Tu demonio sumerio

3  06.10.2011

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La_cara_oculta

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usuario desde:15.12.2009

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http://www.youtube.com/watch?v=AmahdGX-org&feature=related

El relámpago rasgó la oscuridad, el trueno anunció su llegada.

Sola, arrodillada sobre el suelo de parquet de su salón donde había trazado con tiza blanca, negra y roja extraños símbolos esotéricos, Silvia sintió que un temblor ligero pero incontrolable se apoderaba de su cuerpo y que su corazón latía como un galgo a la carrera. En el suelo había un libro antiguo, con las hojas de pergamino, un cuenco con agua y un cuchillo ensangrentado sobre un espejo de mano con marco de plata. La sangre era suya, se había hecho un corte superficial en el antebrazo izquierdo porque así lo requería el ritual de invocación.

Fuera, la tormenta comenzó a arreciar; Silvia se estiró sobre el suelo, boca a bajo, intentando controlar de alguna manera el ataque de pánico que sentía. Estúpida, se dijo, no eres más que una estúpida... Y era cierto, ¿Acaso creía que un ritual para invocar a un antiguo dios oscuro iba a funcionar? Aquellas eran cosas propias de una niña de doce años, no de una chica de diecinueve años que cursaba la carrera de Matemáticas y que se burlaba de todo lo que tuviera cierto tinte esotérico.

Había encontrado el libro por casualidad, su abuelo era un reputado matemático y ella quería echar un vistazo a los cuadernos de notas de su época de estudiante en Cambridge, los cuales guardaba en el desván de la vieja casa familiar. Pero sus abuelos se hallaban disfrutando de uno de esos cruceros por las islas griegas que tanto les gustaban y nadie vivía en la casa, así que Silvia se había limitado a coger las llaves del despacho de su padre, había tirado su bolsa de cuero con sus apuntes en el asiento trasero del coche y se había puesto en marcha acompañando a Robert Plant con su voz de soprano mientras la voz desgarrada del cantante llenaba el aire del coche con una inmortal melodía setentera.

No había dioses pero las bacterias y otros microorganismos sí eran reales, el corte era superficial pero sangraba ligeramente; era mejor que lo lavara bien y le aplicara un desinfectante. Quizá debería buscarse un psicólogo porque esas cosas que hacía no eran normales o mejor, aún, amigos... o un novio. Ambas cosas podrían estar bien, se dijo, aunque no podía saberlo con exactitud porque nunca había tenido ni una cosa ni otra; era una loba solitaria que no se adaptaba a la manada.

Se maldijo en silencio por las cervezas que había bebido por la tarde, mientras preparaba el ritual siguiendo las indicaciones del arcaico libro. Ahora era incapaz de pensar de modo racional, ¿Acaso creía que si atravesaba el salón y abría la puerta se encontraría a un dios demoníaco aguardando civilizadamente a que ella le diera permiso para entrar?

Claro que no.

Él estaba allí.

Silvia se mordió los labios con fuerza mientras se obligaba a incorporarse lentamente y girarse para enfrentarse a la oscuridad. Casi perdió el equilibrio, temblaba demasiado, necesitaba una superficie sólida contra la que apoyarse o abrir los ojos porque mantenía los párpados fuertemente cerrados.

El demoníaco dios o lo que quiera que fuera estaba de pie ante ella.

****
Un año después...

—¿Pretendes huir de mí?

La pregunta te pone nerviosa aunque he intentado darle un tono casual a mis palabras, bajas los párpados para ocultar tus ojos azules que reflejan todas tus emociones y, por primera vez, me fijo en lo largas y espesas que son tus pestañas y en la sombra que proyectan sobre tus pómulos. En mi época, las mujeres y los hombres se maquillaban profusamente los ojos y, un color como el de los tuyos, de un límpido celeste, no se conocía.

—¿No dices nada? ¿Todavía me tienes miedo? Sí, lo tienes, no soy más que un demonio sumerio, ¿ no es eso? Contesta.

