EL GUARDA DE LA HUERTA DE MI PUEBLO

5  27.06.2003

Ventajas:
Muchas

Desventajas:
Algunas .

Recomendable: Sí 

caprichodelasnenas

Sobre mí:

usuario desde:12.05.2003

Opiniones:3

Confianza conseguida:1

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EL GUARDA DE LA HUERTA DE MI PUEBLO: Años díficiles, la decada de los 40. Hambre, miseria, miedo y represión.La huerta de Valencia, entonces era eso, una huerta. Minifundista. Las familias que poseían, un pedazo de tierra, comían. El clima y sus acequias, la convertían en un vergel. Las manos de, los agricultores valencianos, en un jardín de ricas verduras, frutos, maiz, trigo, algodón, tabaco, alubias, judías verdes, etc. Se esquilmaba cada cm. de tierra. Al Sr. Vicente, D. Salvador el dueño de la finca, donde El Sr. Vicente, la Sra. Amparo su esposa y, sus hijos Amparín y Vicentín, prestaban sus servicios de caseros, le dejó 12 hanegadas de tierra regadas, por la acequia de Moncada. Ésto significaban unos 10.500 m. cuadrados. Un lujo. El campo lindaba, casi con la carretera que va de Valencia a Bétera. Muchos soldados, pasaban por allí a pie, eran los más pobres que, no podían pagarse, el medio billete del tren. Los soldados pagaban la mitad. También coincidían con los más hambrientos. En la huerta se robaba mucho, la pena era que casi siempre, era por verdadera necesidad. La pena era que, también los agricultores, como el Sr. Vicente, hacían malabarismos, para comprar simientes, abonos y medicinas. Cada pueblo disponía para su término, de un Guarda. Recorria el término a pie y, sabía los lugares más conflictivos, así como conocía a toda la gente de su pueblo. Conocía a los buenos, menos buenos y a los vagos y ladronzuelos. Al medio dia y, al atardecer se solían refugiar en las masias, donde a parte de agua fresca en verano y, un buen fuego en invierno, siempre había algo para su estómago. Vicentín lo veía como a un Superhombre. Nunca supo su nombre de pila.Le llamaban de apodo CALIFA. Era muy grande. Llevaba un sombrero de fieltro, inclinado sobre su cabeza. Algún dia debió de ser marrón. Estaba descolorido y, siempre lo llevaba un poco mojado del sudor. Tenía buen porte, andar cansino y un poco de barriga. Así y todo parecía imponente. La carabina que llevaba colgada a al hombro, parecia de juguete. Si no estaba mi padre , pasaba de largo. Levantaba la mano en forma de saludo y, seguía hasta otra masía. Era honesto y valiente. Al menos Vicentín así, lo tenía catalogado, a través de sus charlas, durante las cuales explicaba, las aventuras que le pasaban. Una vez en la oscuridad de la noche, le habí a doblado la carabina en la espalda, de un chicarrón al que no tuvo tiempo de reconocer, aunque él imaginaba, quien podía ser.Vicentín abría la boca y, no la cerraba, hasta después de, cada relato. Para Vicentín, Califa era un héroe y, él tenia la suerte de conocerlo. El Sr. Vicente lo apreciaba, aunque presumía de saber que, algunas cosas, se las inventaba. La carabina que llevaba, era como un mosquetón en pequeño. Debía ser del calibre 22. Antes de sentarse, como en una ceremonia, sacaba las balas una por una. Se las guardaba en un bolsillo de su chaleco. Acto seguido, colgaba la carabina, en la silla y se sentaba. Se quitaba el sombrero. Sacaba de su bolsillo, un pañuelo mitad raya, mitad cuadros azules, se quitaba el sombrero y, se pasaba el pañuelo por el rostro, haciendo siempre un gesto de fatiga. De otro bolsillo del chaleco, sacaba la petaca, el librillo de papel y un mechero de mecha. Le alargaba las petaca al Sr. Vicente y, parsimoniosamente liaban un cigarrillo con sus grandes y callosas manos. Califa hacía rodar la rueda sobre la piedra del mechero y, la chispa prendia la mecha. Soplaba un poco y se lo acercaba al Sr, Vicente. Prendían sus cigarrillos en silencio.Vicentín los observaba, durante la primera chupada, sus caras sucadas por el sol y la fatiga, se relajaban. La vida estaba compuesta de pequeños, pero apreciados placeres.
