Acantilado

3  10.06.2005

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PabloCruz

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Eh, amigos, ¿os habéis detenido a mirar este precioso paisaje? Después de tanto tiempo de picar esta muralla las piedras se han derrumbado dejando la tierra blanca a nuestros pies. ¿Lo habríais dicho alguna vez? Que todas las ilusiones, las penas y las canciones que escuchamos nos guiarían hasta este acantilado. Y, por más que miréis atrás, no vais a ver el principio del camino. Veo el viento azotar vuestras caras, dejando que vuestros cabellos ondulen libres al son de la tempestad. Veo la vida entera en vuestros ojos cerrados, haciendo memoria de lo bueno, de lo malo, de los días y las noches que pasamos abrazados mientras fuera llovían piedras contra sueños acabados y los dictadores caían al tiempo que se levantaban ídolos. Y nosotros bebíamos nuestras lágrimas entre vino y caricias, y dejábamos que los hombres sucedieran a los niños en las glorias del destino que aguardaba en este alto.

Escucho el mar embravecido tronando contra las rocas y en los momentos de calma percibo la voz, suave y amarga, de un ángel caído en mis brazos hechos paja, trigo para tus labios, y quién dijera mañana en una noche de estrellas apagadas, de promesas imposibles y varadas tentaciones al ritmo candente de una hoguera mal saltada, donde paraban los odios y las falsas esperanzas. No era mi voz la que escuchaba. También tus palabras sinceras inundan cada rincón de mi alma por un segundo, y me llevan hasta un pozo donde un juego es nuestro mundo, y entre bocanadas de sal y pimienta, escampando las tormentas entre manos manchadas de vida, se vienen abajo mitos, nubes, esmeraldas y leyendas, dejando salir palabras de entre tus dientes sucios de risas y saliva ajena.

El olor del mar es especial en verano, ¿verdad? Ocupa las facultades, apaga las falsedades, cierra toda melancolía en dos puntos tan brillantes que su luz me desconcierta. Vuelan las gaviotas sobre nuestras cabezas y yo, ansioso de poseerlas, aspiro con insistencia para traer a mí el azahar, la fruta, las delicias del perfume de sudor y rosas de tu cuello, las pequeñas cosas que pueblan una memoria de olores, unos intensos, otros delicados, haciendo que la fugaz memoria de un pasado nos recuerde a la vez el aroma de cuanto hemos jugado sobre un tapete azul, negro y ahumado por cientos de cigarrillos, fumados sin que nadie preguntara por lo legal de aquello que nuestras mentes recibían como una mezcla explosiva de nicotina y pecado.

El tacto sutil de una mano movida por la curiosidad hasta el choque inesperado con mi mano revolotea cansado tras un sinfín de contactos que han desgastado la piel de nuestros cuerpos hasta dejarnos desnudos el uno frente al otro, con el espíritu abierto para cada uno de nosotros, que ya no ocultamos nada porque de ello estamos privados. El goteo de la lluvia en los cristales no era nada comparado con el granizo incrustado en mis brazos en aquellas frías lunas que los menos contemplamos. Y te parecía un placer inmenso el probar en ti el martillo mientras los ojos ávidos de impresiones encontraban un héroe para el próximo minuto, y olvidaban las carencias de su orgullo mientras la sangre manaba de una mejilla mil veces impregnada del roce de las amapolas... Del abrigo de las olas caminando sobre ella...

Al querer deciros algo, engrasando para ello los goznes de mi boca, penetra en mí la sal mojada de petróleo, y no puedo menos que hablaros del sabor de esta materia, íntimamente ligado al sabor de los momentos por los que aquí hemos llegado. El agua envenenada de cloro de una piscina donde ahogar las decepciones, el aceite de un motor cansado, el líquido indescriptible que colmaba dos botellas que llenaban de coraje nuestras venas y después nos arrojaban al suelo entre desconsolados sollozos plagados de emociones. Tuve el gusto de conocer a qué saben las entrañas de tu lengua, de saciarme de tu aliento y de tus besos hasta perder el conocimiento en un éxtasis de exaltación acelerada. Os veo a todos ahí delante y recuento, pero nadie ha cuarteado y abrasado mis labios como tú.

Y bien, damos un paso más al frente: ya es el mar lo que se funde con el magma detonado ante nuestros pies. Abrís los ojos, me contáis vuestra vida entera en un disparo entre las cejas y os dejáis caer. El estruendo de las olas no me permite despedirme. Vais saltando uno tras otro, y no puedo deciros que aún no estoy listo para dejaros, que puedo sobrevivir sin estar a vuestro lado, pero que nadie entre vosotros me ha enseñado todo lo que yo quisiera saber de cada uno de vuestros corazones. Quedáis pocos sobre la tierra firme... ¡Dejadme que os confiese lo mucho que os estimo! Oh, la ventisca apaga mi voz como yo hice con vosotros...

Amigo, amigo del alma, no encontrarás a otro que te comprenda como yo podría...

Amiga, amiga del corazón, no hallaré en el mar nada que me compense tu pérdida...

Tú, ¿crees que con una mirada vale? Espérame, saltemos juntos. Emprendamos atados el nuevo estado que se abre ante nosotros y que estamos forzados a recorrer. Quiero ese aguamarina, ese susurro, ese perfume, el roce de tu mano, el sabor de tus entrañas una vez más... Sin embargo, te pierdes entre la espuma que lucha por arrastrar aún más atrás esta colina truncada por los siglos que la contemplan. Sabiendo que no veré nada, me doy la vuelta. Todo está en blanco. Algo me duele, y al gotear la sangre de mis labios, dejo de morderlos para escupir sobre el lienzo que he dejado sin pintar. Las motas rojas se quedan grabadas en forma de medio corazón...

El sueño me domina y mis ojos se cierran mientras caigo indefinidamente y la niebla me envuelve. Mis órganos se agitan en mi interior y apuesto a que también ellos querrían escupir sangre, pero entonces el agua me cubre, inunda mis pulmones, me lleva, me arrastra a las profundidades, me azota con furia desmedida y me zarandea hacia un arrecife. Mi cuerpo lo sortea y al fin parece que una corriente se hace cargo de mí, y me guía. Las branquias crecen detrás de mis brazos, que súbitamente se vuelven aletas, y donde tuve piernas ya sólo queda un cuerpo escamado. Busco con la mirada el rastro de quienes saltaron antes que yo, pero el agua está turbia aquí abajo. Y, mientras tanto, la corriente me lleva lejos, al centro del océano, dejándome solo en este mar de dudas.

Quizás mañana el sol penetre en las profundidades que navego y me revele nuevos matices en la iluminación de este monótono paisaje. Es probable que entonces encuentre también la forma de oponerme a la corriente y admirar por un instante lo revelador de las pinceladas imprecisas que mis aletas van dejando en el líquido elemento. Efectivamente, me gustaría haber esperado un poco más antes de lanzarnos.

Pablo Cruz

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Comentarios sobre esta opinión
Soyvoybuena

Soyvoybuena

23.03.2006 11:31

precioso a mi el mar me encanta,y desde un acntilado mejor saludos

juanma611

juanma611

05.11.2005 14:41

Tu me lo has pedido y yo te lo concedo

Yasire

Yasire

02.10.2005 16:17

Qué forma de escribir, cuánta belleza y significado en tus palabras. Empiezas a leer y no puedes parar, literalmente fluyes con las frases hasta llegar al final. Ni qué decir que me ha encantado, que ha merecido la pena leerlo y que ahi te dejo mi excepcional más que merecido. Un abrazo! Por cierto, me lo ha recomendado el señor que comentó debajo. ;-)

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