Metavida, capítulo 9
DILEMA
Edgar se apresuró a regresar al poblado. En el camino se cruzó con varias personas a las que les había llegado la hora, caminando desnudos hacia el crematorio situado al otro lado de las montañas.
También podía comprender la desnudez de aquellas gentes. Las túnicas quedaban en el poblado, para las nuevas generaciones. Si hicieran el viaje vestidos, las túnicas quedarían esparcidas al pie del horno humano, y nadie que viviera sólo un día querría desperdiciar su tiempo en ir en busca de ropa.
Imaginó días de invierno, o intempestivas tormentas veraniegas, y a los antepasados de aquellos que ahora iban a morir haciendo, desnudos, el mismo recorrido hacia el crematorio, bajo la lluvia, el suelo convertido en un lodazal, por no dejar la isla llena de cadáveres en descomposición a su descendencia, y se le revolvieron las tripas.
Todos sabían dónde se iba a morir pero no era algo que se transmitiera de padres a hijos, porque los hijos no llegaban a conocer a sus padres, la mayoría de las veces. Sin embargo el poblado estaba conectado por aquella telepatía sin palabras de la que le había hablado Bender. Lo que uno conocía, lo conocían todos.
O puede que nacieran sabiendo lo que necesitaban saber, como la mayoría de los gatos. O los gremlins.
Fuera como fuere, compartían otros prodigios de la mente, y quizá con una vida normal, con tiempo suficiente para desarrollarse, podrían ser un futuro para el hombre. Capaces de doblegar la materia, aprendiendo a través del simple contacto… Podía encontrarse ante la evolución del ser humano. Una triste evolución, con un ciclo vital tan corto como el de algunos insectos.
Todo podía ser una mera suposición, por supuesto. Pero Edgar creía estar en lo cierto.
Alguien había acelerado el metabolismo de personas normales, puede que sin ser ése su propósito inicial, y ahora los sujetos del experimento estaban evolucionando. Y como el proceso de aceleración metabólica no era natural, la evolución tampoco podía serlo.
Pensando en todo esto llegó al poblado y preguntó por la matrona. Había dejado al niño con ella.
La matrona, debí haberlo imaginado, había partido ya hacia el cementerio de brasas humanas.
Había nuevas caras. Los muchachos que habían sujetado a la madre en el parto ya no eran tan jóvenes. La fuente se había dividido en tres, y tres madres estaban preparándose para dar a luz. El ciclo era frenético, todo estaba en marcha. Nacían, crecían, se emparejaban, tenían hijos, y envejecían en cuestión de horas. Había estimado que era un día de vida, pero quizá no llegaran al día.
Buscó a su hijo entre la gente, que lo miraba con algo parecido a un silencioso y resignado rencor.
Entonces oyó sus gritos. Y se le heló la sangre.
Sabía que era su hijo porque era el único, además de él mismo, que podía sentir dolor físico. Por lo demás, la voz que oyó era la de un niño de unos diez años.
Las palabras eran confusas pero lo que más se oía era el Dios Mío.
Los gritos procedían de la casa de Bender, allí donde había dejado su ropa al ponerse la túnica. La puerta había desaparecido y las ventanas eran demasiado pequeñas y estaban demasiado altas para servir de entrada. Dio varios golpes en la pared que resonaron como tambores tribales anunciando muertes.
En el interior, los gritos se sucedían. Eran puros alaridos de algo entre el terror y la desesperación.
Como si lo estuvieran desgarrando vivo.
Y luego llegó lo peor. El niño sintió la cercanía de su padre y empezó a suplicar que lo ayudara.
- Dueleeee. Haz algoooo... Dios mío…
Edgar sufrió una arcada cuando el niño empezó a suplicar que lo matase. Se inclinó para vomitar pero sólo salió un escupitajo de color morado.
En ese instante la pared se convirtió en la materia acuosa y dejó paso a un hombre joven, musculoso, rubio y con los ojos azules como el mar profundo.
Edgar intentó entrar apartando al desconocido, pero éste le cortó el paso.
Por la abertura llegaron los alaridos con mayor claridad, y ya no se sintió tan seguro de querer entrar.
El hombre lo alejó suavemente de la casa, y la pared volvió a hacerse sólida cuando estuvieron lejos de ella.
- Edgar, quiero hablar contigo antes de que lo veas.
