EL OTRO SAN VALENTIN

1  14.02.2003 (17.02.2003)

Ventajas:
Nadie sería capaz de encontrar ninguna

Desventajas:
Todas las del mundo

Recomendable: No 

karenma

Sobre mí:

usuario desde:30.10.2002

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Querido diario:

Quisiera saber en que me equivoqué... donde estuvo el error, por qué el destino y el orgullo se conjuraron para devolverme ahora los demonios de mi propio egoísmo, hacerme tragar el hielo de las palabras que nunca pronuncié, el perdóname que jamás pensé, y la carne en sal viva que siempre mostré como coraza al dolor que quizá no hubiera llegado, y que florecía entre sus manos cada vez que me tocaba, como la única oportunidad para seguir viviendo... en la penumbra que me rodea ahora.

Me pregunto si se acuerda de mí. Ahora que veo claramente que lo he perdido todo, que lo he perdido para siempre, me pregunto si algún día piensa en mí, o si lo hizo algún día desde la última vez...

Si cree que fui yo la culpable, si se acuerda que éramos como niños nadando en las aguas amnióticas de un desafío constante, donde la única tregua al amor, a la recalcitrante lucha de nuestra hambre y nuestro orgullo, era esa vocación apasionada y ardiente. La pasión que se nos anudaba en las entrañas para trasladarnos a otro ámbitos, donde no éramos ni él ni yo, sino dos sombras enlazadas al abismo, que nos separó para siempre por mi culpa.

Me pregunto como fui tan ingenua; como pude llegar a pensar entonces que cualquier herida que me dejara, cicatrizaría en la misma independencia y la misma frialdad que siempre me reprochó. Como aquella tarde en que te encontré ebrio, pavorosamente consciente, gritándome que no sabías por qué, pero que te importaba como nunca nadie antes, pero que estabas harto, que dejarías al margen los sentimientos. Como yo, decías, porque yo tenía mi coraza, mi mundo, porque yo ponía la línea y no permitía que nadie se acercara, porque yo era hielo puro, y ni siquiera él podía soportar tanto desdén...

Cuántas veces me lo reprochó contendiendo el jadeo de un animal que se carbonizaba a fuego lento junto al mío... Me pregunto por qué me busqué excusas para no quererlo, por qué las costras del corazón se me abrían en sangre con cada tentativa de entregarme, y reptaban como un hálito de bestia en mitad de la noche...

Entre el orgullo innato de ambos, y los tantos interceptores, todo se echó a perder... maldito malentendido, maldita mentira que creyó entonces y que no pude explicarle, y que seguirá creyendo, si es que no me ha enterrado bajo la tierra del odio y el rencor, y lo peor, el olvido... pero prefiero que siga odiándome en silencio, pudriéndome con el resto de montones de basura que lleve dentro, antes que no que me haya condenado al olvido...

¿Te acuerdas xxxxxxxxxxxxx? ¿Te acuerdas de cómo nos conocimos? En aquel Sant Jordi... Yo sí, perfectamente, “me miraste con una cara como diciendo... vaya gilip...”, dijiste cuando ya estábamos juntos... y no te faltaba razón, y no porque realmente lo pensara, sino por esa mala costumbre mía de ojear a todo el mundo con desprecio, sobre todo a los hombres y sus gracias estúpidas, como si con toda esa soberbia descomunal disfrazara mi miedo...

Es tan nítida la imagen, aquel torneo, jugando con amigos comunes, y xxxxxxxx y yo anotábamos resultados y llamábamos a los equipos... y pregunté donde estaba el grupo de los pecos. Y escuché alguna sandez de las tuyas... me giré, y ahí estabas, como un relámpago en la penumbra, tan hermoso que no merecías ser de este mundo, apareciendo entre los hombres para deslumbrarlos a todos con tu sobrenaturalidad.

O estabas loco –pensé– o simplemente me tomabas por una palurda descerebrada, todavía atónita por tu atractivo irreprimible, que ignoré sin intuir tras el encuentro el desastroso zarpazo del destino...

Recuerdo cuando te encontramos saqueando la tienda de golosinas de Ramblas dos semanas después, y me acompañaste a clase sin conocer mi nombre, robándome los deberes y los libros, y cuando al día siguiente xxxxxxxxxxxxxx me dijo lo que jamás hubiera imaginado, y cuando tres semanas después, bajo los turbios fucilazos de neón de nuestra discoteca de siempre, me sacaste de la mano...

Todavía me arden los labios, como entonces, y siguen las pulsaciones en el vientre, como cuando me cruzaste a brazo pelado por aquella carretera congestionada, sorteando las bocinas histéricas de los coches, y el estupor de los conductores...

