ISHQ

5  21.10.2011

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john_andy

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NOTA DEL AUTOR:


El siguiente relato es la recreación ficticia de una historia real. A finales del siglo XVI, el amor surgido entre una esclava y el príncipe heredero a punto estuvo de provocar la caída del Imperio Mogol, y supuso uno de los lances más dramáticos, trágicos y fascinantes de la historia tradicional india.


Este relato forma parte de un escrito mucho más amplio, complejo y extenso que trasciende los límites del certamen.


El texto pretende ser un homenaje a la poesía de Rumi, y ha sido escrito con la siguiente composición como banda sonora:


http://www.youtube.com/watch?v=ppHds6e0vZQ&feature=fvst


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ISHQ


En el gorgoteo meloso de la brisa, una hoja flameaba sinuosa acariciando las jorobas floridas de las colinas, allende la planicie, con su sombra incierta. Se elevaba en un bostezo candente, asomándose a las nubes en lana que herían un cielo licuado, y se desmayaba, somnolienta, por entre las copas de los almendros y las encinas, hasta aguijonear con su tallo el espejo bruñido del estanque.


Bajo la sombra lacerada de una acacia, apenas una mácula sombría sobre la hierba en flor, languidecía Nuruddin, heredero al trono mogol. El cabello ensortijado manaba por las laderas de su espalda, trazado a tinta y a brea. El óvalo sáxeo de su rostro ladeado en desgana y dos ojos como amaneceres derramándose por las comisuras y las mejillas. ¡Qué efímero el tacto de los dedos sobre el papel! ¡Qué suculenta la sonrisa en ciernes bajo las alas ralas del bozo! Las orquídeas mullían sus corolas de alabastro.


Porque tu semblante es el último ídolo, yo me he convertido en idólatra –recitaba con voz de seda -, porque de tu copa fluyen los vinos, ahora estoy embriagado. Ante la presencia de tu amor, yo me he vuelto inexistente. Y esta ausencia junto a ti es mejor que todas las existencias.


Los días iban y venían como olas sin rumbo, y el príncipe languidecía bajo el auspicio de las palmeras y el firmamento, abstraído en el mar del desconcierto, embelesado por la belleza del alba y solo. ¿Qué encuentra en esos versos que tanto le aparta de la realidad? –se preguntaban algunas voces-, ¿qué halla entre esas líneas que con tanto ahínco opaca su mirada?


Doncellas de rancio abolengo, princesas de excelsa ralea, aristócratas e infantas, musas de honrosa belleza y amas de artes impías, todas peregrinaban hasta el habitáculo de su soltería para descubrir oclusas las ventanas de su afecto. Nuruddin las oteaba como quien divisa horizontes: absorto siempre en las tormentas piel adentro.


- ¿Hasta cuándo? –inquiría su madre-. ¿Cuándo escogerás esposa?


- Cuando el amor lo haga por mí –aseguraba él.


Y en el cielo ardieron mil estrellas como mil bostezos dibujaron las mañanas, y a al alba hostigó el crepúsculo con brisas entumecidas y con tinieblas. Los frutos granaron y fenecieron, y las madrigueras hiparon de modorra. Así flaquearon las ninfeas, así sucumbieron los lotos. La luna se cristalizó sobre el horizonte.


Cuando el invierno cubría los prados con su lienzo lóbrego y las lechuzas ululaban de frío, Lahore centelleaba con el guiño tartamudo de sus velones y el resollar gríseo de los inciensos. Por los pasillos de la floresta marmórea de palacio susurraban pies enguantados en cuero, y de las ventanas pendían rumores de lavanda y limón. En las cúpulas bisbeaban lamentos.


Hasta que un día…


- ¡Anarkali! –exclamó Salima-, ¡ven aquí!


Dos ojos de plata asomaron tras la columna. La tez rojiza lustrosa de puro trajín, y la boca como una granada a punto de florecer.


- ¿Sí, señora?


- ¿Has estado alguna vez en el hammam del príncipe Nuruddin?


- No, señora –un rubor en la mejilla.


- ¿Sabes dónde está?


- Sí, señora, en unas de las…


- Ve inmediatamente allí –interrumpió con impaciencia-; a la entrada hay una bandeja con ungüentos y afeites. Aplícalos en el cabello del príncipe, comenzando por las raíces, y acabando en las puntas. Antes de que se endurezca, enjuágalo con agua de jazmín. Después, márchate.


