ANDREA CAMILLERI Y LA MAFIA SICILIANA
Andrea Camilleri es uno de los escritores más populares de Italia; también figura en la lista de los autores europeos más leídos. En los años noventa crea la serie protagonizada por el comisario Salvo Montalbano (de paso, y con el apellido de su protagonista, rinde un homenaje al escritor español Manuel Vázquez Montalbán). Montalbano es un comisario siciliano (al igual que el autor, nacido en Porto Empedocle, provincia de Agrigento, Sicilia), dicha serie actualmente consta de nueve títulos y ha situado a Camilleri entre los grandes de la novela policíaca europea.
Aún siendo Siciliano, Andrea Camilleri nunca había escrito un libro sobre la Mafia; no porque desconozca su funcionamiento o la terrible lacra que siempre ha supuesto para Sicilia y el estado italiano. Simplemente prefirió dejar el tema al margen de su obra. Hasta ahora. Con
Vosotros no sabéis, publicado en Italia en 2007 y que desde entonces figura entre los libros más vendidos, Camilleri aborda por primera vez la temática mafiosa y lo hace partiendo de un hecho puntual: en el año 2006 se produjo la detención, en una mísera casa de campo en Montagna dei Cavalli, a las afueras de Corleone, del capo supremo de la
Cosa Nostra, Bernardo Provenzano, que llevaba huido de la justicia la friolera de cuarenta y tres años. Con la detención de Provenzano salió a la luz el sistema de comunicación que el capo había establecido para dirigir la organización: los
pizzini. Los
pizzini son unos mensajes cifrados y mecanografiados que sus familiares y cómplices se encargaban de entregar en mano. Es un sistema tan sencillo y eficiente como seguro. En la era de la tecnología (teléfonos móviles, internet, etc.), Provenzano eligió un sistema que puede parecer arcaico pero que resultó ser tremendamente efectivo. A través de los análisis de los
pizzini que la Fiscalía de Palermo le suministró a Camilleri, éste elabora una especie de diccionario de términos mafiosos para comprender el complejo mundo de la mafia siciliana y, de paso, conocer un poco más la enigmática figura de su último dirigente.
BERNARDO PROVENZANO: UNA BREVE HISTORIA
Si hay una facción dentro de la mafia siciliana que se caracteriza por su brutalidad, ésa es la de Los Corleoneses. Ajena a la estructura típica de las «familias», funciona más como un clan y en su afán de expandirse por toda Sicilia ha propiciado las más cruentas guerras que se recuerdan. En la llamada «Segunda guerra mafiosa», también conocida como la mattanza, y que tiñó de sangre Palermo durante los ochenta, hubo más de mil muertos en solo dos años. Los Corleoneses, así, afianzaron su poderío en toda la isla; se convirtieron en abanderados de una nueva manera de entender los negocios mucho más agresiva que la del resto de las «familias», más tradicionales y prudentes. El impulsor de esta nueva concepción fue Luciano Liggio, el capo corleonés que dirigió el clan con mano de hierro hasta su detención y posterior condena a perpetuidad en los años setenta.
Liggio, que había ascendido a jefe supremo después de haber asesinado al anterior capo del clan, Michele Navarra, nombró a dos conocidos matones sus lugartenientes: Salvatore Toto Riina y Bernardo Provenzano.