Ahí empezó el paraíso, pero también la vorágine... aquella lucha de odio urdida de acero indestructible... éramos demasiado altivos, el uno acostumbrado a arrollar, y el otro a no ceder... La senda era estrecha, inevitable el choque, aquella maldita lucha entre tú y yo, esa pelea espoleada por nuestro orgullo, a cual peor, a cual más arrogante y envanecido, encostrado por las heridas pasadas que ni tú ni yo deseábamos volver a vivir, demasiado como para reconocer que nos quisimos –al menos un poco-, cuando tanto alardeábamos de displicencia...

Sería la excusa para olvidarte... pensar que nunca hubiera funcionado, pero no puedo.. todo ese pasado me borboritea en los riñones y en el hígado; en las costillas y en los huesos llenos de las voces de entonces... No puedo arrancármelo de esta memoria maldita, tan fidedigna como traidora, donde se acumulan los recuerdos como un enjambre de zánganos... ¿los recuerdas tú?

¿Recuerdas los paseos por Ramblas? ¿Los enfados de horas? ¿Los silencios descarnados y el rugido de la rabia que nos destripaba antes que caer de humillación ante el otro? ¿Recuerdas las noches perdidas, las cenas de los viernes y el aire rancio de las tres de la tarde? ¿Recuerdas aquel tren desierto que regresaba de Ocata?

Cuando parecíamos dos fantasmas aparecidos como por arte de magia en el vacío de nuestro magnetismo, con aquella mirada que nos partió las entrañas y nos detonó la sangre con el arco de un violín. Aquel arrebato de deseo volcánico, cuando nos enzarzamos en una batalla virulenta, voraz, que nos amordazó la boca... y me desleyó la piel hasta dejarme en los huesos, y tiritando de ansiedad al otro lado de la orilla, que conducía a la muerte en tus brazos...

¿Recuerdas el sopor de los domingos en los Hangares? ¿Las reuniones domésticas, los bares y los celos estomacales, y las callejuelas plagadas de una Barcelona que murió en aquellos años, y nunca volverá a ser tan inmemorial como entonces?

Yo sí, recuerdo eso y mucho más.... no ha habido escozor más inhumano en mi vida que el de aquellos días, cuando la avidez era la religión que guiaba mis pasos, y nos andábamos el día jugando al ratón y al gato, rodeados por toda la gente que pensaba por nosotros; incapaces de vencer tanta atracción... famélicos en nuestro orgullo blindado de desplantes y discusiones provocadas...

Cómo olvidar ese dolor que me corroe las entrañas y no me deja más que pensar en el tormento de ese cuerpo color arcilla y como fraguado en la forja de todos los prodigios de la naturaleza, materializados sobre tu osamenta de hierro... Ese hombre prodigioso cómo no ha nacido otro en la tierra; aturdida de pensar que sigues odiándome, pensando que te traicioné cuando no fue cierto, aunque lo pareciera....

Ojalá pudiera explicártelo todo, hablar todo lo que callé, todo lo que el orgullo me embozó en la garganta, entre lágrimas de rabia de pensar que otra vez, como siempre en mi vida, me vencía el orgullo... ese maldito orgullo que nos ha destrozado la vida, y nos va acomodando el regazo que nos espera en la muerte...

Recuerdo tantas cosas... como aquella tarde bajo la luz polvorienta y el aire muerto de agosto, esperándote en el cuarto, saliste con tu toalla ínfima, brillante como un pellejo de foca, constelado por la humedad y tostado por las intemperies de los siete mares de la tierra, mientras, tendida, andaba perdida en la irrealidad de aquel lapso anacrónico; traqueteada por el temblor de tu presencia, que era como una hecatombe concentrada en mi centro de gravedad, contraído como un diafragma empalfado de hielo...

Tu cuerpo era la cosa más bella que había visto nunca, donde cada resorte de musculatura, cada gozne del armazón, y cada prominencia de la carnadura divina, se regía por leyes tan precisas, por una matemática tan incontestable, que escapaba incluso a los parámetros de la igualdad y a la lógica de los hombres...

Recuerdo tu piel fosfórica como luz bajo el dintel en penumbra; el pecho ralo y el vientre arqueado, el petróleo cuajado de tus ojos, el resuello de animal pendiente de los labios entornados, los pasos firmes que retumbaban como un cataclismo y el viento ciclónico de tu aliento... tus dedos trepándome... recuerdo el pulso de tu relente, la escarpa de tu virilidad hundiéndose en mi ropa... con el pánico de entonces a lo que nunca se consumó...