- Pero, yo…


- No te dirijas a su alteza, no levantes la mirada y no disturbes su reposo. ¿Lo has entendido?


Una genuflexión por toda respuesta.


- Ahora, ¡ve!


A través de pasillos de alabastro musitaba la premura del sari, rozando apenas las esquinas romas de las columnas, entreteniéndose el discurso de sus cascadas de satén por las escaleras,

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XVI Certamen de Relatos Eróticos ANARKALI
Supuesto retrato de Anarkali.
carraspeando sobre la tersura de piernas apuradas. Bajo los arcos gravitaban candiles de luz licuada, meciéndose impávidos en el respirar de los salones y las alcobas. El vapor de los inciensos se rizaba en las hornacinas.


Del ojival que llevaba al hammam emanaba un bálsamo térreo, como una lengua salada que ansía aire fresco. Anarkali escudriñó su interior y contuvo el aliento. El resplandor mortecino de velas constipadas de niebla reverberaba en la bóveda de baldosas: un enjambre de luciérnagas atrapadas en merengue. Las columnas exhalaban sándalo y canela, loto y madreselva. En pos de un firmamento incendiado, acaso codiciando su luz ebria, serpenteaban riachuelos de lapislázuli y azabache. Y en el centro exacto de la estancia, abrupta en su rotundez, una bañera de mármol gríseo empapada en sudor y aguas salobres. Dentro permanecía Nuruddin.


En el suelo, sobre una bandeja de estaño, rielaba el cristal de los ungüentos.


Un bochorno intoxicante perló de guiños la piel de la doncella, los pulmones hastiados de perfumes. En silencio despreció las babuchas y sus pies descalzos besaron el zócalo. A través de la neblina, conjeturó el perfil del príncipe. Los ojos bailotearon nerviosos, demasiado acobardados para contemplar su rostro. La sangre latía en su boca.


Con los labios ceñidos avanzó hacia el interior del hammam, rindiéndose a su fragrante calima. Vislumbró primero la piel azafranada de las manos de Nuruddin, como enraizadas sobre el mármol. Se demoraban los dedos somnolientos de humedad, esbeltos, nervudos. Al peldaño de su muñeca venían a desembocar regueros fugaces de sudor llorados hombro abajo. Contrita, Anarkali apartó la mirada. Pero los párpados quisieron pecar de arrojo. Y volvieron a aletear las pupilas, encaramándose al risco de su barbilla imberbe, horadando la levedad de sus labios entornados, oleosos, fulgentes, hasta izarse al valle de sus párpados oclusos bajo un ceño de osamenta atribulada.


A la doncella se le quebró la respiración en la garganta. Nuruddin, el hijo del imperio, luz de fe. ¿Cómo podía una ralea tan grave morar en un templo tan sutil?


Vacilante, Anarkali se arrodilló junto a la bañera, detrás del príncipe. La cascada de sus bucles tostados resbalaba en tropel por la espalda, lamiendo la piel del cuello y la superficie tersa del mármol. Lagrimeaban las hebras de su pelo desoladas de pura lluvia.


Depositó la bandeja en el suelo, y con el recelo de los impíos, se insinuaron los dedos por el cabello. Paladeó su ardor con las yemas, su escurridiza acuidad, su mansedumbre. En los labios de Nuruddin se escarchó un suspiro. Tomó el frasco del ungüento, y ungió al príncipe con su espesura desleída. A opio y almendra olía su lengua grumosa. Pronto los dedos eran todo óleo, y el óleo era casi arcilla.


El siseo de los mechones untados en tierra y el hervor de los vapores henchidos de aroma sometieron al silencio de la habitación. Las llamas de los cirios parecieron sucumbir de desidia, y sus afiladas uñas de fuego tremolaron exhaustas. La luna misma hundió sus cuernos lechosos en la orilla del Ravi, hostigada de abulia y disoluta. El loto entornó sus pétalos en bostezos.


Pero la mudez de las columnas expiró con voz de incienso.


- Porque tu semblante es el último ídolo, yo me he convertido en idólatra.


El verso afloró de los labios de Nuruddin como un susurro, tan quedo, tan flemático. Las palabras rodaron por la pendiente laxa de su conciencia, emborrachándose de su letargo, de su perfumado adormecimiento. Cada armonía, cada acorde vibró en el vértice de su lengua, y afluyó envuelto en fosca por la turbieza de sus recuerdos y sus anhelos.


