver
Desventajas:
Las que queráis ver
Recomendable:
Sí
 otisblues
Sobre mí:
Prolifera, de manera alarmante, el uso de un comentario-tipo realmente absurdo: "valorada"...
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La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Cicerón.- EL ORIGEN DE LA TRAMA GOLPISTA: TODO ESTABA ATADO Y BIEN ATADO...Supongo que al posible lector la siguiente escena que describiré le parecerá, cuanto menos, grotesca: dos hombres vestidos de chaqué ( lo que quedaba de él ), sudorosos, cubiertos de polvo y con las blancas pecheras de las camisas llenas de manchas de sangre que, además, llevan en brazos un niño sumido en un continuo llanto. Además de grotesca, la escena también es sospechosa; muy sospechosa. Tal era nuestra situación. Acuclillados por la plaza porticada ( afortunadamente desierta tras lo acontecido en el Palacio Real ), nos deslizábamos sigilosamente, arrimados a las paredes como sabandijas. El fruto del amor entre Alejandro y Draga, ajeno a nuestra angustia, seguía berreando con toda la plenitud de sus pequeños pulmones. No era de extrañar: la pobre criatura había venido al mundo en unas condiciones infrahumanas. A mi lado, hombre provecto, el embajador jadeaba sin resuello. Tomé de sus brazos al niño, para aligerarle la fatiga, y después de quitarle la faja que le servía de envoltorio, lo acerqué a mi pecho y enrollé en torno la faja para sujetarlo. Esperaba reconfortarle con mi propio calor corporal. Tomando del brazo al embajador, le animé para continuar en nuestra huída. Teníamos que abandonar Osenjovia cuanto antes. Para nuestra fortuna, al salir de uno de los soportales divisé un camión militar sin ocupantes. Con el mayor de los sigilos me acerqué para comprobar que no hubiera nadie vigilando. Lo último que deseba era tener que enfrentarme a alguno de los ulanos del general Cuartelovich; aún así, no dude el inteligente lector que lo hubiera hecho sin ningún miedo: He sido adiestrado, durante mi pertenencia a la milicia, en el combate cuerpo a cuerpo. En caso de necesidad, mi abrecartas de mango de nácar y filo de oro, puede convertirse en un arma mortal...Por suerte no había nadie en derredor. Y, además, el vehículo militar mantenía la llave de contacto puesta: rápidamente subimos y me puse al volante. Le pasé el niño, de nuevo, al embajador; sorprendentemente había dejado de llorar. La idea era llegar hasta la cercana república de Ovetonia, pero, lo más probable, era que las carreteras estuvieran vigiladas y el ejército hubiera establecido férreos controles. Teníamos que buscar una ruta alternativa: el embajador sugirió utilizar rutas de difícil acceso para vehículos convencionales. Samotrecia es un país de orografía montañosa, encerrado en un valle, rodeado de una agreste cordillera en medio de los balcanes. Sin más dilación, arranqué el camión y nos pusimos en marcha para salir de la ciudad. Al cabo de dos horas de un traqueteo infernal por pistas forestales y carreteras de montaña, divisé una granja. Frené el vehículo: tenía que conseguir, como fuese, alimento para el niño: había dejado de llorar y presentaba un aspecto inquietante; exangüe y falto de vigor, su vida corría peligro. Cuando llegamos a la granja, la bucólica tranquilidad del campo se enseñoreaba del paisaje. Al lado de la casa de piedra se alzaba un establo. Allí me dirigí. La sorpresa fue mayúscula: una hermosa vaca, de raza Asturiana de los valles, con las ubres llenas de cremosa y reconfortante leche, me miraba con sus hermosos ojos de luengas pestañas. Me aproximé a ella y la acaricié. El embajador, acunando al niño entre los brazos, me dirigió una mirada interrogadora:-Ya ve, Sir Edmund -dije-. ¡Una vaca de la raza Asturiana de los valles en los Balcanes! ¡El niño podrá tomar su primer biberón! Presto, saqué mi petaca y la aclaré bien en un bidón de agua para el ganado que estaba en el establo. Luego me dispuse a ordeñar a la hermosa vaca exprimiendo la ubre y aplicando ésta a la bocana de la petaca. La vaca, tan sorprendida como nosotros, me miraba intrigada. Sin embargo, se portó maravillosamente facilitando mi labor de ordeño. Cuando llené la petaca de la rica y fresca leche, acaricié de nuevo a nuestra amiga y le di las gracias. Rasgué una parte de mi pañuelo, le hice pequeños agujeros con ayuda del abrecartas y luego lo até a la bocana de la petaca con el cordón de mi zapato: el improvisado biberón estaba listo...El embajador, expectante y preocupado por el estado del niño, observó como le introducía en su pequeña boca el extremo del pañuelo. No ocurrió nada. El niño no chupaba y permanecía como dormido y sin atisbo de energía. Su respiración era muy débil. Un gran pesar se apoderó de nosotros: nos miramos abatidos; aquel pequeño cuerpecito, después de todo lo que había pasado, se negaba a seguir en este mundo. Sir Edmund, los ojos enrojecidos por las lágrimas, movía la cabeza a ambos lados lleno de desesperación. Yo no dije nada. La vaca, a nuestro lado, parecía entender la dolorosa situación y había dejado de pastar para mirarnos con sus grandes ojos. Las gotas de leche que salían de los agujeros del pañuelo, corrían por los amoratados labios del niño. Durante un instante no ocurrió nada, no hicimos nada, no dijimos nada. De repente, con un espasmo que me sobresaltó, el niñito comenzó a chupar del pañuelo: lo