INVASORES DE L´HOSPITALET (Quinta entrega)
30.04.2009
Ventajas:
Correcciones a cargo de Federico G . Witt
Desventajas:
. . .
Recomendable:
Sí
 javmase
Sobre mí:
Crónicas temporales, publicado en lulu. Es una antología de seis relatos de ciencia ficción relacion...
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Publicación original en http://www.portal-cifi.com/scifi/index.php Publicado el lunes, 02 de febrero de 2009 en Portal de ciencia ficción. Autor: Francisco Javier Masegosa Ávila Correcciones: Federico G. Witt. Dibujo: Fernando Solà RamblaHoy también tiramos la casa por la ventana, doble entrega. Ya queda muy poquito para el final. No te pierdas las anteriores entregas.. INVASORES DE L´HOSPITALET (Quinta entrega)Tardé al menos cinco minutillos, la verdad es que estaba muy cargado. Volver a abrocharme el pantalón fue una tortura. La puerta aquella engañaba, me quedé flipando: delante mío había una nave industrial gigantesca donde estaban reunidas cientos y cientos de personas. Al Fermín no lo veía por ningún lado, debía de estar escondido. El cabrón del Manolo tenía allí secuestrado a medio Hospitalet. Todos trabajaban en una inmensa nave espacial, de esas de película de ciencia ficción. Intenté acercarme con sigilo pero no me dio tiempo ni de pestañear porque, cuando me dí cuenta, un montón de gente me tenía rodeado. Intenté volver por la puerta del bar, pero era demasiado tarde. Al poco tiempo vi las estrellas, un mamonazo me había soltado una patada tan fuerte en los cataplines que se me metió el huevo para dentro. Después de que me pegaran un garrotazo en la olla se me nubló la vista… Desperté en esta misma sala donde me han encontrado, allí estaba el joputa del Manolo, con su bigotín de Errol Flint, o como se llame, y su mirada siniestra. Estábamos los dos solos. Ahora se le iluminaban los ojillos de rojo todo el rato. No vean si daba yuyu. —Le dije que lo… —me agarró por el huevo que me sobresalía de nuevo por la pernera— olvidara todo. —¡Mamón, suéltame el huevo! —estaba viendo las estrellas, y ese cabrón me tenía a su merced. Por suerte dejó de torturarme por un momento. —Está bien, supongo que no importará que lo sepas todo, al fin y al cabo no puedes hacer nada para impedir mis planes. »Llegué a este asqueroso planeta hace un montón de tiempo. Esos cabrones de la liga planetaria me desterraron aquí para que me pudriera en esta basura de planetucho. Para que lo entienda tu corta mente, en tu mundo sería cómo un Napoleón desterrado en una isla desierta… —Mire —ahora tampoco se le vía tan chungo, parecía como lloroso—, no entiendo un carajo de historia, no sé de qué va eso de la isla o no sé qué. El Napoleón sí que me suena. En mi barrio había un yonqui que… —¡Cállate!, eres un desperdicio de la sociedad, un parásito, un… —Vale, vale, lo he entendido... Siga con la explicación, que de verdad que es la mar de interesante, no se me deprima. —Hace seis tuplos yo era el cocinero más prestigioso del cuadrante este de esta galaxia, mi centro de degustación era conocido por toda la Vía Láctea, pero mi reputación se fue al traste cuando la mascota del gobernador de los planetas unificados murió por un empacho de carranodes. ¿Quién iba a saber que los malditos vegetales del mercado negro estaban en mal estado? A partir de entonces se me retiró la confianza y me cerraron el restaurante. Mi prestigio se vio mermado y quitaron mi nombre de todas las referencias galácticas de gastronomía. Pero lo peor estaba por llegar. Después de meditarlo mucho y al encontrarme en la ruina, tracé un plan de lo más vulgar, robar un dinerillo extra en el Banco Galaxial para tener un retiro digno. Pero a mí y a mis ayudantes nos cazaron. Entonces juré que me vengaría de la Liga Planetaria, robar unos cuantos créditos en el Banco Galaxial no era suficiente motivo para un destierro tan atroz. Me dije que