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Opinión sobre "Tarde"

publicada 03/11/2015 | MorenoSister
usuario desde : 27/02/2007
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Sobre mí :
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excepcional

"Esto es la vida misma (II)"

A mi padre le veíamos poco. Era viajante de comercio y se pasaba la vida de pueblo en pueblo vendiendo todo tipo de cosas, desde ovillos de perlé y bobinas de hilos de colores hasta cremalleras y cenefas para decorar la ropa. Cuando estaba en casa a mí me fascinaba su enorme maleta de muestras, como si las cremalleras fuesen la octava maravilla del mundo. Al cabo de los años dejó la mercería y se pasó a la cosmética y aquello fue la revolución. Mi madre no veía bien que vendiese esas cosas, que luego las mujeres se pinturrejeaban sin medida para seducir a maridos ajenos. Pero como se ganaba un buen dinero dejó de protestar enseguida porque otra cosa no, pero a mi madre el dinero le encantaba. Y presumir de tenerlo, más. No había más que ver los vestiditos que me compraba, de esos de nido de abeja elástico en el pecho, que te dejaba tatuados los pliegues dos días enteros. O con mangas de farol y enormes lazos a la espalda, tiesos y acartonados. Para colmo me hacía vestirme con ellos los domingos por la mañana para ir a misa de doce, misa a la que íbamos sin desayunar, por supuesto. Cómo íbamos a comulgar sin tener el cuerpo limpio para recibir al Señor. Entre lo que picaban los vestidos y el hambre que llevaba, la media hora de misa se me hacía un suplicio porque la forma consagrada llenar, lo que se dice llenar, no llenaba mucho.

Mi padre, que era poco de misas, solía esperarnos a la salida para ir a tomar el aperitivo. Soñando iba yo con echarme al estómago lo que fuese, aunque estuviese grasiento o requemado. Era poner los platitos con las tapas y me lanzaba como hiena a la carroña. Creo que llegaba a soltar los mismos gruñidos. Mi madre se ponía de los nervios porque decía que no era de señoritas comer así, que qué iban a pensar de mí. Pues que tenía hambre, caramba, qué iban a pensar. Ella cogía alguna aceituna con mucho remilgo, pero estaba canina, como yo. Porque era entrar por la puerta de casa y saquear la nevera, que había que ver cómo masticaba el chorizo y se embutía pedazos de pan en la boca sin respirar. Nunca lo entendí. Cómo era posible que al Señor le molestase entrar en un cuerpo que albergase comida pero no pusiese pegas a ser regado, a los pocos minutos, por torreznos, cervezas, oreja de gorrino a la plancha o garbanzos torraos. Supongo que no le habían preguntado, como siempre.

Uno de esos aburridos domingos mi madre me obligó a volver a ponerme el vestido odioso del nido de abeja porque por la tarde íbamos a visitar a unos conocidos. Me resigné, me volví a vestir y, para matar el tiempo, me puse a trastear en la maleta de cosméticos de mi padre. Había un tarro de barro monísimo con un cartelito que decía “Tierra del Nilo” y sin encomendarme a nadie le quite el tapón de corcho con todas mis ganas. Se desbordó el Nilo. Pero a lo grande. Encima de la falda me cayó una especie de cascada de polvo entre marrón y rojiza que primero formó una nube y luego se posó. Y cómo se posó… toda la parte delantera de mi falda parecía ser parte del atrezzo de La Matanza de Texas. Me quedé aterrorizada, a ver cómo le explicaba a mi madre el desastre en el vestidito de pitiminí cinco minutos antes de salir. Solución de urgencia: como la falda tenía mucho vuelo, me metí la parte delantera entre las piernas y, por todos los medios, intenté caminar delante de mi madre hasta el coche y al salir de él. Caminaba como si me hubiesen extirpado las rodillas, pero disimulé bastante bien.

Ya en casa de aquellos señores a los que íbamos a ver, las dos hijas me llevaron al jardín a jugar a la goma. Me empeñé en estar siempre sujetando uno de los extremos, alegando que me dolía un tobillo, hasta que vi lo patos que eran. Me quise lucir, lo confieso. Y con un magnífico salto de tijereta superé la altura del cuello de las dos patas… y fui a caer con un vistoso revoleo de faldas delante de mi madre, que salía a echar un ojo. Pues casi se le caen los dos. Cuando vio la mancha que me adornaba pensó que sangraba por todos los poros y empezó a dar alaridos como una posesa. Después de que saliese todo el mundo y de que yo explicase, muy contrita, lo que había ocurrido, me gané una colleja, una bronca tremenda (que siguió cuando llegamos a casa) y las miradas rencorosas de mi madre durante toda la tarde. Pero también gané una camiseta y unos pantalones cortos que me prestaron las patas. Qué felicidad… aunque fuese con el logotipo de Carnicería El Chuletón.

A los catorce años me rebelé contra los vestiditos, los lazos y el nido de abeja y empecé a vestir casi siempre con pantalones y jerséis grandes. Mi madre hasta consultó con el párroco, por si tenía que hacer rogativas para enderezar mi ánimo concupiscente. Por suerte el párroco era un hombre coherente y tolerante, que sabía llevarla muy bien a base de mano izquierda, y le dijo que mejor vaqueros que minifalda pecaminosa. Terminó viendo la luz, como San Pablo camino de Damasco, y me dejó tranquila con mis pantalones. Le escuché contar a una de sus amigas que era más complicado que un chico me quitase los pantalones. La minifalda era todo para arriba y zasca. Eso dijo. Tal cual. Cuando años después tuve conciencia de lo que era el zasca, lo de los pantalones solía ser un problema menor, ya conté que mi Salva era todo un hombretón. Pocas prendas se le resistían.

Por eso cuando la otra mañana le vi en la puerta del mercado intentando ponerse una bufanda de esas modernas y enormes, de color kiwi a medio madurar, a punto estuve de morirme de risa. Un nudo más y se ahorcaría con ella. El pobre estaba hecho un lío de trapos. Hasta que salió la charcutera y se la colocó de dos empujones sin que él dijese ni mu, antes de ponerle una bolsa reciclable de Mercadona en la mano y mandarle a los recados. Cómo cambia el cuento. Para una vez que consintió en comprar el pan, estando casados, apareció a las tres horas, bastante achispado, sin el pan, y asegurando que no era de hombres hacer cola con las marujas. Tuve que ir yo a comprarlo casi con la tienda ya cerrando. Pero me compensó con un zasca en la siesta de esos de romper el somier. Mi nueva teoría: las bufandas modernas inhiben la libido o provocan una disminución del tamaño de las gónadas masculinas, porque si no, no me explico nada.

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Comentarios en esta opinión

  • psychoalicante publicada 16/12/2015
    no esta mal
  • Octubre2007 publicada 19/11/2015
    Pues sí, curiosos recuerdos, pero....¿dónde la continuación de la parte 1? o...es que no había?. Besos.
  • john_andy publicada 12/11/2015
    Me encanta; simplemente, me encanta. Me encanta este mundo en el que nos sumerges con tanta facilidad, cómo nos llevas a otra época, a otras ideas, otros conceptos. Y ese humor que siempre destilan tus textos, esa forma socarrona de reírte de tus personajes y de sus limitaciones, me fascina. Muchas, muchas gracias por compartirlo con nosotros, en serio. Un besazo!!! :)
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