hacía con un vigor renovado; con un considerable apetito. Sir Edmund comenzó a dar gracias a Dios; la vaca volvió a pastar; yo continué alimentando al niño. Cuando hubo dado buena cuenta del contenido de la petaca, lo incorporé y lo apoyé contra mi pecho mientras le daba unos golpecitos en la espalda: el eructo, magnífico, sonoro, propio de reyes, nos indicó que era hora de partir. Así lo hicimos... Después de una tortuosa travesía por escarpadas y sinuosas carreteras, orladas de impresionantes macizos, divisamos la frontera de Ovetonia. El niño dormía apaciblemente, mientras Sir Edmund lo acunaba entre sus brazos. Media hora más tarde, nos encontrabamos ante la barrera vigilada por miembros del ejército del país que formaba frontera natural con Samotrecia. Los soldados, sorprendidos ante aquella extravagante comitiva, dieron cuenta al oficial al mando; éste, igual de sorprendido, hizo una llamada telefónica. A su lado, Sir Edmund se acreditaba en su condición de miembro de la diplomacia inglesa. Al poco, un coche oficial de la República de Ovetonia, con un subsecretario y varios miembros del gobierno, nos condujeron a la sede del Ayuntamiento de Turovia, que así se llamaba la ciudad. El niño, de inmediato, fue reconocido por un equipo médico que certificó que se encontraba bien, aunque débil y falto de cuidados. También dijeron que era un milagro. Preguntaron si yo tenía conocimientos de pediatría, a lo que contesté que ninguno, pero, por contra, siempre había sido un hombre de mucho ingenio. Admirados, me contemplaron de forma reverencial...En conversación mantenida con el primer ministro de Ovetonia, supimos que el golpe en Samotrecia había sido urdido por el general Cuartelovich en connivencia con el cardenal Roucovich; ambos habían formado un gobierno de concentración en el que ellos ostentaban la presidencia y la vicepresidencia, respectivamente. En cuanto al autor del magnicidio, resultó ser Mateus Morralevich, un anarquista convencido de su sagrado deber que, sin embargo, había sido utilizado torticeramente por Cuartelovich y Roucovich para llevar a cabo su trágica asonada... A los dos días, salimos en un avión en dirección a Londres. Una enfermera y un médico nos acompañaron en el viaje para atender todo lo que el niño precisara. Por iniciativa de Sir Edmund, fui recibido por la Reina que me nombró caballero. Ahora soy Sir Otis B. Clayton, señor de Stratford-Upon-Avon. En reconocimiento a mis méritos y a los servicios prestados a la corona, se me concedió una pensión anual de diez mil libras y un asiento en la Cámara de los Lores; distinción que rechacé ya que no soy hombre dado a las intrigas políticas. También renuncié a mi puesto de inspector del Gotha: los acontecimientos vividos, me habían enseñado que resulta más peligroso el boato de los palacios y las componendas de las cortes, que los sobresaltos de las junglas y los desiertos...En cuanto al niño, por orden expresa de los pocos parientes que le quedaban y que estaban en el exilio, fue entregado a la protección, cuidado y educación de la corona inglesa hasta que su país recuperase la legalidad constitucional y pudiese volver como legítimo soberano. Para su formación fueron nombrados varios preceptores: yo entre ellos. Aquí concluyo mi historia del período en que formé parte del consejo de inspectores del Gotha; un tiempo en el que me tocó vivir el trágico fin de los aspirantes a la corona de Samotrecia y una aventura que jamás olvidaré. Ahora ya soy un anciano; algunos años despúes de lo que aquí he narrado, el general Cuartelovich sufrió un atentado que le costó la vida. El cardenal Roucovich fue condenado a treinta años. Tales acontecimientos supusieron el necesario proceso para devolver al país la democracia parlamentaria y el consenso de todas las fuerzas políticas, entregadas a la redacción de una nueva Constitución que promulgaba la soberanía popular. En ella se acordaba un regimen de Monarquía parlamentaria. Llegó el momento de que el joven soberano, formado en Inglaterra, accediera, con el consenso generalizado, a convertirse en rey de Samotrecia.Si un día viajáis al agreste país de Samotrecia, visitar el Palacio Real donde acaecieron todos estos hechos. También podéis preguntar a cualquiera por su rey. Todos os hablarán de su bondad y su preocupación por el pueblo. Sin duda, el rey Otissius II Obrenovich es un buen rey; sin duda... Stratford-Upon-Avon Primavera 1948
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10.06.2010 01:32
Sí, yo me veo haciendo un recorrido turístico por Samotrecia y estoy segura de que el rey Otissius fue un buen rey :-) . Sigo pensado lo mismo, Otis B. Clayton es un hombre excepcional capaz de hallar una vaca de raza asturiana , siendo uno de los preceptores del niño este no puedo convertirse más que en un buen hombre y en un buen monarca para su pueblo. Magnífico. Besos y gracias por hacerme disfrutar de esta historia.
18.04.2009 11:30
Agotado cupo e excepcionales. Estoy con Cay11
03.04.2009 21:01
Un final precioso. De los que me gustan a mí: feliz. El episodio de la vaca asturiana me ha encantado, tan lleno de ternura y humor. Y si algún día me paso por Samotrecia, ten por seguro que visitaré el Palacio Real solicitaré una audiencia con el rey Otissius. Seguro que le encantará recibirme para que le de noticias de su amado Sir Otis. Besos.