no acabaría mis días en este rincón olvidado y que volvería costara lo que costara —para ser extraterrestre tampoco era tan diferente de mí, por lo visto también hacía trabajillos. —Sí, a mí me pasa igual, me condenaron al talego por cuatro minucias y bueno, y… —Si me vuelves a interrumpir te lobotomizo de inmediato. —Claro, lo que usted diga —el tipo sería extraterrestre, pero tenía una mala follá de la hostia y además me empezaba a doler la cabeza, menudo rollo que me estaba contando. ¿Qué coño sería lo de lobotomizar? ¿Me querría el cabrón convertir en un lobo? —Hace años que tramo el plan, desde que me dejaron tirado en este insignificante mundo he preparado minuciosamente mi venganza en este pueblucho del tres al cuarto… —¡Oiga, de pueblucho nada…! —Iba a seguir replicando, pero al tipo se le encendieron los ojillos de una manera bárbara. Opté por callarme de nuevo. —Como iba diciendo, me abandonaron en este rincón de mala muerte, pero la Liga Planetaria no sabe lo que le viene encima. No, no lo saben. Llevo trazando este plan durante años y ningún aguafiestas cómo tú me lo estropeará. —¿Y qué tenemos que ver los de Hospitalet con todo esto?, váyase y déjenos en paz, a mí me la sudan sus problemas. —Aún no entiendes nada, mentecato. La nave que ves en esta fábrica es la que nos transportará a mí y a mis nuevos súbditos al planeta Fidion, que es nuestro planeta de origen y está situado en una estrella que vuestros incompetentes astrónomos llaman Altair. Allí comenzaré mi venganza. Gracias a la fórmula del aceite seduciré por el estomago a millones de fidianos y éstos a su vez exportarán mis productos a los planetas de Rigel, Vega, Sirio… Será un efecto dominó. En poco tiempo controlaré la liga planetaria y al consejo de planetas reunidos. Nadie, absolutamente nadie, volverá a fastidiarme. ¡La Vía Láctea será mía! —¡Venga ya! —Este tío era demasiado listo, no entendía un carajo de su plan. Y además, todos esos nombres. Si no me sabía ni los ríos de Cataluña, cómo iba a saber el significado de todos esos nombres de los que hablaba. —Dentro de unas horas, yo y mis súbditos, antiguos moradores de este pueblucho, partiremos en las naves a reconquistar lo que era mío. Por cierto, quiero que sepas que eres un coñazo. Todavía no entiendo por qué no te hace efecto el aceite como a los demás, y encima la puñetera casualidad de lo del Fermín. —¿Fermín? ¿Dónde está Fermín? —Creo que te vas a llevar una sorpresa. —Observé cómo sus labios movían con malicia su bigotillo.No podía ser, el Fermín apareció de repente por la puerta, y además sin ataduras ni nada y saludando al Manolo con una efusividad muy sospechosa. Pensé que estaba abducido, pero… —¿Fermín, estás bien? ¿Qué haces abrazando a ese tipo tan repelente? —Bueno, aquí en la Tierra podríamos decir que el término correcto podría decirse que es lo que denominaríais mi tío. —¿Tú tío? Eres un mamonazo de mierda. Me has tomado el pelo durante todo este tiempo, maldito gafotas, cuatro oj… —al chiquitín se le empezaban a iluminar los ojillos de rojo, por lo que consideré más prudente no seguir insultándolo. —No me cabrees, Alejandro, ya sabes la mala hostia que tengo. Así es que vamos a hacer esto por las buenas. —Sí que era verdad, lo bajito que era y la mala hostia que gastaba. —¿Y ahora, que? ¿Qué va a ser de mí, de mi cuñado, de la Vicenta y de los de Hospitalet? —el Manolo se fue por la puerta sin despedirse ni nada, a lo mejor tenía una oportunidad para convencer al Fermín, aunque fuera un extraterrestre. —Por fin ha salido —el gafotas se asomó a la puerta del despacho—, el muy cabrón. Mira, Alejandro, no tenemos mucho tiempo, te voy a soltar, vale. —¿Soltar? Ahora sí que ya no entiendo un carajo de todo esto. ¿Pero no es tu tío? —Está como una puñetera regadera, y además yo vivo de puta madre en Barna. No me interesa la conquista del espacio