RECICLAJE, SOLIDARIDAD, Y OTROS PALABROS

2  03.02.2006 (05.02.2006)

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Recomendable: No 

SuperChuss

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usuario desde:07.09.2004

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Sentada sobre unas cajas polvorientas, los vaqueros sucios, y los guantes de goma calados hasta los codos, me derrumbé apoyada sobre una mugrienta pared, paseando la mirada por la estancia, sin poder evitar una mueca, mitad ironía, mitad tristeza.

Sucedió estas Navidades. Yo había bajado a Cádiz a pasarlas con mi familia, a disfrutar del ambiente festivo, de las luces, la música y el cava, de los regalos y, sobre todo, de los amigos.

Poco o nada podía imaginar que me vería inmersa en algo mucho menos edificante, pero que, como todo en esta vida -especialmente como todo lo malo- habría de tener su parte reveladora.

Siempre trato de sacar enseñanza de todo, y es por eso por lo que acabé, como os dije al principio, sentada sobre unas cajas de cartón, pensando en lo mucho que hay de absurdo en todo lo que nos rodea.

Por razones que no vienen al caso, me hallé de golpe hurgando en la que otrora fuese la intimidad ajena, aunque los propietarios de los enseres sobre los que posé mis ojos y mis manos poco podían decir ya al respecto.

Tenía que dejar totalmente vacía una casa, una vivienda por la que habían pasado tres generaciones, y que para esas fechas llevaba ya más de un año cerrada.

No era un piso grande, todo lo contrario, pero resulta increíble la cantidad de objetos que pueden llegar a acumularse en una casa pequeña, sobre todo si por ella ha pasado tanta gente.

Mi primera gestión resultó bastante infructuosa: Yo lo había dispuesto todo en mi mente para hacerlo de manera ordenada, y poder darle a cada cosa un destino apropiado. Dado que no iba a apoderarme de ninguno de aquellos objetos, tenía que dirimir con justicia, pero también con eficacia y premura, pues mis vacaciones tenían fecha de caducidad, adónde iban a ir a parar.

Libros, juguetes, cristalerías, muebles, mantas, ropas, enseres de cocina y baño... Todo aquello que aún fuese aprovechable, tendría un nuevo dueño. El resto, habría de ser reciclado convenientemente, de manera que nada ni nadie se viese afectado por mi labor.

El primer paso a dar fue localizar un servicio de recogida de muebles usados. Tenía el conocimiento de que, al menos en mi ciudad, existía una organización no lucrativa que se dedicaba a la restauración de mobiliario, para su posterior venta, o aprovechamiento por parte de aquellos menos favorecidos. Me apresté a contactar con ellos, segura como estaba de que unos muebles que se encontraban en buen estado serían acogidos con agrado.

El lamentable resultado de esta primera incursión en el mundo del reciclaje me dejó bastante perpleja.

Un individuo bajito, que se presentó ante mí tratando de subirse sus caídos pantalones, me miró con un cierto aire despectivo y, para mi sorpresa, antes de pasar, ya me dijo que "todo esto no sirve para nada, son muebles malos".

Me preguntaba yo cómo podía saber eso si aún no había traspasado el umbral de la puerta, pero antes de desconfiar me planteé un posible parentesco con Aramis Fuster, dado que no había otra forma de que el sujeto supiese ya, a priori, cómo estaban los muebles. Se trataba de donar la casa entera, la cual era imposible de vislumbrar en tanto que yo permanecía frente a la puerta y él seguía subiéndose los pantalones.

Le apunté que si no sería más apropiado ver los muebles en cuestión antes de decir nada, a lo que él contestó con un seco "para qué", pero lo hizo mientras se adentraba en el piso.

Sin llegar a ver nada, y antes de haber traspasado por completo la primera habitación, el menudo representante de aquella "organización no lucrativa" me hizo saber que lo único que podía hacer por mí era ayudarme a deshacerme de "toda aquella porquería", por el módico precio -libre de impuestos- de 120 euros.

Me asombró comprobar lo bien montado que tenían el chiringuito; una organización presuntamente sin ánimo de lucro -cuyo nombre no voy a mencionar- que supuestamente se dedica a restaurar muebles y destinar los fondos de su venta a la integración de toxicómanos, se estaba dedicando abiertamente al negocio de la retirada de muebles usados, cobrando por ello, y sin que por supuesto Hacienda se enterase.

No era esto lo que más me molestaba, ni siquiera el hecho de que aquel tipo me propusiese destrozar unos muebles que aún estaban utilizables, sino que su conducta se sumaba a la de otros que, con ella, propician cada día la desconfianza de las personas de buena voluntad, e impiden hacer llegar cosas y ayuda a gente que realmente las necesita.

No era la primera vez que esto me ocurría; en una ocasión mis padres decidieron donar un mueble que estaba impoluto, perfecto, y ante sus asombrados ojos dos individuos sacaron sendas hachas y lo destrozaron sin miramientos, cobrándole por ello 5.000 pesetas.