De nuevo, me respondes con el silencio que has convertido en un muro de defensa, te ha servido con todas las personas que has conocido hasta que me has encontrado a mí; ahora que ya he poseído tu cuerpo, quiero tener tu mente... y la tendré. Te levantas y caminas descalza hacia la terraza acristalada del piso más alto de un rascacielos que domina una ciudad sin nombre que me recuerda al zigurat que dominaba mi ciudad, mientras me sirvo otro vaso de whisky sin hielo que bebo sin saborear. No es un trago de bebida espirituosa lo que reclama mi cuerpo ni me alma condenada si no a ti y, me invade el recuerdo de lo vivido escasas horas antes entre las sábanas revueltas del lecho; demasiado tímida, demasiado rígida cuando te estrecho entre mis brazos, increíblemente dulce y cálida, el resto de las mujeres que he conocido no se pueden comparar a ti.

Contemplas las luces de la ciudad a tus pies, el aire del ventilador juega con tus cabellos de un tono rubio rojizo, endurece tus pezones bajo bajo la fina tela negra de tu vestido. ¿Qué pensamientos cruzan por tu mente? Quiero que pienses en mí y que sientas la misma necesidad que me invade cada vez que te veo o que apareces en mi mente.

—No te muevas— te ordeno inmovilizándote con mi cuerpo, abrazándote desde atrás; eres mucho más pequeña que yo, menuda, demasiado frágil, como todos los mortales— Esta noche sacarás a la luz tus fantasías secretas.

Noto como te pones rígida pero no te lo voy a permitir, no en esta ocasión. Deslizo los tirantes del vestido, durante unos segundos queda prendido en la curva de tus caderas y luego termina cayendo a tus pies, lo único que te cubre son el sujetador y las braguitas de encaje negro. Te beso en la nuca, en la unión del cuello y el hombro, hace días que no me afeito porque es una vieja costumbre, deslizo mis manos sobre tu piel para acariciar tu vientre, esos pequeños michelines que tanto odias y que yo adoro porque me gusta que seas real, de carne y hueso.


—No, ahora no— dices con voz suave y vacilante.

Llevo una de mis manos hasta tus pechos para acariciarte por encima del sujetador, notas como mi excitación se clava en tu cuerpo e intentas huir de mí.

Pero no lo permito.

—Eres un monstruo, un ser horrible, un cabrón.

Prefiero que me insultes a soportar el agudo filo de tu silencio.

—Lo sé pero deja de resistirte porque no te voy a soltar, ya lo sabes.

Pienso en otra mujer que me marcó para siempre en la antigua Uruk, en el aroma del incienso y de los perfumes.

—No me gusta que me toques.

—¿No?— te aprieto el pezón derecho por encima de la ropa interior— Tu cuerpo dice todo lo contrario, aunque eso ya lo sabes. Nadie te conoce como yo, ni siquiera tú misma.

Te libero del sujetador; suspiras sin poder evitarlo y tienes un momento de pánico cuando te obligo a apoyarte contra pared acristalada de la terraza. Te acaricio las caderas, los muslos, el sexo sin quitarte las braguitas que se empiezan a humedecer y ese culo tan precioso que tienes. Me vuelves loco y, lo peor, es que no eres consciente de ello, ignoro que va a ser de nosotros, si conseguiremos que nuestro amor se haga más fuerte y nos eleve a ambos o si dejaremos que sea destruido y lentamente olvidado, pero no quiero pensar en eso ahora porque la idea de perderte después de haberte tenido es demasiado dolorosa.

Pienso en poseerte allí mismo pero prefiero la comodidad del lecho, te cojo en brazos como la primera vez en casa de tus abuelos cuando caíste inconsciente después de invocarme. Entonces, tú desconocías que tu conjuro nos había unido para siempre.

El lecho es enorme, una de esas camas macizas, con columnas que estuvieron de moda entre los ricos hace tiempo, las sábanas todavía revueltas, conservan el aroma de nuestra última unión a pesar de que la habitación fue ventilada. Termino de desnudarte y me arranco la ropa con impaciencia.

