Requiem - Wolfgang Amadeus Mozart

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Mozart

5  22.02.2003

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Originalidad

Letras

Calidad y consistencia de las canciones

Duración del éxito

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Para que una obra así te llegue a lo mas hondo,nada mejor que saber un poco de su evolución,crecimiento,desde una idea hasta lo que llegó a ser.De ahí esta historia:

Todo parece indicar que el interés de Mozart por el Requiem fue bastante menor del que le atribuye la literatura mítica. A su regreso de Praga, a mediados de septiembre, Mozart tuvo que ocuparse de componer la Obertura de La flauta mágica y la Marcha de los sacerdotes de esta misma ópera cuyas representaciones eran inminentes. Luego se dedicó al Concierto para clarinete, en cuya composición estaba enormemente interesado tal como revela su correspondencia con su esposa.

Landon ha demostrado que Mozart empezó a trabajar en el Requiem no antes del 8 de octubre, interrumpiendo su labor los días 14 y 15 de octubre para recoger a Constanze en Badem e interrumpiéndola entre el 10 y el 15 de noviembre para componer la Kleine Freymaurer-Kantate K. 623. Puesto que el 20 de noviembre cayó definitivamente enfermo, Mozart sólo trabajó en el Requiem durante un máximo de treinta y tres días en los que escribió 99 hojas sin seguir el orden litúrgico de la obra.

La música original de Mozart es la siguiente: Requiem aeternam, Kyrie y Dies Irae completos, salvo las partes de bajo del Kyrie, y ocho compases del Lachrymosa y el Hostias del Ofertorio.
El testimonio de la viuda

Tan sólo siete años después del fallecimiento de Mozart, se publicaba en Praga Leben des k.k. Kapllmeisters Wolfgang Gottlieb Mozart nach Originalquellen beschrieben del dramaturgo y crítico musical Franz Xaver Niemetschek (1766-1849), una biografía realizada con los documentos del archivo de Constanze Mozart que las recientes investigaciones mozartianas han revaluado no sólo por su honestidad sino también por su lucidez en la valoración de las composiciones de Amadé Mozart, no en vano fue Niemetschek uno de los promotores de la edición póstuma de la música de su biografiado con quien se sentía tan especialmente vinculado que, tras su muerte, se hizo cargo de la educación de su hijo Carl Thomas Mozart.

Niemetschek reproduce en su biografía la narración de Constanze, recogida por Georg Nissen, su segundo marido, sobre las circunstancias del encargo del Requiem a principios de junio de 1791, aproximadamente un mes antes de recibir el encargo de una nueva ópera heroica para el teatro de Praga: La clemenza di Tito:

Poco antes de la coronación del emperador Leopoldo y de las instrucciones para que Mozart se trasladase a Praga, un anónimo mensajero le entregó una carta sin firma en la cual, entremezclando todo tipo de halagos, se le ofrecía el encargo de componer una misa de réquiem y se interesaba el precio y el plazo de entrega.

Mozart, tal como tenía por costumbre, comentó con Constanze este sorprendente encargo y su curiosidad por ver que tal se le daría este tipo de composición habida cuenta que las formas más elevadas de la música religiosa siempre habían atraído su talento. Constanze le animó a aceptar el encargo y él contestó a su anónimo mecenas confirmando que compondría el réquiem por una cantidad determinada si bien no podía determinar exactamente cuanto tiempo le ocuparía su composición. Deseaba, sin embargo, conocer donde tendría que depositar la obra una vez que la hubiera completado. Al poco tiempo volvió a aparecer el mismo mensajero aportando no sólo la cantidad estipulada, sino también, dada la exigüidad de la misma, la promesa de otro pago al término de la composición.

Las condiciones del encargo eran que disponía de la más absoluta libertad para componer según su talento y estilo pero debería de abstenerse de averiguar la identidad del comandante lo cual, por otra parte, sería absolutamente inútil.

Mientras tanto, Mozart recibió una tan halagüeña cuanto ventajosa oferta: la composición de una ópera seria para la coronación del emperador Leopoldo en Praga. Era una tentación demasiado grande como para negarse a viajar a Praga y ofrecer una nueva obra a su amado público bohemio.


Mucha mayor difusión que el libro de Niemetschek tuvieron las crónicas de Friedrich Rochlitz publicadas en tres entregas en Allgemeine Musikalische Zeitung en el mismo año de 1798. AMZ era una publicación de enorme prestigio que tenía corresponsales y suscriptores en todo Occidente y la narración de Rochlitz gozó de un éxito tan singular que sigue siendo frecuente leerla en publicaciones recientes a pesar de su manifiesto carácter fantástico.

A la casa de Mozart llegó un día un carruaje que conducía a un extraño caballero quien solemnemente trasladó a Mozart el encargo de la composición de una misa de réquiem de una persona distinguida que deseaba permanecer en el anonimato. El comitente había perdido recientemente a una persona muy querida y deseaba recordar el día de su muerte, en recogimiento pero con dignidad, a cuyo objeto realizaba el encargo.