Al ser detenido y encarcelado Liggio, la jefatura pasó a manos de Riina, convirtiéndose Provenzano en su lugarteniente. De Riina, uno de los jefes más despiadados que ha tenido la organización, se pueden decir muchas cosas, pero su decidida apuesta por la violencia sin concesiones es su más clara seña de identidad. Él dio la orden para asesinar a los jueces Falcone y Borsellino. Cuando Riina fue detenido, en 1993, Provenzano ocupó su lugar. De inmediato, adoptó una estrategia muy distinta a la de su antecesor; un proceso de inmersión que Camilleri denomina «navegación a cota de periscopio»... La idea de Provenzano era sumir a la mafia siciliana en una especie de letargo; «sumergirla» mientras se acallaba el ruido mediático incesante. En los funerales de Falcone primero, y Borsellino después, era manifiesta la indignación de los ciudadanos de Palermo y de Sicilia entera. La proverbial aquiescencia que existía entre la población y la mafia parecía resquebrajarse por momentos: nunca se habían visto tantas manifestaciones, tantas protestas, tantas pintadas contra la mafia en las paredes... Por tanto, lo mejor para los intereses de la Cosa Nostra era hacer «mutis por el foro» mientras pasaba la tormenta. Las bombas y asesinatos de Riina eran demasiado escandalosos; Provenzano apostaba por la discreción. Pero que nadie piense que las actividades ilícitas cesaron, nada de eso. Simplemente se hicieron de manera menos evidente. Provenzano quería dar la imagen de hombre de paz a la manera de los antigüos capos que se presentaban a sí mismos como «justos y honorables»... Pero no hay que llamarse a engaño: Provenzano tiene en su haber muchos asesinatos. El propio Camilleri nos relata lo siguiente: «Parece ser que Bernardo Provenzano, siendo muy joven y tras un violento altercado en una taberna con un paisano y amigo corleonés, lo invitó a acompañarlo a campo abierto para hablar. Y allí, sentado a horcajadas sobre él, lo mató golpeándole repetidamente la cabeza con una piedra de gran tamaño».
Nos sigue diciendo Camilleri: «En calidad de asesino, Provenzano dio lo mejor de sí mismo en la matanza acontecida en un garaje de Viale Lazio de Palermo el 10 de diciembre de 1969. Después de entrar y abatir a la mayoría de los rivales que allí se encontraban, el único que quedaba efectuó varios disparos hiriendo al propio Provenzano en una mano mientras es alcanzado a su vez por una bala y va a parar debajo de un escritorio. No se mueve, da la impresión de ser ya cadáver. Para asegurarse, Provenzano lo agarra por los pies y lo arrastra fuera de su escondrijo. Y entonces se encuentra con que el tipo, que se había fingido muerto, está apuntándole directamente con su revólver entre los ojos. A Provenzano ni siquiera le da tiempo de reaccionar porque el otro aprieta el gatillo, pero el arma, ya vaciada, sólo emite un clic.
Entonces Provenzano trata de acabar con él con la metralleta, pero ésta se ha encasquillado. De modo que, mientras lo machaca a patadas, a pesar de la herida en la mano consigue extraer del cinto la pistola y descargarle encima todo el cargador. Fue entonces cuando Provenzano se ganó su apodo más conocido: ' u Tratturi, el Tractor, que avanza implacable y lo aplana todo sin dejar ni una brizna de hierba a su paso».
En efecto, éste es el «hombre de paz», el jefe supremo de una siniestra organización que vivió oculto para la justicia durante cuarenta y tres años. Un capo que utilizaba en sus
pizzini un lenguaje místico-religioso y que al ser detenido, portaba un Biblia que denotaba un uso constante y que aparecía subrayada en muchísimos párrafos.
VOSOTROS NO SABÉIS: UNA SUERTE DE DICCIONARIO DE TÉRMINOS MAFIOSOS
Para intentar comprender la peculiar idiosincrasia de la Cosa Nostra, no hay nada mejor que acceder a la comunicación interna entre un prominente jefe y sus correligionarios. Los pizzini de Provenzano son una ventana abierta a un mundo regido por implacables códigos en los que la traición o la revelación de sus actividades están penadas con la muerte. Cuando Provenzano le escribe a uno de sus hombres, acerca de una empresa de construcción, que ésta «ha de ponerse en regla», lo que está diciendo es que ha de pagar el pizzo (la extorsión estimada en el 2% para cualquier actividad empresarial) cuanto antes.