- Porque de tu copa fluyen los vinos –continuó con los párpados oclusos-, ahora estoy embriagado. Ante la presencia de tu amor, yo me he vuelto inexistente. Y esta ausencia junto a ti es mejor que todas las existencias.


La meliflua dicción del príncipe embriagó a Anarkali con su tañido acaramelado. Tantearon sus dedos por entre los rizos de Nuruddin como esbozando senderos en la harina. La palma de su mano se abotargó con la esencia de la miel, el jarabe acedado del cabello zaino. Una quemazón sin nombre trepaba por las yemas hasta henchirse en las muñecas y cremar el centro mismo de su cuerpo.


El cosmos interrumpió su incesante divagar, y las estrellas quedaron suspendidas en una quimera narcótica de tiempos quebrantados. Se vio a sí misma como el origen de toda existencia, al inicio de los tiempos, en una infancia ancestral. Oyó la voz de su madre, y aspiró la avinagrada esencia de su padre. Olvidó toda noción de sí misma, su nombre y las fronteras de su piel. Y de pronto comenzó a recitar a la par que el heredero:


- En el jardín de las orquídeas y las rosas, anhelo ver tu rostro. En el sabor de la dulzura, anhelo besar tus labios. En la sombra de la pasión, anhelo tu amor.


Nuruddin enmudeció ante el canto de Anarkali.


- Me abruma la magnificencia de tu belleza, y desearía poder verte con cien ojos más. Me avergüenza llamar a este amor humano. Y el temor a Dios me impide llamarlo divino.


El arrullo de su propia voz, escudada en el silencio, sobrecogió a Anarkali. ¡Su balada había quedado huérfana del soliloquio de Nuruddin! De súbito, palidecieron las mejillas y el viso de los pómulos se tornó amargo, liviano. Sus ojos centellearon de sumo espanto.


- Oh, discúlpeme, alteza. Lo lamento muchísimo –tartamudeó con la cabeza gacha.


Los hombros de Nuruddin emergieron de la bañera.


- No, no te disculpes. No tienes que hacerlo.


- Lo siento tanto –insistió la doncella.


- ¿Por qué ibas a sentirlo? Son los versos de un profeta. Su palabra es siempre bienvenida –el príncipe titubeó por un instante-. ¿Quién te los ha enseñado?


En los oídos atronó el corazón.


- Por favor, dímelo, ¿cómo los has aprendido?


- Mi padre fue el aprendiz de un gran maestro en Shahdara, un hombre santo –dijo en un suspiro-. De él aprendió sánscrito y urdu. Le enseñó a admirar la pintura de Farrukh y la poesía de Jalal ad-Din Rumi. Me recitaba todos sus poemas de memoria.


Los párpados de Nuruddin parecieron abatirse.


- ¿Podrías continuar?


La doncella vaciló.


- Por favor, continúa el poema que habías comenzado. No sabes cuánto me satisface oírlo en tu voz.


Un rubor por rostro y un tremor por manos.


- Por supuesto, majestad. Será mi privilegio.


Los dedos volvieron a extraviarse en la cabellera bruna de Nuruddin, y las palabras germinaron embebidas en melaza.


- ¡Oh, amante supremo! Permíteme despreciar mis tribulaciones. Las flores han brotado con la exultación del espíritu…


A medida que los versos desnudaban su pureza y reverberaban una y otra vez en el armazón del hammam, encaramándose a los fustes, deleitándose con la curvatura de las bóvedas, encaprichándose de cada nicho, de cada hornacina, el cuerpo del heredero se hundía más y más en su absorta zozobra. Las aguas aromáticas tintadas de espuma chascaban con cada beso de su piel.


- … Por Allah, anhelo escapar la prisión de mi ego, y perderme en las montañas y en los desiertos. La gente solitaria y triste me agota…


Anarkali contemplaba abstraída la figura fúlgida de Nuruddin. La indulgencia con la que los hombros barrenaban la plata líquida que los guarecía, el ínfimo trazo de sombra que se derramaba hirviente por la espalda, y allende el gorgoteo sibilino, la prominencia de sus rodillas desnudas, tan desvalidas en su soledad, tan expugnable la una sin la otra. Persiguió las líneas de sus muslos feraces, candentes en el bálsamo, y oteó la oquedad que esbozaban sus piernas al hundirse en la bañera.


