ESTACIÓN EN CURVA

5  09.02.2003

Ventajas:
QUE USTEDES LO LEAN

Desventajas:
QUE SEA CIERTO

Recomendable: Sí 

zyntia

Sobre mí: I used to be indecisive, now I'm not sure . . .

usuario desde:02.02.2003

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Sol, Callao, Colón, Aluche, Bilbao… Todo paradas de metro, todo cambios de vagón para no aburrir demasiado a la clientela. Mateo engaña a la guitarra con nuevas melodías, de idénticas notas a la canción anterior, mientras Lucero ahoga con su voz los gritos de las ruedas contra las vías. Cien canciones de amor abandonan cada día su garganta, cada vez más intensas, más creíbles, menos tristes.

Habían llegado a Madrid en avión, clase económica, con cinco escalas para abaratar el precio, las salidas de emergencia a su espalda, gracias. Primer destino: la glorieta de Atocha. Venían con referencias firmadas, copias selladas de sus títulos, experiencia laboral…y una dirección incierta: Atocha. Y allí, cien más como ellos. Esperan el comienzo del día frente a la roja estación, atentos a las furgonetas que, cada vez menos, paran en busca de mano de obra barata. Los capataces quieren hombres jóvenes, sanos y que no hablen español. Mateo tiene cuarenta y tantos, es asmático e hispano parlante.

Lucero busca, suplica, reza. Mil veces le ofrecen trabajo y buena paga, y mil veces ella no quiere ser puta. Les hablan del metro, de la bondad de los guardas, de las generosas limosnas de los madrileños, y todo se torna más cálido. Comienzan un miércoles por la tarde, él guitarra en mano, ella a voz en grito. Pero antes han tenido que superar la vergüenza, tanto propia como ajena, que les produce cantar por los vagones.

Hasta esa tarde de miércoles, Lucero ha cantado siempre desnuda, cubierta de sudor y de Mateo, después de hacer el amor cada mañana. De novios, él la oía susurrar tras la pasión, quedo, con cuidado de no molestar la magia del después. Con el paso de los años, ella fue alzando la voz, cantando más alto, regalándole melodías como premios tras la unión. Esa unión llegó a ser completa, tenaz y constante. Trabajaban juntos, dormían juntos y juntos soñaban con días más claros, más al norte. Y siempre de fondo, la cadencia del sur en las coplas de Lucero, la eterna danza, el ritmo furioso de sus notas perennes. Todo en privado, con las primeras luces del día, en la intimidad más porfiada, desnuda hasta de sí misma. Y ahora tendría que desvestirse en público, en cada vagón y ante todos los ojos. Así cada tarde, sin tregua.

Lucero entra despacito al vagón, sin abrir los ojos, agarrada al cinturón de Mateo. Con las primeras notas se despoja de la vergüenza, de su cara y de su intimidad, para quedar del todo desnuda al término del segundo acorde. Pasan veloces las estaciones, como los corridos, las cumbias y los ballenatos que arañan su garganta. No siente el frío ni la indiferencia de las miradas, no nota el livianísimo peso de las limosnas en su mano extendida, tan sólo sospecha la vigilancia permanente de su marido. “Mi lucerito del alba, quién te supiera guardar…” “Busqué la más bella flor para poder regalar, y te encontré entre las olas, mi dulce flor de la mar…” El día se agota, y la esperanza de un cambio a mejor se desvanece como lo ha hecho la prometida benevolencia de los guardas.

Los lunes son, si cabe, aún más lúgubres. Son los días de lleno completo en el metro, de colgar el cartel de “no hay entradas”, cuando el matrimonio se separa para abarcar todos los vagones y recaudar más del ansiado dinero. Sólo los lunes podían los viajeros disfrutar o padecer con la voz del Mateo más enamorado. Veintidós años de matrimonio no logran aún mermar la pasión ni el asombro de las primeras noches junto a Lucero. La voz áspera del todavía novio anega toda la línea 6 de metro de Madrid. Una línea circular, como su devoción por la esposa perdida los lunes. Empezaba en la cama, con la aurora, y se liquidaba de nuevo en la cama, al desplomarse la noche. Oporto, Carpetana, Laguna… la próxima estación: Lucero. Les había sorprendido desde el mapa la sencilla estación de nombre tan familiar, y desde entonces la tomaron como punto de encuentro los lunes en que permanecían separados, que eran todos los del mes.