Pero ahora se conoce que están más organizados, ya tienen una tarifa establecida, y ni siquiera se molestan en disimular durante unos minutos, examinando los muebles en cuestión, o al menos haciendo como que los examinan.

Aquello me puso de muy mala leche, y con toda la educación que me fue posible, invité al individuo a marcharse, resuelta como estaba a arreglarlo por mi cuenta. El sujeto me miró de arriba abajo, escrutando, supongo, mi metro y medio y mis cincuenta kilos, para espetar a continuación: "Como quieras, guapa, a ver cómo bajas todo esto tres pisos sin ascensor." Y agregó: "Ya me llamarás".

Cerré la puerta indignada. Sólo tenía diez días para hacerlo todo, y era demasiado para mí, pero no estaba dispuesta a colaborar con Alí Babá y sus cuarenta mangantes, no señor.

Solté un bufido. ¿Qué podía hacer?

"Bueno, no te alteres. Empieza por los libros y la ropa, a ver qué puedes donar".

La cantidad de libros era alucinante; Colecciones completas de literatura de uno u otro género, diccionarios, libros educativos, de medicina, sexo, cómics antiguos…

He de reconocer que desde niña soy propensa a guardarlo todo, me resulta difícil tirar cosas si pienso que pueden valer para algo, y siempre doy una segunda y hasta tercera utilidad a las cosas. Así que en general me cuesta tirar nada a la basura.

Pero desde luego, si hay algo que me resultaría herético y pecaminoso echar a un contenedor, eso son los libros. De la clase que sean. Me parecen como mágicos. Claro está que cuando vives en un pequeño pisito de alquiler, y si encima lo guardas todo, no te puedes plantear quedarte con semejante pila de tomos y más tomos, así que comencé a montar cajas de cartón, clasificando los libros por temas o colecciones, previa limpieza, y los fui guardando con cariño.

Había oído decir que existían campañas de recogida de libros, por parte de algunas organizaciones solidarias, las cuales los destinaban a ludotecas, bibliotecas de asociaciones de ancianos, o incluso a Cuba.

Me llevó bastante tiempo recoger, limpiar, clasificar y guardar aquellos pequeños tesoros de papel, pero finalmente concluí mi tarea. Otro tanto hice con las ropas en buen uso, a sabiendas de que había parroquias que las recogían y repartían posteriormente a personas desfavorecidas.

Mi ardua labor la desarrollé entre mi primera desilusión por el servicio de recogida de muebles y mi alergia al polvo, pero poco a poco fui viendo los resultados.

Así que, entre polvorón y polvorón, una tarde llamé a la Cruz Roja. Expliqué que tenía algunas cosas que entregar: Una bicicleta, una silla de ruedas completamente nueva, unos libros…

Antes de que pudiese terminar de hablar, me soltaron secamente que no querían nada. Mi sorpresa fue mayúscula. "Oiga -le dije a mi interlocutor- se trata de objetos en buen estado, no voy a llevarles basura, se lo aseguro. Yo tengo sentido del ridículo".
Mis explicaciones de nada sirvieron. "Le repito que no queremos nada de nada".
Me ofusqué, y le pregunté a aquel señor: "¿Dinero tampoco?"

No es que pensara hacer una donación, por supuesto. Me hallo en el paro, y desde luego no había sido ése el motivo de que contactara con ellos, pero fue una reacción instintiva, rabiosa, casi malvada.

"Por supuesto que sí se aceptan aportaciones económicas, señorita" -me aclaró- "Pero por otras vías. Tendría que venir aquí y contactar con…"
"Eso pensaba"-le dije- y colgué el teléfono.

Volvía a estar en las mismas. No era mi pretensión quedar como una dama caritativa. Esos objetos no eran míos, y tampoco esperaba un reconocimiento de la ONU por entregarlos pero ¡caramba! ¿Por qué era tan difícil hacérselos llegar a la gente necesitada? ¿No se suponía que esas organizaciones te ayudaban a ello?

Como quiera que la labor se me estaba haciendo imposible, y mi tiempo era cada vez más escaso, decidí llamar al servicio municipal de recogida de muebles, a ver si al menos eso podía arreglarse.

Mi estupor habría de ir en aumento.
"Sólo podemos recoger tres piezas cada vez" -me dijo una funcionaria al otro lado del hilo- "Y nosotros le diremos cuándo bajarlas al portal".

Me pareció bien, a pesar de que yo sólo disponía ya de una semana, pero pensé que, bajándolos a razón de tres muebles por día, al menos podría bajar un par de habitaciones.
"De acuerdo -le dije- Pues quisiera bajar dos camas y una mesita de noche".
"De ningún modo -se apresuró a contestar- Una cama ya son tres piezas".

