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UNA TORTURA SÁDICA

2  14.09.2004

Ventajas:
Las normales que tienen todos

Desventajas:
Mala atención al cliente, muy caro, publicidad engañosa .  .  .

Recomendable: No 

Detalles:

Tiempo en conectar

Velocidad

Más


SuperChuss

Sobre mí: Esto es como declararse apóstata: imposible dar marcha atrás. XD

usuario desde:07.09.2004

Opiniones:30

Confianza conseguida:42

Esta opinión ha sido evaluado como muy útil de media por 47 miembros de Ciao

Yo nunca escribo textos muy largos, porque la gente no los lee, pero por vuestro bien os recomiendo que empleéis cinco minutos en leer esto. No se os hará pesado, os lo prometo.

Es el relato real de algo que no tiene nombre.

Han pasado un par de meses desde la terrible experiencia que os voy a contar, y con una tila sobre el escritorio, porque sé que sólo de recordarlo voy a ponerme nerviosa, me dispongo a relataros el calvario por el que tuve que pasar por culpa de Telefónica.

Yo era una gaditana tranquila, con una vida sencilla, sin grandes sobresaltos. Me movía en el ambiente amable y sureño de la ciudad más antigua de Occidente, empapándome a menudo con la belleza de las puestas de sol sobre el Océano, comiendo pescaíto frito y bebiendo ocasionalmente alguna botellita de cava en las noches de verano, sobre la arena de la playa.

Era una persona básicamente feliz, con un trabajo un tanto precario, eso sí, pero que me permitía mantener una vivienda de alquiler con vistas a la bahía, un pisito que estaba dotado de las cosas necesarias para llevar una vida agradable y sin penurias. Además de mi playa, tenía mis libros, mis amigos, mi música y mi ONO.

Pero como las cosas cambian cuando menos te lo esperas, pues un día perdí mi precario trabajo, y ya no pude mantener mi modesto pero agradable nivel de vida. Así que hice las maletas y me trasladé a novecientos kilómetros de todo lo que amaba y conocía, a Castellón.

Ya no había, pues, ciudad más antigua de Occidente, ni puestas de sol sobre el Océano, ya no había pescaíto frito gaditano, ni pisito frente a la bahía, ni ONO ni ná. No para mí.

A pesar del esfuerzo anímico que me supuso, y como no era cuestión de vivir en la melancolía, me arremangué y me dispuse a iniciar una nueva vida. Tuve que cambiar muchas cosas, claro.

Lo primero que hice, tan pronto encontré piso, fue llamar a los de la ONO para trasladar al nuevo domicilio los servicios que tenía contratados en Cádiz, a saber, el teléfono y la conexión a Internet. No quería estar aislada, ni lejos de mis amigos y familiares.

Se presentaron enseguida, tras comprobar que en el inmueble en cuestión sí existía la posibilidad de poner ONO. No iban a cobrarme nada por el traslado, como tampoco en su día tuve que pagar alta, ni tampoco los servicios del técnico y el informático que me lo instalaron todo.

Sin embargo, un problema en la infraestructura de mi nueva vivienda hizo imposible realizar la instalación, así que finalmente tuve que desistir, y decidí contratar los servicios de Telefónica.
Desafortunada decisión aquella, que habría de conducirme por un suplicio interminable.

Mi primera llamada al 1004 fue atendida por una chica, que con un tono muy desagradable me “informó” (mil doscientas palabras por minuto) de las prestaciones y condiciones del servicio.

Dado que no me enteré de nada, volví a llamar de inmediato, a sabiendas de que me atendería otro operador diferente.

Así fue, y esta vez tuve la suerte de dar con un chico bastante amable, que me explicó con pelos y señales todas las tarifas, detalles sobre el servicio y demás.

Fue tan, tan atento, que le pregunté si ellos llevaban comisión por cada contrato telefónico que hicieran, a lo que me contestó afirmativamente. Como quiera que me apetecía consultar con mi pareja la cuestión, quedó en llamarme al día siguiente a primera hora, y yo decidí esperarle, para otorgarle así la comisión a la persona que me había atendido bien.