Las calles mostraban orgullosas sus farolas encendidas, y Lucero hacía casi dos horas que había dejado de existir. Pacífico la había sorprendido con una rasgadura de la voz, un leve carraspeo y algo de fiebre. Hacía semanas que su salud se resentía, pero no quiso preocupar a Mateo, que hubiera enfermado por acompañarla en sus dolores matinales. Ya en Legazpi el alegre son cubano se antojaba fúnebre, y Lucero supo que no llegaría más allá de Oporto. La bajaron dos hombres jóvenes de hombros seguros, en los que Lucero se dejó acunar el corto trayecto hasta el hospital.

El poliéster negro de los sillones prestaba a la sala de espera una elegancia ficticia que ella reconoció como propia. Se afincó en el único asiento huérfano de pacientes y se tornó elegante, exquisita. No estaba dispuesta a abandonar ni por un momento aquella delicada presencia que Mateo idolatra como a los mil dioses de sus padres. Lucero se mantuvo arraigada al falso cuero, la rigidez de la muerte engañada por la esbelta y grácil postura de su víctima. Fueron a buscarla, esa tarde, dos ayudantes del Instituto Anatómico Forense. Los dos llegarían a casa esa noche asombrados por la prestancia serena de aquella muerta inviolable, y sus mujeres escucharían celosas la increíble historia de un cadáver con luz propia.

Mateo aguardaba intranquilo en la estación de metro de Lucero a su Lucero particular, seguro de que aparecería con la boca llena de alguna historia fantástica de las que sólo le ocurren a ella. La gente se hechiza con su mujer, ríen, le regalan fruta, pan y hasta entradas de cine. Hoy vendrá con las manos llenas de limones, la cara encendida, el cabello enredado de un lunes sin él. Pero el tiempo pasa, y Lucero no trae limones ni bollos, ni nada. El guarda de seguridad, con su mirada de recelo, contesta seco que no se ha registrado ningún incidente en la línea 6, que hoy ha gozado de una jornada tranquila y sin interrupciones. Mateo se desespera, tose, llora débilmente. La taquillera se apiada de ese hombre pequeño con ataque de asma y hace una llamada.

El Clínico Zurbarán es un edificio soberbio, de pasillos eternamente blancos, pasillos que abruman a un Mateo sólo entre sus paredes, perdido sin la mano de Lucero. El médico de guardia le informa, monótono. Su mujer está ahora con el forense, que determinará la causa del fallecimiento. Que creen que fue neumonía, que si la había notado mal, débil. Mateo niega suavemente, él solo la había notado sublime. Le dan la dirección del Instituto Forense y le advierten que acuda a partir de las nueve de mañana, que ahora vuelva a casa y procure no quedarse sólo. ¡Sólo! . . . Lucero sí que debe sentirse sola, piensa Mateo.

En la puerta trasera del Anatómico Forense algunos funcionarios comienzan el primer cigarrillo del turno de noche. Daniel termina el último de su ronda. Se ha demorado narrando la historia del día, las últimas horas de Lucero, que él llama “la Dama”; así, con mayúsculas. Pero Daniel ignora que entre su audiencia se encuentra el verdadero final de su relato, uno aún más trágico que el que él ha presenciado. Mateo escucha paralizado los detalles del entierro y se imagina a su mujer en un ataúd idéntico a los demás, en un coche fúnebre tan negro como el resto, encerrado en un nicho sencillo, como todos. Algo que Lucero no había sido nunca en vida: común. Mateo no ha podido esperar a mañana, igual que ahora no quiere sufrir los trámites burocráticos del absurdo papeleo.

Hoy es lunes, y Mateo comienza su manida ronda por los cementerios de Madrid. Comienza por el de los Desamparados; después, siempre en el sentido de las agujas del reloj, San Fernando, cerca de Vallecas. No puede respirar del miedo a que ella se sienta sola en su sueño eterno, por eso recorre todos los camposantos, guitarra en mano, repitiendo las mismas canciones que inventara junto a Lucero. Busca las tumbas desiertas de nombre, adornadas sólo por fechas en el cemento fresco, y comienza su acto.

“Mi lucerito del alba, quién te supiera guardar…”


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Comentarios sobre esta opinión
Marcio3

Marcio3

11.03.2004 08:16

Muy bueno, de verdad muy bueno.Ciao.Gracias.

ComeAlmas

ComeAlmas

09.07.2003 15:04

Sinceramente, estoy impresionado, yo vivo a 100 metros del metro Lucero, y siempre miro las inscripciones en las paredes que hablan de lucero, y mi mente siempre penso en buscar la historia el saber del porque de aquellas inscripciones. Y tu sin saber porque me la has ofrecido, muchas gracias, no imagine que fuese una historia tan triste, que ademas se repite muy amenudo en nuestros actuales madriles. Muy bien redactado, muy produndo y sentido, denota sentimientos en ti. SAludos sigue asi....

docache

docache

20.06.2003 12:55

Muy, muy bonito (y triste)...

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