Me quedé fría.
"Bueno… pues, en ese caso, apúnteme para mañana con otra cama, y para pasado con dos mesitas y una lámpara"…

"No, no. No me ha entendido. Si usted quiere que vayamos a por otros muebles, ahora debe colgar, y volver a llamar, e ir repitiendo tantas llamadas como muebles pretenda que recojamos…"

"Pero oiga, ¿para qué va a hacerme gastar más teléfono? ¿No puede recogerme el recado de una sola vez, aunque me dé citas distintas?"

La mecánica voz de la funcionaria fue adquiriendo un tono de irritación, ante lo cual yo opté por ir llamándola y saludándola como de nuevas cada vez… Y así hasta siete veces.

A esas alturas el polvorón de canela ya se me había indigestado, pero pensé que al menos había resuelto algo.

Qué ingenua.

Varios días después de las citas concertadas, nadie se había pasado a recoger los muebles, y yo fui increpada por algunos vecinos, que me acusaron de haberlos bajado al portal sin haber llamado previamente al servicio municipal de recogida.

Después de constatar que los empleados de dicho servicio habían pasado por allí, pero que "desde la carretera, y aún sentados en la furgoneta, no se veían los muebles" (esas fueron sus disculpas), yo conseguí deshacerme de algunos, aún con la pena de no haber podido encontrar a alguien que los aprovechara.

Dado que en este país de "solidaridad con los que están a tomar por culo de lejos", nadie cercano parecía necesitar nada, y que mi tiempo se disolvía tan rápidamente como mi buen ánimo inicial, me hice con varios paquetes de bolsas de basura, en los que fui depositando mi frustración, mi indignación y el resto de trastos.

Separé lo que me fue posible, bajé tantas escaleras que la Nochebuena la pasé con agujetas, y mi cena familiar tuvo así una animada charla sobre la incompetencia general que nos rodea.

Finalmente, una delegación de Cáritas que hay en mi barrio aceptó encantada los libros y la silla de ruedas, y algunos vecinos encontraron de utilidad cristalerías, estantes y cortinas, quedándose la Iglesia de San Francisco con un buen montón de ropa, pero yo no podía evitar sentirme defraudada en muchos aspectos, amén de exhausta de dar tantos viajes.

El epílogo para esta historia de "reciclaje y solidaridad", lo pondría un indigente instalado frente al inmueble en cuestión.

Para mi sorpresa, sobre sus cajas de cartón, se sentaban ordenadamente los peluches que yo había tenido que arrojar al contenedor. Me miraban bajo la lluvia, reprochándome el destino al que yo había querido condenarles.

El mendigo aún rebuscaba entre los contenedores.

No le sentí llegar, pero el tendero del barrio, fiel correveidiles de chismes, me abordó por detrás y me aclaró algo que yo no le había preguntado: "Lleva sacando trastos el mismo tiempo que tú llevas metiéndolos. Les sacará unas perrillas en el mercadillo del domingo".

Giré la cabeza, sin molestarme en mover el resto de mi cuerpo, y miré con una ceja enarcada a mi espontáneo informante, para volver nuevamente la vista hacia el contenedor y su inesperado saqueador.

La fina lluvia caía sobre toda la escena, y yo no podía dejar de mirar al indigente.
"He ahí el genuino reciclaje" - me dije.

El hombre pareció oír mis pensamientos desde la otra acera, porque levantó la vista y me dedicó una mirada hostil, apretando a Gwendolin la cigüeña contra su pecho, como queriéndome recordar que ahora nada de aquello me pertenecía.

Levanté las manos, en señal de paz, y volví a meterlas en mis bolsillos, para caminar de vuelta a casa, sumida en la sensación del absurdo.
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Comentarios sobre esta opinión
Mondrollete

Mondrollete

19.10.2007 15:17

Eso sí, nada más que hacen que proliferar las ONGs., algún día se descubrirá toooooda la porquería que conllevan algunas de ellas. Excelente opinión y que nada ni nadie te cambie, no se lo permitas. Saludos.

FDSB

FDSB

10.10.2007 01:15

Maravillosa forma de describir la historia de una desilución, pero que eso no te haga cambiar: tú tienes razón. El mendigo te demostró que los demás son excepciones, podríamos hablar horas sobre el concepto de reciclaje y otros muchos conceptos prostituidos, destrozados (las cláusulas de "creación de empleo" de los convenios, en las que se detallan la forma de reducirlo...). Antes se pagaba por los envases de vidrio y luego se recuperaban, ahora se "reciclan" en contenedores... antes existían traperías donde se compraban cartones, papeles, hierros, al peso, ahora se "reciclan" por los servicios municipales, mientras más se avanza mas cosas son basura (¿cuánto falta para que lo seamos nosotros?). Mi padre decía "Hoy se tira lo que antes no había" y, como en tantas cosas, tenía razón. Un saludo.

anitarguez

anitarguez

29.03.2007 03:01

es triste pero tienes toda la razón...para alguien que tiene buena voluntad y pasan de tí...no sé para qué piden luego solidaridad si cuando se tiene se rechaza...saludos!

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