Recuerdo de aquel Vaso Corto

5  16.03.2009

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Sobre mí: "Emplear el sarcasmo con según qué gente es como atacar un castillo con merengues" Terry P...

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Me acerqué a la polvorienta barra, apartando a dos hombres cuyas noches alcohólicas la ocupaban en gran parte. Uno de ellos me miró con cierto aire vicioso e hizo el amago de alzar su mano libre del botellín hacia mí, pero mi mirada desafiante le hizo desistir. Ningún borracho de barrio podría conmigo nunca, o al menos después del último del que me enamoré. Apoyé los brazos sobre la barra y esperé pacientemente a que la mujer joven y vivaz que se encontraba al otro lado me atendiese. Sus largos cabellos castaños cayeron sobre la barra mientras una mirada divertida le iluminaba el rostro.

- ¿Estás sola?
- Sí – contesté-, ¿por qué?

Ignoró mi contraataque a la pregunta y señaló su muestrario de botellas vacías. Aquel muro de cristal me pareció la colección de vidrio más grande del mundo, y señalé una estrecha y amarillenta.

- ¿Coronita? – preguntó de nuevo. Pero cuando fui a contestar ella me hizo un gesto para que me acercase más y pudiese decirme algo en confidencia – Te estás equivocando. Debías pedir un whisky en vaso corto, ¿recuerdas?

Aquella declaración me intrigó y me quedé mirándola fijamente. Le pedí de nuevo la cerveza y ella, con su arrebatadora sonrisa, asintió y se alejó en busca de mi marca favorita.
La espera no fue larga, pero me dio tiempo a mirar mejor el lugar. Me había llamado la atención aquellas luces en la esquina de la calle, aquel letrero verde y llamativo, encendido para aquellos retardados del fin de semana que aún no habían quedado satisfechos por la dosis de alcohol requerida los fines de semana. Un domingo cualquiera en cualquier bar de aquella categoría. La ola de un recuerdo me invadió cuando me quedé mirando todos los letreros colgado en aquel lugar, anuncios de viejos conciertos y giras de grupos de rock antiguos que yo apenas podría haber llegado a conocer. Aquella sensación de déjà-vu no se apartaba de mi mente, nublándome la razón con una capa gris oscuro de memorias olvidadas.
No había mucha gente más en el bar. Una pareja se miraba fijamente bajo la pálida luz de una lámpara, al fondo, cerca de los servicios, mientras sus labios bebían una y otra vez de sus copas sobre la mesa.

Decidí quitarme el abrigo, pues el calor del humo del tabaco hacían de aquel sitio una cámara de calor contagioso, y los dos hombres borrachos de la barra se quedaron mirando la silueta de mi cuerpo, tapada al otro lado de un vestido negro medio roído por los años. No era habitual ver a una mujer joven beber sola en un garito, y mucho menos cuando se notaba a la legua que no pertenecía al barrio. Una necesidad extraña me había empujado a vagar por las calles con el coche, hasta que las luces verdes me llamaron a gritos. Sí, había algo. Déjà-vu.

¿Y la mujer de la barra? Sabía que sus palabras significaban algo, aunque desconocía qué sería. Un whisky, en vaso corto. Jamás hubiese podido pedirme aquello, pues yo era aficionada al ron con coca-cola. Una vez conocí a un caballero que bebía aquello, pero la nube de humo nublaba aún mis recuerdos, borrados a conciencia por mi sistema de auto-defensa personal, aquel que intentaba hacerme llegar solo la mitad de la información para no hacerme daño a mí misma con un mal pensamiento. Me llevé de nuevo la botella a los labios y le di un largo trago a aquel brebaje.

De pronto las luces cambiaron, las bombillas bajaron su intensidad para darle más ambiente al lugar. Dos prostitutas entraron por la puerta en el mismo instante en que la canción del hilo musical cambiaba, y me di cuenta que conocía aquella canción.

“Hay una calle que lleva tu nombre pero no me acuerdo.”

De pronto aquella nube de olvido se disipó y noté cómo mi cuerpo se crispaba en un gesto de remembranza. Mis ojos se abrieron más aún, y una lágrima asomó por la comisura de mis párpados. Aquella canción…

“Después de tanto tiempo me harté de esperarte y se cayó el letrero.”

Miré hacia la barra, presa del pánico, y vi que la camarera me sonría de una forma enigmática, como esperando una reacción más fuerte a aquella mezcla de música y Coronita. Me hizo un gesto con la cabeza, señalando la entrada del bar, y entonces le vi.

Primero reconocí aquella media sonrisa, aquella mirada juguetona e infantil que más de una vez me había arrebatado el aliento de un tirón seco. Mi garganta se secó y le pegué otro sorbo a la cerveza. El joven se acercó a mí lentamente, mirándome directamente a los ojos, y su sonrisa se pronunció aún más cuando se paró delante de mí y me cogió la mano libre.

- Sabía que estarías aquí. – Me dijo. – Siempre te gustó este lugar.

Yo no pude evitar lanzarme sobre él, abarcando todo su cuerpo con mis brazos, y me eché a llorar. Sentí vergüenza de mí misma por haberle olvidado, por no haber ajustado correctamente mi auto-defensa para que el recuerdo de aquella sonrisa no se borrase nunca de mi mente. Sentí su perdón cuando sus manos me apartaron sutilmente para mirarme de nuevo directamente a los ojos y me besó en los labios.
Cuando se apartó, me susurró algo al oído:

-Estás tan guapa como siempre.

______________________________

La canción que está en itálica es "La Ciudad del Viento", de Quique González, la canción de un recuerdo, haciendo homenaje a un texto que escribí hace mucho tiempo titulado "Whisky en vaso corto".
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Comentarios sobre esta opinión
patukina

patukina

18.08.2009 02:15

uhmm, yo también ajusto mi conciencia como método de protección. (Lo reconozco...a veces soy débil) y la tengo bien adiestrada! Me gustan tus historias!

nanieh

nanieh

22.03.2009 13:34

Joder rubia....gracias por compartir este recuerdo y darle forma de la manera que lo haces. Me encanta leerte. Si me dices ya que esto es real...xD un beso

Rebequilla

Rebequilla

22.03.2009 12:20

Un buen relato guapa! Un besito

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