Pero ¿para qué lamentarse?... ya está todo perdido, diluido en esa bocanada de olvido que lo deshace todo como el sedimento pesado de un mal sueño al amanecer.... Me acompaña tu recuerdo imborrable, siempre alumbrado por la fosforescencia de los relámpagos de la memoria, y daría mi alma al diablo por olvidar, siquiera un segundo, toda la pus muerta, y la carne putrefacta que se me acumula en el alma como escoria, haciéndome más pesado cada día el simple instinto humano de respirar...

Unico vínculo con aquel pasado perdido, que sigue sobrevolando el presente como un espectro de medianoche... Ojalá pudiera vencer al destino, coger el teléfono y llamarte, pero no... no puedo, no tengo derecho a interrumpir esa felicidad tuya... con aquella que tanto se interpuso entonces.

Puede que sea mejor así, y que ella nunca te trate con la indiferencia con la que lo hice yo. Has vuelto a amar... ya ves que yo no, me he cerrado, y las costuras de sutura que me dejaste, encierran un amor y una pasión tenaz, como una solitaria hambrienta que pulula por la bazofia intestinal de cenizas que solo tú podrías resucitar....

Ojalá pudiera alcanzar la cima prohibida de tu mano, que se agarrota sobre el animal que jadeaba moribundo y latía de desesperación mientras se me acalambraban los intestinos perturbada por tu índole de purasangre, y el halo que sigue calcinándome, haciéndome pavesas en mi propio fuego... Porque eres como una alucinación transitoria que aparece en la vulgaridad del mundo para volatilizarse en las tinieblas de la sed más desértica, para alumbrar el universo por instantes y hundirlo en sombras al siguiente, exhalando ese aroma de lo más fútil y lo más salaz, e impregnándome con él para siempre,

Me pregunto por qué sigo queriéndote, por qué me martiriza la idea de que lo he perdido todo, y por qué no me atrevo ni a llamarte. Quizá sea porque sigue dándome vergüenza después de tantos años, y porque sigo erizándome cada vez que siento la yema invisible de tus dedos, y el aliento inventado de tus entrañas empañándome la resistencia.

Tu olor a sudor y a tierra, tu tacto prodigioso que no podía ser mortal, y aquella belleza que embrujaba a las incautas que se atrevían a mirarte, y que se morían chapaleando en el charco de la miseria humana que las invadía de saber que no podías ser suyo. Porque eras mío, y solo mío, y fuiste mío, y mil veces mío, aunque ya no te tenga, y de las manos solo caiga el polvo árido de la soledad y el vacío, ese hondo Apocalipsis universal que se cierne sobre mí, y me desgarra con sus zarpazos, y me tritura los huesos, exprimiendo el jugo de la infidelidad.... que jamás existió.

Recuerdo el día siniestro de la desgracia, cuando me llamaste diciendo que te ibas, y que “No puedo decirte por qué”, recuerdo la rabia y el dolor, la sensación de menoscabo y vacío... una ira desahogada en conversaciones que se prolongaron hasta la madrugada sin saber que te habías arrepentido, que fuiste a buscarme, y sin saber que quienes pululaban por nuestro yugo inventaron farsas que ni yo desmentí, ni tu te preocupaste por averiguar...

Recuerdo la última vez que te vi, reclinado contra el muro de las lamentaciones de nuestra cantina de los viernes, con los ojos agriados por un desprecio impenetrable, tenso e inmóvil, y purificado por el odio... Jamás nadie ha vuelto a mirarme con tanto odio como tú aquella tarde... los ojos sombríos como el alma de un demonio. Tan tristes como los de un amor fracturado por la traición... sé que pensabas que te había fallado, y sé que sabías que yo lo sabía... Fue una lucha sin palabras, una telepatía imperceptible para el resto del mundo, al margen de tantos reproches y tanto dolor... su retraimiento me atizó la carne, y aún ahí siento los latigazos calientes de las llagas, y la sangre acartonada como una segunda piel.

Probablemente jamás te lleguen todas las cartas que he escrito .... no tengo corazón para enviarlas. Qué decirte después de tanto tiempo, de tantos años y tantos rencores... quizá seas padre de familia, o vivas en las antípodas de este mundo siniestro... yo sigo igual, como siempre, sólo que más abatida, y más destrozada... ¿Qué quieres que te diga? ¿que estoy a punto de tocar fondo? ¿Que me siento basura? ¿que no dejo de pensar en ti cada vez con más asfixia? ¿Que no hallo un segundo de sosiego repasando la memoria, y que te busco desesperada entre la muchedumbre de las calles?...