Vicentín era un niño como los demás.A sus seis años, sus pensamientos, eran igual de cortos que, sus conocimientos. La ilusión del Sr. Vicente era, de que su hijo, algún dia estudiase. Hasta éste momento, solo había ido a la escuela de las monjas. En Octubre, empezaría a ir a una escuela pública. Ya conocería a más niños. Entre tanto, su padre había llegado una noche, cargado con una pizarra de madera. Habia que pintarla de negro. Así lo hizo el Sr. Vicente. Primero la lijó una y mil veces. Luego le dio varias pasadas de pintura negra. La colgó de dos alcayatas en, la pared de la sala que hacía de comedor y, todo lo demás. Allí empezó el martirio nocturno de Vicentín. Sumar, restar, multiplicar, nada más de momento. En cualquier caso, era lo único que sabía su padre. De vez en cuando, recibía la reprimenda verbal y física de su padre. A muchas de estas sesiones, asistía impasible Califa. El guarda asentía a todo lo, que el Sr. Vicente decía. Vicentín le decía : Tienes que ser un hombre de provecho. Vicentín aquello no lo entendía, pero asentía. Después de la breve clase, llegaba alguna historia del guarda Califa. Ahí Vicentín abría los oidos y, los ojos. No se perdía detalle de, los relatos de su ídolo. A menudo, le comentaba a su padre : hay que ver que valiente es Califa. Su padre le regañaba y, rectificaba : Sr. Califa. Vicentín asentía.
Un dia llegó Califa, parecía más mayor, dijo no encontrarse bien. Hablaba con el Sr. Vicente, yo intentaba escuchar pero no entendía nada. Las visitas de Califa se empezaron a espaciar. Cada vez que llegaba, Vicentín lo veia como más cansado. Seguramente habrá perseguido a, algún ladrón y, la carrera lo habrá dejado agotado. También lo notaba más delgado. Sus gestos de quitarse el sombrero,guardar las balas, quitarse el sombrero, sacar la petaca, etc. los hacía más lentos. Parecía darles mayor importancia. La primera calada al cigarrillo, se hacía eterna. Yo le miraba embelesado. Que bien echaba el humo por la nariz. Los ojos cerrrados. La cara relajada. Parecía como si lo estuviese haciendo, por última vez. Unos dias después. El Sr. Vicente (mi padre), me llamó. Me sentó sobre su pierna sana, la que no tenía extendida sobre la silla. Vicentín me dijo, ya no verás más a Califa. Ayer lo encontraron muerto, debajo de un árbol. Se habia disparado un tiro en la boca. Los médicos le habían anunciado un cáncer incurable. Como verás Vicentín, aunque no se debe, hablar mal de los muertos, no era tan valiente, como tu pensabas. Los hombres tenemos que, hacerle frente a, todo lo que la vida nos mande.


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SHAHRASAD

SHAHRASAD

09.07.2003 23:07

Mi madre me ha contado infinidad de historias de ésa época. Saludos. SHA.

AromademujerSublime

AromademujerSublime

28.06.2003 05:30

Caramba! Que pena lo de Califa, por no enfrentar la vida con sus desavenencias. Me revienta el higado cuando la gente se entregan a "ciertas" convicciones sin haberle dado vuelta al asunto, se conforman con un resultado sin pelear, sin luchar. Por otra parte el Sr. Vicente (tu padre)te ha dicho algo muy cierto. "El hombre tiene que enfrentar la vida como venga", pero no es la vida la que enfrentamos, es la GENTE. La vida es tan sencilla y el "hombre" acaba con ella....Besos!

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