Al día siguiente esperé inútilmente la llamada, y al otro también. Al tercero, y dado que yo tenía prisa por contratar el servicio, decidí que mi fidelidad había quedado sobradamente demostrada. Pensé en que, tal vez, el chico me acabaría llamando, pero eso fue hace tres meses, y hasta la fecha no he tenido noticias de él.

Llamé, pues, nuevamente al 1004, y contraté el servicio. Me aseguraron que, en menos de una semana, tendría la ansiada conexión a Internet.

Sin embargo, cinco minutos después recordé que, por un problema técnico, yo necesitaba el router inalámbrico, que también se ofertaba, y no el módem, así que llamé inmediatamente, atendiéndome otro operador.

Éste me dijo que no había problema, que cambiaba la orden y ya está.

Esperé una semana, esperé ocho días, nueve… y al que hizo diez consideré que ya había sido bastante prudente, así que llamé al numerito de marras otra vez.

Entonces me atendió una muchacha, quien me aseguró que la orden sólo tenía cinco días de antigüedad. Un tanto molesta, discrepé, pero no me quedaba más remedio que aguantarme. Ella insistió: “No se preocupe; tendrá su módem en casa en un par de días”. Al decir ella la palabra “módem”, pensé que sólo era una forma de hablar, pero, por si acaso, me apresuré a apuntarle que yo había encargado un router, no un módem.

Ella me dijo que de eso nada, pero que no había problema: Me cambiaría la orden y ya está. Eso sí; LOS QUINCE DÍAS COMENZARÍAN A CONTAR A PARTIR DE ESA FECHA.

Los pelos del cogote se me erizaron levemente: ¿QUINCE DÍAS? –le dije- “Sí señora, son quince días máximos a partir de la orden”.

Yo le aseguré que el plazo facilitado en mi primera llamada había sido de una semana, amén de que habían pasado diez días y de que encima, por un fallo suyo, tendría que esperar otra vez desde cero, pero… ¿QUINCE DÍAS?

Mis argumentos de nada sirvieron, pero, en vista del caos organizativo reinante en la empresa, decidí hacerle en los días sucesivos un seguimiento a mi pedido, y aquí es donde el relato se vuelve rallante: la odisea de una pobre usuaria con la humilde intención de contratar un servicio muy básico.

A los tres días justos de haber realizado esta llamada, me interesé nuevamente por el estado de mi orden, a lo que una chica de voz cantarina me explicó: “No se preocupe; tendrá su módem en casa en un par de días”.

En ese momento noté un ligero temblor en mi ojo izquierdo. Esteeee… señorita, ha querido decir mi ROUTER, ¿verdad? “No señora. Usted ha pedido un módem…”

Tratando de no perder los nervios le conté toda la historia a la operadora, quien, siempre en el mismo tono cantarín, concluyó: “Tomo nota: Todo arreglado. En un plazo máximo de 21 días a partir de ahora, recibirá su router”.

Creí que me daba algo, en primer lugar por la cantidad de veces que había tenido que decir lo mismo, y en segundo lugar porque, a medida que iba llamando a los de la telefónica, el plazo de entrega iba creciendo más y más.

Esperé una semana, pero sin olvidarme de que aquellos pequeños ineptos de voces clonadas necesitaban un cursillo intensivo de mecanización de datos en el ordenador, así que, transcurrido ese tiempo, volví a llamar, no sin antes realizar unos cuantos ejercicios respiratorios. Me atendió esta vez un hombre que, por su voz, ya frisaba en los treinta. Muy amable, me explicó: “No hay ningún problema: Recibirá su MÓDEM en cuestión de un par de semanas”…

A aquellas alturas ya no me temblaba un ojo, me temblaban los dos. Me temblaba la voz, que apenas me salía… yo creo que me temblaba el alma.

Naturalmente, perdí la compostura, y le pregunté, en un tono bastante ácido, qué clase de lobotomía parcial o total les realizaban a los operadores de la telefónica antes de entrar en la empresa.

El hombre, bastante molesto, me espetó que “era la primera noticia que tenía” sobre mi problema, pero yo le dije que no era culpa mía si cada vez tenía que hablar con alguien diferente, pero sí culpa de ellos no mecanizar los datos correctamente.