Mozart quedó muy impresionado por la solemnidad y el misterio que rodeaban al encargo y aceptó componer el réquiem en cuatro semanas por cien ducados que le fueron abonados en el acto. Sorprendentemente, Rochlitz califica de modesta esta retribución que equivalía a la mitad de la cantidad que percibió Mozart por La clemenza di Tito, pero tampoco este hecho parece haber llamado la atención de los biógrafos mozartianos a lo largo de ciento sesenta años.

Cuando se marchó el misterioso visitante
Mozart se quedó profundamente ensimismado, desatendiendo las inquietas preguntas de su esposa, hasta que finalmente pidió recado de escribir y se puso inmediatamente a atender el encargo en forma tan obsesiva que su interés en el asunto crecía a cada compás y pasaba las noches y los días componiendo.
Su cuerpo no lograba soportar un esfuerzo semejante y se desmayó varias veces mientras trabajaba a pesar de lo cual desoyó todos los consejos sensatos. Días más tarde, Constanze consiguió que la acompañase a dar un paseo por el Prater en coche y Mozart, tras pasar un largo rato ensimismado y silencioso le confesó su convencimiento de estar componiendo el réquiem para su propio funeral.

Todos los intentos de disuadirle de esa obsesión fueron en vano; laboraba en su obra como Rafael en su Transfiguración, con la sensación omnipresente de la inminencia de la visita de la Parca, y elaboró, al igual que este último, su propia transfiguración. Inclusive refería extraños pensamientos en torno a aquella curiosa visita y al encargo del desconocido. Cada vez que alguien se atrevía a contrariarle, permanecía silencioso pero escéptico.


Cuando treinta años más tarde Georg Nissen publicó su Biografíe W. A: Mozart nach Originalbriefen, siguió la versión de Niemetschek, lo que debiera haber hecho reflexionar a los biógrafos posteriores, quienes tampoco parecieron reparar en los anacronismos de la narración de Rochlitz quien fija el encargo hacia mediados de julio cuando Constanze llevaba más de un mes fuera de Viena, en el balneario de Badem, y Mozart estaba terminando de componer La flauta mágica y tuvo que interrumpir esta tarea para atender el encargo imperial y componer La clemenza di Tito. Así pues, Mozart tuvo que aplazar el encargo del Requiem hasta su regreso de Praga.

Tanto Nissen como Niemetschek relatan que en los últimos días de octubre, durante un paseo al Prater, Mozart comentó a Constanze su sospecha de que estaba siendo envenenado y que sentía que estaba componiendo el Requiem para sí mismo. De acuerdo con el médico, Constanze ocultó la obra a la espera de que su marido calmase sus lúgubres obsesiones.

La causa más probable de la muerte de Mozart es una insuficiencia renal por nefritis post-estreptocócica. Como consecuencia de su enfermedad, Mozart desarrolló en sus últimos meses de vida una encefalopatía urémica y una anemia, suficientes para justificar la sensación subjetiva de envenenamiento y la patología afectiva bipolar a las que se refiere Constanze. La causa inmediata de su muerte fue probablemente una bronconeumonía y una hemorragia cerebral a juzgar por las descripciones de su evolución en los últimos quince días de vida.

La mayor parte de los avatares del Requiem en los meses siguientes a la muerte de Mozart, son debidos al estado de necesidad de Constanze quien procuró por todos los medios posibles la conclusión del Requiem para percibir el segundo plazo de los sesenta ducados prometidos por el comitente, una retribución considerable para una obra de esas características.

La verdadera y detallada historia del Requiem
de W. A. Mozart desde sus comienzos en el año 1791
hasta el presente año de 1839
Tal es el título de un informe de Anton Herzog que fue localizado y publicado por Otto E. Deutsch, el autor del catálogo de Schubert, en 1964. El informe de Herzog, listo para su publicación fue prohibido por la censura imperial el 8-II-1839 y acabó en los archivos municipales de Wiener Neustadt, una población a medio centenar de kilómetros al sur de Viena.

Herzog había sido músico al servicio del conde von Walsegg, un extravagante noble que vivía recluido en su castillo de Stuppach dedicado a la práctica de la música y del teatro. Walsegg acostumbraba a encargar anónimamente obras a conocidos compositores, las cuales hacía copiar primorosamente de su puño y letra para hacerlas pasar como propias ante sus invitados.

El 14-II-1791 el conde von Walsegg vio como la muerte le arrebataba a su amada esposa en la flor de su vida. Tuvo la feliz idea de erigirle un doble monumento conmemorativo por lo cual dispuso, a través de su representante financiero, el señor doctor Johann Sortschan, letrado de los tribunales y de la corte, que uno de los mejores escultores de Viena le erigiera un mausoleo y que Mozart compusiera un Requiem del cual el señor conde se reservaría la propiedad absoluta, según su costumbre.