-… desearía deleitarme en la borrachera frenética de tu amor, y sentir la fuerza de Rustam en mis manos…


Imaginó el brillo licuado del abdomen bajo las aguas, el bamboleo pertinaz del pecho, ora izado, ora arriado. Rastreó en sus delirios la curva osada de las caderas, de piel bermeja; adivinó el cariz alicaído del vello pardo bajo el ombligo, su lanuda aspereza, su humedad insistente, su procacidad. Intuyó la satinada cualidad del vientre, las colinas denostadas que confluían en el pubis, la umbría y la espesura.


- …eres la esencia de la esencia, la intoxicación del amor. Quiero cantar las alabanzas de tus virtudes, pero te observo enmudecido, con la agonía del deseo en mi corazón.


El príncipe exhaló subyugado. Una paz lisonjera ronroneaba en las palmas de sus manos. En la exquisitez del sosiego, tan sólo el silencio de su garganta resultaba certero.


Anarkali se inclinó hacia la bandeja de estaño y tomó el recipiente con agua de jazmín. Una gota postrera resbaló de su dedo índice y cintiló sobre el zócalo.


- Debo enjuagar su cabellera, majestad.


Nuruddin asintió con un arrullo profundo.


Cuando la doncella descorchó el frasco, un celaje de deliciosa complexión pareció arreciar en el interior de la estancia, mezclándose con las partículas de opio y sándalo, con la fragancia de la canela y el loto, embriagándose de su gentileza, sometiéndola y capitulando a la vez. Escrupulosas fueron las manos que vertían el extracto sobre la testa del heredero, y cada lágrima almibarada era más sedienta que la anterior, profusas en su zalamería, solícitas, inasequibles en su lisura. Por las sienes desaguaron arroyos de incienso líquido. Una savia jugosa empapó las pestañas y las engarzó de polvo de rocío. El abismo entre las clavículas quedó anegado en una saliva dulzona. Por las escápulas lloró la belleza.


Nuruddin permitió que el peso del cabello mojado lo arrastrara hasta el fondo de la bañera, para brotar al punto ungido de plata y luz. Anarkali selló los párpados cuando las piernas del príncipe brotaron vestidas de agua.


- Sécame –ordenó.


Sin levantar la cabeza, la doncella inspeccionó de soslayo las hornacinas del hammam, hasta que en una halló paños de lino blanco plegados unos sobre otros. Se acercó a ellos con las entrañas latiéndoles en la garganta. Tomó el primero, y al girarse, avizoró la esbelta desnudez del príncipe. Las lumbres tiritaban en el lienzo alazán de su espalda, como oreadas de puro bochorno. Por la tensa elipse de los glúteos lloviznaban regatos incendiados. Y los muslos romos rezumaban un sudor acanelado. Anarkali parpadeó embelesada.


Atravesó los escasos pasos que la separaban de Nuruddin tan inquieta como turbada, hipnotizada y transida, y por fin, descubrió el atardecer eterno de guardaba en su mirada. En esos ojos de almendra divisó albas desveladas de frío y una negrura de llantos diezmados. Oteó el horizonte de sus cuitas y el descabellado esqueleto de sus temores. Su soledad y su agonía. Su inhóspita nostalgia.


Durante la eternidad de un instante, se sostuvieron el uno al otro con la inocente impaciencia de sus deseos. El pómulo crítico de él y la redondez etrusca de ella. Los labios ávidos de la doncella y las pupilas adamantinas del príncipe. Las candelas fulguraron en una gota prendida de la barbilla.


El vapor vendaba sus cuerpos como un sudario centelleante.


Anarkali postró la rodilla frente a Nuruddin y desdobló el paño de lino sobre sus pies. Los abrigó con las manos envueltas y las mandíbulas rígidas. Tanteó la angostura de los dedos, el alabeo tenue del empeine, nublado, apenas, por una pátina de fino vello. La fragilidad famélica del tobillo y la suculenta ternura de la planta. Ascendió la ampulosa pilastra de la pierna hasta el bulbo leve en la pantorrilla, y percibió la severidad del hueso a la orilla de la rótula. Tropezó en las corvas con una humedad calurosa y contuvo el aliento. En el altozano de los muslos quedó quebrada su determinación. Advirtió un ligerísimo escalofrío, el inaudito lance de la borra erizada y la piel espinosa.


Al sur del génesis, titubeó.


-No tengas miedo –dijo Nuruddin.