Me besas, un roce suave de tus labios contra los míos y yo beso y lamo cada centímetro de tu piel, te mordisqueo donde no me puedo resistir y hundo mi cabeza entre tus muslos; siento tus dedos tirando de mi largo pelo negro pero yo te tengo fuertemente aferrada. Al sentir el roce de mi boca y de mi lengua te pones tan rígida como la cuerda de un arco e intentas apartarte, no puedes buscar refugio en tus amadas matemáticas, en nada excepto en este momento y en lo que estás sintiendo. Cuánto más te bebo más deseo de ti, el placer se desborda por cada uno de los poros de tu piel y yo me deleito con tus gemidos.

El orgasmo te llega aunque no quieres... ¿ cómo podrías evitarlo?


—Nunca te cansas de hacer eso, ¿verdad?

—Jamás, adoro tu sabor, nunca me saciaré de ti.

—Ni de mí ni de nada, eres un salvaje al que lo controlan sus apetitos por la comida y la lujuria. ¡ Es algo asqueroso!

Me río sin poder evitarlo, soy un civilizado sumerio, en otro momento te explicaré cosas sobre mi gente porque la historia no es tu fuerte, querida mía.

— Es delicioso, tanto como el placer que has sentido y todavía sientes... como el que volverás a sentir, como el amor que me profesas. Me amas.

Te doy un beso largo y profundo, suspiras, gimes, al tiempo me rodeas con tus brazos atrayéndome hacia ti, apretándome contra tu cuerpo suave y cálido y te vuelvo a acariciar, no puedo dejar de tocar tu piel, de anhelar el contacto con tu cuerpo. El sudor cubre nuestros cuerpos, tengo mi boca en tu garganta, en tus pechos, en tus pezones; el deseo que siento por ti es tan fuerte que resulta casi insoportable.

—Silvia— pronunció tu nombre con voz ronca, me sumerjo en la profundidad azul de tus ojos, obligándote a sostenerme la mirada— Deja que te ame, entrégate a mí.

Arrodillada y agarrada a una de las columnas de madera no te puedes huir de mí y, ni tan siquiera piensas en esa posibilidad imposible, aparto tu largo cabello rubio sobre tu hombro derecho, te beso la espalda y te obligo a sentir mi erección contra tus nalgas; te susurro palabras obscenas, tiernas, eróticas al oído y deslizo mi verga entre tus nalgas, restregándola contra tu piel, contra esa carne tan cálida y tan tierna y, de un único movimiento, la entierro en tu sexo chorreante arrancándote un hondo gemido y empiezo a embestirte poseído por el deseo, por el antiguo ritual de la unión de los cuerpos. No dejo de acariciarte, de apretar tus pezones, tus pechos, tu clítoris; quiero que te quites todos los complejos y no sólo que disfrutes si no que lo reconozcas. Ahora. Siempre.

Sin salir de ti te obligo a acostarte boca abajo, soportando todo el peso de mi cuerpo y cruzo tus brazos contra tu espalda, de modo que esta se arquea y la curva de tus caderas se hace más evidente. Tu cuerpo tiembla, el mío, pienso que no es capaz de resistir un placer tan intenso y exquisito.

Moriría feliz en este mismo instante. Pierdo la noción del tiempo, como antes de que me reclamaras hasta que no me puedo contener más y me derramo en tu interior; permanecemos así un rato, en silencio sepulcral, después, te haces un ovillo contra mi cuerpo sonriendo satisfecha.

http://www.youtube.com/watch?v=xXaRT8CXmGE&feature=related

Antes...

El demonio sumerio escucha la invocación, no puede negarse a ella, la mujer pronuncia las palabras con un marcado acento extranjero que nunca antes ha escuchado y el umbral se abre ante él, sin saber a qué época y a qué lugar lo va a enviar en esta ocasión.
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Comentarios sobre esta opinión
allegro

allegro

03.12.2011 11:48

Vaya satiro el dios sumero.Bueno, que venga de Uruk o de Eleusi, gratificante relato, y un placer conocer tu cara oculta.Con un poco de envidia, no sabria escribir nada con formas tan atractivas y sugerentes.

hada1711

hada1711

22.11.2011 18:56

simplemente...me ha encantado. bss

nycblue

nycblue

14.11.2011 23:38

Es lo que tiene invocar a ...... que puede hacerse realidad. Aunque el resultado es más que interesante........Un beso fuerte

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