El mausoleo se construyó poco después pero el Requiem quedó inconcluso en la mesa de trabajo de Mozart. El informe de Herzog describe meticulosamente el autógrafo de Mozart, detallando las partes en blanco. Puesto que todas las partes coincidían en la conveniencia de concluir la obra, esta tarea fue encomendada a Franz Xaver Süssmayer, alumno y fiel amigo de Mozart que conocía a fondo los materiales del Requiem pues lo había analizado, cantado y tocado con su maestro tal y como el propio Süssmayer comunicó a los editores lipsenses Breitkopf & Härtel en su correspondencia previa a la publicación del Requiem. El conde recibió el autógrafo mozartiano del primer y segundo número y el resto de los números en autógrafo de Süssmayer del que previamente se hicieron dos copias, una para Breitkopf & Härtel y otra para preparar el estreno vienés a beneficio de Constanze, quien conservó el resto de los autógrafos mozartianos del Requiem.

Herzog muestra su convencimiento de que Constanze y sus amigos desconocían el trato entre Mozart y el abogado respecto al derecho de propiedad del conde von Walsegg sobre el Requiem. Uno de sus argumentos es que el conde, que pensó demandar a Constanze por haber publicado su Requiem, renunció a ejercer su derecho al ser informado de las circunstancias personales de la viuda.

Walsegg copió de nuevo la partitura del Requiem, contrató los músicos necesarios para el refuerzo de su capilla musical y dirigió personalmente el concierto en la iglesia de Wiener Neustadt el 14-XII-1793, celebrándose un nuevo concierto el 14-II-1794, día del segundo aniversario de la muerte de su esposa.

Walsegg no volvió a hacer interpretar el Requiem en su forma original, pero sí lo hizo en un arreglo para quinteto de cuerdas que él mismo realizó. Tras su fallecimiento (11-XI-1827) su colección de música fue vendida y sufrió diversos avatares en la región. En 1838 fue identificada la partitura del Requiem y vendida a la Biblioteca Imperial de Viena, donde se conserva. Este fue el momento en el cual Herzog redactó su informe para la imprenta. En 1981 se localizó parte de la colección musical de Walsegg en la que figuran copias manuscritas de composiciones de diversos autores contemporáneos en las que figura como autor el conde von Walsegg.

Precedentes y consecuentes del Requiem de Mozart

Uno de los muchos mitos sobre el Requiem de Mozart es el de su originalidad absoluta, casi sobrehumana. Mito que lo convirtió en un arquetipo desde poco después de su muerte hasta nuestros días. Las investigaciones sobre la música revolucionaria francesa dieron a conocer hace una docena de años la Missa pro Defunctis (1760) de François-Joseph Gossec (1734-1829), una obra que gozó de un inmenso prestigio en su época y continuó interpretándose hasta 1814. Las semejanzas entre la Misa en do menor y el Requiem de Mozart y la Missa pro Defunctis de Gossec son palpables y no dejan resquicios a la duda y sólo aparecen en los números que compuso Mozart, no en los de Süssmayer.

Nada tiene ello de sorprendente, Mozart había conocido a Gossec en París en 1763 y volvió a frecuentarlo en su segunda estancia en París en 1766, como nos revelan las cartas a su padre en las que afirma que Gossec es muy buen amigo suyo. Veinte años después, en una carta a su padre (12-IV-1783), Mozart comentaba su admiración por Gossec, concretamente por haber conservado la mejor tradición de la música religiosa. Por otra parte, la biblioteca del barón von Swieten, que Mozart frecuentaba, poseía un ejemplar de la edición de 1774 de la partitura de la Missa pro Defunctis de Gossec, lo cual dio a Mozart ocasión de estudiar una obra que probablemente recordaba de sus años infantiles.

La edición del Requiem de Mozart convirtió a esta obra en el ideal de la música religiosa del romanticismo al grado de ejercer de plantilla sobre la que trabajaron los compositores de las generaciones posteriores sus propias misas de réquiem, a menudo con evidente contenido político como en el caso de dos espléndidas composiciones ibéricas: la Messe de requiem consacrée à Camões (París, 1819) del portugués João Domingos Bomtempo (1775-1842) y el Requiem (1816) del brasileño José Mauricio Nunes García (1767-1830), ambos promotores del estreno del Requiem de Mozart en Lisboa y Río de Janeiro. Menos conocidas son las circunstancias de las interpretaciones españolas del Requiem de Mozart en España, también vinculadas a la causa liberal al igual que diversas composiciones del mismo tipo.

Por su parte Venanzio Rauzzini (1746-1810), compuso un bello Requiem (Londres, 1801) en memoria de un adolescente que en 1773, tras el estreno de Lucio Silla, había quedado prendado de su inteligencia y de su maravillosa voz y había escrito para Rauzzini el Exultate jubilate K. 165.

Ahora la escucharás de otra manera.
He de decir que a título personal,me quedo con confutatis.
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nostromos

nostromos

01.08.2007 00:04

Siendo sincero mi mano ha oscilado, entre un absoluto fuera de tema, porque no cuentas mucho sobre la compsocion, pero el trabajo que haces solo se merece un excepcional, ciertamente una opinion, que profundiza, y da a conocer, esta obra y sus porques, saludos.

JULIETA24

JULIETA24

17.07.2003 14:56

Magnífica opinión!!!! un besazo enorme de una componente del Coro de La Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, q ha interpretado ésta obra de coro como contralto! Aída ;D

SurferGirl

SurferGirl

27.05.2003 12:02

es una buena pieza

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