Y Anarkali obedeció.


Con un cabo del paño enjugó el relente del pubis, y la fricción ensortijada vibró en la yema de sus dedos. Aspiró su perfume acedado, el efluvio de un sudor desleído. Adentró el lino allende la oscuridad entre las piernas, y admiró la piel que se deshace de otra piel con un beso acuoso. Un celo tórrido escalfó su muñeca al rozar su virilidad. Y de nuevo el aroma de su hombría temprana, su abrasadora entereza.


En el vientre holló tierras de plácidas colinas, apretujadas a la sombra del ombligo. Una pelusa rala techaba senderos de arena pardusca, el trayecto calado de tildes acuosas que serpenteaban piel abajo. El torso se hundió bajo su tacto, escaldado y corinto. El cuello olía a sal.


- ¿Cuál es tu nombre? –preguntó Nuruddin.


Anarkali izó la mirada, demasiado hambrienta para ver, demasiado aterrada para no observar. Quiso trasnochar los bosques de sus pupilas, desvelarse junto a las brasas de su boca, y amanecer recostada sobre su sofoco. Descifró con la sangre que la idolatría de su efigie supondría el sometimiento de toda esperanza, el destierro último de una vejez que esperaba confortable. En Nuruddin se inmolaría el núcleo mismo de su alma.


- Anarkali –susurró-. Mi nombre es Anarkali.


De súbito, la panza cerúlea de la calima pareció estrecharse en torno a las columnas, y las velas sisearon con aire de crimen. Un frío inhóspito bostezó desde la entrada al hammam.


Allí, fruncida y turbada, como un desgarro sobre el terciopelo, permanecía Salima. En el regazo portaba la vestimenta del heredero.


Escrutó a través del vapor la confusión de unos ojos que se descarrían en otros ojos, la proximidad de dos cuerpos volátiles, el éxtasis y la agonía. Y la devoró un pavor reverencial a los porvenires malogrados. El estómago le supo a muerte.


Al cabo, Anarkali vislumbró su presencia, y la repentina genuflexión provocó que sus bucles cabrearan calados.


- Alteza, el emperador demanda su presencia de inmediato –informó la sirvienta.


Nuruddin torció el gesto.


- De acuerdo.


- Le ayudaré a vestirse.


Sin esperar respuesta, Salima caminó hasta una de las hornacinas, depositó en ella los ropajes, y se acercó hasta la bañera. Arrebató con los labios prietos el paño de lino de manos de Anarkali, y con una virulencia fiera en las pestañas, expelió a la joven del hammam.


Nuruddin vigiló de soslayo su marcha a través de la bruma, y a cada paso desfallecía una parte de su ser. Le dolió en el tuétano y en las plantas de los pies.


Cuando el borde de su sari flanqueó el arco de la puerta, el aliento se le cuajó en los pulmones.


Y en el corazón restallaron los versos del poeta.


FIN


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Comentarios sobre esta opinión
J.Stark

J.Stark

11.12.2011 21:14

Increíblemente mágico. Tu lenguaje ya hipnotiza, embelesa, te introduce en la historia y te ves atrapado. Qué bueno es poder leer historias tan bien tratadas y elaboradas...gracias por compartir esto con todos, un abrazo

PAKOTT

PAKOTT

29.11.2011 20:28

Excelente relato, ENHORABUENA.

mildudas

mildudas

24.11.2011 09:43

Madre mía! No se puede pedir más belleza y más sensualidad a este maravilla de relato! Me ha parecido tan intenso como delicado, y con ese ritmo pausado, que parecía que el tiempo se detenía en cada gesto , en cada paso del gozoso y entregado ritual que la joven practica al aplicar los ungüentos en el cabello del príncipe mientras recita versos de amor e imagina, sueña,...( debatiéndose entre el pudor, y la curiosidad , admiración y también deseo ) y ..., y cómo vive el príncipe dicho ritual...convertido en agradecido receptáculo. Has conseguido con tu riqueza léxica, con tu imaginación, y gran sentido de la estética transmitirnos todas las sensaciones: olores, tonalidades, texturas...Es admirable tu forma de escribir John, casi abrumadora,como bien ha dicho Nineta Dark!,...tus textos son como abanicos, de infinita belleza que van abriéndose poco a poco para terminar desplegados en todo su esplendor . Enhorabuena por este más que excepcional relato! Un abrazo lleno de cariño y admiración

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