ni nada de eso. Tan solo quiero seguir con mi vida. Mis conferencias, mis reuniones, mi grupo de frikis que me adoran; en fin, que quiero seguir con mis cosillas. Te aseguro que los otros planetas del cuadrante son muy agobiantes. La gente de la galaxia es muy sosa y no conocen la diversión, no se parecen en nada a los terrícolas. En comparación, esto es la discoteca del universo. Además, imagínatelos sin voluntad y manipulados por mi tío, nos podemos morir de aburrimiento. —¿Y por qué le ayudas? —Mi tío está enfermo por volver a recuperar sus estrellas de chef. Es verdad que antes era un buen cocinero. Hubo un tiempo en que sí que se intentó adaptar a las costumbres de vuestro planeta y quiso montar un restaurante y todo. Pero mi tío es un incomprendido, su cocina no gustaba, demasiado innovadora. Así que aquí también fracasó. La verdad es que tengo parte de culpa de su actual situación, por eso le ayudo. —¿Culpa? —el Fermín empezó a desatarme las manos, mientras seguía explicando. —Te acuerdas de lo de las cacerolas de la mili, ¿verdad? Pues nada, que a mí de joven me dio por estudiar cosas de química en mi planeta… —y añadió, ahora en tono amenazante—: Oye, si le cuentas a mi tío algo de lo que te voy a decir, te lobotomizo yo mismo… —Venga, Fermín, suelta, que ya sabes que hay confianza. Por cierto no habrá ninguna neverita con birras por aquí, ¿verdad? —A mi tío lo desprestigiaron por mi culpa. Sí, por mi culpa. Trabajé de ayudante en su restaurante para sacarme algunos créditos. El caso es que probé una sustancia nueva en los carranodes, que son una especie de nabos para animales. Con ello pretendía que las mascotas que venían con sus amos al restaurante pudieran disfrutar también de algo diferente y no siempre del gusto insípido del asqueroso vegetal. El caso es que sin que lo supiera nadie rocié los carranodes con la sustancia que acababa de crear, con tan mala suerte que aquel día vino a comer el gobernador con su familia y su mascota. —Tú lo hiciste con buena intención, Fermín, eres un tío cojonudo. —Ya me había desatado. Nos dirigimos a la puerta trasera. —Total, que la mascota explotó de repente y se armó una bien gorda. El resto ya lo sabes, intentamos atracar un banco estelar y nos cazaron, desterrándonos aquí para siempre. —Y con lo gafe que eres, ¿estás seguro de que no le pasará nada a la gente que ha tomado el aceite? —Absolutamente, Alejandro. Puedes confiar en mí, no hay efectos secundarios siempre que no se tome en grandes dosis. Llevo años trabajando en la fórmula del aceite. Curiosamente, despierta la inteligencia desorbitadamente, pero también hace a los individuos muy susceptibles a recibir órdenes. Por eso mi tío tiene a medio pueblo construyendo su nave. Nunca pensé que llegaría tan lejos. —¿Y qué vamos a hacer, Fermín? —Yo retrasaré los trabajos de la nave. Mientras, tú, coge este llavero y vete a la azotea del edificio más alto de la zona. Le das al interruptor y se desplegará un holograma… —¿Un holo qué? —Joder, se debía pensar que yo era un ingeniero cuántico de esos. —Un dibujo, Alejandro, saldrá un dibujo. Después baja a la calle con discreción y unos tipos con gabardinas negras te detendrán. Explícales todo lo que ha pasado, absolutamente todo. Fue entonces cuando pensé en el edificio más alto de la zona, el hospital de Bellvitge. Tenía que salvar mi anterior vida, sin mi cuñado no era nadie… (continuará)
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02.05.2009 20:54
Consigues mantenernos a todos enganchados a la silla, suerte que me estoy leyendo el relato casi del tirón, que si no... Saludos.
30.04.2009 18:46
¡¡¡que pasada¡¡¡¡ lástima que ya no me queden excepcionales. Petonets
30.04.2009 18:01
Vaya, vaya, vaya...¿seguro que no tiene ese aceite efectos secundarios? porque madre mía, menudo inventor...jejeje Muy divertido, esto engancha tio. Salu2