Provenzano, como capo supremo, es el encargado de que todas las actividades ilícitas que la mafia lleva a cabo y que rinden astronómicas cantidades de dinero para la organización, estén en permanente orden. Si alguien se retrasa a la hora de abonar el
pizzo (empresas, comercios, hostelería, lo que sea), los hombres de Provenzano lo visitan y le dejan bien claro cuál es la situación. Normalmente no hace falta emplear la violencia, porque cualquiera sabe lo que se juega: la vida. Andrea Camilleri, a través de las entradas de este diccionario, nos da las claves del funcionamiento de Cosa Nostra y una visión de la vida en clandestinidad de su jefe, Bernardo Provenzano. Lo que está claro, como se desprende de la lectura de los
pizzini, es que en los cuarenta y tres años en los que permaneció huido, Provenzano estuvo siempre cerca del pueblo que nació: Corleone.
Para que esto fuera así, es necesaria una colaboración más que probada no sólo de los hombres a sus órdenes, sino también de una serie de profesionales (médicos, abogados, empresarios) y políticos que le prestaron cobertura. Incluso su abogado repitió hasta la saciedad, sin asomo de duda alguna, que Provenzano llevaba muchos años muerto...
Al ser detenido, y cuando se le preguntó si necesitaba algo, el capo le dio al responsable policial una ampolla que se tenía que inyectar todos los días para su tratamiento de próstata. O sea, es un hecho que Provenzano tenía problemas prostáticos y fue tratado durante su ocultamiento por médicos y especialistas. Incluso salió del país para operarse en una clínica de Marsella...
¿Cómo lo iba a conseguir sin la ayuda de eminentes personalidades? En las imágenes que mostró la televisión sobre la captura de Provenzano, esposado y con un chaleco antibalas en el que se puede leer, precisamente, POLICÍA, se ve a un hombre, casi un anciano (en ese momento tenía 73 años), con aspecto de campesino (la misma imagen que ofrecía Riina), y vestido con ropa de mercadillo: un hombre sencillo... Nada más lejos de la realidad, en el registro que se efectuó en la casa de Montagna dei Cavalli aparecieron, entre otras cosas, siete jerseys de cachemira cuyo precio resulta prohibitivo. Es sabido, igualmente, que a Provenzano le gustaba la ropa de los mejores diseñadores: algunos de sus colaboradores más cercanos iban a las boutiques de Roma para adquirir prendas y trajes de firma.
Hubo un tiempo, incluso, en el que Provenzano salía en su Mercedes blanco, con chofer, elegantemente vestido para asistir al cine o a un determinado espectáculo por Palermo. Después de ocho años de laboriosas investigaciones para intentar capturarlo, el subjefe de la policía, Renato Cortese, fue el primero en entrar en la modesta casa en la que vivía recluido el hombre más buscado por la justicia italiana.
Cortese no le pregunta, como es de rigor, si él es Provenzano, sino que lo afirma categóricamente:
—Usted es Bernardo Provenzano. —Y añade—: Lo declaro bajo arresto.
El capo se sobrepone a la sorpresa que lo ha dejado de momento paralizado, esboza apenas un gesto de enfado y después murmura, pero de manera que todos puedan oírlo:
— Vosotros no sabéis lo que estáis haciendo.
Terminaba una época.-
ANDREA CAMILLERI: EL AUTOR
Nació en 1925 en Porto Empedocle, Agrigento (Sicilia). Actualmente vive en Roma, donde imparte clases en la Academia de Arte Dramático. Durante cuarenta años fue guionista y director de teatro y televisión. En 1994 crea el personaje de Salvo Montalbano, el entrañable comisario siciliano protagonista de una serie que en la actualidad consta de nueve novelas. Todos sus libros ocupan habitualmente el primer puesto en las principales listas de éxitos italianas. Andrea Camilleri es hoy el escritor más popular de Italia y uno de los autores más leídos de Europa. El escritor ha dispuesto que los beneficios de los derechos de autor de
Vosotros no sabéis, se donen a la Fundación de los Funcionarios de Policía para los hijos de las víctimas caídas en acto de servicio.