Tras hacer el pedido unas diez veces (no exagero ni miento), finalmente, y muy enfadada, conseguí que me pusieran con alguien que no fuese un operador, atendiéndome una señora que se disculpó alegando “un pequeño error, nada frecuente, y que desde luego mi caso era el primero que se daba”.

Pero lo más increíble fue la explicación que me dio a continuación: Al parecer, no es posible modificar una orden dada inicialmente, ni siquiera cinco minutos después como era mi caso, de manera que lo que yo tenía que hacer, era aceptar un módem que me llegaría UNA SEMANA O DOS DESPUÉS. Luego, yo habría de devolver el módem, pagando yo los gastos, y posteriormente me enviarían el router, pero sólo cuando yo hubiese remitido el módem. Y claro, algunos meses después me devolverían el importe del envío…

Nerviosa como estaba, harta y desesperada, acepté el trato, en la esperanza de que algún día, antes de morir, tendría conexión a Internet.

Me avisaron en cinco ocasiones de que “no me moviera de casa”, que iban a llevarme el paquete, con lo que perdí cinco días secuestrada en mi propio domicilio, esperando una entrega que no se producía nunca.

Finalmente, llegó el esperado paquete, pero, para mi sorpresa, no era el dichoso módem, sino el router que había pedido.

Creyendo finalizada mi pesadilla, instalé el equipo, con varios problemas técnicos, que me obligaron a llamar a un servicio NO GRATUITO de telefónica.

Dos días después, me quedé sin teléfono y sin conexión a Internet, por lo que llamé, temblorosa, al servicio de atención al cliente. Éstos me dijeron que se debía a un pequeño problemilla técnico, pero que en unas horas, 24 como máximo, estaría subsanado. Me pareció fatal tener que pagar por un servicio que no estaba recibiendo, pero esperé. Como quiera que al día siguiente la cosa seguía igual, llamé de nuevo, informándome la señorita operadora de que, en 48 horas, estaría resuelto.

Como os podéis imaginar, no volví a llamar, ante el temor de que el número de horas se fuera incrementando a medida que llamaba.

Cuando ya sólo quedaba media hora para que se cumpliese el plazo, volví a tener servicio.

¿Creéis que mi pesadilla terminó aquí? ¡Ah, no! Al parecer, y como resultado de mis múltiples llamadas, al final constaba en los archivos de la telefónica que yo me había pedido ¡Tres routers! Yo no los tenía, pero ellos me instaban a devolverlos bajo pena de que me cobraran el triple por la conexión.

Mi reacción fue como la de los protagonistas de “Un día de furia” y “Frenético”. Mis gritos debieron oírse desde Cádiz, seguro.
Les llamé de todo menos guapos. ¿Cómo se atrevían? ¿Qué clase de tortura sádica estaban llevando a cabo conmigo? ¿Dónde estaba la cámara oculta?

La mujer debió asustarse verdaderamente, porque colgó.

No volví a saber nada más de ellos, hasta que me llegó la factura de la supuesta promoción “date de alta gratis”, la cual ascendía a más de 200 euros.

Añoré mi ONO, casi tanto como a mi Océano y a mi pescaíto frito gaditano, y, en plan Escarlata O’Hara, puse a Dios por testigo de que jamás, jamás, volvería a contratar telefónica.


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Comentarios sobre esta opinión
IRRI

IRRI

02.01.2009 14:22

muy buena opinión, yo si quieres un buén servicio de atención al cliente con buena calidad y precio te recomiendo Jazztel. Yo llevo 1 año en ella y estoy supercontento. Saludos compañera !!!!

SHULIEN

SHULIEN

18.01.2008 21:40

ESTA PESADILLA LA CONPARTIMOS MUCHA GENTE PERO NO TODOS SABEMOS EXPLICARLA TAN BIEN COMO ELLA....

Capitan_Hispania

Capitan_Hispania

12.12.2007 11:39

Que faena. En mala hora me di de baja de ONO. ME he metido con Orange via telefonica y llevo 35 dias sin interneC en casa. He llamado dos veces: una me han colgado y en otra me dicen que se les ha caido el sistema, tipica excusa que ponen al comerse un OWNED!. Un saludo. Estamos agarrados de los cataplines por las operadoras.

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