¿Cómo podría explicártelo? ¿que me adentro en las cavernas del horror y la esquizofrenia, ese ámbito oscuro del alma atestado de traumas y malos pensamientos, esa lacra maldita pero imprescindible porque está llena de ti, y es lo único que me ayuda a sobrevivir? ¿que suplico sólo una noche, como no la tuvimos todo el tiempo, con tu respeto absoluto que siempre preservó mi integridad y mis excusas con una paciencia de mártir... ?

No puedo evitarlo.. no dejo de visualizarte en el enrejado de la memoria, nítido y espléndido, sin más entorpecimientos que la nostalgia y la ansiedad, que no me deja vivir por la absurda (o acaso acertada) idea de que es mejor así, sin averiguarlo, sin llegar a saber nunca si realmente estuvimos hechos el uno para el otro, a pesar de la intimidad... de aquella atracción irreprimible que nos unía, para reencontrarnos en un punto sin retorno de la pasión más mortífera. Ahora que ha llovido tanto, que tanto se me ha macerado la memoria en la sal del tormento, sé que hubiéramos transgredido barreras y esclarecido los senderos vedados del canibalismo...

Me pregunto donde andas, porque el peso de esta incertidumbre me está matando... si supieras cuántas veces imagino el reencuentro... Te echo tanto de menos, tanto, que vivo transitando por la inconsciencia de mi cabeza, entre las sombras de mis fantasmas, por el desafuero de este disparate dilatado en el tormento, vadeando la soledad sin resquicios...

Sin ti no soy más que bazofia, escoria, podredumbre, guano, abono, humus, basura purulenta y yerma, donde la pus entreteje la contrariedad atrabancada en la indecisión de llamarte... pero soy demasiado cobarde incluso para buscar el remedio de mi destino. Como dice García Márquez, “todavía hoy me despierto perturbada en mitad de la noche por la conmoción; y sé que podría reconocerlo en la oscuridad por el tacto de cada pulgada de tu piel, y tu olor de animal....”

No hay verdad mayor. Que te amo con tanta angustia, que es el placer más solitario y doloroso de mi vida, hasta el punto de que el dolor de ese placer se ha convertido en el único instinto que me hace humana; que te amo con devoción y persistencia; con ansia y con terror; con desesperación; con una ternura tan espantosa, que podría ser la locura de cualquier frenético convencional; o la placidez de cualquier madre amamantando a su niño lloroso....

Te amo con tanta urgencia que se me quiebra la piel; y con tanto deseo que no hay región de mi cuerpo que no viva en perpetuo estado de ebullición... Te amo tanto que le vendería mi alma al diablo por verte y por besarte, aunque fuera la última vez; y te amo tanto que no quiero salir de este infierno íntimo e insoportable que es mi amor.

Te amo tanto que se me cortan los labios de pensar tu nombre, y se me secan las fauces de tanto decir que te amo, te amo y mil veces te amo, como no amé nunca antes y como no volveré a hacerlo; porque me tienes presa en este delirio torcido y silencioso, condenada a morir conmigo, reverdecida por la eternidad que viene tras la muerte y para seguir amándote allí hasta que me alcance la vida, o me llegue la muerte, hasta que dure el mundo, y hasta que se hunda el reino de ultratumba revuelto con todos sus muertos transidos de tanto oírme decir que te amo...que te amo con una locura y una rabia infrahumanos, atroz, fiero como sangre viva.... con un deseo mortal que podría vaciar los océanos y arrasar la tierra fértil de todos los continentes... con un dolor cafre y demoledor que crepita por todas partes, mientras te quiero dormida y despierta, callada y sin callar; ahora y después y por siempre jamás.

Me voy.... vienen a buscarme, es la hora de mi medicina, querido diario... la hora de volver a mi camisa de fuerza, a mi lecho de correas... a mi dulce cueva de rejas.
Buenas Noches


P.D. Todos los personajes de esta historia y situaciones de este relato son un producto de ficción. Cualquier semejanza con la realidad, es pura coincidencia. (por suerte)

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Comentarios sobre esta opinión
morexosa

morexosa

08.05.2004 22:44

Será ficción, pero creo que cualquiera que escriba algo de tanta pasión ha tenido que sentirla alguna vez (bien odio, bien amor, o las dos cosas al tiempo, lo más normal).

Marcio3

Marcio3

11.03.2004 08:01

Bonito, muy bonito.Ciao.Gracias.

jorgemvd

jorgemvd

20.02.2004 13:18

Raro, extraño, anormal, chocante, sorprendente, excelente.

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