Experiencias de un costalero

5  17.08.2001

Ventajas:
Es una experiencia que toda persona deberia realizar

Desventajas:
Acabas con los hombros destrozados

Recomendable: Sí 

avello

Sobre mí:

usuario desde:29.06.2001

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Confianza conseguida:75

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Soy el diputado de costaleros de la Cofradia del Santo Entierro y Nuestra Señora de los Dolores de Oviedo y a traves de mis palabras voy a intentar transmitiros los sentimiento que tiene un costalero de Nuestra Señora de los Dolores durante la procesión del Santo Entierro.
Es Viernes Santo. Los costaleros somos de los primeros en llegar a la Iglesia, aproximadamente dos horas antes del comienzo de la procesión. Se nos nota inquietos, nerviosos, mirando al cielo temerosos de que la lluvia asome. No podemos evitar quedar prendados una vez más de la belleza y el dolor que transmite la imagen que poco tiempo después llevaremos so-bre nuestros hombros. ¡Qué guapa está hoy!.
Comienzan a llegar poco a poco el resto de hermanos y nuestros nervios siguen en aumen-to. Ya queda menos, nos reunimos todos en la sacristía y repasamos todas las órdenes que el capataz nos dará a lo largo de nuestro caminar.
La procesión está apunto de comenzar. Formamos un círculo entre todos en el altar y nos encomendamos a Nuestra Señora rezando juntos un Ave María. Atrás quedan muchas horas de ensayos, muchos kilómetros recorridos a lo largo del pasillo central de la Iglesia.
La Imagen asoma por la puerta del templo después de una difícil maniobra; escasos cen-tímetros separan el paso del marco de la puerta. Rápidamente abandonamos la Plaza de la Constitución y encaramos la calle Magdalena. Al paso de la Virgen observamos con un nudo en el corazón a los primeros fieles arrodillados, orando e incluso algunos sin poder evitar las lágrimas. ¿Qué mayor recompensa que ésta?. A lo largo de la procesión oiremos aplausos que agradecen nuestro esfuerzo, pero desde luego nada podrá superar la emoción que sentimos ante estos rostros.
La estación de penitencia continúa. Enfilamos la larga recta que conforman las calles Martínez Marina y Cabo Noval. El capataz nos pide los primeros esfuerzos y los fieles comienzan a acompañar a la procesión por ambas márgenes de ésta. En el cruce con Marqués de Santa Cruz el trono gira sobre si mismo. Este es un momento delicado, ya que el acusado resalto de la calle hace imposible el reparto proporcional de la carga.
En el prolongado descenso el peso se acusa más entre los hermanos que van en la parte de-lantera, hasta que por fin se llega a la plaza de la Escandalera.
Aquí comienza la parte realmente dura. La ligera pendiente de la calle San Francisco hace que los varales se claven en nuestros hombros. Una gran cantidad de fieles abarrota la calle, lo que nos anima a hacer un gran esfuerzo a lo largo de toda la subida, haciendo bailar el trono al ritmo del Mater Mea interpretado por la banda. El paso, más que apoyarse ahora en nuestros castigados hombros, parece flotar de un lado al otro. Vemos a muchos niños asombrados al paso de Nuestra Señora, quizás descubriendo momentos que recordarán toda su vida. Vemos a sus padres mostrándoles orgullosos una tradición que nunca debió perderse. Y lo más im-portante, vemos en los cientos de rostros anónimos la consciencia de que hoy no es un día cualquiera, no es un día de vacaciones, es el día en el que Jesús entregó su vida por nosotros. Nuestro esfuerzo, la visión de Nuestra Señora de los Dolores, les inculca el espíritu de la Semana Santa.
En una parada miro hacia atrás, y me encuentro con el rostro emocionado de nuestro párroco, Don José Luis. Nunca podremos expresarle todo nuestro agradecimiento, se convirtió en nuestro mejor estímulo, en ese amigo que siempre tiene palabras de apoyo cuando te desanimas. Esa mirada me dio nuevas fuerzas.
Ya estamos bajo el arco de entrada a la plaza de la Constitución. Estamos prácticamente agotados, pero sabemos que aún nos queda un último esfuerzo. Situamos el paso frente al Templo y sujetamos fuertemente los varales. Del silencio surge una voz ¡Al cielo con Ella! Y elevamos hacia el firmamento no sólo a Nuestra Señora, sino también nuestros espíritus y el de la gente que nos observa.
Ya todo ha terminado, por fin nos quitamos los capillos. Veo los rostros de mis compañe-ros bañados en sudor, pero felices, muy felices. Nos abrazamos e incluso tenemos tiempo de observar que algunas de las arquetas sobre las que descansa el trono en nuestras paradas no ha resistido el peso de éste, más de 300 kilos, y han roto.
Mañana se repetirá todo de nuevo, esta vez con los hombros ya doloridos de salida, esta vez ante mucha menos gente, pero esta vez ante gente que realmente siente la Estación de Penitencia de Nuestra Señora de la Soledad.


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Comentarios sobre esta opinión
jheras

jheras

21.08.2001 01:45

Saludos de un hermano de paso de una ciudad pequeña. Es verano y me recuerdas con todo detalle mis procesiones, yo cargo el miercoles y el jueves, y aunque aqui no aplauden, ya sabes los castellanos somos muy frios para esas cosas, si que te puedo decir que llevas razon en lo de la emocion que uno siente bajo el paso y ve al publico arrodillado y llorando. No sigo, me emociono al recordar. saludos.

cocolito

cocolito

21.08.2001 00:12

No quiero hacer un chiste fácil con algo tan loable, yo prefiero mirar, lo mío no es sujetar, que 57 kilos no dan para tanto, yo sigo la procesión de Jesús Cautivo desde San juan, chao.

jjjj

jjjj

20.08.2001 15:12

Y encima conocemos a la misma gente y esas cosillas, bueno estamos en la misma linea. salu2

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