Antes de escucharle hablar ya sabía que aquel hombre era Bender. Seguía transmitiéndole esa sensación de modorra y seguridad. Era su amigo, el aspirina con patas, y sintió un alivio inmediato, no sólo por la cercanía, sino por ver a alguien conocido. Eso fue antes de acordarse de que poco tiempo después también Bender pasaría a mejor vida.
- Mi... mi hijo. Agoniza.
- Sí.
- No puede soportar vuestros cambios.
Bender asintió con la cabeza sin apartar sus ojos de los de Edgar, intentando infundirle algo de paz. Luego dijo, con una voz desapasionada:
- Hay algo más. No está creciendo bien. Va más deprisa que nosotros. Y muchos de sus órganos han heredado más de ti que de su madre.
- ¿Qué significa eso?
- Significa… Mierda, Edgar. Su piel no es como la nuestra. No está preparada.
- Oh... Por el amor de Dios.
- Hay que acabar con su sufrimiento. Tenemos que pararlo.
- ¿Qué insinúas? ¿Hay alguna forma de aliviarlo?
- Sólo una. Y ya sabes cual es.
Los gritos llegaban ahora amortiguados, pero el niño decía papá con más insistencia, y esa palabra estaba taladrando los oídos de Edgar.
- Está bien.
Si Bender decía que no había otra manera es que no la había. Aquel crío, convertido ahora en un apuesto joven, había tocado el amor de su esencia. Confiaba plenamente en él. Quizá vivieran unas horas, pero aquella gente conocía el amor mejor que cualquier eterno.
- ¿Y cómo...?
- Puedo transformarlo. Transmutarlo.
- ¿Cómo lo que haces con las paredes?
- Exacto.
Edgar cerró los ojos. Un repentino vértigo estuvo a punto de tirarlo al suelo. Bender lo agarró, le hizo pasar un brazo por detrás de sus hombros y le ofreció su cuerpo como apoyo hasta que se le pasara el mareo.
- Creo… creo que no debo dejar que hagas eso con el niño. Debería ocuparme yo.
- Sabía que dirías eso. Si te dejo un momento, ¿podrás mantenerte en pie?
- Y si no, me tumbo en el suelo. Por mí no sufras.
Bender volvió a la casa y regresó con una roca. Había convertido la piedra en una especie de cuenco, demostrando una vez más que podía dar otras formas a la materia a su santo antojo. Por los bordes, la piedra era como cualquier otra. Pero el hueco central era de aquel material blanco.
Al verlo, Edgar comprendió lo que hacía. Cambiaba la estructura de la materia, la moldeaba, pero no podía devolverla a su estado natural. Allí donde Bender había transmutado la materia, ésta quedaba convertida en aquel material tan peculiar.
En el interior del improvisado cuenco había una sustancia de color verde.
- ¿Qué es?
- Algo que lo hará dormir. Para siempre. Al principio pensé en aliviarlo pero aun no tengo poder para sanar. Después revisé tus conocimientos y encontré la manera de preparar calmantes con algunas plantas. Lo probé con el niño pero no ha surtido efecto. El siguiente paso ha sido potenciar el calmante para que le produzca la muerte. Pero quería hablarlo contigo antes. Eres su padre.
- ¿Dices que revisaste mis conocimientos? Yo no sé preparar nada con plantas, Bender.
- No he dicho que sepas hacerlo, sino que revisé tu conocimiento.
- Yo no...
- Lo leíste una vez de pasada en una página web.
- No lo recuerdo.
Pero en realidad, ¿qué más daba? Bender tenía la manera de aliviar a aquel niño, su hijo, de su monstruoso dolor.
Edgar tomó el cuenco de las manos de su amigo y dijo:
- Está bien. Voy a dárselo.
Bender le abrió una puerta en la pared de su casa con forma de iglú y Edgar se preparó para encontrarse cara a cara con el sufrimiento más inhumano.
Continuará...
Alas. Doce
27.07.2006 23:19
Un capitulo durísimo.... pero con la descripción de mi Bender (un hombre joven, musculoso, rubio y con los ojos azules como el mar profundo), te has ganado el excepcional :oP
06.07.2006 01:00
El ritmo vertiginoso hace, o a mí me lo parece, excesivamente corto el capítulo; pero alguna ventaja tenía que tener andar atrasada en las lecturas, así que voy a por el siguiente.
23.06.2006 01:13
Claro, que como usamos sólo el 30% del cerebro, van estos y se aprovechan hasta de lo que no usamos :p